1. El comienzo del fin.
¿Cómo llegué hasta aquí?
Quizás por miedo, quizás por cobardía. Por no querer salir de la zona segura que me inventé o por aferrarme a una ilusión que hace mucho debí soltar.
A veces crees que lo tienes todo bajo control, que puedes dominar tus emociones, reprimir lo que sientes y seguir como si nada, pero llega el momento en que te das cuenta de que son tus emociones las que te controlan a ti.
Nunca he sido tan fuerte como aparento. Reprimo el noventa por ciento de lo que siento para evitar que me hagan daño. Por cobardía. Por protegerme. Puedo ser fría, incluso calculadora…
Pero todo eso se derrumba cuando estoy cerca de Eidan. Él es mi caos, mi debilidad.
Ahora estoy aquí, sentada en una vieja parada de autobús, con una caja de cartón en las manos. Dentro están las cosas que hasta hace unas horas decoraban mi escritorio. Ni siquiera sé cómo llegué hasta la puerta de la oficina. Solo recuerdo que mi cuerpo se movía solo, desbordada por el enojo, la humillación y el dolor de la noche anterior.
La noche en que Eidan me destruyó por completo.
Lo conocí en la universidad. Era tímido, algo nerd, con esos ojos de cachorro y esa sonrisa que parecía esconder todos los secretos del universo. Se sentó junto a mí el primer día de clases en la única silla vacía de historia antigua. Me miró, me sonrió y supe, sin entender cómo, que él sería importante en mi vida. Y no me equivoqué.
Han pasado diez años desde ese momento, diez años siendo su mejor amiga… y nueve amándolo en silencio. Para él, solo soy eso: la hermana que nunca tuvo, la amiga incondicional, la confidente. La que siempre está ahí.
He sido la culpable de más de una ruptura suya. Las novias no soportan que él me tenga siempre primero. Que me prefiera. Y aunque me gustaría pensar que lo hace porque siente algo más, la realidad es que solo me mira con cariño fraternal. Aunque, claro, eso no evita que me trate como si fuera la persona más importante del mundo.
—¡¡Dalia!! —Su voz me arranca de mis pensamientos—. Tierra llamando a Dalia.
—Perdón… ¿qué decías?
—Últimamente estás muy distraída. Sabes que me cuesta encontrarte, que estos momentos contigo son importantes para mí.
Si supiera que yo vivo solo por estos momentos. Que soy feliz solo con su presencia.
—Perdón —susurré—. También lo son para mí. Solo me distraje un momento.
Él sonríe con esa sonrisa que me derrite.
—Antes de que te perdieras en tu mundo, te preguntaba si mañana en la noche estás libre. Organicé una cena en tu restaurante favorito, ese que siempre te encanta.
—¿Es algo especial? —fruncí el ceño, extrañada. Él solo va a ese lugar en fechas importantes: cumpleaños, Navidad, Año Nuevo…
—Faltan cuatro meses, veintitrés días, cinco horas, veinte minutos y diez segundos para tu cumpleaños —dijo, revisando su reloj y sonriendo con picardía.
Maldito. ¿Cómo no amarlo si hasta esos detalles los recuerda con tanta ternura?
—¿Me contarás qué celebramos? —pregunté con una sonrisa tonta, apartando la mirada para romper el hechizo.
—Será sorpresa. Sé que no te gustan, pero te pido que no la arruines. Es importante… y no puedo dar este paso si tú no estás ahí. —Sus palabras fueron suaves, pero firmes. Tomó mi mano con delicadeza y una punzada atravesó mi pecho.
Si alguien me hubiera advertido lo que pasaría esa noche, habría agradecido el aviso. Como siempre, fui ingenua.
Llegué al restaurante con mi mejor vestido, arreglada como si fuera la protagonista de la noche. Pero al acercarme a la mesa, vi algo que me detuvo en seco. Eidan estaba con una mujer desconocida. Cuando me vio, se levantó enseguida y caminó hacia mí. Su mirada cálida, sus gestos tan suyos, me envolvieron de inmediato.
—Gracias por venir, preciosa. No sabes lo nervioso que estaba sin ti —me susurró al oído al abrazarme.
Y ahí supe que algo no andaba bien. Su tono, su nerviosismo… esa mujer. Todo me alertaba. Sonreí fingiendo que estaba bien.
—Vamos, te estábamos esperando, Dalia —me dijo con su voz amable.
—¿Quién es ella, Eidan? —pregunté con un nudo en la garganta.
Él sonrió, ilusionado.
—Te la presentaré. Estoy seguro de que serán las mejores amigas al final de la noche.
No quería saberlo. Pero ya era tarde.
Cuando llegamos a la mesa, saludé a todos simulando normalidad hasta que me encontré frente a ella.
—Hola, Dalia. Es un gusto conocerte. Eidan me ha hablado muchísimo de ti. Gracias por cuidarlo tanto —dijo con dulzura— como una hermana.
Mis ojos buscaron a Eidan, rogando por una explicación. Él la tomó de la mano y habló sin titubeos.
—Dalia, ella es Verónica… mi novia.
Mi mundo se detuvo. Sí, Eidan había tenido novias antes, pero algo en esta situación era distinto. Esta vez dolía más.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas y recuerdos compartidos. Todos parecían disfrutar, menos yo, que me desmoronaba por dentro. Verónica era todo lo que él amaba: dulce, sencilla, femenina. No la odiaba. Ella no tenía la culpa de que yo fuera cobarde, de que me callara siempre ni de que jamás me atreviera a decirle lo que sentía.
Cuando uno de los chicos golpeó la copa para llamar la atención, supe que el golpe final estaba por venir. Eidan se puso de pie, sonriente, con su típica aura de niño travieso.
—Amigos… y Dalia —todos rieron porque él siempre hacía lo mismo—, hoy quiero compartir algo especial con ustedes. Cariño… —le pidió a Verónica que se levantara y ella lo hizo, tomándole la mano con dulzura—. Ayer le pedí a esta mujer maravillosa que sea mi esposa y aceptó. Nos casamos en tres meses.
Fue entonces que sentí cómo mi corazón se rompía en mil pedazos.
Las lágrimas escaparon sin permiso mientras yo intentaba mantenerme entera. Pero era inútil. Esa noche perdí todo: perdí la esperanza y perdí mi mundo.








