Irracional

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Summary

Si expones la realidad a la intemperie, descubrirás que su verdadero rostro es el de la imposible e infinita incertidumbre.

Status
Complete
Chapters
23
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo sin título 1


IRRACIONAL

Antesala:

Los errores también tienen algo que contar:

Los errores también tienen algo que contar, y seguro encontrará en estas páginas algunos muy ansiosos por contarle algo sobre mí.

Puede que se tope aquí con algunos errores que me acusarán de no contar con la experiencia suficiente como para ofrecer un producto profesional, a la vez que, con dedo firme y poco empático —y orgullosos de este accionar— señalarán la falta de una revisión microscópica y una corrección de estilo que organice de forma adecuada el contenido de cada texto que conforma este libro. Podría decirse que se encuentra usted interactuando con virgen materia prima o ante un banquete de alimentos sin procesar; algo no muy alejado de un manuscrito.

Debo aclarar que, aunque delaten estos textos —en muchas ocasiones irreverentes— una cierta rebeldía o rispidez con respecto a los pruritos con los que carga la industria, nada tiene que ver esto con mi incumplimiento de las exigencias que esta extiende sobre aquellos que buscamos publicar. La simple y llana realidad —la realidad de muchos— es que no me encuentro —al momento de escribir esto— en una posición privilegiada que me permita acceder a dichos recursos.

En cuanto a mis evidentes falencias —o diferencias— a la hora de la redacción, me hago completamente responsable de ellas y confieso —sin intenciones de vindicación— que nunca ha sido —ni será— mi búsqueda el convertirme en un intelectual sensei gramatical o erudito de la palabra escrita. Dicha postura —para bien o para mal— me ha llevado a descuidar en incierta medida lo que debería haber sido una correcta preparación —entendiendo como “correcta” aquella que se indica y se ha establecido por vox populi; tal vez no por la mayoría del pueblo, pero sí por la mayoría aristocrática, intelectualoide y conservadora—. Razón por la cual —humilde y limitado— lo que ante usted presento en esta ocasión no es un material de exquisita excelencia, sino uno en exceso honesto; tan genuino y pretencioso como cojo y rudimentario.

Colisión y Arte:

El universo se encuentra en constante colisión con el hombre.

El universo —tal como me aventuré a proponer mediante el texto anterior— siempre está colisionando con el hombre. Y son pocas las ocasiones —en comparación— en las que esto se da en el sentido contrario. Un ejemplo de esto último —idea ya sugerida en “Arde la rabia”— es cuando le damos rienda suelta al fuego —una de las tantas fuerzas de la naturaleza que hemos aprendido a domesticar, mas no a domar por completo— para que avance libre y salvaje hasta que sacie su insaciable apetito. Otro ejemplo —ya en camino al verdadero punto en que quiero hacer hincapié— es el Arte, entendido —otra vez en consenso aristocrático— como aquello que surge de la colisión entre la creatividad humana y la percepción que caracteriza a los sentidos. Una montaña nevada coronada con auroras boreales, un campo de flores bajo un eterno arcoíris, o un río turquesa serpenteando al alcance de nuestras manos, son solo fenómenos naturales; no es hasta la intervención del hombre que estos se transforman en Arte, y no porque este los haya transportado hasta el lienzo o los haya capturado en una fotografía, sino porque este ha sufrido el fuerte impacto de semejantes paisajes. No es —a mi entender— ni en el resultado natural ni en el resultado artificial donde radica el Arte, es en el centro de la colisión entre el paisaje y el hombre donde el Arte aflora; en ese microsegundo que nace y muere al final del recorrido que hace la luz desde que rebota en el objeto hasta que es absorbida por nuestras pupilas y entendida por nuestro cerebro; en ese ínfimo instante donde surgen la idea, la reflexión y el sentimiento. Lo mismo con el Arte artificial: la noche estrellada o la lata de sopa, incluso el David o la Capilla Sixtina, con su magnánima complejidad, no son nada si la luz que en ellos rebota no llega a los ojos de algún ser hiperconsciente que pueda transformar aquella luz en pensamiento y en latido apasionado, respiración apaciguada o calor corporal. Habiendo dicho esto, me gustaría aventurarme con otro comentario, uno que —por lo menos en mi caso— siento que puede llegar a disolver aquel famoso dilema que despertaron en su momento objetos tales como la banana pegada con cinta a la pared o el mingitorio: ¿deberían ser estos objetos considerados como Arte? La respuesta —en mi opinión— es un rotundo No. Y con esto no estoy queriendo decir que ser “bello” es un requisito excluyente para ser considerado Arte: Belleza no es sinónimo de Arte. Lo que estoy queriendo decir es que ni esos ni ningún otro objeto debería ser considerado como Arte, ya que el “Arte” —creo— es aquello que nace justo después, después de la colisión.

Ahora sí —a pocos pasos del punto específico en el que realmente me quiero detener— quiero señalar a la Escritura como otro de esos contados ejemplos del hombre colisionando: símbolos ordenados en vagones de trenes de carga con destino a colisionar contra nuestra mente. Así es como yo lo entiendo. Así he encarado este proyecto. Me he preocupado —como ingeniero literario no matriculado— por organizar y construir estos textos de forma que no importe lo que yo haya escrito en ellos ni lo que su contenido intenta transmitir; lo único importante será lo que nazca justo después; después de que la luz que rebote en ellos colisione con tu mente y desate en ella ideas que alteren tus pensamientos, tus latidos, tu respiración y tu calor corporal; mientras avanza libre y salvaje, consumiendo con su insaciable apetito todo lo que creías saber sobre la realidad, lo imposible y sus infinitos.

ÍNDICE:

Dios quiere intentar algo nuevo

Ínfimo

Imperfecta

La zarza

Arde la rabia

Irracional

Los agujeros negros

Una forma elegante de cagar

Los Otros Sitios

La apuesta

Caleidoscopio

La esencia que repta

Donde nunca llueve

Salmo 150

Superniño

La teoría de las dos caras

Teoría de la microrrelatividad

¿Quién volvió loco al mundo?

Nota suicida de C.C.

La mancha

Cómo construir cuentos y destruir mundos