1. El comienzo.
Todo comenzó cuando Yuno, una niña de siete años que iba a primaria, caminaba hacia su escuela como cualquier otro día. Mientras avanzaba por la acera, su mirada se detuvo en un vagabundo que limpiaba las paredes con la sangre de un gato. El animal yacía muerto a su lado, con la barriga abierta y los ojos vacíos. Las demás personas de la zona vieron lo mismo y, de repente, lo atacaron en multitud, con puños y pies que llovían sin control. Por suerte, la profesora de Yuno pasaba por allí y la guió rápidamente hacia el colegio, cubriéndole los ojos para que no viera el escenario violento.
Cuando llegaron al patio, los niños jugaban como siempre. Pocos minutos después, cuando el timbre sonó y comenzaron las clases, todo se quedó en silencio. Alguien gritó desde la ventana: «Mira el cielo!» El azul claro se tiñó de un rojo oscuro, como sangre fresca, hasta que el salón se llenó de una luz rojiza y escalofriante. En ese instante, se escucharon crujidos en los pasillos y un silbido agudo que dolía en los oídos: de partes desconocidas del edificio —el sótano cerrado, el tejado olvidado, los armarios vacíos— comenzaron a salir los demonios. Eran horribles: algunos con cuernos y ojos de fuego, otros con múltiples patas y bocas de dientes afilados, y unos que manipulaban las sombras o hacían desaparecer las cosas. Pero no hablaban —solo transmitían hambre y poder con su mirada.
El salón se llenó de gritos. Los niños corrieron hacia las puertas, pero estaban cerradas y las sombras las ataron. La profesora fue congelada por el aliento de uno de los demonios y luego desaparecida por otra. Yuno se refugió bajo su mesa, abrazando sus piernas, y vio cómo los demonios mataban a todos los demás: unos se desvanecían con la mirada, otros caían en agujeros que se abrían en el suelo. El salón quedó vacío, y los demonios se alejaron —pero no la vieron, tan apretada contra el suelo.
Después de treinta minutos de espera, Yuno salió de su escondite. Tenía hambre y buscó comida en los bolsos de sus compañeros fallecidos: encontró chocolate, una manzana y galletas. Luego se acercó a la ventana rota y miró afuera: la ciudad estaba llena de monstruos nuevos. El Deshilachador, un montón de cabello con manos de uñas de metal; la Reina de los Ojos, un cuerpo sin cabeza con ojos por todo el cuerpo; el Trompetista Silencioso, un elefante sin piel con un tubo de metal; y las Sombras que Respiran, oscuridades que devoran las sombras de los seres vivos. Había otros más: con cabeza de pájaro y cuerpo de araña, o solo bocas dentadas que rodaban por el suelo.
No podía quedarse en el colegio. Se atrevió a salir y caminó con cuidado hacia su casa, evitando a los monstruos. Llegó a la puerta entreabierta: la casa estaba vacía, la televisión mostraba imágenes borrosas del cielo rojo antes de cortarse la señal. Pero pronto escuchó un ruido en el patio: el Hojalatero, un niño cubierto de chispas de metal con pinzas en los brazos, rompía el cercado; y la Niebla Viviente, una humedad densa que pudre lo que toca, se colaba por el resquicio de la puerta trasera.
Yuno corrió hacia la puerta principal, pero vio a la Reina de los Ojos en la acera. En cambio, se metió por la ventana de la cocina y cayó en un callejón. Corrió hasta la salida y se refugió en una casa pequeña con la ventana entreabierta. Dentro, sentado en una silla, estaba el vagabundo de la mañana —ahora limpio, con los ojos calmados. No hablaba, pero escribió en la mesa con tiza: «Yo lo sabía. El gato no era un gato, era un demonio pequeño. Si no lo mataba, habría abierto la puerta para los demás». Le dijo que era el único que podía ver los demonios antes de que aparecieran y que Yuno había sobrevivido porque había visto la verdad.
Mientras comían pan y queso, escucharon pasos desesperados: una mujer corría por la calle, perseguida por la Cabeza Errante —una cabeza gigante con cuatro piernas de perro y dientes de cuchillo. La mujer se tropezó, y la criatura la se tragó de un solo bocado sin dejar rastro. Yuno quería ayudar, pero el vagabundo la detuvo. En ese momento, la Reina de los Ojos vio la luz roja que se filtraba por la persiana y se acercó a la casa.
El vagabundo cerró todas las persianas y llevó a Yuno al sótano por una trampilla debajo de la alfombra. Fuera, la Reina de los Ojos rompió la puerta y se movió por el salón, sus ojos mirando a través de las paredes hasta encontrar la trampilla. Empezó a arañarla con sus uñas, y el wood empezó a desgastarse. El vagabundo cogió un trozo de metal grueso, listo para defenderlos cuando la criatura consiguiera bajar.
Justo cuando la trampilla se rompió y la cabeza de la Reina de los Ojos apareció en el borde, el vagabundo le mostró a Yuno un pequeño objeto de metal que llevaba en el bolsillo: era un amuleto en forma de gato. «Míralo y cierra los ojos», escribió rápidamente en el suelo con su pie. Yuno lo hizo, y cuando abrió los ojos, vio lo que el vagabundo veía: la Reina de los Ojos no era más que una sombra negra con puntos brillantes —los demonios no tenían forma real, solo la que les daba la imaginación de quienes los veían.
Con ese conocimiento, Yuno se sintió más fuerte. El vagabundo alzó el trozo de metal y lo golpeó en el suelo con fuerza —el sonido era agudo, y la Reina de los Ojos se retiró con un movimiento de repulsa, ya que los sonidos metálicos les dolían a los demonios. El vagabundo cerró la trampilla de nuevo y la bloqueó con unas cajas.
Fuera, los ruidos de los monstruos seguían, pero en el sótano había calma. El vagabundo escribió en el suelo: «Ahora tú también puedes ver la verdad. Juntos, aprenderemos a sobrevivir». Yuno asintió, agarrando el amuleto que le había dado. El fin del mundo había llegado, pero no estaba sola —y ahora sabía cómo enfrentarlo.