Mejores Amigos, Mejores Amantes: La Historia de Colin y Penelope

Summary

Mi versión de la temporada 3 de Bridgerton, tomando elementos de la serie, del libro Seduciendo a Mr. Bridgerton y otros creados por mi. Luego de su viaje, Colin Bridgerton regresa a Mayfair como un hombre transformado y casi irreconocible para cualquiera que osara posar sus ojos en él. Pero su regreso triunfal a la sociedad estaba empañada por una persona que atormentaba sus días y noches debido a su silencio durante todo el tiempo que se mantuvo lejos: Penelope Featherington, su mejor amiga. Luego de haber perdido a Eloise y después de haber escuchado decir a Colin que jamás la cortejaría en el baile de su familia, Penelope estaba decidida a dejar atrás todo lo que tuviese relación con los Bridgerton, especialmente su amor por el tercero de ellos. Debia seguir adelante con lo único que le quedaba: ser Lady Whistledown. No obstante, todo se complica cuándo Colin regresa con intenciones de recuperar su amistad. Lo que Penelope no se imagina, sin embargo, es que las cosas estaban a punto de cambiar, especialmente porque su silencio había hecho algo más que solo afectar a Colin en su orgullo y su autoestima....había alterado el rumbo de su vida, para siempre. © Todos los derechos reservados

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Querida Penelope

He llegado finalmente a mi destino en España. La ciudad es hermosa, vibrante, llena de gente que a primera vista se ve agradable y alegre. Arribe en el puerto esta mañana después de un viaje cargado de caos y turbulencias que me dejaron agotado y al limite de mis fuerzas. Si te soy honesto, apenas si pude llegar al hostal dónde me hospedo por mi cuenta antes de desplomarme sobre las suaves sábanas que parecían llamarme cual canto de sirena a descansar. Dormí profundamente, de un modo que no había logrado hacer desde hacía varios días producto de la tormenta en la que el barco en el que viajaba se vio envuelto.

Fueron 3 días de completo horror e incertidumbre al punto en que vi pasar mi vida frente a mis ojos durante todo ese tiempo, ya que la posibilidad de que el barco se hundiera era alta. Pasé largos momentos pensando en mi madre, en mis hermanos...en ti, Penelope y en lo mucho que quería volver a verlos. No podía morir, no así, por lo que hice todo lo que estuvo en mis manos para poder ayudar a los marineros en cubierta, teniendo la imagen de cada uno de ustedes en mi mente como motivación para continuar pese a que las fuerzas se me iban agotando cada vez más a medida que transcurrían los días. Me hice un recordatorio mental de entrenarme físicamente durante estos meses, porque aquel incidente me hizo darme cuenta de que no estoy en forma y no deseo volver a enfrentarme a una situación así sin dar todo de mi como se que podría haberlo dado de no haber estado tan débil.

Ahora son las 8 de la noche, dormí durante todo el día y aún tengo que desempacar y comer algo antes de sentarme a conversar con los lugareños para saber que lugares visitar en los próximos días, pero no podía irme sin escribirte primero. Estaré durante 3 semanas en España antes de viajar a Francia, pero iré entregando las direcciones de dónde estaré para que tu correspondencia llegue a mis manos igual que en mi tour anterior.

Tengo que dejarte ahora, pero prometo que te iré contando todo lo que suceda. Por favor, cuídate y dile a Eloise que no se le ocurra ingresar a mi habitación a leer los libros de mis días en Eton sin autorización.

Tu amigo,

Colin.

Querida Penelope

Me encuentro en Francia, específicamente en Paris, la llamada “ciudad del amor”. Desde mi habitación en mi nuevo hostal temporal tengo una vista hermosa de un parque maravilloso que creo que te encantaría . En estos momentos, no tienes idea como me gustaría tener las habilidades artísticas de Benedict para poder dibujar el paisaje que tengo ante mis ojos para ti. Es de verdad increíble y ni siquiera quiero comenzar a hablarte acerca de los famosos croissant, una delicia de la pastelería francesa que, sin temor a equivocarme, algo me dice que te encantarían tanto como los éclairs. Si no supiera que estos pequeños pasteles con forma de luna van a podrirse en el camino, te llevaría una caja de ellos, así que veré si existe algún libro de repostería que pueda llevar conmigo de regreso para que los cocineros en mi casa o, incluso los tuyos, aprendan como hacer estas delicias y así puedas probarlas. Si bien hay mucho más que quisiera contarte, admito que tu falta de respuesta mientras estuve en España me desconcertó.

Cartas de mi familia fueron llegando a medida que transcurrían los días, pero solo de mi madre, Benedict y Francesca, quién me pidió regresar a Londres antes de su debut, algo que le prometí que haría independiente de dónde estuviese. Si bien, saber el estado de mi familia me debió haber generado felicidad, la verdad es que todo eso fue opacado por la falta de respuesta de tu parte.

Por un momento, creí que se había dado algún retraso en la correspondencia, por lo que decidí quedarme un par de días más a verificar si mi teoría era correcta, más grande fue mi decepción al darme cuenta de que no era así, ya que, si bien el encargado estuvo en mi hostal entregando cartas y encomiendas, no había ninguna para mí, por lo que al final decidí solo empacar mis cosas y seguir con mi tour.

Disculpa si sueno como un hombre intranquilo, pero recuerdo muy bien que, en mi tour anterior, tus respuestas siempre eran rápidas y supongo que ahora esperaba lo mismo. Tal vez estoy pidiendo demasiado en esta oportunidad, quién sabe, pero tus cartas siempre me llenan de vida, Pen, son de hecho las que más espero ya que es como si estuviera ahí hablando contigo sin importar que yo me encuentre en otro lugar del mundo en este momento.

Espero de verdad que te encuentres bien y a salvo, ya que, pese a que sé que no debería estar pensando en esto, tengo la sensación de que hay algo que esta mal, aunque no tengo idea que es.

En un par de semanas más parto rumbo a Italia, pero me mantendré aquí lo suficiente para poder recibir toda la correspondencia que espero, especialmente la tuya porque no me gustaría perder ninguna carta.

Tu amigo,

Colin.

Querida Penelope

Una falta puede ser coincidencia, pero no dos. Y disculpa que comience esta carta de este modo, pero la verdad es que ya no estoy desconcertado, sino preocupado.

En mis últimas cartas, aproveché de preguntarle a mi familia respecto de tu bienestar y pese a que solo mi madre me respondió diciéndome que estabas bien y que estabas a punto de viajar al campo con tu familia, la sensación de que algo esta mal volvió a resurgir en mi pero esta vez con mayor fuerza.

Por favor, sé honesta conmigo y dime que sucede. ¿Estas demasiado ocupada? ¿Ya no quieres hablar conmigo? ¿Tu madre descubrió que nos escribíamos? ¿Sientes que te estoy aburriendo como todos los demás? En estos momentos de total incertidumbre, créeme que cualquier respuesta tuya será mejor que tu silencio.

Incluso Eloise a estado silenciosa respecto a ti en su carta, pese a que le pregunté directamente si te encontrabas bien, más ella omitió mi cuestionamiento y no me respondió, lo cual me dejó aún más intrigado y pensativo.

¿Qué sucede? Pen, tu sabes que puedes confiar en mi y decirme lo que sea, así que, si algo te sucede o tienes algún problema, dímelo. ¿Recuerdas lo que te dije durante el baile de tu familia a fines de la temporada pasada? Te prometí que siempre cuidaría de ti porque me importas y eres especial para mí, y lo dije en serio. Si me necesitas, solo basta una palabra de tuya y yo doy por terminado mi tour y me regreso a Londres en el próximo barco si hace falta, pero por favor, necesito saber que esta sucediendo.

Me encuentro en Italia en estos momentos, pero pronto partiré rumbo a Grecia para visitar la bella ciudad de Atenas, la cual no logré visitar la última vez que estuve en ese país. Esperaré ansioso tu respuesta antes de decidir movilizarme a mi siguiente destino.

Tu amigo,

Colin.

Cuatro semanas habían transcurrido desde su última carta y aún no recibía una respuesta

Con un suspiro, Colin Bridgerton se dejó caer sobre su asiento junto al escritorio en su habitación en Italia con un vaso lleno del mejor Brandy de la ciudad en su mano izquierda mientras que su mirada se encontraba perdida en la ventana que daba a la plaza dónde la gente parecía encontrarse en medio de una celebración, ya que la música y la danza no habían parado desde hacía varias horas.

Sonrió sin ganas ante la escena, bebiendo un sorbo de aquel líquido añejo que quemaba su garganta pero que le ayudaba a no pensar demasiado como venía haciéndolo desde hacia varias semanas. Si estuviera de otro humor, Colin estaba seguro de que él se encontraría ahí, divirtiéndose y posiblemente bailando y coqueteando con una que otra dama, pero como estaba a punto de golpear a alguien, prefirió enjaularse a sí mismo en aquella pequeña habitación durante esa calurosa noche solo para salvar al mundo de sus tormentosas emociones que estaban al borde de hacerle perder el control.

Penelope no iba a responderle. Y pese a que aún no lograba entender porque, el tercero de los Bridgerton decidió, después de haber caído en la negación durante semanas, que ya era hora de asumir la realidad y rendirse de una vez porque estaba claro que no había nada que pudiese hacer para cambiar eso.

Sus pesados músculos, producto de meses de entrenamiento y trabajo en los salones de boxeo que visitaba en cada ciudad en la que se dejaba caer, se encontraban tensos y cubiertos de una ligera capa de sudor aun estando semidesnudo. El nerviosismo, la intranquilidad que lo aquejaba, se habían vuelto evidentes en su pierna izquierda que no había dejado de moverse como si fuera un resorte desde que Penelope había decidido que su nueva forma de comunicación con él sería el completo silencio.

Siguió bebiendo, queriendo apagar su mente de una vez por todas, borrarse de aquella realidad en la que vivía y de sus preocupaciones el tiempo suficiente para que el mundo volviera a articularse como lo conocía y todo volviese a ser igual que antes. Más sus esperanzas se hacían pedazos en cada despertar después de una borrachera y con un dolor de cabeza que le recordaba en exceso lo vivo que estaba y que todo lo que creía no ser más que una pesadilla en realidad estaba sucediendo.

¿Por qué? Era la pregunta con la que su mente lo atormentaba día y noche. Porque Penelope no había respondido a sus cartas.

Durante su primer tour, ella siempre había sido la primera en responderle y siempre con un enorme entusiasmo. Sus cartas eran largas, cargadas de detalles e impresiones que Colin no podía evitar sonreír como un tonto cada vez que comenzaba a leerlas, contagiándose de su inocencia, de su curiosidad innata de un modo que hacían crecer su entusiasmo y con ello, las ganas de responderle de inmediato. Cosa que sucedía, ya que cada vez que terminaba de leer alguna de sus cartas, él tomaba asiento en su escritorio, llenaba su pluma con tinta y comenzaba a escribir de vuelta con rapidez, procurando entregarle tantos detalles como fuese posible de modo que pudiese imaginarse todo con el mayor realismo, como si ella estuviese ahí con él y no a miles de kilómetros de distancia.

Su intercambio por correspondencia siempre era fluido y nunca habían tenido algún inconveniente, ni siquiera retrasos, aún frente a las complicaciones climáticas o los posibles desvíos. Sus cartas llegaban a manos de ella a tiempo del mismo modo que él recibía las suyas en lo más parecido a una perfecta danza de ir y venir que ambos compartían.

Pero ahora, parecía que él era el único que se encontraba bailando ese vals imaginario, dado que su compañera de baile había decidido abandonado.

Dejando escapar una vez más un hondo suspiro, Colin bebió de su vaso hasta acabar su contenido y dejó que sus bellos ojos azules, ahora tormentosos, opacos y cargados de nostalgia, se desviaran de la ventana para posarse ahora sobre su escritorio, dónde varias cartas se encontraban abiertas y regadas por doquier. Debían haber por lo menos quince de ellas, todas con perfecta caligrafía y con su nombre al final: Penelope.

Que patético debía verse en ese momento, pensó él. Después de días sintiéndose miserable y noches sin dormir, a Colin no le quedó otra opción que buscar una forma de obtener algo paz. Intentó todo lo que se le ocurrió: desde emborracharse hasta caer rendido, coquetear con cada mujer que se encontraba en los eventos sociales a los que asistía e incluso, luchar en el ring de manera continuada y sin descanso. Pero al final del día, todo fue inútil. Hasta que una noche y gracias a una terrible pesadilla dónde Penelope le decía que ya no quería volver a verlo, abrió su bolso para extraer las cartas que ella le había enviado durante su tour anterior.

Aún podía recordar como las manos le temblaban en ese momento mientras intentaba, no sin esfuerzo, poder abrirlas con cuidado procurando no romperlas, ya que eso habría terminado por liquidarlo. Y solo cuando comenzó a leer, concentrándose en cada palabra mientras percibía el delicado aroma de ella impregnado en el papel, Colin sintió que podía respirar nuevamente.

Era una fortuna que él siempre cargara consigo esas cartas a dónde quiera que fuese y no solo por el temor de lo que sucedería si alguien las encontrara en su habitación si hubiese decidido dejarlas en casa, sino porque era como si llevara algo importante de Mayfair con él a todas partes. Extraño como fuese, así se sentía. Con sus cartas, Penelope lo hacía sentirse conectado a Londres, a su hogar, algo que ninguno de los miembros de su familia había conseguido hacer alguna vez sin importar que tanto le respondieran. Y lo hacían muy poco. Pero cuándo lo hacían, era decepcionante.

Cada carta que le enviaban era simple, con palabras burdas y objetivas, dándole a Colin la impresión de que más que estar interesados en él, le respondían solo por obligación, algo que no hacía otra cosa que acrecentar el vacío que llevaba sintiendo desde todo lo sucedido con Marina. O Lady Crane como se suponía que era ahora.

Si bien él sabía que nunca lo diría en voz alta, no había podido dejar de odiarse a si mismo desde que habló con ella por última vez, siendo, el peso de sus palabras, una carga que llevaba consigo a dónde quiera que fuese. Aquella sensación terrible de ineptitud, de completa falta de propósito, de saberse inadecuado incluso como hombre era como un monstruo que se lo iba devorando lentamente y a cada segundo que pasaba.

Colin sabía que era diferente. Siempre lo había sabido. Él no era como Anthony o Benedict que tendían a cogerse todo lo que se movía desde que tuvieron la edad suficiente para ello. Él era un hombre sensible, romántico en su esencia, pero también intenso y apasionado cuándo el fuego se encendía en su interior, haciendo que tomara decisiones impulsivas que últimamente no habían hecho otra cosa que dejarlo en ridículo y reduciéndolo a nada más que un niño que aún necesitaba del permiso de los adultos incluso para tomar decisiones.

Y el haber sido increpado por ser quién era en más de una ocasión, incluso por la mujer de la que en algún momento pensó que estaba enamorado, era suficiente para hacerlo gritar de frustración.

La mirada de Colin cayó de pronto a su mano derecha, dándose cuenta de que la tenía empuñada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos producto de la tensión. Cosa curiosa era eso, pensó, la ira. Su cuerpo la sentía, a poco temblaba por ello, pero cuándo se miró en el espejo junto a su cama, lo único que vio fue un rostro impasible, demacrado y unos ojos que demostraban tanto dolor como sabía que su alma sentía en aquel momento.

Apenas si podía soportarlo.

Sin pensarlo, Colin arrojó el vaso vacío en sus manos en dirección al espejo, haciéndolo pedazos de manera instantánea. Los cristales saltaron en todas direcciones y otros, cayeron de manera dispersa en el suelo, más al tercero de los Bridgerton no le importó. Ya no podía soportar ver su propio reflejo sabiendo lo odiado que era su verdadero yo allá donde quiera que fuese. Y dándose cuenta de que hasta Penelope parecía haberlo abandonado por la misma razón, porque de verdad no podía imaginarse otro motivo del porque ella había dejado de responder a sus cartas aparte de que se había aburrido de él como todos los demás, tal vez ya era hora de tomar medidas drásticas.

Si ser un libertino como Anthony o Benedict era lo que se necesitaba para encontrar su lugar en la sociedad, entonces bien que así fuese. Apagaría sus emociones lo suficiente para que no le estorbaran y se transformaría a si mismo en el hombre que todos esperaban que fuese, aquel al que nada le importaba salvo seducir mujeres y vivir la vida.

Pero para llegar a eso, había algo que debía perder primero y parecía que aquella noche era perfecta para ello.

Decidido, Colin se levantó de su asiento y comenzó a vestirse para quedar presentable, aplastando con sus botas los pedazos de vidrio esparcidos por doquier como si nada, ya que, por primera vez desde hacía varias semanas, su mente finalmente lograba salir de su miseria y enfocarse en un único objetivo. Así fuese obra de su determinación o del hecho que estaba medio ebrio, no importaba, solo le alegraba el poder focalizar su atención en otra cosa que no fuese seguir cuestionándose el silencio de Penelope por más tiempo.

El sonido de golpeteos cada vez más insistentes en su puerta, sacó a Colin de sus cavilaciones de manera momentánea. ¿Quién podrá ser?, pensó él y luego de ajustar su chaqueta, decidió abrir solo para encontrarse de cara con un reconocible hombre alto, de tes blanca, cuerpo corpulento, cabello negro y oscuros ojos verdes que brillaban de forma pícara.

-¡Ciao, Bridgerton! – anunció él de forma alegre y exaltada mientras se acercaba para darle un fuerte abrazo.

-Leonardo – respondió Colin de forma afable, devolviéndole el abrazo.

Leonardo Giannoli había sido la primera persona que él conoció cuándo llego a Italia en uno de los clubes de boxeo a los que había asistido para poder entrenar su físico. Ambos se habían hecho buenos amigos desde que Colin había logrado noquearlo en su primer combate amistoso después de varias derrotas dónde Leonardo había conseguido hacerlo pedazos y sin posibilidad de levantarse de la cama durante días. Si bien no había ningún parecido físico entre ambos, su camaradería y lealtad le recordaron mucho a Will Mondrich, por lo que a Colin no se le hizo extraño que ambos lograran convertirse en tan buenos amigos en poco tiempo.

-A qué debo este honor – dijo Colin sin hacer una pregunta luego de que se hubiesen separado – Buscando la revancha, ¿tal vez?

Leonardo echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una carcajada ante eso.

-Oh, Bridgerton, eres muy divertido – respondió él en un impecable inglés y negando con la cabeza mientras se acariciaba la quijada como si recordara de pronto dónde le atestó el golpe – Pero no, esta noche no es para que nos intentemos hacer pedazos mutuamente. Venía a ver si estabas de humor para divertirte un poco – dijo alzando una ceja de modo que Colin entendiera a que se refería.

Y claro que lo sabía. Leonardo verdaderamente no podía haber llegado en una mejor oportunidad que esa, pensó él.

-Te escucho – respondió Colin, tratando de mostrarse mas interesado de lo que en realidad estaba.

Leonardo le sonrió.

-Cerca de aquí está el mejor burdel de la ciudad, uno exclusivo para caballeros dispuestos a pagar más del precio acostumbrado y que tiene a las mujeres más bellas y experimentadas de toda Italia – explicó con evidente entusiasmo – Ya estuve ahí y créeme, vale cada libra de tu bolsillo, mi buen amigo. Así que ¿Qué me dices? La noche es joven y creo que cualquier cosa es mejor que estar solo en tu habitación cuándo hay tanto por lo cual disfrutar.

Por un instante Colin no respondió, ya que algo en su interior se tensó automáticamente ante la idea de lo que vendría, aunque nada hubiese sucedido aún. Su mirada entonces se giró a su escritorio a sus espaldas con las cartas regadas por doquier como un terrible recordatorio de su realidad y de que las cosas ya no podían seguir como estaban. Había que cambiar, le gustara o no, y el primer paso se había presentado en su puerta casi como una señal antes de que él mismo saliera a buscarlo.

El hombre que soy morirá esta noche, pensó. Y que así fuese.

-Como podría decirle que no a una oferta como esa, mi amigo – respondió Colin de manera casi arrogante y con una sonrisa que nunca alcanzó sus ojos – Guia el camino.

-Te prometo que no te arrepentirás – le aseguró Leonardo con entusiasmo mientras le daba una ligera palmada en su hombro antes de comenzar a movilizarse por el pasillo del hostal en dirección a las escaleras.

Eso espero, pensó Colin quién, luego de dirigirle una última mirada de cruda nostalgia a las cartas sobre su escritorio, cerró la puerta a sus espaldas decidido a dejar todo atrás.

Decidido a aniquilar al hombre que era.