Swan Lake ~ OUAT

Summary

Cuando Emma rompió la maldición, todos recuperaron su final feliz... menos ella. La magia ha vuelto a Storybrooke, y con ella, la maldición que Odette creía enterrada: convertida en cisne durante el día, y dividida por las noches entre dos almas que la desgarran por dentro. Odette es luz, inocencia y amor. Odile es oscuridad, deseo y rabia contenida. Ambas comparten un cuerpo, un corazón... y un pasado que amenaza con destruirlas a las dos. Porque a veces, el mayor enemigo no es el que te lanzó la maldición... sino la parte de ti que nunca quisiste enfrentar.

Genre
Fantasy
Author
Fairy
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

I



I

𝕷𝖆 𝖕𝖗𝖎𝖓𝖈𝖊𝖘𝖆 𝖞 𝖊𝖑 𝖒𝖊𝖓𝖉𝖎𝖌𝖔


𝔈𝔩 𝔥𝔬𝔪𝔟𝔯𝔢 𝔰𝔬𝔩𝔬 𝔢𝔰 𝔯𝔦𝔠𝔬 𝔢𝔫 𝔥𝔦𝔭𝔬𝔠𝔯𝔢𝔰í𝔞. 𝔈𝔫 𝔰𝔲𝔰 𝔡𝔦𝔢𝔷 𝔪𝔦𝔩 𝔡𝔦𝔰𝔣𝔯𝔞𝔠𝔢𝔰 𝔭𝔞𝔯𝔞 𝔢𝔫𝔤𝔞ñ𝔞𝔯 𝔠𝔬𝔫𝔣í𝔞.







La joven princesa Odette era una delicia para quien la conociera. Poseía la gracia y la belleza de su madre; era tan sencilla y gentil que lograba ablandar el corazón más duro de todo el Bosque Encantado. Todo parecía perfecto en Odette, pero aquella perfección tenía un precio, uno que ella odiaba con cada fibra de su ser: la oscuridad que había heredado de su padre. Una sombra que se ocultaba en lo más profundo de su ser y que solo una persona podía sacar a la luz.

Pero decir su nombre era un pecado; pronunciarlo significaba firmar un trato que obligaba a liberar lo peor de uno mismo. Odette no le temía a esa presencia; lo que temía era lo que provocaba dentro de ella.

Por suerte, la princesa contaba con su amado hermano James, quien la ayudaba a sobrellevar las consecuencias de esa oscuridad. Odette era apenas cinco años menor que él, de distinta madre, pero la conexión que los unía era tan profunda que cualquiera juraría que habían compartido el mismo vientre.

Quizá por eso Odette temía tanto por James cada vez que el orgullo y el heroísmo de príncipe lo llevaban a arriesgar su vida en batallas bélicas. Como en aquel estúpido día en que debía luchar contra un enemigo en medio de las montañas, ante toda la corte como público, e incluso con el invitado especial de su padre: el rey Midas. Para Odette, aquel combate parecía más innecesario que glorioso.

—Su hermano se ve espléndido, su alteza —comentó una cortesana

Odette sonrió, como si los nervios no la estuvieran devorando por dentro

—Sí, él es perfecto. —La joven princesa se llevó una mano al corazón justo cuando vio a James caer inconsciente en medio del combate. Un mal presentimiento la había acompañado desde que abrió los ojos aquella mañana, y verlo derribado lo confirmaba.

Pero entonces su hermano, regio y galante, se levantó del suelo con renovada fuerza. Siguió la batalla hasta atravesar el pecho de su enemigo con la espada, como si fuera lo más sencillo del mundo, un simple juego. El público estalló en vítores, y Odette se unió a los aplausos con el corazón latiéndole en los oídos.

—Buen trabajo —El rey Midas se puso de pie junto al padre de Odette.

—¿Buen trabajo? Eso es decir poco —se burló el rey George—. ¿No has visto lo que mi hijo hizo con ese bruto? —Tomó la mano de su hija y juntos se acercaron a James para felicitarlo—. Mató al indestructible.

—Una hazaña valerosa —dijo el rey Midas—. Pero solo era un hombre

Odette entrelazó sus dedos con los de su hermano, aún con los nervios a flor de piel

—¿Haría lo mismo con un dragón

—¿La magia no la esparcen las hadas? ¿Los trolls no viven bajo los puentes? —intervino el rey George con burla

Odette rodó los ojos.

—Padre, por favor. Mi hermano ha demostrado que es capaz de derrotar a cualquier bestia que se cruce en su camino.

—Asesinaré a cualquier bestia que esté frente a mí —acotó James

—Mi reino es amenazado por el dragón más temible que hayas visto —la seriedad del rey Midas heló la sangre de Odette—. Ha matado a cada guerrero que intentó cazarlo.

—Aún tienen que enfrentarme —replicó James

Odette frunció el ceño y negó en desaprobación.

—Mi reino necesita vencer esta amenaza.

—Y nuestro reino necesita oro —intervino Odette con una sonrisa dirigida al rey y a su padre—. Seguro puede llegar a un acuerdo con mi padre, su majestad.

El rey Midas la observó unos segundos antes de levantar la mano. Un joven guardia real corrió a tomar el guante que cubría aquella mano dorada.

—¡Cuidado! ¿Olvidas lo que pasó con Frederick? —advirtió Midas cuando el joven le retiró el guante, dejando a la vista su piel brillante como el oro.

—Tu espada —ordenó al príncipe.

James levantó su arma y, con un simple toque, Midas la transformó en una hermosa espada de oro puro.

—Considéralo un adelanto. Te daré el resto cuando vea la cabeza del dragón frente a mí

—Trato hecho. Discúlpeme si esta vez no lo saludo de la mano —bromeó James.

Odette contuvo el aliento hasta que Midas rompió en carcajadas.

—Bien. Hay que discutir detalles —dijo el rey al padre de Odette.

—¡Un brindis por nuestro valiente príncipe! —Odette abrazó con fuerza a su hermano—. ¡Pensé que morirías! ¡Yo sola no puedo gobernar un reino!

James rió por lo bajo y la abrazó con la misma intensidad, hundiendo su rostro en el cabello de ella por un instante. Era su cómplice, su mejor amiga, su confidente.

—Tonta, nunca te dejaría sola con este circo —murmuró James, separándose apenas para tomarle el rostro con ambas manos—. Nadie en todo el Bosque Encantado es tan obstinado y fuerte como tú, hermana. Por eso sé que eres el verdadero ancla de este reino. Eres fuerte, Odette, más de lo que crees

Odette sintió las lágrimas picarle los ojos ante la confianza ciega de su hermano. Él siempre había sido su apoyo incondicional.

—No me subestimes, Odette —le guiñó un ojo con afecto genuino, su mano apretando el hombro de su hermana—. Soy el mejor guerrero del reino, y eso te incluye a ti

—Sí, el mejor y el más estúpido por arriesgarte así —replicó Odette, aunque la sonrisa al final no pudo ocultarla

—No celebraremos hoy —respondió James, soltándola para dirigirse a sus soldados—. Fue solamente una prueba. Nuestra misión es muy peligrosa. Solo porque pude matar tan fácilmente a ese bruto no signi...

Y en ese momento, el mundo perfecto de Odette se derrumbó. El tiempo pareció detenerse, la oscuridad la rodeó por completo. Los guardias desembainaron sus espadas, y la princesa quedó paralizada, en shock, al ver el cuerpo sin vida de su hermano desplomarse en el suelo, atravesado por una lanza en el pecho.






El cuerpo del príncipe James yacía sobre la mesa del salón, donde solo se escuchaba el llanto y lamento de su joven hermana, quien no se había separado en ningún momento de él a pesar de que su cuerpo comenzaba a descomponerse y el olor a incienso y muerte se mezclaban en el frío castillo. Su padre el rey permanecía de pie junto a sus hijos con los ojos vidriosos, pero sin lágrimas. Sus manos temblaban, no por el dolor, sino por el miedo a perder más que un heredero: el futuro del reino.

—¡Adiós, hijo mío! —exclamó George, con la voz rota.

—Su Majestad, ya no hay tiempo para el dolor —dijo uno de los guardias reales, avanzando con paso firme—. Si Midas se entera de que murió, enviará otro guerrero a asesinar al dragón. Y no veremos ni una muestra de su oro.

—Sí, sí... el reino debe salvarse —murmuró George, sin dirigir ni una mirada a su hija.

—¿Y qué haremos? —preguntó el guardia, tenso.

—Solicite ayuda. Debe estar llegando.

—Sí —dijo una voz que logró que Odette pegara un salto y parara de sollozar, una voz cantarina y burlesca, que resonó detrás de ellos—. Ya llegó.

Los guardias giraron, espantados. De detrás de ellos, emergió una figura delgada, de piel de reptil y sonrisa torcida. El Espectro —con su andar retorcido, su tono burlón y la malicia brillando en sus ojos dorados— parecía más un juego de la oscuridad que un hombre. Su mera presencia era una bofetada helada que activaba la punzada de ansiedad en el pecho de Odette.

—Váyanse —ordenó el rey, sin apartar la vista del intruso. Los guardias tomaron el cuerpo de James y se lo llevaron, dejando a Odette devastada en el suelo.

Cuando la puerta se cerró, el Espectro dio una vuelta sobre sí mismo, observando el altar con una mueca de disgusto.

—Así es como tratas mis obsequios —dijo con deleite, chasqueando la lengua—. Deberías tener más cuidado.

Odette, aún en el suelo, levantó la cabeza. El dolor se había congelado en una indignación creciente.

—No era un obsequio —replicó George con amargura—. Era mi hijo.

—¡Un hijo que yo te di! —rió el Espectro, inclinando la cabeza como si brindara. El eco de esa frase golpeó a Odette: "un hijo que yo te di".

—Por un trato que hicimos —se indignó George—. Lo que hiciste no fue un favor.

—¿Un trato? ¿De qué hablan? —la voz de Odette sonó como un desgarro, ronca y débil de tanto llorar. Se levantó tambaleándose, exigiendo respuestas con su mera postura.

El Espectro se giró hacia ella. Su sonrisa se amplió, sabiendo que tenía una nueva víctima para atormentar.

—¡Oh, mira! La pequeña flor del pantano —canturreó, sonriendo con desprecio.

—¡Contéstame! —exigió Odette, acercándose un paso al altar vacío.

—Sí, claro que sí —respondió el Espectro, volviendo al Rey George con un pequeño salto—. Qué pena que tú y la reina no pudieran concebir un hijo propio. Mi precio por él fue una moneda. Pero ahora que ella murió... supongo que concebir otro heredero no es una opción, después de todo, el segundo intento no funcionó—Odette sintió una punzada en el pecho cuando el Espectro la señaló—. ¿Y uno que asesine dragones?

Odette clavó su mirada traicionada en su padre. La comprensión la golpeaba en oleadas.

—¿De qué está hablando, Padre? —la pelinegra alzó la voz. Sus lágrimas se habían secado, reemplazadas por la furia. Sentía un cosquilleo conocido en la punta de sus dedos. George ni siquiera la miró a los ojos. —¡Mírame!

—¡Quiero otro acuerdo! —rugió George, ignorando a Odette—. Tráelo de vuelta. Necesito que mi hijo haga esto. Pídeme lo que sea.

—¿Lo que sea? —dijo el Espectro, con los ojos brillando de codicia.

—¿Qué es lo que quieres?

—Hay una varita mágica que deseo —susurró, acercándose hasta que su aliento helado rozó el rostro del rey—. Pertenece a... una hada madrina que protege a tu familia. Quiero conocer su paradero.

—Hecho. Ahora dime —urgió George—, ¿cómo volverá mi hijo para matar al dragón?

—De vuelta a la vida. No, no... —rió el Espectro, agitando una mano con un movimiento dramático y burlón—. Él está muerto, no será. La magia hace mucho, pero no tanto.

—Pero tú dijiste...

—Nada sobre la resurrección.

—Estoy perdido... y solo. Es el final —murmuró el rey, derrotado.

El Espectro se acercó a George, sus movimientos extravagantes llenos de falsa compasión, y le dio unas palmaditas condescendientes en el brazo.

—Oh, querido... queridito rey —entonó el Espectro, casi cantando—. Yo no te he dicho que haré que tu hijo asesine al dragón. ¿Acaso no soy un hombre de palabra?

—No dijiste que estaba muerto.

—Claro, así es. Pero su hermano...

Odette sintió que el mundo se detenía. La palabra 'hermano' rompió el significado de toda su vida. ¿Un hermano? La verdad, más fría que la muerte, se abrió paso en su mente.

—¿Su qué? —preguntó George, completamente desconcertado.

El Espectro abrió los brazos con teatralidad, la sonrisa extendiéndose de oreja a oreja.

—¡Tiene un gemelo! ¿Nunca mencioné que había otro?

La traición por la mentira de toda su vida, el dolor por la pérdida de su "ancla", y el impacto del gemelo fueron un golpe devastador. Odette gritó, un sonido primario que no era llanto, sino pura desesperación. El cosquilleo en sus dedos se convirtió en una punzada ardiente.

—¡Mientes! —siseó Odette, su voz estrangulada, dirigida al Espectro y a su padre—. ¡James no era un trato! ¡Él era mi hermano! ¡Mi verdadero hermano!

Se giró hacia su padre, la mirada llena de un desprecio total.

—¡Me mentiste! ¡A mí! ¡A James! —La voz de Odette se quebró de dolor, señalando el espacio donde antes estaba el cuerpo—. Lo hiciste mi hermano, mi apoyo, mi familia, ¡todo por tu corona! Y ahora me dices que hay otro... ¡un hombre con el mismo rostro que mi James muerto! ¡Para reemplazarlo!

Se volvió hacia el Espectro, sus ojos destellando de una furia incontrolable.

—¡Maldito seas tú por la mentira que hizo de mi hermano, una farsa!






Odette había decidido que vestir de luto sería lo apropiado, pues estaba, en efecto, de luto. Su padre la había forzado a participar en la despedida de su "hermano" antes de que partiera a asesinar al maldito dragón. La princesa no estaba triste, ni resignada; estaba consumida por una rabia helada que hacía que sus manos desprendieran chispas invisibles cada vez que miraba al Rey George. En ese día de farsa, solo ella vestía luto por el hermano que había perdido.

Y allí estaba Odette, forzando una sonrisa ante la corte, clavando la mirada en un extraño con un rostro tan dolorosamente familiar que sentía el impulso visceral de desfigurarlo, de arrancarle los ojos por parecerse tanto a él.

—Hijo mío —Odette se tensó cuando George palmeó la espalda del falso príncipe James—. ¡Llénanos de orgullo! ¡Saldrás victorioso! Y nos llenarás de oro el palacio.

El joven intentó devolver la sonrisa, un gesto forzado que evidenciaba su incomodidad.

—Tu hermana te acompañará al puesto de batalla para despedirte como dice la tradición. Mi preciosa hija Odette, ¡La joya del reino!

Odette aceptó el brazo ofrecido por su falso hermano. Un recuerdo breve y punzante la golpeó: el funeral de su madre. James le había ofrecido el brazo para consolarla. Se preguntó si el hombre a su lado, este David, había sido más afortunado que James.

Perdida en su dolorosa reflexión, apenas notó cuando el falso James la ayudó a montar a caballo.

—Lamento mucho su pérdida... Su Alteza —la voz la sacó de su ensueño. Era la voz de James, pero suavizada por una genuina empatía—. No me imagino el dolor que...

—Silencio —lo cortó Odette con sequedad, la pena en su garganta mutando en dureza—. Era tu hermano, no el mío.

—Jamás lo conocí —suspiró el joven—. Usted creció con él.

El viaje hacia la frontera de Midas se convirtió en una penitencia silenciosa. Odette y el falso James cabalgaban a la cabeza de la guardia real.

—¿Sabe cómo usar la espada, pastor? —preguntó Odette de repente, su tono gélido, sin intentar disimular su desdén.

David se sobresaltó.

—Mi padre... el que me crio... me enseñó a cazar.

—¿Cazar ovejas? —se burló Odette, sus ojos reflejando la mezquindad que le había enseñado el palacio—. Esto es un dragón, un animal de magia antigua. No se mata con un cuchillo de cocina, pastor. George debió buscar a un guerrero de verdad.

David tensó la mandíbula, pero en lugar de ofensa, había una determinación férrea.

—Haré mi deber con honor, Su Alteza. George me ha dado su confianza y el dinero es una fortuna. Mi madre... ella lo necesita para que no nos echen de la tierra.

—¡Qué patético! —siseó Odette, girando su caballo para cabalgar directamente a su lado, la crueldad de la verdad brotando—. George te ha dado una sentencia de muerte por unas monedas. Te eligió porque te pareces a su hijo muerto y porque eres perfectamente prescindible. El dragón mató a los mejores guerreros de Midas.

David se encogió de hombros con una melancolía simple.

—Sé que algo no está bien. Sé que mi vida entera me parece ajena en este lugar. Pero si mi sacrificio puede asegurar que mi madre... tenga un lugar donde vivir, haré lo que George pida

Odette sintió una punzada de rabia y asombro. Este hombre era noble sin título. Lo que James amaba era la gloria; lo que David amaba era su madre. El contraste la enfermó

—Muy bien —dijo Odette, su voz ahora seca y autoritaria—. Escúchame, Pastor David. Cuando lleguemos a las montañas, harás exactamente lo que te diga. Y no por el reino, ni por el oro de Midas, sino para sobrevivir y para que George pague por esto.

David giró la cabeza lentamente.

—Usted no es mi comandante, Su Alteza —respondió David, su voz sorprendentemente firme—. Mi Rey es George, y mi deber es con el oro que ganaré para mi madre. No tomaré órdenes de nadie más.

—¡El Rey George te ha mentido! —siseó Odette, su propia voz al borde del control—. ¿Crees que James se arriesgaría por unas monedas? ¡Él amaba la gloria! Pero tú... Tú vas a morir por la honestidad de tu amor.

—No lo pretendo —replicó David con serenidad—. Pero mi madre me enseñó que la cortesía no cuesta nada. Y si vamos a enfrentarnos a un dragón, prefiero que no me odie.

El silencio se impuso. Odette se mordió el labio, luchando contra el impulso de gritarle la verdad. David había establecido una barrera clara de nobleza que Odette, sumida en su dolor, no podía atravesar.









Cuando David bajó de la montaña, ileso y victorioso, Odette sintió la punzada aguda del alivio. David era idéntico a su James, tanto que su cuerpo instintivamente quiso correr y abrazarlo. Pero tuvo que contenerse y recordarse que ese no era su hermano; era un pastor farsante que su padre había robado.

Así que, como el resto del día, se dedicó a sonreír a la corte y a entretener al Rey Midas con su danza. Para ella, la danza no era un acto social, sino una hermosa y velada forma de demostrar su dolor.

Dejó la reverencia final y el aplauso resonó en sus oídos. Fue en ese momento que David se abrió paso entre la corte.

—Odette —le sonrió David, reuniéndose con ella justo frente a la cabeza del dragón ahora convertida en oro

Odette inclinó la cabeza, adoptando la máscara de la fría princesa.

—David —su voz era cortante—. Lograste asesinar al Dragón. Ahora ya puedes regresar a tu granja, pastor.

David sintió el latigazo del desprecio, pero simplemente bajó la mirada, aceptando la ofensa sin protestar.

—Espero que el Rey George se asegure de que ese oro llegue a mi madre —dijo, enfocándose en su única razón.

Odette estaba a punto de volverse, dispuesta a dejarlo solo con la corte, cuando David levantó su mano derecha para limpiar el sudor y la ceniza de su frente. Al hacerlo, por un breve instante, David movió la punta de su pulgar contra su ceja, en un gesto rápido y automático.

Odette se quedó petrificada. Era un tic insignificante, completamente inconsciente, pero la golpeó con una fuerza abrumadora. James siempre hacía exactamente ese mismo movimiento después de un combate, o cuando intentaba ocultar sus verdaderas emociones. No era un gesto aprendido; era una peculiaridad.

El aliento se le escapó. La máscara que se había obligado a llevar todo el dia se hizo añicos. No era el pastor; no era el farsante. Era James. O una versión tan idéntica que su cuerpo se rebelaba contra la verdad.

—James... —murmuró Odette, su voz rota, apenas audible.

David, que no había escuchado el murmullo, estaba a punto de hablar. Odette, aterrada de exponer su desliz y el profundo secreto de su padre, retrocedió bruscamente.

—¡Vete! —siseó Odette, forzando la dureza en su voz y señalando la salida con la mano—. Has cumplido. Ve a tu madre. Y no vuelvas.

David hizo una inclinación rápida e incómoda y se abrió paso entre la multitud para emprender el camino de regreso.

Odette apenas esperó a que se retirara. Sin esperar la felicitación de George ni la adulación de Midas, se disculpó con una reverencia superficial que solo el dolor podía justificar y se dirigió a la intimidad de sus aposentos reales en el Castillo de George.

Una vez que el pesado cerrojo se deslizó en su lugar, Odette se dejó caer contra la puerta.

—¡Basta! —jadeó, forzándose a controlar su magia.

Fue en ese momento de extrema vulnerabilidad cuando sintió el aire cambiar. El Espectro, con su aroma a ceniza vieja y magia oscura, estaba allí.

—Qué falta de decoro, querida —canturreó la voz de Rumplestiltskin—. La Joya del Reino llorando por un pastor. ¿No te enseñé nada sobre el control?

Odette se giró despacio, encontrándolo sentado en el borde co su cama, con su sonrisa dorada y escalofriante.

—Vete de aquí —siseó Odette, sintiendo la vieja mezcla de miedo y respeto ante su poder—. No es el momento.

—Al contrario, querida. Es el momento perfecto —dijo Rumple, levantándose con su paso torcido. Él no se acercó—. La luna nueva ha caído. Es el día. Y debes cumplir tu parte del trato. Es hora de ir al castillo.

Rumplestiltskin se acercó a ella, sus ojos dorados fijos en el rostro pálido de Odette.

—Si no controlas esa rabia, Odile tomará el control. Y créeme, no quieres que eso aparezca aquí, en la corte de George, sin supervisión. Vamos, querida. Es hora de tus lecciones. El Cisne Negro necesita sus plumas.












Hola holaa!

Primer capitulo listo por fin. Creo que voy a trabajar de esta manera, con un capitulo entero dedicado a los recuerdos del bosque encantado, me centrare en la historia de Odette solamente y partiremos en la segunda temporada de ouat, quizás agregue algunos recuerdos de Odette antes de que Emma rompa la maldición pero la dinámica sera bosque encantado y segunda temporada


En este capitulo quería mostrar la interacción entre los hermanos mas que nada, el dolor de Odette de perder a su hermano mayor, algunas de las mentiras de George y revelar un poquito del futuro de Odette, mas adelante se irán descubriendo mas cosas


Asi que eso bbs, espero que les guste el primer capitulo!