La estrella dorada y su dragón

All Rights Reserved ©

Summary

Ana, una huérfana de Latinoamérica, cuya vida terminó trágicamente en un convento, despierta en el esplendor de Ximides como Isabel Orquidion después de una vida trágica y abrumadora, se convierte en la heredera rubia e inteligente de la casa medicinal más poderosa del reino Su única meta: proteger la familia que por primera vez le dio amor. A sus 19 años, el destino la obliga a entrar a la prestigiosa Academia de Nobles y Esto la coloca directamente en el último año, y en un conflicto inmediato con el heredero al trono: El Príncipe Edrian van Coling, de la familia 'Dragon' de la realeza y número uno indiscutible. Isabel, la Estrella Dorada, llega para arrebatarle el puesto de honor con su intelecto . Su feroz rivalidad académica y sus intensas peleas transforman la discordia en una fascinación mutua e inevitable que los unirá. Él querrá superarla; ella, mantener su independencia. Pero su romance prohibido florece bajo una sombra mortal. Y varias personas se prestarán para desestabilizar la monarquía. Isabel deberá luchar contra las intrigas de la Corte para proteger a su nueva familia, incluso si eso significa enamorarse, sin querer, del hombre que está destinado a reinar... y de quien juró ser su peor rival. ¿Podrá un amor nacido de la rivalidad sobrevivir a la traición que amenaza con quemar todo el reino?

Genre
Romance
Author
Doriana
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

El deseo de Ana, la luz de Isabel

I. América Latina: El Final de una Vida Olvidada

Se llamaba Ana, y su existencia había sido un tapiz tejido con la adversidad. Nacida en un país de América Latina donde la inestabilidad económica y política devoraba toda esperanza, su vida fue una trayectoria sin voz ni calor. Jamás conoció a sus padres, personas de escasos recursos, y creció entre los muros fríos de un convento. Era un lugar donde la caridad se mezclaba con el pragmatismo; y aunque las monjas la apreciaban, el destino no quiso que fuera adoptada.

Poco a poco, sus amigos encontraban familias, y Ana se quedó sola, anhelando ese calor materno y la pertenencia que nunca llegaban.

A los quince años, la rutina del convento se endureció. La joven dejó de ser una huérfana para convertirse en una empleada indispensable, aunque su servicio no era reconocido como ella alguna vez imaginó que lo sería.

—Ana —exclamó la Monja Superiora con una voz grave y tajante—, ya deberías estar ayudando a las señoras de limpieza con los baños. Muévete.

—Sí, señora —respondía Ana, con la voz firme a pesar del peso del cansancio.

A las tareas se sumó el lavado de la ropa y un sinfín de responsabilidades, hasta que, a los dieciocho años, Ana no era más que una sierva sin título en el lugar que la había visto crecer.

Cada noche, antes de dormir, miraba por la ventana hacia el cielo. Su deseo era siempre el mismo, formulado como un ruego silencioso: “Quiero que mi vida cambie, o poder irme de aquí. Pero no sé a dónde ir.” Anhelaba desesperadamente una existencia que no fuera la suya.

Una mañana, el murmullo de la construcción rompió la rutina. Las monjas habían decidido restaurar una de las habitaciones más sombrías del convento.

—¡Oye, Ana! —llamó otra monja, sin rastro de dulzura—. Por favor, ayúdanos a pintar. Te necesitamos ahora mismo. Así al menos podrás servirnos para algo útil.

Ana asintió en silencio, su mente notando la profunda ironía. Había crecido entre estas personas, y la falta de adopción la había condenado como una pieza defectuosa. Ella era bella, con facciones suaves y cabello largo y castaño, pero esa belleza era totalmente invisible para el mundo.

Mientras pintaba el gran salón sola, Ana buscó una escalera para alcanzar los detalles del techo. Subió a los escalones inestables, con la brocha en mano.

“Ya casi termino,” pensó, sintiendo un leve atisbo de esperanza al imaginar un espacio más lindo para los niños que llegarían pronto. “Deseo que ellos sí sean adoptados. Pero si no lo son, como yo, al menos que estén en un espacio tan cómodo y cálido como el que una vez sentí antes de que todo se volviera frío,” reflexionó con amargura. Quiso subir un escalón más, pero la madera crujió bajo su pie. Resbaló.

La caída fue violenta. Cayó al suelo, golpeándose la cabeza con una fuerza sorda. En ese instante fugaz, su trágica y corta vida desfiló ante sus ojos. Vio la sangre manar y, con un último aliento nostálgico, sus ojos se cerraron para siempre.

II. Ximides: El Despertar de la Diosa.

El siguiente despertar fue en el lujo.

Abrió los ojos. Eran las manos de un bebé lo que vio, pequeñas y perfectas. Estaba rodeada de damas de compañía que susurraban con deferencia. La habitación era un sueño dorado, adornada con flores de colores imposibles y un aire que olía a dulce perfume embriagador. Intentó hablar, gritar, preguntar, pero solo consiguió emitir un llanto infantil. La cuna, que parecía extraída de las novelas antiguas de realeza, la fascinó.

Las puertas de la habitación se abrieron y todas las damas se inclinaron a la vez.

—Oh, señora Beatrice —exclamó una de ellas, temblando—. La pequeña Isabel no para de llorar. Disculpe nuestra impertinencia.

Una mujer de una belleza serena y dorada se acercó.

—Tranquilas, mis damas. Ella es mi bebé —respondió Beatrice con una voz que era a la vez dulce y firme—. Yo me encargaré del resto.

Beatrice Orquidion tomó a la bebé, Isabel, y comenzó a mimarla y acunarla con una ternura que Ana jamás había concebido.

Madre. Por primera vez, sintió ese calor materno que había anhelado toda su vida. Si aquello era un sueño, rogó con todas sus fuerzas por no despertar jamás. El amor de Beatrice era tan abrumador que los ojos de Isabel solo desearon descansar un poco más. Y así, cerró los ojos.

III. Bienvenida a la Casa Orquidion

Al despertar, seguía allí.

Con el paso de los días, la verdad se hizo innegable: había reencarnado en otro mundo, en una familia que la amaba. Era un sueño hecho realidad.

Mamá Beatrice se desvivía por ella, y semanas más tarde, conoció a su padre, Arnold Orquidion. Arnold había estado ausente en la capital, Ximides, prestando su servicio al Rey. Beatrice, aunque claramente lo amaba, solía quejarse con un tono de gracioso reproche sobre la constante ausencia de su esposo.

La primera impresión de Arnold al ver a su hija fue efusiva.

—¡Oh, mi pequeña Isabel! —exclamó con orgullo, levantándola—. Tú serás la líder de toda la Casa Orquidion, mi pequeña.

Isabel, desorientada por ser objeto de tanto amor paterno por primera vez, no tuvo expresión alguna.

—Lo ves, Arnold —regañó Beatrice con humor—. Eso te pasa por estar siempre con el Rey Héctor. ¡Isabel ya ni te recuerda!

—¡Claro que no, Beatrice! —replicó Arnold, con una carcajada—. Es imposible que ella me olvide.

Sus divertidas disputas, que terminaban siempre en demostraciones de afecto, hacían que la bebé Isabel rompiera en sonoras risas.

Al pasar las semanas, Isabel lo entendió todo: no solo estaba en un mundo diferente, sino que era Isabel Orquidion, la hija única y heredera del Ducado del Elixir y las Rosas Azules. Aún no comprendía la política de Ximides, pero cuando Mamá Beatrice la llevó al balcón, el paisaje de jardines interminables y estructuras mágicas le confirmó que ese no era su mundo.

Se había acostumbrado al trato exquisito de sus padres y damas. Estaba viviendo, en su etapa de bebé, la vida de realeza que tanto había anhelado. Ahora, solo le quedaba tener paciencia y crecer para poder dominar este nuevo mundo, una vida que estaba dispuesta a atesorar más que nada.