1| Salida en Falso
MILA
El mail llegó a las seis y treinta y siete de la mañana. A las seis y treinta y ocho ya había cometido el peor error de mi vida.
Comencé a leer aquel mail con un café en las manos, la compañía de Rosso a mi lado, un pequeño gato negro de las peores ondas, y el pijama que aún no me había quitado.
Tal vez no había sido una buena idea, pero el asunto del mail me pareció llamativo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, como si intentara advertirme que no estaba del todo bien leerlo.
El mail comenzaba muy formal, demasiado como para ser una broma o un intento de estafa.
Estimada Mila Soria: Le escribimos en representación de la escudería Valkyrion Racing.
Mis manos comenzaron a temblar, derramando apenas el café sobre el escritorio. Respiré hondo un segundo, intentando encontrar algo de paz interior, mientras era víctima de las miradas de odio de mi propio gato.
Hemos evaluado su perfil profesional y consideramos que cumple con los requisitos para integrarse al equipo como psicóloga principal del piloto N. Rainer.
Aquel apellido me sonaba extrañamente familiar, pero aún tenía mis dudas. Me acomodé los lentes, fijando la mirada en la pantalla.
El puesto requiere disponibilidad inmediata, confidencialidad absoluta y residencia temporal en el sistema europeo de competencias.
Le dirigí una mirada de silenciosa confesión a Rosso, como si el pobre también pudiera entender aquellas palabras. Pero no: lamentablemente yo era la única que comprendía la importancia y el peso de lo que exigía ese puesto.
Aguardamos su respuesta en un plazo máximo de veinticuatro horas.
Hay un dicho que asegura que la curiosidad terminó por matar al gato, y en esa metáfora yo era el gato curioso escribiendo el apellido de ese hombre en Google.
Al hacer clic, me encontré con algo extrañamente agradable a la vista. No pensaba negar que el sujeto de la foto era bastante atractivo, aunque su mirada tenía algo apagado, distante, como si estuviera siempre en otra parte.
Nikolái Rainer.
El nombre tenía peso. Poder.
Piloto de Fórmula 1 de la escudería Valkyrion Racing desde hacía algunos años. Dos campeonatos mundiales en su historial. Nacido el 30 de enero, en Berlín, Alemania. Veintinueve años.
Demasiado joven para haber logrado tanto. Demasiado perfecto para no esconder algo.
Entré de lleno en el mundo de los chimentos del deporte, algo que al principio me costó entender. Nombres, fechas, escuderías, estadísticas… todo se mezclaba frente a mis ojos hasta marearme. Pero después de una búsqueda intensa entre portales de noticias y algunas cuentas de fans, empecé a comprender quién era realmente ese tal Nikolái.
A lo largo de su carrera había sido conocido como el villano de la Fórmula 1 por muchos motivos, pero principalmente por su frialdad constante y sus comentarios fuera de lugar hacia compañeros de pista, periodistas y hasta directivos.
Los comentarios eran hirientes. Cero empáticos.
Encontré un portal que había hecho casi una línea de tiempo de sus hazañas dentro y fuera de la pista. Algunas cosas eran agradables de leer. Otras no tanto. Noches de festejos interminables, excesos de alcohol, novias tan pasajeras como sus sonrisas.
La única que había durado más de seis meses era una modelo francesa, que, según los medios, era quien lograba mantenerlo medianamente al margen de los problemas.
Mientras procesaba toda aquella información, estiré las piernas bajo el escritorio, acaricié la pequeña cabeza de Rosso y respiré hondo antes de ir a la cocina por una segunda o quizá tercera taza de café.
Aparentaba ser como un muro. Eso era lo extraño. Como si el control sobre ese auto fuera lo único capaz de sostenerlo en pie. Sus comentarios, sus sonrisas y sus miradas cargadas de sarcasmo daban a entender que realmente sentía poder sobre los otros.
Luego, con el café ya listo, volví a mi escritorio dispuesta a leer lo que restaba del mail.
Cuando me digné a abrir el documento que, en letras mayúsculas, se titulaba CONDICIONES EN EL ÁMBITO LABORAL, sentí miedo. Y no pienso negarlo. Pero lo sentí aún más cuando descubrí que dentro de ese archivo había demasiadas hojas llenas de cláusulas que, para mí, eran una red flag andante.
Primera sección. Y, a mi criterio, la más importante: la confidencialidad.
Tenía prohibido filtrar cualquier tipo de información respecto al estado emocional del piloto, tratamientos, peleas internas o incluso crisis personales. Prohibición total de hablar con la prensa. También de grabar o tomar fotografías, ya que mi teléfono podría ser revisado en caso de sospecha de filtración. Si llegaba a romper alguna de estas cláusulas, sería multada con una cifra millonaria.
Respira, Mila. Esto no es tan malo como parece.
Segunda sección: La disponibilidad. Según el documento, debía ser de veinticuatro horas, los siete días de la semana, durante toda la temporada. No podía rechazar un país, por más peligroso que fuera, y mucho menos ausentarme sin el permiso directo del director del equipo.
Tercera sección: La residencia. Tendría que vivir en alojamientos provistos por la escudería. No se me permitía elegir hotel y mucho menos traer acompañantes sin una aprobación previa. También se me restringirían las visitas. Y lo más importante: no debía tener ningún tipo de relación con los miembros del equipo.
Aquello sonaba más a un contrato con un demonio que a un contrato laboral. Eran demasiadas reglas, tantos cuidados… como si en sus manos tuvieran un secreto de Estado o una bomba atómica, y no un simple piloto.
Cuarta sección: Control absoluto del tratamiento. El equipo me exigiría reportes diarios del avance sin, obviamente, revelar información protegida por confidencialidad médica. Tenían libre albedrío para reemplazarme si no veían cambios evidentes, sin previo aviso. Y, en caso de que el piloto se negara a asistir a las sesiones, mi obligación sería igualmente estar disponible.
Era prácticamente como llevar un blanco en la espalda y ser vigilada constantemente.
Quinta sección: Dinero. Dios… esto venía escrito prácticamente con letras doradas. Un sueldo que tuve que leer dos veces para asegurarme de que no era un error. Si la actitud del piloto mejoraba, recibiría bonos adicionales. Pero no todo era color de rosas: si su comportamiento empeoraba, yo sería penalizada económicamente.
El dinero era tentador. Y pensar que podría ayudar a mis padres en Argentina hacía que ignorara la mayoría de estas condiciones dementes. Total… solo serían unos meses. Después estaría llena de dinero y podría hacer lo que quisiera.
Sexta sección: Relación estrictamente profesional. Se aclaraba que cualquier conducta que afectara la imagen de la escudería sería motivo de rescisión inmediata.
¿Por qué hacía falta la maldita aclaración? No es como si los psicólogos fueran por la vida intentando enamorar a sus pacientes. Justamente a esas personas que les entregan sus miedos más profundos. Además, eso era ilegal. No solo en el mundillo de la Fórmula 1, sino dentro de cualquier normativa médica de cualquier país.
Me alejé de la computadora un segundo mientras masajeaba mi sien, frustrada por la cantidad de reglas, cuidados y obligaciones que implicaban un solo paciente. Era evidente que era importante, y que para tanto escándalo debía estar realmente en pésimas condiciones.
No te adelantes. Aún no lo conoces.
El pobre hombre sería como un conejo de Indias y yo, la científica cruel que le diría qué decir, cómo actuar y hasta cómo respirar. Era cruel. Demasiado para ser una propuesta laboral cien por ciento médica.
Pero por mi mente pasaba una posibilidad aún peor: que, en vez de caer en mis manos, fuera a parar a otras mucho más crueles y poco éticas.
Me acerqué a la ventana de mi apartamento. El sol comenzaba a salir, apenas mostrando algunos destellos, y mientras los observaba con más atención de la que requería, no podía quitarme de la mente el dinero que estaba en juego.
Sonaba extremadamente egoísta de mi parte, pero con ese dinero mi madre dejaría de levantarse tan temprano para ir a dar clases. Y mi padre… Dios, mi padre podría ponerse un mejor taller. Serían libres de la explotación laboral.
¿Pero la felicidad de mis padres valía lo suficiente como para perseguir a alguien en el proceso?
Tomé el móvil, intentando no pensar en esa estúpida pregunta existencial, y entré a Instagram para buscarlo allí. Para mi sorpresa, tenía cinco millones de seguidores. Todo su perfil se centraba en las carreras. Nada de familia, novia o gustos propios. Solo trofeos y festejos vacíos.
Miré su foto una última vez, asegurándome de decidir bien mis próximos pasos, porque una parte de mí era consciente de que, después de esto, mis acciones no tendrían vuelta atrás.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de mi móvil vibrando entre mis manos. En la pantalla se iluminó el nombre de mi mama. Tuve que respirar hondo y obligarme a sonreír, porque ella siempre se daba cuenta de que algo me pasaba, incluso por el tono de mi voz.
—Mamá —saludé con entusiasmo fingido.
—Hola, cariño —dijo del otro lado de la línea—. ¿Cómo has estado? Si no te llamo yo, no te dignas a llamarme —se quejó, seguramente frunciendo el ceño.
—Lo lamento, mamá. He estado algo ocupada y el tiempo se me pasó volando —contesté, mintiendo como una cínica—. ¿Cómo están ustedes?
—Estoy yendo a ver a tu padre al hospital.
Esas simples palabras hicieron que mis manos temblaran por completo. La respiración se me volvió errática y la boca se me secó al instante.
—¿Qué le pasó? —pregunté alarmada—. ¿Necesitas que vaya? Puedo tomarme el primer vuelo si pido dinero prestado.
—No, hija, tranquila —respondió ella con una calma que no lograba tranquilizarme—. Tuvo un accidente en el taller. Ya sabes, hay muchas cosas por todos lados… Se cayó. Está acá solo para que lo monitoreen por si tuvo algún golpe grave.
Me sentí terriblemente culpable. Mi padre siempre, pero siempre, había trabajado duro para darme todo lo que necesitaba y mucho más. Según él, quería darme la vida que a él le hubiera gustado tener. Y por eso ahorró con sudor y lágrimas para traerme a Mónaco, un lugar que siempre soñé conocer y que él me permitió habitar.
—Mamá, te voy a pasar dinero, ¿sí? Para los medicamentos o los remises que necesites para trasladarte —le dije sin darle margen a una protesta—. Pero prométeme que va a estar bien.
Escuché cómo sonreía del otro lado, seguramente incapaz de creer que, aunque un océano nos separara, yo sería capaz de cruzarlo caminando solo por ellos.
—Vamos a estar bien, cariño. Tenemos dinero. Vos preocúpate por disfrutar todo lo que puedas.
—Mamá —dije con un nudo en la garganta—. Te extraño.
—Yo también, amor. Prométeme que nos vas a visitar en tus vacaciones —río—. Te haré tu comida favorita y saldremos de compras.
Cerca de mí estaba el sofá, en el que me dejé caer intentando tragarme las lágrimas para que mi madre no las escuchara.
—¿Puedo pedirte un consejo, mamá? —pregunté, jugando con el almohadón frente a mí—. Es importante.
Mi madre guardó silencio unos segundos.
—¿Es por un chico? ¿Alguien se atrevió a romperte el corazón? —preguntó, lista para golpear a quien fuera.
Aquello logró hacerme sonreír. Sabía que mi madre reconocía mi voz cuando estaba a punto de quebrarme.
—Es una propuesta laboral muy importante. Con un sueldo que podría darme hasta una casa propia en la punta de una montaña remota. Solo que tengo miedo de aceptar… o, mejor dicho, de fracasar —confesé con la garganta cerrada.
—Cariño —dijo ella, soltando un suspiro—. No pienses únicamente en el dinero. Claro que es importante, pero al fin y al cabo todos morimos y no podemos llevarnos ese dinero a la tumba.
—¿Decís que acepte?
—Digo que no tenés que dudar de vos misma. Sos la mujer más fuerte e independiente que conozco. No hay nada ni nadie que te detenga. Mira dónde estás, cariño… Estás en un país hermoso, viviendo tu verdadero sueño. Así que un trabajo más exigente no te frene.
Fueron aquellas palabras las que hicieron que tomara el poco valor que aún me quedaba en el cuerpo para tomar una decisión. Terminé la llamada luego de muchos gracias a mi madre y obligándola a prometerme que me llamaría si algo más pasaba con papá.
Luego de dudar un buen rato, cuando al fin me digné a sentarme frente a la computadora, mis manos temblaban. Tal vez solo fuera porque estaba a punto de firmar un trato con el mismísimo diablo. Respiré hondo, prometiéndome que todo estaría bien, que esta decisión era por un bien común, para mi familia y para mí.
Comencé a escribir. Unas pocas palabras al principio, luego las borré por pensar que ese mail sonaba demasiado a nena asustada. Lo intenté de nuevo, buscando sonar seria, pero ahora parecía un maldito robot.
—Dios, Mila, es un puto mail —me dije a mí misma, frustrada—. No es la muerte de nadie… o tal vez sí, y es la tuya.
Sacudí la cabeza, ignorando esos pensamientos estúpidos. Le di un sorbo a mi café ya frío y volví a escribir con las palabras que realmente me salían. Si lo pensaba demasiado iba a terminar mandando cualquier cosa, y yo tenía que dar una imagen profesional y seria ante ellos.
Porque mi madre tenía razón: un trabajo más exigente no iba a arrebatarme todo el poder que había estado construyendo.
Sus intenciones eran asustarme. Pero no lo lograrían.
Tecleé despacio, como si cada letra pesara más de lo normal.
Estimada representación de Valkyrion Racing:
He leído detenidamente las condiciones adjuntas y, tras evaluarlas, confirmo mi aceptación a la propuesta laboral para integrarme como psicóloga principal del piloto.
Quedo a disposición para coordinar los pasos a seguir, fechas de traslado y cualquier información adicional que consideren necesaria.
Atentamente,
Mila Soria
Leí el mensaje tres veces. Cuatro.
El cursor parpadeaba sobre el botón de “Enviar” como si me desafiara. Tragué saliva, cerré los ojos por un segundo… y apreté el botón.
Ya no había vuelta atrás.