Parte I: No te buscaba, pero aquí estás.
Las almas gemelas eran un viejo mito que, en algún momento, era normal en el mundo de los magos, y algo al azar en el mundo muggle; sin embargo, el tiempo pasó y eran cada vez menos las personas que nacían con media alma, teniendo a alguien en el mundo que lo complementase de una manera que pocos podían hacerlo.
Un nueve de Enero de 1960, un niño de seis años y de ojos grises, se había despertado en la mañana sintiéndose extrañamente feliz, aunque también sentía que algo le faltaba. Sin embargo, le restó importancia.
Un nueve de Enero de 1960, nació Severus Snape Prince. En el silencio de la noche, el niño parecía saber que perturbar el silencio traería consecuencias, así que no lloró en ningún momento, simplemente mirando con ojos curiosos e inocentes a su alrededor.
Un nueve de Enero de 1960, un destino comenzó a escribirse. Para bien, o para mal.
La señora Malfoy fue una buena mujer y una buena madre, a pesar de estar casada con un tipo como Abraxas Malfoy. Lucius siempre la recordará con cariño, sin importarle el claro desagrado de su padre por la mujer. Era, posiblemente, uno de los mayores actos de rebeldía que hizo jamás contra su padre: querer a su madre. Ella murió demasiado pronto, demasiado joven, pero Lucius sabía mejor que deprimirse por la pérdida de su madre, así que se permitió el duelo durante dos horas, contadas, antes de volver a ser el heredero Malfoy que su padre estaba creando.
No volvió a pensar en ella durante mucho tiempo. Hasta que un primero de Septiembre, algo cambió.
Hogwarts era fascinante, porque estaba lejos de las garras de su padre y lograba un poco más de libertad, pero aburrido a muerte: las clases no estaban mal, pero los niños de su edad, sus compañeros de Casa y algunos otros decentes de otras Casas, eran increíblemente sosos. Tan básicos y obvios en sus intereses para acercarse a Lucius que había dejado de ser divertido o molesto en algún momento: si creían que iban a atraer a Lucius a su círculo social simplemente por parecer idiotas enamoradas o por estar de acuerdo con él en todo lo que decían, realmente dudaba de que siquiera recordara sus rostros en el verano o, como ellos deseaban, por el resto de su vida.
Narcissa Black se acercó a él un día, en su segundo año, y hablaron superficialmente de algunas cosas sin sentido. Conocía a la chica, la había visto un par de veces en Mansión Malfoy, pero nunca habían hablado personalmente. Sabía que sería su esposa en un futuro. Su padre ya estaba arreglando los últimos detalles del contrato de matrimonio, y Lucius solo podía esperar que Narcissa no fuera otra idiota más.
Pasaron los años con notable aburrimiento en la escuela, pero entonces, en su sexto año, la vida adulta se complicaba cada vez más porque había un Señor Oscuro levantándose, y su padre quería, no, ansiaba arrodillarse delante del hombre (y posiblemente chuparle la polla, pero Lucius no lo diría en voz alta), y Narcissa estaba encaprichada con una chica de Hufflepuff, para horror y diversión de Lucius, y había algo extraño en un compartimiento cerca del final del tren hacia Hogwarts, que lo llamaba y lo llamaba y no dejó de llamarlo hasta que sus ojos se toparon con unos ojos negros como la tinta.
Lo primero que pensó cuando lo vio, fue que su nariz estaba demasiado rota para un niño de tan solo once años.
Lo segundo, fue que el niño claramente era un sangresucia, o al menos, se había criado con muggles, y había sido maltratado sin muchos miramientos.
Entonces, y solo cuando el chico comenzó a fruncirle el ceño y trataba de parecer molesto por la presencia silenciosa y la mirada atenta, claramente tratando de evitar demostrar vulnerabilidad ante alguien más mayor y capacitado que él, Lucius se dio cuenta que la calma se apoderaba de su cuerpo y mente, y una sonrisa lenta pero una de las más sinceras que dio desde que su madre falleció se deslizó sobre sus labios.
—¿Está ocupado?
Severus Snape era una pequeña y frágil cosa llena de miradas molestas, palabras sarcásticas y demasiado dolor en los ojos para ser tan joven. Habían varios niños así en Hogwarts, y algunos en Slytherin, pero a Lucius nunca le pudieron interesar menos sus lamentables y molestas existencias. Sin embargo, era la primera vez que esas miradas molestas y esas palabras sarcásticas eran dirigidas tan abiertamente hacia él, y era la primera vez que quería borrar el dolor en los ojos de alguien.
Luego del banquete de bienvenida, donde quedó más que satisfecho por tener al niño en Slytherin, Lucius estaba preparándose para dormir cuando algo en su mente resonó con fuerza, la suave voz de su madre susurrándole una cantidad de cuentos sobre almas gemelas, destinos escritos y finales felices, y- maldición porque Lucius tiene diecisiete años y su alma gemela es un maldito niño.
Ni siquiera le molesta saber que, en realidad, tenía un alma gemela cuando no se han tenido registro de ellas desde muchísimo antes del mismísimo Merlín, pero entonces, no estaba enamorado del niño, a pesar de que suponía que debería estarlo. En realidad lo tranquilizaba un poco, pero aún así estaba allí esa ferocidad dentro de él que quería proteger al muchacho de muchas cosas que ni siquiera podía controlar, y ni siquiera habían mantenido una conversación muy larga en el tren, sin importar que estuvieron casi siete horas, ambos, compartiendo el viaje. Severus se había dedicado a ignorarlo mientras leía algún libro, y los intentos de conversación de Lucius eran respondidos con palabras sarcásticas y alguna que otra mirada poco impresionada.
Le encantaba, pero no era amor.
Fue el turno de Narcissa de reírse de su situación, a pesar de que estar encaprichado con alguien no era lo que Lucius tenía en ese momento. Se lo dijo, y su mejor amiga lo miró con burla.
—Estás encaprichado con ese niño, solo que no de la manera romántica o sexual. No es necesario estar en una relación de ese estilo para sentirse completo con tu alma gemela, según cuentan— Narcissa le levantó una ceja—. En realidad, me sorprende que tengas un alma gemela: con lo bien que hablas de ti mismo todo el tiempo, es increíble que no estés completo. Merlín nos salve si ese chico acepta tu molesta presencia en su vida y termina completándote.
Cuando Lucius le presentó a Severus, Narcissa lo había adoptado automáticamente como una mamá pato. Severus se había aguantado sus frases sarcásticas cuando hablaba (muy poco, Narcissa era quien guiaba la conversación, y no le molestaban las respuestas monosilábicas del niño); pero mientras evitaba ser abiertamente hostil para Narcissa, Lucius era quien pagaba los platos rotos.
Lucius pagaba cualquier plato roto cuando de Severus se trataba.
Estaba fascinado.
En algún momento del primer mes de clases de ese año, Severus se había resignado a la presencia de Lucius en su vida, a pesar de que siempre había una pregunta cada vez que lo veía acercarse.
—¿No tienes más amigos?
—Nadie tan interesante como tú.
Siempre era la misma pregunta, y siempre era la misma respuesta. Al principio, la pregunta era hecha con hostilidad, como todo lo que Severus parecía que representaba, y la respuesta era amable y sincera, nada parecido a lo que Lucius representaba.
El niño de once años se había metido bajo la piel de Lucius sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera Lucius mismo. Entonces, cuando Narcissa estaba comentándole a Severus sobre el solsticio de Invierno, se enteró que Severus se quedaría en Hogwarts para esas fechas, y tanto por la mirada que compartió con Narcissa y por la presión en su pecho al ver la mirada de falso desinterés en el niño, Lucius supo que le esperaba unas buenas horas de castigo al volver a la mansión cuando firmó en la lista de alumnos que se quedarían por las fiestas.
Sin importarle la carta de su padre al no verlo en las celebraciones del solsticio como el futuro heredero, donde le comentaba amablemente que no se atreviera a volver al finalizar el año si apreciaba su vida, Lucius supo que hizo lo correcto cuando vio el estado de ánimo de Severus en la mañana del veinticuatro de Diciembre.
No hubieron miradas molestas, comentarios sarcásticos, ni siquiera fue ignorado de manera consciente: parecía que Severus se había encerrado en sí mismo, haciendo cosas automáticamente.
No le gustó.
Lo llevó al patio de la escuela luego del desayuno y le dio su regalo, un libro de un importante pocionista del mundo mágico, y la forma delicada en la que Severus acarició la portada del libro le dijo que no era por su simple amor a los libros.
—Mi madre falleció cuando yo era más pequeño— le había confesado luego de que estuvieran en el patio rodeados de nieve, una pequeña sonrisa triste en sus labios—. Ella era la única en casa que le gustaba la Navidad.
—¿Y tu padre?
—Un idiota más del montón— miró a Lucius de reojo, y era la primera vez que lograba ver inseguridad en sus ojos—. Es un muggle borracho. No sé qué vio mi madre en él.
Es un mestizo, fue el secreto que admitió Severus sin decirlo en voz alta. Pocos eran los mestizos en Slytherin, por no decir cinco o seis, y entendió por qué nunca dijo nada. Lucius había creído al principio que era un sangresucia, pero como tenía tantas habilidades mágicas para solo tener once años, era obvio que se había criado en un ambiente mágico. Por su nivel de entendimiento de la magia, Lucius no había pensado demasiado en ello.
Que lo admitiera era un gran paso en la relación entre ellos, según Lucius, porque todos sabían los pensamientos de Lucius cuando de muggles, sangresucias y mestizos se tratase. La inseguridad en los ojos del niño no era porque se sentía inseguro consigo mismo, o por lo que estaba contando: se debía a que no sabía la reacción que tendría Lucius.
Lucius mentiría si dijera que no estaba encantado por ver a Severus preocupado por su opinión. Le gustaba saber que tenía algo de control en el mocoso sarcástico.
—¿Alguna vez pensaste en matarlo?— sugirió Lucius con una sonrisa.
La vida de un muggle ciertamente no le interesaba...
—Me mandarían a un orfanato, o a un internado para niños criminales.
Sin embargo, se imagina al pequeño niño frente a él cubierto de la sangre de su padre, de su enemigo, y algo sucede dentro de su pecho.
—Podrías vivir conmigo. No me molestaría arreglar a algunos muggles para que ignoren lo sucedido.
Sonrió cuando la mirada molesta característica volvió a Severus, su melancolía olvidada por el momento.
Ese era el Severus que Lucius quería ver, no al niño triste y patético. Por la pequeña mirada de agradecimiento que recibió en medio de unas de sus conversaciones banales mientras volvían al calor del castillo, Lucius sabe que Severus tampoco disfrutó de su momento de debilidad.
Antes de finalizar el año, Lucius escuchó un rumor que corría entre los del segundo y tercer año de su Casa, y no le gustó para nada.
No lo comentó, pero Narcissa también se enteró en ese momento, y también estaba disgustada. Severus lo sabía mejor que nadie, porque al parecer habían comenzado en el segundo mes del año escolar, y no era algo que ciertamente se decía a sus espaldas, sino que se enfrentaban a él para confirmarlo.
Y Lucius se enteró porque uno del séptimo año se le acercó al finalizar su clase de Transformaciones.
—¿Qué tan apretado es el niño?— le había dicho, con una mirada que le provocó asco y una sonrisa que le provocaron ganas de golpearlo.
No hizo nada, solo inclinó la cabeza hacia un lado con curiosidad.
—¿De qué hablas?
—Vamos, Malfoy— cuando empezaron a caminar, el chico se atrevió a codearlo levemente, sin prestarle atención a la mirada de Lucius—. Todos sabemos que te follas a Snape. ¿No te molestará compartirlo estos últimos días, verdad?
Narcissa lo había detenido antes de que Lucius asesinara al bastardo, pero ella hizo su propio trabajo, cortando al tipo con un hechizo desde su hombro hasta su entrepierna. Lucius ni siquiera hizo una mueca de simpatía, y apenas lo pensó cuando Narcissa le dijo que hable con Severus mientras ella llevaba al patético intento de hombre a la enfermería.
Severus estaba en la biblioteca cuando lo encontró, y cuando le contó amablemente que había escuchado un rumor que lo afectaba directamente, el niño ni siquiera parecía sorprendido.
Porque lo sabía.
Y Lucius no podía estar más enojado.
—¿Por qué no me dijiste nada?— preguntó, molesto mientras apretaba sus manos en puños para evitar que su rostro indiferente demostrase la furia que sentía en ese momento.
—¿Por qué importa?— la tranquilidad del niño con respecto al tema le ponía los pelos de punta.
—¿Acaso te gusta la popularidad de ser una puta, Severus?— preguntó con falsa dulzura, a pesar de que algo dentro de él le recriminaba por estar hablando de esa manera a Severus. En ese momento, no le importó.
—Yo sé la verdad y tú sabes la verdad— Severus lo miró con paciencia, como si él fuera el adolescente de diecisiete años hablando con el niño de doce años, y no al revés—. ¿Qué importa lo que digan los demás?
—Es tu reputación la que está en juego.
—¿O es la tuya?— la mirada mordaz de Severus lo sorprendió levemente—. El gran Lucius Malfoy encamándose con un niñato mestizo. ¿Qué pensarán de ti ahora, Lucius? Yo que tú-
—Yo que tú cerraría la boca si sabes lo que te conviene— Lucius se había levantado de su asiento y se había acercado a Severus, casi levantándolo de su propio asiento cuando lo agarró por la parte delantera de su uniforme. Severus abrió un poco más los ojos, pero su mirada pasó a desafiante cuando sus rostros quedaron a centímetros. Lucius se enojó aún más—. ¿Realmente crees que, en este caso, me importa lo que digan de mí? Cualquier rumor se borraría en un abrir y cerrar de ojos en el momento en que lo niegue. Una escuela llena de ineptos no arruina mi reputación, porque siempre he tenido una. ¿Cuál es tu excusa, para actuar tan desinteresado ante tal difamación?
—Lo acabas de decir— Severus entrecerró sus ojos, colocando sus manos sobre las de Lucius, tratando de soltarse—. Una escuela llena de ineptos no arruina una reputación, ya sea la tuya, la mía, o la de mi maldito vecino— los ojos negros miraron fijamente a los grises, llenos de orgullo y rabia—. Si algún día, cuando sea adulto, voy a tener una reputación, va a ser por mí mismo. No por cómo me vieron los demás, o lo que decían de mí.
No funciona así, quiere decirle,no seas un idiota, pero no puede.
Porque Lucius confía en que, con Severus,será así.
Y si juega bien sus cartas, Lucius estará allí, a su lado, viendo cómo sucede. Cómo Severus se hace un nombre, cómo será respetado, cómo será admirado.
(O cómo será temido, pero Lucius no quiere pensar en eso. Severus es dulce, a su manera. Sus miradas de muerte ciertamente lograban congelar la sangre de uno, pero fuera de eso y de su lengua afilada, Severus no tenía mucha maldad dentro de él, a pesar de todo.)
(Si Severus fuera un Señor Oscuro, Lucius al fin encontraría una razón válida para arrodillarse frente a alguien.)
No dice nada, soltando a Severus lentamente y dando un paso atrás. Asiente, tomando una respiración profunda para tranquilizarse, antes de dejar que una sonrisa amigable se dibuje en su rostro.
A pesar de que su sonrisa llegaba a sus ojos, arrugándole levemente las esquinas y aunque sabía que no se notaba la falsedad en ella, Severus sabía. Sabía que era una sonrisa tan falsa como la calma que se había apoderado de Lucius, pero no dijo nada.
Lucius tampoco dijo nada, y no volvieron a hablar más del tema.
Tampoco hablaron más durante el resto de las clases, y en ningún momento del verano.
Entonces, Lily Evans, la sangresucia Gryffindor, apareció.