Primer día
El pasillo parecía interminable, pintado de un verde que se mezclaba con el murmullo nervioso de decenas de voces nuevas. Sami caminaba junto a Carmen y Óscar, dos compañeros que venían del mismo colegio privado que ella, intentando no perderse entre tantas puertas y columnas rojas granate que se alzaban como guardianas entre el edificio y el gimnasio. El patio, con sus bancos alineados sobre la hierba, se abría como un respiro en medio de tanta novedad.
Ella no hablaba demasiado, observaba. El corazón le latía rápido, no solo por la emoción de empezar una etapa desconocida, sino porque, de pronto, sus ojos se detuvieron en alguien.
Él.
Alto, delgado pero con una fuerza discreta en su postura. La piel clara contrastaba con el cabello oscuro, casi negro, que caía con naturalidad sobre la frente. No sabía por qué, pero había algo en su mirada, enigmática, que la atrapó. No se dijeron nada. Él caminaba acompañado de otro chico, igual de perdido en aquel recorrido. Pero Sami lo miró, y en ese instante, sin entenderlo, supo que esa imagen se quedaría guardada en algún rincón de su memoria.
—¿Te imaginas cómo serán los profes aquí? —preguntó Óscar, caminando a su lado con una sonrisa confiada.—Seguro que más estrictos que en el otro colegio —respondió Carmen, ajustándose la mochila con gesto nervioso.
Sami los escuchaba, pero no terminaba de entrar en la conversación. Sentía que cada palabra se le escapaba, como si estuviera demasiado ocupada en observar todo lo que la rodeaba. El instituto era enorme, distinto al colegio del que venían, y ella quería que este año fuera distinto también.
En el colegio nunca había sido la chica popular, ni la atractiva. Siempre había estado en un segundo plano, invisible. Ahora, con doce años recién cumplidos, se repetía a sí misma que tenía que cambiar. Que este instituto sería una oportunidad para empezar de nuevo.
—¿Sami, estás bien? —le preguntó Carmen, notando su silencio.—Sí... solo estoy pensando —respondió ella, forzando una sonrisa.
El recorrido continuó, los pasillos se sucedían, las voces de sus compañeros llenaban el aire. Pero ella, sin darse cuenta, ya llevaba consigo una imagen que no se borraría fácilmente.
—Seguro que aquí hay más gente interesante que en el colegio —dijo Óscar, con esa seguridad que parecía acompañarlo siempre. Caminaba erguido, como si ya conociera el lugar.—Interesante... o insoportable —bufó Carmen, rodando los ojos. Su voz sonaba áspera, como si todo le molestara.
Sami sonrió apenas, sin saber qué contestar. Carmen siempre había sido así: directa, borde, con un carácter que no dejaba espacio para la duda. En el colegio, nadie la consideraba atractiva ni simpática, y ella parecía llevarlo como un escudo. Óscar, en cambio, era todo lo contrario: confiado, hablador, inteligente, con esa facilidad para caer bien que Sami envidiaba en silencio.
Mientras avanzaban por los pasillos verdes, Sami sentía que cada paso era una prueba. El eco de las voces, los bancos del patio que se asomaban a través de las ventanas... todo era nuevo, y ella quería que ese nuevo comienzo significara algo distinto para sí misma.
“No quiero seguir siendo invisible.“, pensaba.
Óscar seguía hablando de deportes, de cómo esperaba que el equipo de ajedrez del instituto fuera mejor que el del colegio. Carmen lo interrumpía con comentarios sarcásticos, y Sami asentía de vez en cuando, aunque su mente estaba en otra parte.
Porque, aunque intentaba concentrarse en lo que decían, la imagen de aquel chico seguía apareciendo en su cabeza. No entendía por qué. Nunca se había fijado en nadie, nunca había sentido ese cosquilleo extraño en el estómago. Era como si algo nuevo hubiera despertado dentro de ella, algo que no sabía nombrar.
El recorrido terminó en el patio. El aire fresco la envolvió, y por un instante se sintió más ligera. Los bancos de metal, la hierba verde y el murmullo de los demás alumnos llenaban el espacio. Carmen se quejaba del calor, Óscar buscaba con la mirada a otros chicos, y Sami... Sami se quedó quieta, mirando hacia el grupo que había visto antes.
Él estaba allí, hablando con el chico que lo acompañaba. No la miró. No había nada especial en ese instante, salvo que ella lo observaba como si quisiera guardar cada detalle. La piel clara, el cabello oscuro, la postura tranquila. Una imagen que no sabía por qué le importaba, pero que se quedaba grabada en su memoria.
No era amor todavía. Eran niños. Pero Sami, sin darse cuenta, ya llevaba consigo la primera chispa de algo que crecería con los años.
El coche olía a ambientador de vainilla, demasiado dulce para el silencio que lo llenaba. Sami miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad pasaba rápida, los edificios cambiando de color y forma. Su madre conducía con gesto serio, los labios apretados, como si cada semáforo fuera una molestia más.
—¿Qué tal el primer día? —preguntó al fin, sin apartar la vista de la carretera.
Sami dudó un segundo antes de responder.—Bien... diferente.
Su madre frunció el ceño.—Ese instituto no me convence. Ni la zona. No es lo que esperaba para ti.
Sami bajó la mirada. Sabía que su madre pensaba que aquel lugar estaba por debajo de su nivel, que no podía aportarle nada bueno. Pero ella y sus amigos habían insistido tanto... querían un cambio, querían escapar de las paredes impecables del colegio pijo, de las normas rígidas y las miradas que siempre la habían hecho sentir invisible. El instituto tenía mala fama, sí, lleno de gente distinta, todo lo contrario a lo que conocía. Pero para Sami, esa diferencia era justo lo que necesitaba.
—Mamá, no está tan mal —dijo en voz baja.—Ya veremos —respondió ella, con un tono que cerraba la conversación.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Sami pensaba en los pasillos verdes, en las columnas granate, en las voces nuevas que llenaban el aire. Y, sin querer, la imagen de aquel chico volvía a su mente. No sabía qué significaba, no le daba importancia, pero estaba ahí, como una sombra suave que la acompañaba.
Cuando llegaron a casa, su padre no estaba, estaban divorciados. Mejor así. La relación con él era tensa, llena de reproches y silencios incómodos. Subió a su habitación, dejó la mochila en el suelo y se tumbó en la cama. El día había sido largo, y aún así sentía que apenas empezaba.
El móvil vibró. Era Luna.
—¿Qué tal tu primer día? —preguntó su hermana, la voz cálida desde la universidad.—Raro... pero bien. El instituto es enorme, y la gente... distinta.—Claro, es normal. Yo también estoy rodeada de gente nueva. Al principio cuesta, pero luego te acostumbras.
Sami sonrió, abrazando la almohada.—Espero que sí.
Hablar con Luna siempre la tranquilizaba. Su hermana entendía lo que era empezar de cero, lo que era sentirse pequeña en un lugar lleno de desconocidos. Compartieron impresiones, risas nerviosas, y cuando colgaron, Sami apagó la luz.
Se quedó en silencio, con la imagen de aquel chico flotando en algún rincón de su memoria, sin saber por qué. Y así, con esa sensación vaga acompañándola, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.