PRÓLOGO
- Es tu culpa...
- ¡TODOS HAN MUERTO POR TU CULPA!
Escucho voces... Voces que me susurran, me gritan y me acusan.
Voces que me hacen temblar, que aceleran mi pulso y secan mi garganta. Voces que me atormentarán por toda la eternidad.
- ¡CALLAROS, SILENCIO!
Me tapo los oídos y trato de huir. Al dar unos pasos más, las voces se desvanecen.
Por fin me libro de ellas... aunque sé que no por mucho tiempo.
Me acerco a la orilla del río y me arrodillo para lavarme la cara.
El agua fría me despeja y calma mi creciente ansiedad.
Me pongo en pie y miro a mi alrededor. La noche es tan oscura que podría devorar cualquier alma incauta.
Camino cabizbaja, de vuelta al lugar donde habíamos acampado provisionalmente.
Allí está Rheon, que me observa con curiosidad al ver los mechones húmedos que caen por mi rostro.
-Sariel, te estaba buscando. He oído gritos -se acerca a mí, preocupado, pero me alejo levemente-.
-No te preocupes. He ido al río para refrescarme -mi tono de voz es frío, como de costumbre-.
-¿Otra vez las sombras? -pregunta con cautela.
Asiento y me recuesto junto al fuego de nuevo.
La conversación termina en ese instante.
Rheon lleva suficiente tiempo a mi lado como para saber lo reticente que soy cuando se trata de hablar de las sombras.
Aquellos seres espectrales me siguen desde que fui abrazada por la muerte y los Dioses me permitieron volver al mundo de los vivos.
Voces y rostros que conozco a la perfección, porque son los mismos que me traicionaron y asesinaron.
Las almas de aquellos a quienes exterminé en busca de venganza.