Chapter 1
La niebla matutina se aferraba a los claros del Bosque de Sherwood como un fantasma reacio a desaparecer. Darien de Loxley, vigésimo conde de su linaje, no sentía el frío húmedo, solo sentía la tensión familiar de la cuerda de cáñamo contra sus dedos enguantados, y el silencio absoluto que precedía al caos.
Desde su atalaya en el viejo roble, el camino parecía una cicatriz pálida en la tierra oscura. Darien permanecía inmóvil, aguardando a que el carruaje apareciera para lanzar su ataque.
Un cuervo negro cruzó su campo de visión. Se agachó, manteniendo el equilibrio, y tensó el arco. Cuando el carretero tomó la curva, la flecha ya volaba hacia su destino, clavándose entre sus ojos. El cuerpo cayó con un golpe seco que espantó a las aves cercanas.
El Sheriff, extrañado, abrió la puerta mirando a su alrededor mientras desenvainaba la espada. Detrás lo seguía su compañero, cuyo ligero temblor con la hoja delataba su inexperiencia.
—¿Quién anda ahí? —Al ver al conductor y la causa de su muerte, lo supo de inmediato.
Miró hacia la espesura. Darien, camuflado entre el follaje por su ropa del color de las hojas, permanecía impasible. Volvió a tensar el arco y anunció:
—Os daré una oportunidad para que os vayáis. Si no, no tendré más remedio que disparar.
El sheriff giró hacia el origen de la voz y logró vislumbrar la figura. No podía distinguir su rostro, cubierto por una máscara negra que solo dejaba al descubierto unos ojos verdes y penetrantes.
Indeciso, el sheriff retrocedió. La flecha apuntaba directamente a su cabeza. Dio media vuelta y comenzó a alejarse con paso rápido, seguido por su acompañante. Pero el inexperto se sobresaltó al oír un golpe sordo y volverse: su superior yacía en el suelo, con una flecha clavada en la nuca.
—Entrega esto de mi parte —dijo Darien acercándose al joven, que temblaba de pavor. Le entregó una nota y le hizo un gesto. El muchacho salió corriendo despavorido.
Cuando quedó solo, con la compañía del bosque, Darien abrió los baúles de la carroza que se dirigía al palacio. Contenían varias pertenencias de la princesa.
Se dirigió al pueblo y avisó a los campesinos para que tomaran las provisiones con discreción. Solo una parte de ellos lo conocía y guardaba su secreto, agradecida por lo que conseguía gracias a él. Algunos murmuraban en contra de las muertes, pero él siempre tenía la misma respuesta: no le importaba matar a dos para salvar a veinte.
Darien —habiendo concluido una acción que ejecutaba cada vez con menos frecuencia, debido al creciente riesgo que conllevaba— montó en su caballo negro y galopó hacia su hogar. Este se hallaba en las afueras de Nottinghamshire, cerca de un claro que se adentraba en el bosque y rodeado por las tierras de su herencia.
La mansión señorial le había sido legada por sus padres, junto con el terreno y un pequeño negocio de telas en el sur del país. De este, aunque no participaba en su gestión, recibía ingresos por llevar el nombre familiar, heredado de su madre. Sus padres murieron cuando él tenía doce años; a partir de entonces, fue su mayordomo Edmund —antiguo amigo de su padre— quien se hizo cargo de él hasta que pudo asumir el título de Conde de Loxley.
Darien dominaba el arte del arco. Su padre, antes de morir, había sido un cazador reconocido. En su infancia, lo llevaba a cazar animales durante los veranos y, a menudo, en sus ratos libres. Con el tiempo, sin embargo, Darien fue practicando en solitario, hasta volverse uno con el bosque.
Entró en su alcoba y le pidió a Edmund que guardase su arco.Se acercó a la ventana y vio la cascada. El agua se despeñaba con fuerza constante entre las rocas musgosas, rompiendo en espuma blanca en el estanque profundo de abajo. El sonido, un rumor lejano y perpetuo, era el latir del corazón de aquel lugar, un recordatorio de que, más allá de las intrigas y la sangre, la naturaleza seguía su curso, indiferente y serena.
La mañana del día siguiente le dio la bienvenida con el frío que avisaba del próximo invierno. Las hojas, aún verdes, estaban empapadas con las lágrimas de rocío. El suave soplo del viento era el único ruido que se podía escuchar y decidió acercarse al mercado de la ciudad.
Se acercó al establo, agarró a su caballo y galopó por el camino de tierra mojada. Pasados unos minutos el muro blanco que protegía la ciudad se hizo visible, las puertas abiertas y varias personas entrando y saliendo.
El murmullo de las personas comprando y de los gritos de los que vendían sus productos llenaron el lugar. Normalmente en esa época del año no venían tantas personas, por lo que lo extrañó.
Dejó su caballo amarrado en un poste bajo y grueso frente a la taberna del «Ciervo Astado», donde el olor a cebada rancia y madera húmeda se mezclaba en el aire.
El orfebre era un hombre de edad incierta. Vestía una túnica de un carmesí desgastado que, en otro tiempo, debió de ser opulenta, y sobre sus hombros descansaba un manto corto bordado con hilos de oro ya opacos. Su mano nudosa, llena de cicatrices pálidas y callosidades brillantes, se aferraba a un bastón de cerezo negro, más para ostentación que para apoyo. Su mirada, sin embargo, era lo que desmentía la frivolidad de su atuendo: unos ojos grises y penetrantes que calculaban el peso y la pureza de un metal con la frialdad de una balanza.
—Vuestra señoría es siempre una luz para este negocio —saludó el orfebre, inclinando la cabeza con una reverencia que era más astuta que humilde—. ¿Venís por el collar de zafiro?
Asintió mientras el hombre deslizaba sobre el mostrador de roble oscuro una cajita de ébano, pulida hasta brillar. Una sencilla bisagra de plata era su único adorno. Al abrirla, un terciopelo color vino oscuro hacía de cuna para la joya. Y allí, anclado en su profundidad, descansaba el zafiro. Una gota de cielo nocturno capturada en el instante más profundo del crepúsculo. Tallada en cabujón, su superficie lisa era un abismo de azul aterciopelado, un color que parecía beberse la luz de la estancia para devolverla, transformada, en un destello profundo y sedoso. En su corazón, un velo de inclusiones formaba una estrella de seis puntas tenue, una constelación secreta que sólo se revelaba cuando la piedra se movía con cierta lentitud, como un suspiro de luz en la oscuridad. Estaba engastado en una cuna de oro amarillo, de un tono cálido como la miel vieja, de la que pendía una cadena de eslabones anchos, cada uno grabado al martillo con el delicado entrelazado de espigas de trigo.
—Es hermoso— Dijo Darien asombrado por como el orfebre fue capaz de capturar su idea.
—Es un honor que le guste, mi Lord, ya sabes que para cualquier encargo soy su hombre de fiar. — Respondió levantando el rostro con orgullo.
Salió del lugar para dar un paseo alrededor de los pequeños comercios que ocupaban el camino. Algunos comerciantes que lo conocían lo saludaban a lo que él siempre respondía con una leve inclinación de cabeza.
Se acercó a una mujer que estaba rodeada de varios visitantes. Estaba contando una historia mientras movía sus manos con gestos exagerados que parecían entretener a la multitud.
—...Se dice que si puedes verlo, él ya te ha visto antes y serás su próxima víctima. Se crió en el bosque y vive ahí. Su única arma es un arco forjado con madera de tejo del corazón de Sherwood, y la punta de sus flechas es tan afilada que traspasa el cuerpo de sus víctimas como un rayo atraviesa la niebla —contaba la mujer, mirando a cada uno de sus oyentes con ojos grandes que destilaban una mezcla de miedo y fascinación. Llevaba una capa morada desgastada por los años y vestía ropas viejas que olían a humo de hogueras y tierra. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas.
—pff…Deje de contar falacias, señora— Se burló uno—.
—Es un cazador que en vez de cazar animales, caza hombres.— añadió otro.
—Dicen que el sheriff del pueblo está de mal humor porque ya ha matado a seis de los suyos—Continuó la vieja mujer—. Sin embargo, la recompensa que consigue el enmascarado se lo da a la gente del pueblo, por lo que es uno de los nuestros.
Agarró su sombrero que se encontraba en el suelo y fue pasando por cada persona.
—Estas historias no son gratis, denle dinero a esta pobre mujer.
Consiguió que algunos le hicieran caso, aunque algunos se fueron sin pagar.
—Lord Loxley, no esperaba encontrarlo por aquí —Se dirigió a él—Muchas veces habéis venido y es la primera vez que os acercáis, ¿Qué opináis del enmascarado que lleva buscando el sheriff por tres semanas?
—Sus historias me parecen muy interesantes; Sin embargo, me parece más interesante su opinión al respecto.
—No me importa lo que haga mientras me de historias que contar, él ha sido lo más interesante que he tenido estos últimos meses.
Ya entrada la noche, Darien galopó de vuelta a su hogar. El oscuro camino estaba iluminado por la luz de los faros que rodeaban el sendero. Al cruzar el portón, fue recibido por su mayordomo, que le entregó un papel arrugado.
—Estaba colgado en un árbol cerca de aquí. Debería tener más cuidado.
Tras asentir con la cabeza, abrió el papel. Era un retrato a mano de cómo era el enmascarado; abajo ponía: “Se busca”. Debía admitir que estaba bien hecho; probablemente, el joven de ayer era el que lo había realizado.
—Es muy posible que vayan a poner más vigilancia en los alrededores del bosque —contestó.