ONE SHOT
El rugido de los motores era un trueno que se desvanecía, reemplazado por un estruendo aún más ensordecedor: el clamor de la multitud y los gritos estridentes del equipo X-Hunter. El aire, cargado antes del olor acre de gasolina y goma quemada, ahora vibraba con la electricidad pura de la victoria.
En la enorme pantalla del circuito, los resultados finales brillaban bajo el sol de la tarde:
1. BABE - X-HUNTER
2. CHARLIE - X-HUNTER
3. NORTH - X-HUNTER
Un triple podio. Una exhibición de dominio absoluto. No solo habían ganado; habían arrasado.
En el pit lane, el caos era glorioso. Jeff y Alan se abrazaban saltando, Sonic agitaba una botella de agua como si fuera champán, rociando a todos a su alrededor. Dean, con una sonrisa de oreja a oreja, golpeaba el capó de uno de los coches. Pero el epicentro del júbilo estaba unos metros más adelante, donde los tres pilotos victoriosos acababan de salir de sus máquinas.
North salió primero, quitándose el casco con una mano mientras con la otra levantaba un puño triunfal hacia su equipo. Le llovieron palmadas en la espalda, gritos de su nombre.
Él solo asentía, con una sonrisa ancha y sudorosa, bebiendo el momento.
Pero todos los ojos, incluidos los de North, pronto se volvieron hacia los dos primeros lugares.
Charlie se quitó el casco, dejando al descubierto su pelo empapado y despeinado.
Su rostro, normalmente tan compuesto, estaba iluminado por una sonrisa amplia y genuina, de esas que le llegaban hasta los ojos, arrugándolos en las esquinas. Respiró hondo, llenando los pulmones del aire dulce del éxito. Había conducido con la furia fría de un protector, con cada curva siendo un recordatorio de por qué necesitaban ser imbatibles.
Y entonces lo vio.
Babe. Su Babe. Había saltado del auto como si tuviera resortes en los pies, arrojando su casco hacia Jeff, que lo atrapó al aire entre risas. No había cansancio en su cuerpo, solo energía pura y efervescente. Sus ojos, visibles ahora, brillaban con una luz salvaje, una mezcla de triunfo, alivio y una felicidad tan desbordante que era contagiosa. No buscó a la multitud, no buscó a los fotógrafos.
Sus ojos barrieron la zona y se clavaron en Charlie.
Con una carcajada que se perdió entre el rugido de la gente, Babe se lanzó hacia él. No era un abrazo convencional. Fue un salto de fe, de pura emoción, con los brazos extendidos y las piernas buscando engancharse alrededor de la cintura de Charlie.
Charlie, anticipándolo como si leyera su mente, abrió los brazos y lo recibió sin vacilar.
El impacto hizo que Charlie diera un pequeño paso atrás para mantener el equilibrio, pero sus brazos se cerraron como bandas de acero alrededor de la espalda y las piernas de Babe, levantándolo del suelo con facilidad.
Era un gesto de fuerza, de recepción total, de celebración compartida.
—¡Lo logramos, Cachorro! ¡Lo logramos!— gritó Babe directamente en el oído de Charlie, su voz ahogada por el ruido pero llena de una emoción cruda que le erizó la piel a Charlie.
Sus piernas se apretaron alrededor de la cintura de Charlie, sus manos se enterraron en su pelo sudoroso.
Charlie rió, una risa profunda y liberadora que salió desde el estómago. Giró sobre sí mismo, dando una vuelta con Babe aún aferrado a él como un koala eufórico.
—¡Eres increíble! ¡Espectacular!— le gritó de vuelta, sus labios rozando la mejilla sucia de grasa y sudor de Babe. Podía sentir el corazón de Babe martillando contra el suyo propio, un ritmo acelerado y victorioso que compartían.
Por un momento, todo lo demás se desvaneció: la amenaza de Tony, la sombra de Willy, el peso de los poderes y el miedo.
Solo existían ellos dos, en medio de su equipo que los vitoreaba, bajo el cielo abierto de la pista que era su reino, celebrando no solo una victoria en una carrera, sino un momento de paz robado, de normalidad reconquistada, de alegría pura y sin adulterar.
La celebración en el garaje de X-Hunter era un huracán de alegría desinhibida. La música a todo volumen ahogaba los últimos ecos de los motores, las luces parpadeantes pintaban de colores los rostros sudorosos y sonrientes.
Jeff y Sonic coreaban una canción desafinada, brindando con latas de bebida energética. Alan y Dean discutían, entre risas, un overtake de North en la última curva, mientras el propio North, con una modestia falsa que nadie se creía, aceptaba las felicitaciones.
En el centro de la tormenta, pero en su propio ojo de calma posesiva, estaba Charlie. Tenía un brazo fuertemente enlazado alrededor de la cintura de Babe, manteniéndolo pegado a su costado. Con la otra mano, sostenía una lata fría de cerveza, de la que bebía sorbos lentos, su mirada recorriendo la habitación con una satisfacción tranquila. Babe, radiante y vibrante por la victoria, se dejaba llevar, riendo ante alguna broma de Sonic, su cuerpo relajado contra el de Charlie.
Fue entonces cuando, entre el parpadeo de las luces y el movimiento de la gente, Charlie lo vio. Un espejismo de resentimiento en la penumbra del pasillo que llevaba a los baños públicos. Willy.
Estaban clavados, con una intensidad venenosa, en ellos. En la mano de Charlie sobre la cadera de Babe, en la forma en que Babe se inclinaba hacia él, confiado, feliz. La expresión de Willy era un pozo de ira fría, celos amargos y una frustración impotente que deformaba sus facciones.
Una sonrisa lenta, fría como el acero, se dibujó en los labios de Charlie. “Disfruta del espectáculo”, pensó, y decidió darle una función especial.
Sin soltar a Babe, inclinó la cabeza. Sus labios encontraron el cuello de Babe, justo en el lugar donde la piel, caliente y húmeda por el sudor, latía con su pulso acelerado. No fue un beso. Fue una marca. Chupó la piel con fuerza, con intención, durante unos segundos que hicieron que Babe se estremeciera. Al mismo tiempo, la mano que tenía en su cadera bajó, apretando con firmeza y posesividad una de sus nalgas a través del fino material del traje de piloto.
—¡Ah! Charlie, ¿q-qué…?— Babe jadeó, sorprendido por la intensidad repentina y pública del gesto. Su mirada se volvió hacia Charlie, confundida pero no disgustada, un rubor subiéndole por las mejillas.
Charlie no respondió a Babe. En cambio, alzó la vista justo en el momento en que Willy, desde las sombras, había presenciado toda la escena. La ira en el rostro de Willy se convirtió en algo más: en un espasmo de odio puro y reconocimiento de derrota. Charlie sostuvo su mirada por un instante más, y en sus ojos negros Willy pudo leer el mensaje, claro como el cristal: «Él es mío. Cada risa, cada suspiro, cada centímetro de su piel. Tú nunca tendrás ni un segundo de esto. Nunca.»
Willy dio media vuelta bruscamente y se hundió en la oscuridad del pasillo, desapareciendo. La sonrisa de Charlie se ensanchó, una expresión de diversión sombría y orgullo absoluto. Había plantado su bandera, y el intruso había retrocedido.
Entonces, volvió toda su atención a Babe.
Con la mano que no estaba en su trasero, le tomó suavemente la barbilla, girando su rostro hacia él. Sus ojos, ahora suaves y llenos del amor más devoto, se encontraron con los de Babe, aún desconcertados.
—Perdón, mi amor.— murmuró, su voz un ronroneo sólo para él.— Es que estás tan irresistible cuando ganas.— Y antes de que Babe pudiera responder, cerró la distancia y capturó sus labios en un beso. No fue el beso posesivo y marcador que le había dado a Willy como espectáculo. Este era profundo, hambriento, pero impregnado de un amor tan vasto que hacía que el ruido a su alrededor se desvaneciera. Babe se derritió al instante, sus manos subiendo para enredarse en el pelo de Charlie, respondiendo con la misma pasión.
Cuando finalmente se separaron, jadeando, Charlie le dejó un último beso suave en los labios hinchados.
—Voy al baño un momento.— dijo, su voz un poco más ronca de lo normal.— No te separes de los chicos.
Babe, aturdido y feliz, asintió.
—Sí, claro. Cuídate.
Charlie le dio un golpecito suave en la mejilla con los nudillos y se deslizó entre la multitud, no hacia los baños del área del equipo, sino hacia el pasillo público, hacia la oscuridad por donde había visto desaparecer a Willy.
El pasillo estaba desierto, iluminado sólo por luces de emergencia tenues. El ruido de la fiesta era un eco lejano. Charlie avanzó con pasos silenciosos, seguros. No tuvo que buscar mucho. Willy estaba al final del corredor, junto a una puerta de salida de emergencia, encendiendo un cigarrillo con manos que temblaban ligeramente de rabia.
Charlie se detuvo a unos metros de él, apoyándose casualmente contra la pared opuesta. El clic del encendedor fue el único sonido.
—¿Disfrutaste de la vista?— preguntó Charlie, su voz era clara, tranquila, pero cargada de una burla que cortaba como un cuchillo.
Willy se congeló. Luego, muy lentamente, giró la cabeza. Sus ojos, inyectados en sangre, se encontraron con los de Charlie, que brillaban con una fría y cruel satisfacción en la penumbra. La batalla silenciosa entre ellos, librada a través de miradas y posesiones, había encontrado por fin palabras. Y Charlie no tenía la menor intención de perder esta conversación.
La burla en la voz de Charlie se desvaneció, reemplazada por una frialdad absoluta que bajó la temperatura del pasillo varios grados.
—Sí, un bonito espectáculo, ¿verdad?— dijo, avanzando un paso, su silueta reportándose amenazadoramente en la tenue luz.— Ver cómo me pertenece. Cómo se entrega a mí. Algo que tú solo podrás soñar.
Willy, aún con el cigarrillo tembloroso entre los dedos, intentó sostener su mirada, pero un destello de incertidumbre cruzó sus ojos.
Fue ese instante, esa fracción de segundo de distracción, lo que Charlie necesitaba.
Se movió con la velocidad de un relámpago.
No hubo aviso. Una mano, fuerte como una tenaza, se cerró alrededor del cuello de Willy, cortando su aire y el sonido ahogado que intentó hacer. Con un impulso brusco y brutal, Charlie lo levantó y lo estampó contra la pared de concreto. El impacto resonó en el pasillo con un golpe sordo, haciendo que el cigarrillo saliera volando y se apagará en el suelo.
—¡Ugh!— Willy tosió, sus manos volaron para intentar desprender el agarre de Charlie, arañando sus antebrazos. Pero era inútil. La fuerza de Charlie, alimentada por una rabia pura y oscura que hervía bajo su superficie controlada, era sobrehumana. Los músculos de su brazo eran como cables de acero, inamovibles.
La mirada de Charlie ya no tenía rastro de la diversión burlona de antes. Sus ojos negros ardían con un fuego gélido, la ira tomando el control total de su cuerpo. Acercó su rostro al de Willy, hasta que sus alientos, uno calmado y controlado, el otro entrecortado y asfixiado, se mezclaron.
—Yo aún no me he olvidado.— susurró Charlie, cada palabra era un latigazo de hielo.— de que intentaste abusar de Babe, hijo de puta.
Willy, a pesar de la falta de aire, logró esbozar una sonrisa torcida, un destello de su arrogancia enfermiza.
—Es una…lástima…que no lo haya hecho.— logró escupir, su voz ronca y entrecortada.— Lo…hubiera disfrutado mucho.— Sus ojos brillaron con una maldad obscena.— Babe, después de todo…hubiera sido mi puta personal…para mi placer.
Fue la cerilla que encendió la dinamita.
Algo se quebró dentro de Charlie. No fue solo la ira racional del protector. Fue algo más profundo, más animal, más loco. Un rugido gutural, apenas humano, surgió de lo más hondo de su pecho. La mano que tenía en el cuello de Willy apretó con una fuerza aterradora. Los huesos crujieron bajo la presión. El aire se cortó por completo para Willy, cuyos ojos se abrieron desmesuradamente, la máscara de arrogancia reemplazada por el pánico genuino de sentir la muerte acercarse. Sus pataleos y arañazos se volvieron más débiles, más desesperados, pero Charlie no sentía nada. Solo el frío y blanco resplandor de su odio.
—Vas a desear.— dijo Charlie, su voz ahora era un zumbido bajo, mortal, como el de una avispa antes de picar.— nunca haber nacido. Nunca haber siquiera pensado en él. A Babe no lo toca nadie. Ni con la mirada. Ni con un pensamiento.— Apretó aún más, viendo cómo la cara de Willy se congestionaba, cómo sus movimientos se volvían espasmódicos.— Y mucho menos…un bastardo patético y asqueroso como tú.
La oscuridad comenzó a comerse los bordes de la visión de Willy. Sus fuerzas se desvanecieron. Con un último espasmo, su cuerpo se volvió flácido, los brazos cayendo a los lados, la cabeza ladeándose en el implacable agarre de Charlie.
Charlie lo sostuvo así unos segundos más, respirando hondo, sintiendo el latido furioso de su propia sangre en los oídos. Luego, con desprecio, abrió la mano y dejó que el cuerpo inconsciente de Willy se desploma como peso muerto en el suelo.
Miró el cuerpo inconscientemente por un momento, sin remordimiento, solo con una fría satisfacción.
Luego, sacó su teléfono. Marcó un número rápido.
—Pete.— dijo, su voz había recuperado parte de su calma habitual, pero con un borde metálico.— Necesito que envíes a un par de tus hombres más discretos. Al pasillo oeste de los baños públicos del circuito. Hay un paquete para recoger.
La voz de Pete del otro lado sonó alerta, profesional.
—¿Paquete? ¿Qué nivel de cuidado?
—Alto. Está inconsciente. Es Willy..— Charlie hizo una pausa, sus ojos escaneando el cuerpo a sus pies.— Dile a Chris que lo lleven directamente al laboratorio. Que lo aseguren con todo lo necesario. Sus poderes…manipulación del tiempo. Chris debería investigarlo. Tal vez como sujeto de prueba pueda servir para algo. Para entender cómo funciona esta maldición, o para encontrar una forma de neutralizarla.
Del otro lado de la línea, Pete asintió, captando la gravedad y la oportunidad.
—Entendido. Envió un equipo de inmediato. Se hará sin dejar rastro.
—Bien.— dijo Charlie, y cortó la comunicación. Echó un último vistazo a Willy, tendido en el suelo como el desecho que era.
Luego, se ajustó la chaqueta, se pasó una mano por el pelo y, con el rostro transformado de nuevo en la máscara serena del piloto campeón y el amante devoto, regresó hacia la luz y el ruido de la celebración, donde Babe lo esperaba. La basura había sido sacada. Por ahora. Y Charlie tenía algo mucho más valioso que atender.
El silencio de la casa era un bálsamo después del caos resonante de la celebración en el taller. Solo el tenue zumbido del refrigerador y el susurro del aire acondicionado llenaban el espacio.
Charlie estaba hundido en el sofá, los ojos cerrados, la cabeza reclinada contra el respaldo. La tensión de los últimos días, el clímax de la carrera, y el brutal desahogo con Willy, habían dejado un vacío tranquilo, casi pesado, en sus músculos. Se sentía satisfecho, sí, pero sobre todo, exhaustivamente en paz.
Entonces, sintió un peso que se depositaba con suavidad pero con determinación en su regazo.
No tuvo que abrir los ojos para saber quién era; el calor, la forma, la fragancia a champú y a Babe eran inconfundibles. Sus párpados se alzaron lentamente, encontrándose con la visión de su novio sentado a horcajadas sobre él, las rodillas a cada lado de sus caderas, las manos apoyadas en sus hombros. La luz baja de la lámpara de pie bañaba a Babe en un resplandor dorado, resaltando la intensidad de su mirada.
Charlie, instintivamente, posó sus manos en las estrechas caderas de Babe, un gesto de posesión y recepción. Una sonrisa cansada pero genuina asomó a sus labios.
—¿Qué pasa, mi amor?— preguntó, su voz era un ronroneo bajo y relajado.
Babe no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó hacia adelante, cerrando la distancia entre ellos hasta que sus labios estuvieron a un susurro de la oreja de Charlie.
Su aliento era cálido, su voz en un murmullo que cargaba con el peso de un secreto.
—Lo sé, Charlie.— susurró, cada palabra un latido contra su piel.— Sé lo que hiciste. Con Willy.
Charlie no se inmutó. No hubo tensión repentina en sus manos, no hubo parpadeo de sorpresa en sus ojos. Solo una profunda, casi inquietante, calma. Dejó que las palabras de Babe se asentaran en el aire entre ellos.
Luego, con movimientos deliberados, una de sus manos se deslizó desde la cadera de Babe hasta la nuca, sus dedos enredándose en el cabello suave en la base de su cráneo.
No fue un gesto brusco, pero sí firme. Guió con suavidad la cabeza de Babe hacia atrás, obligándolo a romper el contacto íntimo de su susurro y a establecer un contacto visual directo, ineludible.
Los ojos negros de Charlie, profundos y serenos, se clavaron en los marrones, buscando la verdad más allá de las palabras.
—¿Y?— preguntó, su voz seguía siendo tranquila, como la superficie de un lago en una noche sin viento.— ¿Te asusta lo qué viste? ¿Te molesta, mi amor?
Babe lo miró fijamente, su expresión era inescrutable por un segundo. Luego, algo cambió en sus ojos. Un brillo húmedo comenzó a acumularse en sus pestañas inferiores. Charlie sintió el primer latigazo de alarma, un frío repentino en el estómago, antes de que la primera lágrima, grande y perfecta, se deslizara por la mejilla de Babe.
Luego otra. Una falsa demostración de angustia, tan convincente que le torció el corazón a Charlie.
—Charlie…— la voz de Babe se quebró, cargada de una emoción fingida que sonó desgarradoramente real.— Lo que hiciste…fue demasiado. Jamás…jamás te había visto así. Tan…frío. Tan brutal.— Una lágrima más cayó, y Babe hizo un gesto como para apartar la mirada, pero la mano de Charlie en su cabello lo mantuvo en su lugar.— Me da…miedo.
La palabra "miedo" fue el gatillo. La calma de Charlie se resquebrajó. Su expresión se suavizó instantáneamente, los ojos llenándose de una preocupación genuina y un remordimiento instantáneo.
—Cariño, no…— murmuró, su voz perdiendo su tranquilidad. Con el pulgar, intentó en vano secar una de las lágrimas.— Lamento haberte asustado. Lo siento mucho, Babe, no quería que vieras eso, no quería que—
Fue entonces cuando Babe lo interrumpió.
Pero no con más lágrimas. Con una risa.
Una risa clara, burbujeante, que brotó de sus labios entre los rastros aún húmedos de sus lágrimas falsas. Una risa llena de diversión pura y de un triunfo travieso.
Charlie se quedó completamente quieto, la confusión borrando la preocupación de su rostro.
—¿Babe…?
Babe, aún riendo, se inclinó de nuevo, pero esta vez sus labios fueron a posarse en la comisura de la boca de Charlie, en un beso rápido y juguetón.
—Lo único que me provocas y me dan ganas de hacerte al verte así.— susurró contra su piel, su voz ahora cargada de un deseo burlón y nada de miedo.— es comerte a besos, Cachorro. De arriba abajo.
Un gruñido, mitad de alivio, mitad de exasperación, surgió del pecho de Charlie. La tensión se rompió. La mano que tenía en la cadera de Babe se alzó y le dio una palmada firme y seca en el trasero, no con ira, sino con una reprensión cariñosa y molesta.
—¡Babe! ¡No me asustes así, demonio!— regañó, pero ya no había rastro de la frialdad de antes, solo la exasperada adoración de quien ha sido víctima de una broma magistral.
Babe se rió con más ganas, su cuerpo temblando sobre el de Charlie, la risa llenando la habitación y disipando cualquier sombra que pudiera haber quedado.
—¡Es que me divierte! ¡Me divierte ver cómo caes ante mis bromas! Tu cara…¡priceless!— jadeó entre risas.
Charlie lo miró, el suspiro que soltó era profundo y cargado de una resignación amorosa. Sacudió la cabeza, una sonrisa incrédula asomando a sus labios.
—No sé quién está más loco.— murmuró, sus ojos recorriendo el rostro radiante y alegre de Babe.— Si tú o yo.
Babe dejó de reír, pero la sonrisa permaneció, suave y llena de una comprensión profunda.
Se inclinó y esta vez depositó un beso genuino, suave y lleno de cariño, en los labios de Charlie. Cuando se separó, sus ojos brillaban con una verdad compartida.
—Ambos.— dijo, su voz ahora era un susurro sincero.— A nuestra manera, obviamente.
Y en ese "obviamente" estaba todo. Su locura compartida, su amor feroz, su forma única y retorcida de navegar un mundo lleno de peligros. Charlie no pudo evitar sonreír de verdad, abrazando a Babe contra su pecho, sintiendo la risa que aún vibraba dentro de él.
Tal vez estaban locos. Tal vez su mundo era una mezcla peligrosa de poderes, amenazas y bromas llorosas. Pero era su mundo. Y juntos, en su propia y particular locura, eran imbatibles.
Charlie mantuvo a Babe contra su pecho, la risa de ambos fundiéndose en el silencio de la casa. La adrenalina de la broma pesada se disipaba, dejando a su paso una fatiga dulce y una intimidad cómplice. Podía sentir el latido acelerado de Babe a través de su propia camisa, un ritmo que poco a poco fue sincronizándose con el suyo, más pausado.
Babe se acomodó, hundiendo la nariz en el hueco del cuello de Charlie, inhalando su esencia a jabón, a sudor seco y a algo indescriptiblemente Charlie.
Un silencio cómodo cayó entre ellos, roto solo por el leve sonido de los dedos de Babe dibujando círculos en la espalda de Charlie.
—¿Sabes qué necesito ahora?— murmuró Babe después de un rato, su voz soñolienta.
—¿Qué, mi amor?— preguntó Charlie, acariciándole el pelo.
—Que me lleves a la cama.— dijo Babe, con la voz cargada de una fatiga genuina y una pizca de capricho.— Y que me abraces hasta que me quede dormido. Sin bromas, sin lágrimas falsas. Solo tú.
Charlie sonrió, una sonrisa suave y cansada que le llegaba a los ojos. No hizo falta una respuesta con palabras. Se movió con suavidad, deslizando un brazo bajo las rodillas de Babe y el otro alrededor de su espalda, y se levantó del sofá con él en brazos, como si no pesara nada. Babe se enroscó contra él, confiado, soltando un suspiro de completo abandono.
El camino hasta el dormitorio fue corto, en silencio. Charlie lo depositó con cuidado en la cama, deslizándose después a su lado. Babe se giró inmediatamente, encajando su espalda contra el pecho de Charlie, quien lo rodeó con sus brazos, envolviéndolo en un capullo de calor y seguridad.
—¿Así?— preguntó Charlie, sus labios rozando la nuca de Babe, justo donde el pelo comenzaba a crecer sobre la cicatriz reciente.
—Así está perfecto.— murmuró Babe, su voz ya borrosa por el sueño.— Te amo, Charlie.
—Yo te amo más, Babe.— susurró Charlie, apretándolo con suavidad.— Duerme. Estoy aquí.
Y mientras la respiración de Babe se hacía profunda y regular, mientras su cuerpo se relajaba por completo en sus brazos, Charlie mantuvo los ojos abiertos un rato más, mirando la oscuridad. No con la frialdad del depredador, sino con la vigilancia serena del guardián. Willy estaba contenido. Tony seguía siendo una sombra en el horizonte. Pero aquí, en esta cama, con el peso y el calor de Babe confiado contra él, Charlie tenía todo lo que necesitaba para enfrentar cualquier tormenta.
El sol de la tarde, bajo y anaranjado, iluminaba el camino de tierra que llevaba al taller de X-Hunter. No era la llegada triunfal de después de una carrera, con motores rugiendo y multitudes vitoreando. Esta era diferente. Más lenta. Más pesada. Pero infinitamente más significativa.
El auto de Charlie, lleno de tierra y con una abolladura notable en el guardabarros trasero izquierdo, se detuvo frente al gran portón metálico. Las otras dos camionetas, conducidas por Jeff y North, llegaron justo detrás, levantando un pequeño polvo que se asentó lentamente sobre sus carrocerías marcadas.
Las puertas se abrieron con chirridos cansados. De los vehículos salieron, uno a uno, no los impecables pilotos de carreras, sino un grupo de guerreros exhaustos y magullados. La ropa de todos estaba manchada de polvo, grasa y, en algunos casos, de salpicaduras oscuras que preferían no identificar. Había vendas visibles en los brazos de Sonic y en la frente de Alan. Dean cojeaba ligeramente, apoyándose en Jeff.
North tenía el labio partido y un ojo empezando a hincharse. Charlie, con una calma agotada en sus ojos, tenía los nudillos de ambas manos raspados y ensangrentados.
Y Babe. Babe salió del auto del pasajero, moviéndose con la cautela de quien tiene moretones por todo el cuerpo. Tenía una venda en el antebrazo y una pequeña cortada en la mejilla, pero sus ojos...sus ojos brillaban con una luz clara, limpia, que no se veía desde antes de que la sombra de Tony se cerniera sobre ellos.
Nadie dijo nada por un momento. Solo se miraron, parados frente al taller que había sido su fortaleza, su refugio y su taller de guerra. El aire estaba quieto, cargado del polvo del camino y de la enormidad de lo que acababan de dejar atrás.
Fue Sonic quien rompió el silencio. Con un suspiro exagerado que terminó en un leve quejido por sus costillas adoloridas, dejó caer la mochila de herramientas que llevaba al hombro con un ruido metálico.
—Bueno... eso sí que no estaba en el manual del mecánico.— dijo, y una sonrisa amplia, a pesar de su fatiga, le iluminó la cara sucia.
La risa que siguió fue colectiva, un sonido cansado pero genuino, liberador. Era la risa del alivio más profundo imaginable.
—¿Manual? ¿Tú lees manuales?— bromeó Jeff, frotándose el hombro mientras ayudaba a Dean a sentarse en un bidón de aceite vacío.
—Callate, tú que ni sabes cambiar una rueda sin que te explote en la cara.— replicó Sonic, pero sin malicia.
Alan se acercó a la puerta del taller y la abrió de par en par con un chirrido familiar. La vista del interior, ordenado y esperándolos con sus herramientas relucientes y los coches bajo las mantas, fue como un bálsamo. "Dios, nunca pensé que me alegraría tanto de ver este desastre," murmuró, apoyándose contra el marco de la puerta.
North escupió un poco de sangre al suelo y se limpió el labio con el dorso de la mano.
—Tony tenía algunos hombres duros, lo admito.— dijo, su voz era un poco ronca. "Pero nada que no pudiéramos manejar.— Miró a Charlie, un destello de respeto duro en su ojo bueno. "Especialmente cuando alguien pierde los estribos.
Todos miraron a Charlie. Él tenía un brazo alrededor de los hombros de Babe, sosteniéndolo suavemente. No se ruborizó por el comentario. Solo asintió, una vez.
—Él tocó lo que no debía. Pagó el precio.— Su voz era tranquila, pero final. El tema estaba cerrado.
Babe se inclinó contra él, un movimiento de completo agotamiento y total confianza.
—Está acabado.— dijo, y sus palabras no eran una pregunta, sino una declaración que flotó en el aire para que todos afirmaron.
—Acabado.— confirmó Dean desde su asiento, levantando una mano vendada en un gesto de victoria cansada.— El laboratorio de Chris está revisando los últimos restos del suero. Sin Tony para dirigir la operación, su red se desmorona. Pete ya se encarga de los últimos esbirros.
Una paz palpable, casi física, comenzó a asentarse sobre el grupo. No era la alegría eufórica de un podio; era algo más profundo, más permanente. Era la tranquilidad de una pesadilla que finalmente termina.
—Chicos.— dijo Jeff, mirando a su alrededor, a sus amigos maltratados pero vivos, sonrientes.— Lo logramos. De verdad.
Alan sonrió, un gesto que le hizo doler el moretón en la mejilla pero que no pudo evitar.
—Sí. A nuestra manera caótica, peligrosa y completamente ilegal en al menos siete países...pero lo logramos.
—¡Eso es el espíritu X-Hunter!— gritó Sonic, bombeando un puño débil en el aire, y todos rieron de nuevo, incluso Dean, que dejó escapar un gruñido de dolor pero siguió sonriendo.
Charlie miró a Babe, cuyos ojos reflejaban el mismo alivio infinito, la misma alegría tranquila. Le bajó un mechón de cabello sucio de la frente.
—A casa.— murmuró, solo para él.
Babe asintió.
—A casa.
Pero antes de irse, Charlie alzó la voz, lo suficiente para que todos lo oyeran.
—Mañana...mañana no hay entrenamiento. Ni revisiones. Ni nada.— Hizo una pausa, una sonrisa cansada pero genuina en sus labios.— Mañana duerman hasta tarde. Coman algo que no sea comida rápida del garaje. Descansen.— Miró a cada uno.— Se lo han ganado.
Un coro de aprobación cansada, de "amén" y "por fin" siguió sus palabras.
Uno a uno, fueron entrando al taller, no para trabajar, sino para recoger sus cosas, para cerrar con llave esta noche sabiendo que la amenaza que acechaba en las sombras se había disipado. Las conversaciones eran suaves, llenas de planes para dormir, de quejas fingidas sobre los moretones, de la promesa tácita de que, a partir de mañana, su mundo podría volver a ser solo sobre carreras, motores y la alegría simple de la velocidad.
Charlie y Babe fueron los últimos en quedarse fuera, mirando el cielo que se teñía de púrpura y naranja. El peso que Charlie había cargado en sus hombros durante meses parecía haberse evaporado. No todo estaba resuelto -siempre habría rivales en la pista, siempre habría desafíos- pero la sombra monstruosa que quería destruir lo que más amaban había caído.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?— preguntó Babe en voz baja, apoyando la cabeza en el hombro de Charlie.
—¿Qué, mi amor?
—Que ya no tendré que esconder mis cambios de humor.— dijo Babe, con una sonrisa traviesa y cansada.— Podré estar de mal humor porque sí, y no porque esté aterrorizado de que un loco quiera disolver mis poderes o llevarte lejos.
Charlie rió, una risa suave que le sacudió el pecho.
—Eres insufrible.
—Y tú me amas por eso.
—Sí.— admitió Charlie sin vacilar, apretándolo contra su costado.— Más que nada en este mundo.
Juntos, dieron la espalda al taller y se dirigieron a su auto, a su casa, a la vida que, por fin, después de tanta tormenta, les pertenecía sólo a ellos. El camino adelante estaba despejado, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, solo prometía la paz del asfalto bajo sus ruedas y la certeza del uno al lado del otro.
La noche había caído sobre la ciudad, pero dentro del bar de siempre, el aire vibrante y el ritmo contagioso de la música crean una burbuja de luz y calor. No era una celebración cualquiera; era el alivio hecho fiesta. La caída de Tony y su organización era un peso levantado de los hombros de todos, y esa noche, decidieron dejarlo caer con estilo.
El lugar estaba animado, pero su grupo ocupaba una gran mesa redonda cerca de la pista de baile, convertida en un fortín de risas y camaradería. Botellas de cerveza y refrescos llenaban la mesa, junto con platos de aperitivos medio devorados.
En la pista de baile:
Sonic y North eran un desastre coordinado.
Sonic, con su energía inagotable, intentaba seguir un ritmo complejo que solo existía en su cabeza, mientras North, más pragmático, se limitaba a mover los hombros y dar pasos laterales con una sonrisa de resignación divertida.
—¡Tu ritmo es de la era de los dinosaurios, North!— gritó Sonic sobre la música.
—¡Y el tuyo es de un pollo electrocutado!— le respondió North, esquivando un movimiento de brazos particularmente salvaje de Sonic.
Jeff observaba desde la mesa, sacudiendo la cabeza con una sonrisa.
—Me arriesgué la vida para salvar a esos dos idiotas.— murmuró, pero sin amargura, tomando un sorbo de su cerveza.
Alan,a su lado, rió.
—Y mira cómo te lo agradecen. Con coreografía.
En la mesa:
Dean, con su pierna vendada apoyada en una silla vacía, dirigía la orquesta del desastre desde su trono. Con una botella de agua en la mano (había perdido una apuesta sobre quién limpiaría los baños del taller el mes siguiente), señalaba a Sonic.
—¡Oye, Sonic! ¡Ese paso lo vi en un video de zumba de mi abuela!
Sonic, sin inmutarse, le respondió con una voltereta ridícula que hizo que Dean soltara una carcajada y casi se atragantara con su agua.
Charlie y Babe no estaban en la pista de baile. Estaban en un pequeño espacio entre la mesa y la barra, moviéndose lentamente, casi sin importarles la música. Era menos un baile y más un abrazo en movimiento. La cabeza de Babe descansaba en el hombro de Charlie, los ojos cerrados, una sonrisa pequeña y perfecta en sus labios. Los brazos de Charlie lo rodeaban con suavidad, una mano en su espalda baja, la otra acariciando su cabello. Se mecían suavemente, en su propio mundo.
—¿Estás feliz?— murmuró Charlie, su voz apenas un suspiro contra la oreja de Babe, ahogada por la música pero perfectamente clara para él.
Babe asintió contra su hombro.
—Mmm. No puedo recordar la última vez que me sentí así...liviano. Como si realmente pudiera respirar sin mirar por encima del hombro.— Abrió los ojos y levantó la cabeza para mirarlo.— ¿Y tú, Cachorro? ¿Descansando por fin esa mandíbula siempre apretada?
Charlie sonrió, una expresión relajada y genuina que iluminaba su rostro.
—Lo intentó. Es difícil después de tantos meses. Pero sí. Estoy...en paz. Es un sentimiento raro. Agradable, pero raro.
—Te acostumbrarás.— dijo Babe, y le dio un beso rápido en la comisura de la boca antes de volver a esconder la cara en su cuello.
En la mesa, Alan levantó su vaso de jugo (era el conductor designado).
—¡Un brindis!— anunció, golpeando el vaso con una cuchara. El grupo se reunió lentamente: Sonic y North, sudorosos y sonrientes, se acercaron; Jeff se inclinó hacia adelante; Dean levantó su botella de agua; Charlie y Babe se separaron lo justo para agarrar sus propias bebidas.
Alan miró a cada uno, su expresión, normalmente tan seria y concentrada, era suave y feliz.
—Por los imbéciles que nos metimos en esto.— comenzó, provocando risas.
—Por los golpes que nos dimos y recibimos.— continuó North, señalando su propio moretón en el brazo.
—Por las tonterías que dijimos bajo estrés.— añadió Sonic, mirando a Dean con picardía.
—Por no habernos matado unos a otros en el proceso.— dijo Jeff con su sequedad característica, que hizo reír a todos.
Dean alzó su botella.
—¡Y por haber salido del otro lado, aún de una pieza, y todavía amigos de estos locos!
—¡Por X-Hunter!— gritó Sonic, y el grito fue coreado por todos, incluso por el par de mesas cercanas que los miraban con curiosidad y simpatía.
—Y.— dijo Charlie, su voz clara y calmada cortando el bullicio, alzando su vaso hacia Babe a su lado.— por lo que vale la pena proteger. Siempre.
El brindis resonó con un significado más profundo que todos entendieron.
—¡Por Babe!— coreó North, y los vasos y botellas chocaron con un alegre clink que se perdió en la música.
La noche continuó con esa mezcla perfecta de tontería y ternura. Alan y Jeff se enzarzaron en una discusión técnica sobre la última abolladura del auto, pero eran solo palabras, sin la urgencia de antes. Sonic retó a North a un concurso de baile que generó una competencia por ver quién hacía la mueca más ridícula. Dean, desde su silla, actuaba como juez, declarándose ganador de todas las rondas.
Charlie observaba todo, con Babe ahora recostado contra su costado, compartiendo un plato de papas fritas. Sintió una gratitud abrumadora por estas personas, por esta familia que había elegido y que lo había elegido a él. El camino había sido peligroso, lleno de curvas ciegas y trampas, pero lo habían recorrido juntos. Y ahora, en este bar ruidoso y lleno de vida, con el sabor a sal y cerveza en el aire y la risa de Babe vibrando contra su costado, Charlie supo, sin ninguna duda, que había ganado la carrera más importante de todas. La carrera hacia la paz.
Y el premio, aquí a su lado y alrededor de esta mesa caótica y maravillosa, era más valioso que cualquier trofeo.
La euforia colectiva había bajado a un murmullo cómodo. Dean y North discutían acaloradamente, pero con sonrisas, sobre un ajuste de suspensión. Jeff escuchaba, interrumpiendo con comentarios secos que hacían reír a Alan. Sonic había desaparecido, probablemente desafiando a alguien más a un duelo de baile en el otro extremo del bar.
Charlie estaba recostado contra la barra, un vaso de agua con gas en la mano, observando el panorama con una placidez profunda. Su mirada, como siempre, estaba anclada en Babe, que estaba de pie frente a él, conversando animadamente con Sonic sobre algo, gesticulando con las manos. La música había cambiado a un ritmo más lento, sensual, con un latido profundo de bajo que resonaba en el suelo.
Fue entonces cuando Babe, aún de espaldas a Charlie, comenzó a moverse. No era el baile eufórico y descoordinado de antes. Era algo distinto. Deliberado. Sus caderas comenzaron a balancearse con el ritmo, un movimiento circular, lento y cargado de intención. Y no lo hacía en el vacío. Lo hacía contra Charlie. Su trasero, apenas separado por las finas capas de tela de sus pantalones, se frotó contra la entrepierna de Charlie, presionando justo donde el cuerpo de Charlie ya había empezado a responder instintivamente al simple roce y a la vista.
Charlie contuvo la respiración. Un esfuerzo sobrehumano de control recorrió su cuerpo, tensando cada músculo. Sus dedos se apretaron alrededor del vaso. Podía sentir el calor de Babe, la promesa en ese movimiento. Cada balanceo era una provocación directa, un desafío silencioso. "¿Ves? Estoy aquí. Y te quiero. Y tú me quieres a mí. ¿Qué vas a hacer al respecto, Cachorro?"
—Babe.— dijo Charlie, su voz era un ronroneo bajo, apenas audible sobre la música, pero cargado de una advertencia clara.— Deja de moverte así.
Babe giró ligeramente la cabeza, solo lo suficiente para que Charlie viera el perfil de su sonrisa, una curva de felicidad pura y diversión maliciosa.
—¿Así cómo, Charlie?— preguntó con inocencia falsa, su voz un susurro seductor.— Solo es un baile. La música invita.— Y para rematar, hundió sus caderas un poco más, frotándose con más presión.
Un gruñido gutural escapó de los labios de Charlie. La paciencia, ya finalizada después de meses de tensión y una noche de alivio embriagador, se quebró. Dejó su vaso en la barra con un golpe seco. En un movimiento rápido, agarró a Babe por los hombros y lo giró para enfrentarlo. Sus ojos negros ardían con una mezcla de exasperación y un deseo que apenas contenía.
—Una cosa es bailar, Babe.— dijo, su voz ahora era un susurro tenso y peligroso, solo para los oídos de él.— Y otra muy distinta es usar tu trasero para frotarte contra mi polla como si estuvieras puliendo un coche. Lo estás haciendo a propósito.
Babe no se inmutó. Al contrario, su sonrisa se ensanchó, sus ojos brillaron con triunfo y diversión. Soltó una risa clara, despreocupada.
—¡Qué aguafiestas eres, Charlie! Solo quería...calentar el ambiente un poco.
—El ambiente ya está lo suficientemente caliente.— replicó Charlie, pero antes de que pudiera decir o hacer algo más —como arrastrarlo al baño más cercano y mostrarle exactamente lo "caliente" que podía ponerse— Babe se escabulló de su agarre con una agilidad felina.
—¡Voy por otra bebida!— anunció, y dio media vuelta, alejándose con un balanceo de caderas que era pura provocación. Charlie lo observó irse, tragando seco, decidido a seguirlo en unos segundos y darle el "baile" que se merecía.
Pero el destino, o la picardía del universo, tenía otros planes. Babe, distraído mirando hacia atrás para lanzarle una mirada burlona a Charlie, no vio al hombre alto que se acercaba desde la barra con dos copas en la mano.
¡Choc!
—¡Oh, lo siento!— exclamó Babe, recuperando el equilibrio. El hombre, sorprendido, logró salvar sus copas milagrosamente.
—No hay problema, hermano.— dijo el hombre, y su acento era inmediatamente reconocible: cálido, musical, arrastrando las erres de una manera que no era local. Latinoamericano.
Babe parpadeó, y su expresión cambió al instante. La provocación juguetona hacia Charlie se desvaneció, reemplazada por una curiosidad genuina y un brillo de emoción en sus ojos.
—¡Oh! ¿Eres de Latinoamérica?— preguntó, su voz llena de interés.
El hombre, que parecía tener unos veintitantos años, con una sonrisa fácil y ojos amables, asintió.
—Sí, de Colombia. ¿Se nota mucho?— dijo con una risa.
—¡Se nota y es genial!— dijo Babe, su entusiasmo era contagioso.
—Amo la cultura latina. La música, la comida, el baile...todo.— Empezó a hablar rápido, haciendo preguntas sobre Colombia, sobre la salsa, sobre el reggaetón. El hombre, llamado Mateo, parecía encantado de encontrar a alguien tan entusiasta.
Charlie, desde la barra, observaba la escena con una mezcla de exasperación y curiosidad.
Vio cómo la tensión sexual entre ellos se transformaba en la energía vibrante de Babe cuando hablaba de algo que le apasionaba.
Era imposible no sonreír, aunque un poquito, al verlo tan animado.
La música volvió a cambiar, esta vez a una canción de salsa suave pero con ritmo. Mateo miró hacia la pista de baile y luego a Babe.
—¿Bailamos?— preguntó, con una cortesía natural.— Veo que te gusta.
Los ojos de Babe brillaron como dos estrellas.
—¿En serio? ¡Claro!— Luego, recordando a Charlie, giró la cabeza hacia la barra. Sus ojos se encontraron con los de Charlie, que lo observaba con una expresión indescifrable: serena, pero con esa intensidad de fondo que solo Charlie podía tener. Babe le guiñó un ojo, un gesto rápido que decía "Relájate, Cachorro. Solo es un baile. De verdad esta vez."
Y luego, con una sonrisa radiante dirigida a Mateo, Babe lo tomó de la mano y se dirigió a la pista de baile. Charlie los siguió con la mirada, tomando un sorbo largo de su agua.
Vio cómo Mateo colocaba una mano en la espalda de Babe y le guiaba con una confianza suave, y cómo Babe se dejaba llevar, riendo, siguiendo los pasos con una gracia natural que encajaba perfectamente con la música latina.
No había provocación ahora. Solo felicidad pura, emoción y paz. Babe estaba en su elemento, disfrutando de un momento de conexión cultural, de baile sincero. Y Charlie, aunque una pequeña y posesiva parte de él gruñía al ver a otra persona con las manos en Babe, la mayor parte de su ser solo podía sentir un amor profundo y un alivio inmenso al verlo tan libre, tan feliz, tan Babe. Después de todo lo que había pasado, merecía cada sonrisa, cada ritmo, cada momento de paz. Y Charlie estaría allí, vigilando desde la sombra, disfrutando del espectáculo de su felicidad, esperando pacientemente su turno para tenerlo de vuelta en sus brazos, donde siempre pertenecería.
Charlie permaneció apoyado en la barra, el vaso de agua ahora olvidado entre sus manos. Sus ojos, como imanes, seguían cada movimiento de Babe en la pista de baile. Ya no estaba solo con Mateo. El colombiano, sonriente y sociable, había presentado a Babe a un pequeño grupo de amigos que habían llegado: otro chico, alto y de movimientos sueltos, y dos chicas que reían con energía. La música había cambiado de nuevo, transformándose en un reggaetón contagioso con un beat implacable que hacía vibrar el suelo.
Babe estaba en su salsa. Literalmente. Se había integrado al grupo como si los conociera de toda la vida. Bailaba con Mateo, intercambiando pasos rápidos y giros juguetones; luego se volvía hacia una de las chicas, guiándola en un movimiento sencillo pero lleno de estilo, haciendo que ella se riera a carcajadas. Su cuerpo se movía con una naturalidad asombrosa, una fluidez que Charlie no recordaba haber visto antes en una pista de baile. No era el baile técnico y preciso de un profesional, sino algo mejor: era pura expresión de alegría, de ritmo sentido en los huesos. Cada contoneo de sus caderas, cada sacudida de hombros, parecía sincronizado no solo con la música, sino con el latido mismo de la fiesta.
La tensión sexual que había estado en el aire entre ellos antes, esa electricidad cargada de posesión, se había transformado. Ahora era diferente. Ver a Babe así, tan libre, tan desinhibido, tan deseado en un sentido platónico y festivo por el grupo, despertaba en Charlie algo más complejo. Era una mezcla de orgullo posesivo ("Miren lo increíble que es") y una lujuria renovada, más profunda, alimentada por el espectáculo de la confianza y el goce absoluto de Babe. Sus ojos oscuros seguían cada curva del cuerpo de Babe, cada sonrisa lanzada a un extraño, y sentía un calor que se acumulaba en su estómago.
—Impresionante, ¿verdad?
La voz de Alan, tranquila y ligeramente divertida, lo sacó de su trance. Charlie parpadeó y desvió la mirada por un segundo hacia su amigo, que se había acercado con una bebida en la mano, observando la misma escena.
—¿El caos general o algo en particular?— preguntó Charlie, recuperando parte de su compostura, aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo normal.
Alan señaló con la barbilla hacia la pista, donde Babe ahora estaba en el centro de un pequeño círculo, improvisando unos pasos que hicieron que todos a su alrededor vitorearan.
—Eso. Babe. En su elemento. No lo había visto tan...suelto, desde antes de todo el lío de Tony.
Charlie asintió lentamente, su mirada regresando inevitablemente a Babe.
—Sí. Es...es bueno. Muy bueno.— La curiosidad, esa que rara vez se manifestaba en cosas fuera de Babe o de los motores, le picó. Miró a Alan.
—¿Siempre fue así? ¿Tan bueno bailando...esto?— No pudo evitar un leve gesto de desdén hacia la música, aunque su tono era de genuina interrogación.
Alan soltó una risa, un sonido nostálgico y cálido.
—Desde que lo conozco, Charlie. Desde que era un mocoso con más entusiasmo que sentido común en una pista.— Tomó un sorbo de su bebida.— La música, especialmente la latina, siempre fue su debilidad. Cuando éramos más jóvenes y salíamos, si el DJ ponía una salsa, una cumbia o algo con ese ritmo, era como si le dieran cuerda. Se olvidaba de todo. De las malas carreras, de los problemas...solo bailaba. Se divertía como un niño.
Charlie escuchaba, absorbía cada palabra.
Esta era una faceta de la historia de Babe que no conocía, un pedazo de su felicidad pasada que no había compartido con él.
—¿Y la gente?— preguntó, con su voz baja. "¿Siempre...se le acercaban así?
Alan lo miró de reojo, con una sonrisa comprensiva en sus labios. Comprendía la pregunta subyacente: la posesividad, el instinto protector.
—Babe tiene una energía que atrae a la gente, Charlie. Siempre la tuvo. Es magnético cuando está feliz. La gente quiere estar cerca de esa luz.— Hizo una pausa.— Pero nunca vi que se dejara llevar de una manera que no fuera solo...diversión. Bailar, reír, ser el centro de atención por un rato. Nada más.
Eso tranquilizó a Charlie, aunque no del todo.
Ver a extraños con las manos en la cintura de Babe, aunque fuera en el contexto inocente de un baile grupal, hacía que sus instintos más primitivos se erizaran. En la pista, la canción llegó a un break y Babe, sudoroso y radiante, se volvió hacia su grupo de nuevos amigos, diciendo algo que los hizo reír a todos. Luego, sus ojos barrieron la habitación y se encontraron con los de Charlie. Aún jadeando, le lanzó una sonrisa amplia, un destello de sudor en su sien, y un guiño rápido que era pura felicidad compartida. "¿Ves? Me estoy divirtiendo. Y estoy bien."
Charlie le sostuvo la mirada y, muy lentamente, le devolvió la sonrisa. Un gesto pequeño, pero lleno de todo el amor y la paz que sentía en ese momento. Babe estaba a salvo. Estaba feliz. Estaba siendo él mismo, completamente. Eso era todo lo que importaba.
—Sabes.— murmuró Alan, siguiendo la mirada de Charlie.— Después de todo por lo que pasó...verlo así de libre otra vez...es la mejor victoria de todas.
Charlie asintió, sin apartar los ojos de Babe, que ahora volvía a sumergirse en la música, rodeado de nuevas sonrisas pero con su atención, Charlie lo sabía, siempre parcialmente puesta en él.
—Sí.— susurró, más para sí mismo que para Alan.— La única que realmente importa.
La tensión sexual seguía ahí, latente, un hilo vibrante que conectaba a Charlie con cada movimiento de Babe a través del espacio abarrotado. Pero ahora estaba envuelta en una capa de felicidad profunda y una paz tan sólida como el suelo bajo sus pies. La tormenta había pasado. Y en la calma que seguía, podían permitirse el lujo de bailar, de reír, de vivir. Juntos, y a veces, como en este momento, observando desde la distancia cómo el otro brillaba, sabiendo que al final de la noche, volverían a estar entrelazados, completando el círculo perfecto de su mundo.
La canción llegó a su fin con un redoble de batería y un estallido de aplausos y silbidos del grupo alrededor de Babe. Él, sudoroso y radiante, se rió y chocó las manos con Mateo, quien le dijo algo al oído que hizo que Babe asintiera con entusiasmo. Sacaron sus teléfonos, intercambiaron contactos rápidamente – Babe con esa facilidad natural para conectar con la gente – y luego, con abrazos y promesas de "¡nos vemos en la pista algún día!", el pequeño grupo comenzó a dispersarse.
Babe se dio media vuelta, y sus ojos, aún brillando con la energía del baile, buscaron y encontraron a Charlie de inmediato. Una sonrisa lenta, cargada de satisfacción y un toque de picardía, se dibujó en sus labios.
Avanzó entre la multitud que se dispersaba con la confianza de un rey que regresa a su trono.
Charlie no se movió de su puesto en la barra.
Solo lo observó acercarse, su expresión serena pero sus ojos negros ardiendo con una intensidad que la música y las risas no podían opacar.
Cuando Babe llegó a su lado, no dijo una palabra. Simplemente se acercó, entrelazó sus brazos sudorosos alrededor del cuello de Charlie y se pegó a él, desde el pecho hasta los muslos. Y no se quedó quieto. Su cuerpo, aún electrizado por el ritmo latente de la música que ahora sonaba de fondo, siguió moviéndose. Un balanceo lento, sensual, de sus caderas contra las de Charlie, una fricción deliberada y provocativa.
—Te vi mirándome, Cachorro.— murmuró Babe, su aliento caliente y dulce a bebida contra la oreja de Charlie antes de hundir los dientes en la piel de su cuello, justo encima de la línea del cuello de la camisa. No fue una mordida fuerte, sino una posesión, una marca de fuego. Luego, sus labios ascendieron y capturaron los de Charlie en un beso que no pedía permiso. Fue rápido, húmedo, cargado del sabor a sudor salado y alegría desenfrenada. Y antes de que Charlie pudiera profundizarlo, Babe se separó, pero no se alejó. Siguió moviéndose, pegado a él, sus caderas trazando círculos hipnóticos.
Charlie dejó escapar un gruñido bajo, sus manos volando instintivamente a las caderas de Babe, anclándolo, sintiendo el poder muscular bajo la tela húmeda.
—Parece que alguien está muy orgulloso de sí mismo.— dijo, su voz era un ronroneo tenso, lleno de la misma posesión que Babe estaba demostrando.
Babe sonrió, una expresión amplia, egocéntrica y deslumbrante.
—¿Y por qué no iba a estarlo?— preguntó, retóricamente, su voz subiendo un tono con pura arrogancia juguetona. Se inclinó hacia adelante, hasta que sus labios casi rozaban los de Charlie otra vez.— Dime, Charlie...¿Qué se siente?
Charlie alzó una ceja, esperando.
Babe continuó, su tono era un susurro seductor y lleno de sí mismo.
—¿Qué se siente saber que tu novio...es el mejor corredor en cualquier pista? El rey indiscutible cuando hay un volante entre las manos...y que cuando baja del auto, sabe mover las caderas y el trasero como si hubiera nacido en una discoteca de Cali?— Su sonrisa se volvió un dejo de provocación absoluta.— ¿Qué se siente tener todo eso...solo para ti?
La pregunta flotó en el aire entre ellos, cargada de tensión sexual, de orgullo mutuo y del ego desenfrenado de Babe. No era una pregunta de inseguridad; era una reclamación, una exhibición. "Mírame. Soy todo esto. Y soy tuyo."
Charlie lo miró fijamente, sus manos en las caderas de Babe apretando con más fuerza, deteniendo momentáneamente ese balanceo provocativo. Su mirada recorrió el rostro sonrojado y sudoroso de Babe, sus ojos brillantes, sus labios hinchados por el beso.
La lujuria, el orgullo posesivo y un amor tan vasto que era abrumador chocaron dentro de él.
—Se siente.— comenzó Charlie, su voz era baja, grave, y cada palabra caía con el peso de un juramento.— como tener el premio más valioso, el trofeo más codiciado, y la maldita tentación andante todo en uno.— Una sonrisa lenta, peligrosa y completamente devota, se dibujó en sus labios.— Se siente como una victoria constante. Como saber que, sin importar cuántos ojos te sigan en la pista o cuántas personas quieran bailar contigo…— Se inclinó, hasta que sus labios rozaron la comisura de la boca de Babe.—...al final de la noche, eres sólo mío. Esos movimientos, esa sonrisa, ese ego descontrolado...todo me pertenece. Porque tú me perteneces, Babe. Tan completamente como yo te pertenezco a ti.
Babe soltó un jadeo, un sonido de placer ante las palabras crudas y posesivas. Su balanceo se reanudó, esta vez más lento, más deliberado, frotándose directamente contra la erección evidente de Charlie a través de sus pantalones.
—Eso es lo que quería oír.— murmuró, su ego satisfecho, su deseo avivado por la reacción de Charlie.— Ahora, ¿vamos a casa, Cachorro? Porque tengo ganas de demostrarte que mis movimientos no se limitan a la pista de baile.
Charlie no necesitó que se lo pidieran dos veces. Con un último e intenso vistazo a los ojos de Babe, asintió.
—Sí. Vamos a casa.— Su voz prometía que la demostración de Babe sería recibida, contestada y superada. Porque Charlie también tenía sus propias formas de reclamar, de poseer, y de celebrar la increíble, egocéntrica y perfecta persona que había elegido para amar. Y esa noche, lejos de las miradas de extraños, sería su turno de bailar al ritmo que solo ellos dos conocían.
La tarde se filtraba cálida y perezosa por la ventana de la cocina, pintando cuadros dorados en el suelo de linóleo. Babe estaba de pie frente a la heladera, con un vaso medio vacío en una mano y una jarra de vidrio llena de agua fría en la otra. Había sudado un poco después de una sesión de ajustes en el simulador del garaje y el agua fresca era un paraíso. Con la boca aún apoyada en el borde del vaso, estiró el brazo para abrir la puerta de la heladera, su atención puesta en no derramar una gota del preciado líquido.
No vio a Charlie entrar en la cocina. Había ido a buscar una herramienta que había dejado en el cajón y caminaba distraído, su mente aún en el plano del motor que estaba ajustando en su cabeza.
Fue un choque de trayectorias torpes y sincronización perfectamente mala. Babe, al bajar la jarra para colocarla en el estante de la puerta de la heladera, giró el torso. Charlie, en ese mismo instante, se acercó por su lado izquierdo, inclinándose para abrir el cajón de los cubiertos que estaba justo debajo de la mesada.
El movimiento de Babe fue brusco. La jarra, pesada y resbaladiza por la condensación, se le escapó de los dedos. No cayó al suelo.
Siguió la inercia del giro y, con un sonido sordo y húmedo, se volcó directamente sobre el hombro y la espalda de Charlie, que estaba agachado.
¡Glug, glug, glug!
Un chorro generoso de agua helada cayó sobre la camiseta de algodón claro de Charlie, empapándola al instante y pegándola a su piel. El agua corrió por su espalda, se coló por el cuello de la camisa y le chorreó por el brazo que tenía apoyado en la mesada.
Charlie se irguió de golpe, como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica. Un grito ahogado, más de sorpresa que de dolor, le salió de los labios.
—¡Agh! ¡Frío!
Babe se quedó paralizado, la jarra vacía aún en la mano, los ojos tan abiertos como platos.
Vio la espalda y el hombro de Charlie completamente mojados, la tela transparente, el agua goteando en el suelo formando un charco. La escena, por lo repentina y lo absurda, le llegó al cerebro un segundo después.
Y entonces, no pudo evitarlo. Una risa comenzó a brotarle desde el estómago, primero como un bufido, luego como una carcajada clara y descontrolada que llenó la cocina.
—¡Oh, dios! ¡Charlie, lo siento! ¡No te vi!— logró decir entre risas, señalando con la jarra vacía.— ¡Pareces un gato al que acaban de echar un balde de agua!
Charlie se dio la vuelta lentamente. Su cabello, en la parte de atrás, estaba mojado y pegado a la nuca. Su camiseta era un desastre. Y su expresión...era una mezcla perfecta de incredulidad, molestia genuina y una chispa de esa exasperación amorosa que solo Babe podía provocar.
—Babe…— dijo, arrastrando el nombre en un tono de queja profunda y grave.— ¿En serio?
—¡Fue sin querer! ¡Te lo juro!— insistió Babe, pero la risa no le daba tregua. Se doblaba levemente por la cintura, sosteniéndose el estómago.— ¡Tu cara! ¡Priceless! ¡Parecías un piloto de F1 al que le falló el sistema de hidratación en plena carrera bajo el sol!
Charlie miró el charco a sus pies, luego la jarra vacía en la mano de Babe, luego su propia camiseta empapada. Un músculo en su mandíbula se movió. La molestia era real – el agua estaba helada – pero ver a Babe reírse así, con esa libertad y esa alegría tonta después de los días tensos, hacía que el enfado se le derritiera como hielo bajo el sol.
Aunque no del todo.
—Sin querer, ¿eh?— repitió Charlie, su voz recuperó un dejo de calma, pero con una nota peligrosa. Se quitó la camiseta mojada con un movimiento brusco, dejándola caer al charco con un splat. Ahora estaba con el torso desnudo, con el agua aún brillando en su piel.
Babe redujo la risa a una sonrisa amplia y culpable, sus ojos brillaban con diversión.
—Totalmente accidental, Cachorro. Créeme.
—Ya veo.— dijo Charlie, avanzando un paso hacia él. Su expresión era serena, pero sus ojos tenían ese brillo calculador que Babe conocía demasiado bien.— Un accidente de esos que requieren...compensación.
Babe retrocedió un paso, la sonrisa tornándose un poco más nerviosa.
—¿Compensación? ¡Te compro otra camiseta! ¡Diez camisetas!
—Mmh, no.— murmuró Charlie, cerrando la distancia.— Creo que algo más...proporcional sería justo.
Antes de que Babe pudiera reaccionar o escapar, Charlie se movió. No hacía Babe, sino hacia la heladera. La abrió de golpe, metió la mano y sacó la bandeja de cubitos de hielo que Babe había llenado esa misma mañana.
—¿Charlie...?—preguntó Babe, su tono ahora era de genuina alarma divertida.
—Ojo por ojo.— dijo Charlie con una sonrisa lenta y maliciosa.— O mejor dicho... agua fría por agua fría.— Y con esa misma calma aterradora, cogió un puñado de cubitos de hielo.
—¡No te atrevas, Charlie.— gritó Babe, dando media vuelta para huir, riendo ya anticipando lo que venía.
Pero Charlie era más rápido. En dos zancadas lo alcanzó en el umbral que separaba la cocina del comedor. Con un movimiento rápido y preciso, deslizó los cubitos de hielo por la espalda de la camiseta de Babe, metiéndolos directamente por el cuello.
—¡¡AAAAHHH!! ¡FRÍO, FRÍO, FRÍO!— chilló Babe, saltando y retorciéndose como si le hubieran echado ácido, intentando sacarse la camiseta mientras los cubitos se deslizaban por su espalda y se atascaban en su cinturón.
Charlie se rió, una risa profunda y satisfecha, mientras observaba el espectáculo.
—¡Pareces un pollo espinado! ¿A qué sabe la venganza, mi amor?
—¡Es una venganza desproporcionada! ¡Solo fue agua!— protestó Babe, finalmente logrando sacarse la camiseta y lanzando los cubitos ofensivos al suelo, donde se deslizaron sobre el linóleo.
—Y en mi caso solo fue hielo. Una versión concentrada.— dijo Charlie, acercándose y atrapándolo por la cintura ahora que ambos estaban con el torso desnudo y jadeando entre risas.— ¿Estamos a mano?
Babe, aún temblando un poco del choque frío pero con la risa ganando de nuevo, lo miró.
Su cabello estaba revuelto, su piel erizada, pero sus ojos brillaban con la misma diversión pura y despreocupada de hacía unos minutos.
—A mano.— concedió, enredando los brazos alrededor del cuello de Charlie.— Pero te advierto que la próxima vez que me tires hielo frio, la venganza será con la manguera del jardín.
—Lo tendré en cuenta.— murmuró Charlie, inclinándose para besarlo, un beso que sabía a risa compartida, a agua fresca y a la dulce, tonta y perfecta normalidad de una tarde cualquiera en su vida juntos. Una vida donde incluso los accidentes con jarras de agua podían terminar en risas, besos y la promesa de batallas futuras, todas igual de intrascendentes y maravillosas.
La luz de la tarde, suave y dorada, bañaba el living. Charlie estaba reclinado en el sillón ancho, la cabeza apoyada contra el respaldo, ofreciendo su rostro. Babe estaba a horcajadas sobre su regazo, las rodillas a cada lado de las caderas de Charlie, completamente absorto en su tarea. Solo llevaba una de las camisetas grandes de algodón de Charlie, que le llegaba a mitad de los muslos, y un bóxer holgado debajo. En su mano, la máquina de afeitar eléctrica zumbaba suavemente mientras con la otra sujetaba la barbilla de Charlie, guiando el cabezal con una concentración quirúrgica por la línea de la mandíbula.
—Quédate quieto.— murmuró Babe, su ceño ligeramente fruncido, la punta de la lengua asomando entre sus labios concentrados.— Si te mueves, te vas a llevar un tajo.
Charlie no respondió. Su mirada, sin embargo, no estaba en el techo ni cerrada en relajación. Estaba clavada en Babe. En la curva de su cuello mientras se inclinaba, en la forma en que la camisa holgada se tensaba sobre sus hombros, en la intensidad adorable de su expresión. Había algo profundamente íntimo y vulnerable en este acto de cuidado, y también algo terriblemente erótico en la confianza y el control que Babe ejercía en ese momento.
Una de las manos de Charlie, que descansaba en el muslo de Babe, comenzó a moverse. Subió lentamente por su espalda, sintiendo la cálida piel a través de la fina tela de algodón. Babe hizo un leve movimiento de hombros, como espantando una mosca, pero no perdió la concentración.
—Charlie, deja de moverte.— se quejó, sin mirarlo, pasando la máquina por debajo del labio inferior.
—Yo no me estoy moviendo.— murmuró Charlie, su voz era un ronroneo bajo. Su mano continuó su camino descendente, acariciando la curva lumbar, hasta posarse con suavidad, pero con firmeza, en una de las nalgas de Babe, cubierta solo por el fino algodón del bóxer.
Babe se estremeció, un movimiento casi imperceptible.
—Charlie…— dijo, esta vez con un tono de advertencia.— En serio, para. Puedo lastimarte con esto.— Agitó ligeramente la máquina de afeitar cerca de la oreja de Charlie, pero su amenaza carecía de fuerza; su respiración se había acelerado levemente.
Charlie solo sonrió, una sonrisa lenta y cargada de intención que Babe no podía ver desde su ángulo.
—Sigue con lo tuyo.— ordenó suavemente, pero con una autoridad que hizo que Babe tragara saliva. Al mismo tiempo, la mano de Charlie se deslizó desde la nalga hasta el borde de la tela del bóxer, y luego, sin ceremonias, se metió dentro.
—¡Ah! Charlie, te lo dije…— protestó Babe, intentando arquear la espalda para alejarse, pero la posición y el peso de Charlie lo mantenían esencialmente atrapado.
Charlie lo interrumpió, su voz ahora era un susurro más firme, dominante.
—Sigue en lo tuyo. Y yo en lo mío, mi amor.— Su dedo medio, ya dentro del bóxer, encontró su objetivo no por vista, sino por memoria y tacto. La entrada de Babe, cálida y tensa.
Charlie jugueteó con los alrededores, presionando suavemente, dibujando círculos, sintiendo cómo el cuerpo de Babe respondía a pesar de su protesta, relajándose un poco, calentándose.
Babe soltó un jadeo entrecortado, la mano que tenía en la barbilla de Charlie se aferró un poco más. La máquina de afeitar se detuvo en el aire.
—No... Charlie, para…— Pero su voz sonaba débil, quebrada por la sensación.
Ignorándolo, Charlie presionó con la yema del dedo, y con una lentitud deliberada y tortuosa, lo introdujo. La resistencia inicial cedió, y su dedo se deslizó dentro del calor y la estrechez de Babe, que se ajustó instantáneamente a la intrusión.
—¡Dios...!— Babe apretó los ojos, un gemido sofocado escapando de sus labios. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, su frente cayendo contra el hombro de Charlie, la máquina de afeitar cayendo olvidada sobre el cojín del sillón con un zumbido que se apagó.
—Mejor.— murmuró Charlie contra su oreja, su aliento caliente. Con su mano libre, agarró la parte trasera del bóxer de Babe y lo bajó bruscamente, hasta las rodillas, exponiendo completamente sus nalgas y la parte íntima donde su dedo aún estaba enterrado. La vista, desde su ángulo, era obscena y gloriosa. —Ahora tengo más espacio.
Empezó a mover el dedo, al principio con lentitud, explorando, encontrando el ángulo que hacía que Babe se estremeciera contra su pecho. Luego añadió un segundo dedo, estirando suavemente, preparándolo. Los sonidos que salían de Babe ya no eran de protesta, sino de un placer forzado, arrastrado, jadeos y gemidos que enterraba en la camisa de Charlie.
—¿Ves?— dijo Charlie, su voz era áspera por el deseo, mientras sus dedos establecen un ritmo más firme, más profundo.— Puedes hacer dos cosas a la vez. Afeitarme...y disfrutar de cómo te abro para mí.
Babe no podía responder. Solo podía aferrarse a los hombros de Charlie, su cuerpo respondiendo involuntariamente a cada embestida de los dedos, empujando hacia atrás, buscando más. La camisa de Charlie estaba arrugada entre sus puños, su respiración era un torbellino caliente contra el cuello de Charlie.
Charlie observaba su rostro, contraído en una mueca de placer rendido, y la posesividad lo inundó, feroz y satisfactoria. Esto era suyo.
Este descontrol, esta entrega, está intimidad cruda. Todo era suyo. Y mientras sus dedos jugaban, poseían y preparaban, supo que esto era solo el preludio. El afeitado podía esperar. Ahora tenía una obra mucho más urgente y gratificante que completar, con el cuerpo tembloroso y obediente de su amante sobre su regazo como el lienzo perfecto, y sus propios dedos como las primeras pinceladas de un placer que prometía ser mucho, mucho más profundo.
El preludio con los dedos había sido una tortura exquisita, una promesa escrita en el cuerpo tembloroso de Babe. Charlie retiró sus dedos lentamente, escuchando el gemido de pérdida que ello provocaba. Pero no los apartó. Los llevó a sus propios labios, manteniendo la mirada fija en los ojos vidriosos y suplicantes de Babe.
Sin romper el contacto visual, se llevó los dedos húmedos y brillantes a la boca. Los saboreó con deliberada lentitud, cerrando los ojos un instante, como un gourmet degustando un manjar raro. Un gruñido de puro placer resonó en su pecho. Luego los abrió, y su mirada, ahora cargada de una lujuria oscura y posesiva, se clavó de nuevo en Babe.
—Sabes delicioso, mi amor.— murmuró, su voz era un roce áspero y cargado de verdad.— A miedo y a deseo. A mí.
El garaje de X-Hunter vibraba con su energía habitual: el zumbido de herramientas, el murmullo de conversaciones técnicas entre Alan y Jeff, el sonido de la radio de fondo que Sonic ajustaba. Pero en el centro de ese caos organizado, Charlie era un punto de quietud observante, y su radar de protección estaba en alerta máxima.
Sus ojos seguían a Babe como un halcón.
Habían pasado semanas desde el incidente con Willy, y aunque Babe había recuperado su alegría, algo no encajaba. Era sutil, pero para Charlie, tan afinado a cada detalle de su amante, era tan obvio como una luz de advertencia en el tablero.
Babe estaba más cansado. Dormía hasta tarde los domingos, algo casi inaudito en él.
En los entrenamientos, su resistencia, normalmente legendaria, flaqueaba antes de lo esperado. Lo había visto bostezar a media tarde, apoyándose contra un auto con los ojos medio cerrados. Y la comida...Babe, que normalmente devoraba cualquier cosa que Jeff pusiera en la parrilla, últimamente palidecía con ciertos olores, o daba un par de mordiscos y dejaba el plato, quejándose de náuseas.
—Estoy bien, Cachorro, de verdad.— había insistido Babe esa misma mañana cuando Charlie le tocó la frente buscando fiebre.— Debe ser algo que comí ayer. O el estrés acumulado. Nada que un buen rato al volante no cure.
Ahora, Charlie lo observaba subir a su auto de pruebas, el rojo brillante que parecía una extensión de su cuerpo. Pero hoy, el movimiento no tenía la agilidad felina habitual.
Babe parecía arrastrar los pies, y al subir, se apoyó un momento en el marco de la puerta, pasándose una mano por la frente.
—¿Estás seguro de qué puedes manejar, Babe?— preguntó Alan, levantando la vista de la laptop.
—¡Claro! Necesito sentir el asfalto.— respondió Babe, pero su sonrisa parecía forzada, un poco pálida. Arrancó el motor, y el rugido familiar llenó el garaje.
Charlie se quedó en la puerta del pit lane, con los brazos cruzados, los ojos entornados. Jeff se puso a su lado, limpiándose las manos con un trapo.— Está raro, ¿eh?— comentó Jeff en voz baja.
—Mmh.— fue la única respuesta de Charlie.
El auto salió a la pista de pruebas, inicialmente con cierta cautela. Los primeros giros fueron decentes, pero no tenían la agresividad característica de Babe. Era como si estuviera pensando demasiado cada movimiento, como si sus reflejos estuvieran empañados.
—Su línea en la curva tres fue muy amplia.— murmuró Dean, que observaba desde las cámaras de circuito cerrado.
—Y está frenando antes de lo necesario.— añadió North, sin apartar los ojos de la pantalla.
El miedo, un frío familiar, comenzó a trepar por la espina dorsal de Charlie. No era solo imprecisión. Era algo más. La manera en que el auto titubeaba en las rectas, como si Babe dudara del acelerador. Un movimiento de volante demasiado brusco para corregir una trayectoria que normalmente habría sido instintiva.
Sonic dejó la radio.
—Oye, ¿él…está bien? Parece que le cuesta mantenerlo recto.
Fue en la recta principal donde todos lo vieron claro. El auto, en lugar de mantener una línea limpia y poderosa, se desvió levemente hacia la izquierda, luego corrigió con una sacudida brusca hacia la derecha. Fue un movimiento torpe, nervioso, antinatural en un piloto del calibre de Babe.
—Algo no está bien.— dijo Chris, acercándose, su voz cargada de preocupación profesional.— Podría ser una falla mecánica, pero...
—No es el auto.— cortó Charlie, su voz era un filo de hielo. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas.— Es él.
Y entonces, sucedió. En la siguiente curva, una curva media que Babe había tomado miles de veces a ciegas, el auto no giró.
Siguió de frente, derrapando torpemente sobre la grava de la escapatoria, dando dos giros lentos y descontrolados antes de detenerse finalmente contra el neumático de contención, con un golpe sordo que resonó en el silencio repentino que había caído sobre el garaje.
El tiempo se detuvo por un segundo.
Luego, Charlie se movió. Fue una explosión de velocidad pura, un estallido de miedo transformado en acción. No pensó. Corrió.
Sus piernas bombeaban, dejando atrás a los demás que reaccionaban un instante después, gritando sus nombres, siguiéndolo.
El mundo se redujo al auto rojo inmóvil, a la nube de polvo que se asentaba lentamente alrededor. Cada latido era un martillazo de terror en sus oídos.
—No, no, no, no, NO.
Llegó primero, sus manos ya en la manija de la puerta antes de que su cuerpo se detuviera por completo. La tiró hacia arriba.
Dentro, Babe estaba inclinado hacia un lado, sujetado por el arnés de seguridad. Su cabeza colgaba hacia un hombro, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Estaba pálido como la cera.
—¡BABE!— El grito de Charlie fue un sonido desgarrado, primitivo. Sus manos volaron, desabrochando el arnés con torpeza, temblando.— ¡Babe, despierta! ¡Mírame!
No hubo respuesta. Ni un parpadeo, ni un gemido. Solo la respiración, superficial y rápida, que levantaba su pecho de manera alarmante.
Los demás llegaron, rodeando el auto.
—¡Dios mío!
—¡Llama a una ambulancia!
—¿Qué pasó?
—¡Chris!— rugió Charlie, sin apartar los ojos del rostro inerte de Babe.— ¡Chris, ven aquí! ¡Ahora!
Chris se abrió paso, su rostro era una máscara de concentración profesional que apenas lograba ocultar su propio susto. Se inclinó junto a Charlie, colocando dos dedos en el cuello de Babe.
—Pulso rápido y débil. Respiración superficial. Está inconsciente.— Luego, con movimientos cuidadosos pero rápidos, le revisó las pupilas con una linterna pequeña que sacó de su bolsillo.— Reactivas, pero lentas.
—¿Qué le pasa?— preguntó Charlie, su voz era un suspiro desesperado. Estaba intentando sacar a Babe del auto, pero Chris le puso una mano en el brazo.
—Espera, Charlie. No lo muevas demasiado hasta que sepamos más. Podría ser una lesión cervical.
Pero Charlie apenas lo escuchaba. El miedo era una niebla blanca y fría en su mente, pero por encima de él, una sospecha horrible, nauseabunda, comenzaba a formarse. Esto no era un simple desmayo por agotamiento.
Esto no era una náusea. Esto era algo más.
Algo que había estado construyéndose en silencio durante semanas, bajo sus narices, mientras él observaba preocupado pero sin entender.
Algo grave.
Algo que, por la forma en que Babe se había desplomado, por el repentino agotamiento, las náuseas...una idea terrible, imposible, comenzó a arañar los bordes de su conciencia, alimentada por un miedo ancestral y un amor tan profundo que la sola posibilidad lo hacía sentirse vomitar.
—Babe.— susurró, acariciando su mejilla fría, suplicando, ordenando, rogando.— Quédate conmigo. Por favor, quédate conmigo.— Pero Babe no respondía, perdido en una inconsciencia que para Charlie era el preludio de su peor pesadilla hecha realidad.
El pasillo del centro médico privado donde Chris tenía su consultorio era demasiado blanco, demasiado silencioso. El tiempo se había estirado como un chicle para Charlie.
Cada segundo que la puerta cerrada permanecía así era una eternidad de imágenes horribles que se proyectaban en su mente: lesiones cerebrales, secuelas del veneno de Tony, algún efecto retardado de los poderes que creían disueltos. Alan, Jeff, Dean, North y Sonic formaban un grupo silencioso y tenso a su alrededor, intercambiando miradas cargadas de un miedo que ninguno se atrevía a vocalizar.
Finalmente, la puerta se abrió. Chris salió, quitándose los lentes y frotándose el puente de la nariz. Pero su expresión no era la de un hombre que traía malas noticias devastadoras. No había sombra de pesar ni de gravedad extrema. En su rostro había una mezcla de asombro puro, desconcierto científico y una perplejidad que rayaba en lo cómico, si la situación no fuera tan terrorífica.
Todos se irguieron. Charlie dio un paso adelante, su corazón era un puño de hielo y fuego.
—Chris. ¿Qué...qué tiene?
Chris lo miró, parpadeando como si intentara enfocar una realidad que se resistía.
—Charlie...es...bastante fuerte lo que voy a decir.— Hizo una pausa, buscando las palabras.Pero no es malo. En el sentido...médico, de riesgo inminente.
La tensión en el pasillo se hizo aún más densa, pero ahora teñida de confusión. ¿No es malo?
—Babe está...bien, físicamente, más allá del desmayo por fatiga extrema y un poco de deshidratación.— continuó Chris, hablando más para sí mismo que para ellos, como si repasara los datos.— Lo que causó los síntomas...las náuseas, el cansancio extremo, los mareos…— Hizo otra pausa, clavando sus ojos en los de Charlie.– Es porque está embarazado. De unas semanas.
El silencio que cayó fue tan absoluto que se podía oír el zumbido de las luces fluorescentes.
Charlie parpadeó. Luego, lentamente, negó con la cabeza. Un movimiento incrédulo, mecánico.
—No...no es posible.— Su voz sonaba plana, extraña en sus propios oídos.— Eso es imposible, Chris. Ambos somos Alfa. Biológicamente, es...es imposible.— La lógica, la única ancla que le quedaba, se aferraba a ese hecho incontrovertible.
Chris asintió, como si hubiera esperado esa reacción. Sacó una tableta de su bata y deslizó el dedo sobre la pantalla.
—Lo sé. Por eso hice unos análisis comparativos. De los tuyos, de archivo, y unos nuevos.— Levantó la vista, y en sus ojos había un brillo de descubrimiento científico que chocaba brutalmente con la carga emocional del momento.— Charlie...tus análisis originales, los que te catalogaron como Alfa, fueron hechos antes de que los poderes se manifestaran por completo. Los que acabo de hacer...muestran algo diferente.
Se acercó, mostrando la pantalla a Charlie, aunque éste apenas veía las líneas y gráficos.— No eres Alfa, Charlie. Tu estructura genética, tu perfil hormonal...ha mutado. Eres lo que en la literatura especializada muy, muy escasa, se denomina un Enigma. Al igual que Way.
La palabra resonó en el cerebro de Charlie.
Enigma. Un término que había oído en años atrás por boca de Tony. Pero jamás pensó en esa posibilidad o algo por el estilo que él lo sea también.
A diferencia de Way y Pete.
—Los poderes.— explicó Chris, su tono era ahora el del científico fascinado.— no solo te dieron habilidades. Alteraron tu biología a un nivel fundamental. Tu fuerza, tu velocidad, tu capacidad de regeneración, incluso tu...tu fertilidad, aparentemente, se salen de cualquier parámetro establecido para un Alfa, Beta u Omega. Es...increíble. Y me es muy difícil de comprender, pero los resultados son inequívocos.
Charlie procesaba las palabras como si le llegaran a través del agua. No era Alfa. Era un...Enigma. Una anomalía. Y esa anomalía había...¿fecundado a Babe? La realidad se torcía, se hacía imposible. Miró a sus amigos.
Alan tenía la boca abierta. Jeff se rascaba la cabeza, completamente perdido. Dean y North intercambiaban una mirada de puro desconcierto. Sonic solo parpadeaba, como si esperara el chiste.
Entonces, el significado completo de las palabras de Chris lo golpeó. Babe.
Embarazado. Un hijo. Su hijo. Una oleada de emociones contradictorias lo arrasó: una alegría primitiva, instantánea y feroz, seguida de un miedo abismal aún más profundo.
—Babe…— murmuró, y su voz tembló.— Chris, él...él nunca quiso esto. Nunca habló de hijos, ni de familia. Después de lo de Tony...tenía miedo. Miedo a repetir patrones, a no ser buen padre, a...a todo.— El recuerdo de las confesiones de Babe sobre su infancia, sobre la traición de la figura paterna que había visto en Tony, le oprimió el pecho.— Esta noticia...podría no ser buena para él. Podría...asustarlo. Hacerlo sentir atrapado.
Chris asintió, su expresión se suavizó, volviendo al médico comprensivo.
—Lo pensé. Por eso quería hablar primero contigo.— Hizo una pausa.— ¿Quieres qué se lo diga yo? Como médico, puedo presentarlo de una manera más...clínica. Darle espacio para procesar.
Charlie miró la puerta cerrada detrás de Chris. Allí estaba Babe, despierto ahora, según Chris, esperando respuestas.
Asustado, confundido, sintiéndose mal. Su Babe. El hombre al que amaba más que a su propia vida. El que acababa de descubrir, sin quererlo, que llevaba una nueva vida dentro.
No. No podía delegar esto. No podía dejar que Babe escuchara esto de nadie más.
Con una determinación que surgió de lo más profundo de su amor y su sentido de responsabilidad, Charlie negó con la cabeza.
Su voz, cuando habló, era firme, clara, aunque aún cargada de la tormenta emocional interior.— No. Se lo diré yo. Es mi deber. Nuestra...situación. Es cosa nuestra. De él y mía.— Respiró hondo.— ¿Puedo entrar?
Chris le dio una palmada suave en el hombro, una mezcla de apoyo profesional y respeto personal.
—Sí. Está despierto. Aturdido, pero despierto. Ve. Y, Charlie...sé cuidadoso. Es un shock enorme, en muchos niveles.
Charlie asintió. No necesitaba que se lo dijeran. Con un último vistazo a sus amigos, que le ofrecían miradas de apoyo silencioso y total perplejidad, giró el pomo de la puerta y entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él, para enfrentar la conversación que cambiaría sus vidas para siempre. El miedo y la alegría luchaban dentro de él, pero por encima de todo, una certeza: estaría allí, para Babe, para lo que viniera, como siempre lo había estado. Solo que esta vez, las apuestas, y el amor, habían crecido de una manera que ni siquiera su mente de Enigma podía haber imaginado.
La habitación estaba en silencio, solo roto por el suave zumbido del monitor de signos vitales y la respiración de Babe, más estable ahora. Estaba sentado en la cama, apoyado contra varias almohadas, el color había regresado un poco a sus mejillas, pero sus ojos, aunque despiertos, reflejaban el agotamiento y la confusión de las últimas horas. Miró a Charlie entrar, y en su mirada había una pregunta silenciosa, urgente.
Charlie cruzó la habitación, sintiendo el peso de cada palabra que Chris le había dado, como si cargara con un universo nuevo y frágil en sus manos. Se sentó en el borde de la cama, tomando la mano de Babe entre las suyas. Era fría. La apretó para darle calor.
—Babe.— comenzó, su voz era suave pero grave, buscando el tono adecuado para una verdad que sonaba a ciencia ficción.— Chris te hizo muchas pruebas. Y...encontró la causa de todo. Del cansancio, de las náuseas, de... lo de hoy.
Babe lo miró fijamente, esperando. Sus dedos se cerraron débilmente alrededor de los de Charlie.
—Es...bastante increíble.— continuó Charlie, tragando saliva.— Y tiene que ver conmigo. Con lo que soy. O mejor dicho, con lo que resulté ser.— Explicó, con la mayor claridad que pudo, lo de los análisis, la mutación, la palabra "Enigma". Vio cómo los ojos de Babe se abrían un poco más con cada frase, la incredulidad mezclándose con la fascinación. Luego, llegó al punto crucial.— Y esa...anomalía en mí, Babe...es la razón por la que, biológicamente, esto fue posible.
Hizo una pausa, buscando su aliento. El momento final estaba aquí.
—Estás embarazado, Babe. De unas semanas. Es...nuestro bebé.
El silencio que siguió fue denso, cargado del eco de las palabras imposibles. Charlie observó el rostro de Babe, buscando cualquier reacción: pánico, negación, ira, miedo. Pero no vio nada de eso al principio.
Solo una profunda, abismal inmersión. Babe pareció desenfocar la mirada, como si sus ojos mirarán hacia dentro, hacia su propio cuerpo, tratando de sentir, de comprender.
Los segundos se estiraron. Charlie sentía que su propio corazón iba a romperle las costillas.
Entonces, muy lentamente, Babe bajó la mirada. Liberó una de sus manos del agarre de Charlie y la llevó a su propio abdomen, todavía plano, duro por los músculos del piloto. La posó allí, con una suavidad reverente, como si tocara algo sagrado y desconocido.
—Eso...explica muchas cosas.— dijo finalmente, su voz era un suspiro, baja y llena de asombro. No había rastro de histeria, ni de rechazo. Solo una aceptación tranquila, casi científica, de una verdad que de repente encajaba en el rompecabezas de sus síntomas.
Charlie lo miró, confundido y con un atisbo de alivio tan intenso que casi le duele.
—¿No...no te molesta?— preguntó, su voz quebró un poco.— Después de lo que me habías contado, sobre...sobre no querer una familia, sobre el miedo a ser padre después de lo de Tony...
Babe alzó la vista entonces. Y lo que Charlie vio en sus ojos le quitó el aliento. No había miedo. Había una luz. Una luz cálida, brillante, que parecía emanar desde su núcleo más profundo. Una sonrisa, pequeña pero auténtica, maldita y adorable, se dibujó en sus labios. Era la sonrisa de alguien que acaba de recibir un regalo inesperado y perfecto.
—Es nuestro bebé, Charlie.— dijo Babe, como si esa simple confesión lo explicara todo. Su voz era suave, pero cargada de una emoción que hacía que a Charlie se le encogiera el corazón.— Mío y tuyo. Obviamente…soy feliz.— Las últimas palabras salieron en un susurro, como si él mismo no pudiera creer la felicidad que contenían.
Charlie se quedó completamente aturdido.
Había preparado discursos para el miedo, para la negación, para la necesidad de consuelo. No había preparado nada para esto. Para esta aceptación pura, radiante.
—Pero...pensé...pensé que no querías esto.— balbuceó Charlie, su mente luchando por seguir el ritmo de su corazón, que ahora latía con una alegría desbordante.— Una familia. Hijos.
Babe sonrió aún más, y esta vez había diversión en sus ojos, una ternura que derretía cualquier residuo de temor en Charlie. Se llevó las manos a la boca, como si intentara contener una risa de pura incredulidad y alegría.
—Contigo, Charlie.— dijo, y cada palabra era una declaración, un juramento,— contigo sí quiero hijos. Quiero una familia. Quiero...todo.— Su mirada bajó de nuevo a su abdomen, y la maravilla volvió a su rostro.— Dios...hay una vida ahí dentro. Creciendo. Nuestra vida.
Charlie lo observaba, embobado, completamente enamorado. Babe en ese momento no era el piloto feroz, ni el amante apasionado, ni el sobreviviente herido.
Parecía un niño. Un niño que acaba de descubrir el secreto más maravilloso del mundo. Sus ojos brillaban con una inocencia y una felicidad tan pura que era contagiosa.
Todas las preocupaciones de Charlie, los miedos sobre la reacción de Babe, se disolvieron como azúcar en agua caliente ante esa imagen.
Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de Babe, cerrando los ojos. Un suspiro, que era mitad alivio, mitad éxtasis, escapó de sus labios.
—Te amo.— murmuró, las palabras eran insuficientes para todo lo que sentía.— Los amo a los dos.
Babe se rió, un sonido ligero y feliz, y le dio un beso suave en los labios.
—Yo también los amo.— Luego, separándose un poco, su expresión se volvió más juguetona, aunque aún maravillada.— Aunque...tendremos que ajustar el entrenamiento. Y las carreras. Y...Dios, ¿cómo se lo vamos a decir a los chicos? ¡Alan se va a desmayar!
Charlie rió, una risa que surgía de un lugar de paz y felicidad tan profunda que nunca antes había conocido. Todavía había desafíos por delante, conversaciones difíciles, ajustes enormes. Pero en ese momento, en esa habitación blanca de hospital, con la mano de Babe sobre su vientre y sus ojos llenos de un futuro que nunca habían soñado posible, todo lo que Charlie podía sentir era una gratitud abrumadora y un amor que parecía expandirse, listo para abarcar no solo a Babe, sino a la pequeña, milagrosa vida que habían creado juntos. La tormenta de miedo había pasado, y en su lugar, brillaba un sol nuevo, suave y dorado, prometiendo un mañana que, por primera vez, se sentía no como una batalla, sino como la aventura más hermosa de todas.
El asombro inicial y la felicidad serena habían dado paso a una burbuja de alegría más ligera, más juguetona. La noticia, aunque enorme y que cambiaba la vida, se había asentado en Babe no como un peso, sino como un secreto maravilloso y compartido. Y con ese secreto, llegaba una nueva perspectiva, una lente a través de la cual reinterpretar las últimas semanas.
Una risa, clara y cargada de diversión, escapó de los labios de Babe mientras miraba a Charlie, que aún estaba sentado en el borde de la cama, procesando la vertiginosa montaña rusa de emociones.
—¿Sabes?— dijo Babe, jugueteando con los dedos de Charlie.— esto explica muchas, muchas cosas.
Charlie lo miró, tenía una ceja ligeramente alzada.
El alivio aún lo hacía sentir un poco aturdido, pero la luz en los ojos de Babe era irresistible.
—¿A qué te refieres?
—¡A esto!— exclamó Babe, señalando el aire entre ellos con un gesto amplio.— A lo posesivo que te has vuelto últimamente. Dios, Charlie, pensé que estabas volviéndote loco. O que el trauma de Willy te había afectado más de lo que admitías.— Su sonrisa se volvió una mueca divertida.— Pero no. Es solo...tu naturaleza. De Enigma.
Charlie frunció el ceño, genuinamente ofendido, pero también intrigado.
—¿Mi naturaleza? ¿Qué quieres decir?
Babe se acercó más, hasta que sus narices casi se tocaron. Su aliento era cálido y suave.
—He leído.— susurró, como si compartiera un chisme jugoso.— que los Enigmas, debido a su biología única y su...capacidad reproductiva inusual, desarrollan instintos de protección y posesión extremadamente fuertes hacia su pareja. Es algo hormonal, instintivo. Como un Alfa en esteroides, pero dirigido específicamente a asegurar el bienestar de quien lleva a su cría.— Dejó un beso rápido y juguetón en los labios de Charlie.— Y viéndote estos días, bueno...queda bastante claro, 'hijo mío'.
La frase "hijo mío", dicha con ese tono burlón y afectuoso, hizo que a Charlie se le torciera la cara en una mueca de genuino disgusto.
—Babe, no me digas así.— protestó, su voz era una queja baja.— No me gusta.
Babe se rió abiertamente, deleitándose con la reacción. La alegría de la noticia parecía haberle dado alas para bromear de una manera que no había hecho en semanas.
—¿No? ¿Entonces cómo quieres que te diga?— preguntó, inclinándose aún más, sus ojos brillaban con picardía.— ¿Cachorro?— Dejó otro beso, esta vez en la punta de la nariz de Charlie.— ¿Mi amor?— Un beso en la mejilla.— ¿Novio?— Un beso rápido en los labios, jugueteando con ellos.
Cada apodo, cada beso, era una provocación juguetona. Charlie intentó mantener una expresión seria, pero la felicidad que emanaba de Babe, combinada con lo absurdo de la situación y el alivio monumental, hacía que fuera imposible. Negó con la cabeza, pero una sonrisa pequeña e involuntaria asomó a sus labios.
—Eres imposible.— murmuró Charlie, pero su tono estaba lleno de una adoración tan profunda que las palabras carecían de todo peso.
—Y tú eres un Enigma posesivo y sobreprotector.— replicó Babe, acomodándose mejor en las almohadas, una mano vuelta a posarse en su abdomen con suavidad.— Pero eres nuestro Enigma. Y ahora tienes una razón muy biológica para serlo.— Su sonrisa se suavizó, volviéndose más tierna.— ¿Y sabes qué? No me molesta. En realidad...me hace sentir...increíblemente seguro. Cuidado.
Esas palabras, dichas sin broma, disiparon los últimos restos de tensión en Charlie.
Extendió la mano y acarició la mejilla de Babe, luego deslizó los dedos por su cuello, hasta posarlos sobre la mano que Babe tenía en su vientre.
—Lo estarás.— prometió, su voz ahora era grave y llena de una certeza absoluta.— Los dos lo estarán. Siempre.
Babe asintió, su mirada se encontró con la de Charlie, y en ese momento, no hubo más bromas, solo una comprensión profunda y una paz compartida. La tormenta de la revelación había pasado, y en su lugar, había un terreno nuevo y fértil, regado por risas juguetonas, por un amor que había demostrado ser capaz de crear milagros, y por la promesa tranquila de un futuro que, por primera vez, se sentía no como una meta a alcanzar, sino como un regalo ya recibido, esperando ser desarrollado, juntos.
La ecografía había mostrado un pequeño punto palpitante, un latido fuerte y rápido, y el médico había confirmado que todo progresaba con normalidad. La tensión que Charlie no había admitido llevar en los hombros desde el desmayo en la pista se disolvió por completo. Babe estaba bien. El bebé estaba bien.
—Puede vestirse ya.— dijo el médico con una sonrisa profesional.— Todo luce perfecto. Sigan las recomendaciones de dieta y descanso, y nos vemos en un mes.
Una enfermera joven, de rostro amable y sonrisa amplia, entró unos minutos después para darles el alta y las instrucciones por escrito.
—Aquí tienen todo lo necesario.— dijo, entregando los papeles a Charlie, quien los tomó con un "gracias" distraído, su atención aún puesta en la imagen borrosa de la ecografía que sostenía Babe como un tesoro.
La enfermera, sin embargo, parecía querer extender la conversación.
—Es su primer hijo, ¿verdad? ¡Qué emocionante!— dijo, dirigiendo su sonrisa directamente a Charlie. Sus ojos lo recorrieron de arriba abajo con una admiración un poco demasiado evidente.
Luego, al inclinarse para señalar algo en el papel que Charlie sostenía, hubo un movimiento sutil pero calculado: el escote de su uniforme, no excesivo, pero sí evidente, se abrió un poco más de lo necesario, ofreciendo una vista clara de la parte superior de sus pechos.
Charlie, absorto en su felicidad y en los documentos, no se dio cuenta. Asintió con cortesía.
—Sí, el primero. Gracias de nuevo.
—¡Cualquier duda, no duden en llamar!— dijo la enfermera, lanzando una última sonrisa coqueta antes de salir, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio volvió a la habitación. Charlie, con una sonrisa tonta de felicidad aún en los labios, se volvió hacia Babe, que ya se había vestido.
—¿Ves? Todo está perfecto, cariñ—
Las palabras murieron en sus labios. La expresión de Babe no era de alivio ni de felicidad compartida. Era una máscara de hielo. Sus ojos, normalmente tan expresivos, estaban fríos y clavados en la puerta por donde había salido la enfermera. Su mandíbula estaba apretada.
—¿Babe? preguntó Charlie, su sonrisa desapareció.— ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
Babe giró lentamente la cabeza hacia él. Y cuando sus miradas se encontraron, Charlie vio fuego. No el fuego de la pasión, sino el fuego de unos celos puros, irracionales y furiosos.
—¿Te sientes mal?— repitió Babe, su voz era un suspiro tenso y peligroso.— No. Me siento perfectamente iluminado.— Dio un paso hacia Charlie.— ¿No la viste? ¿En serio no la viste, Charlie?
Charlie parpadeó, completamente perdido.
—¿A la enfermera? Sí, claro, nos dio los papeles...
—¡No solo los papeles!— estalló Babe, su voz subió de volumen, rompiendo la calma de la consulta.— ¡Te estaba sonriendo como si fueras el último pedazo de pastel en un desierto! ¡Y cuando se inclinó...Dios, Charlie, te estaba mostrando los pechos a propósito! ¡Te estaba ofreciendo un menú completo! ¡Y tú ahí, sonriéndole como un ídolo!— Su respiración se aceleró, los puntos de color rojo aparecieron en sus mejillas.
Charlie se quedó mudo. Por un segundo, la escena le pareció tan absurda, tan fuera de lugar después de la alegría de la ecografía, que una risa burbujeante amenazó con escaparle. ¡Babe, el mismo que minutos antes miraba con ternura la imagen de su bebé, estaba haciendo un berrinche de celos monumental por una enfermera que ni siquiera había registrado!
Esa media sonrisa de incredulidad y diversión que asomó a los labios de Charlie fue el detonante.
Babe lo vio. Su expresión pasó de la furia a una indignación herida. Soltó un gruñido gutural.
—¿Sabes qué? Está bien. Vete. Vete con ella. A mí déjame en paz con mis...mis malditas hormonas y mi bebé.— Dio media vuelta, con la intención dramática de salir de la consulta.
La diversión de Charlie se esfumó, reemplazada por una determinación rápida y posesiva. En dos zancadas, lo alcanzó. Su brazo se enganchó alrededor de la cintura de Babe, atrayéndolo de vuelta contra su cuerpo con firmeza.
—Babe.— dijo, su voz era baja pero llena de una autoridad que cortó el drama.— ¿Acaso escuchas lo qué estás diciendo?
Babe forcejeó, pero no con mucha fuerza.
—¡Sí! ¡Y es la verdad! ¡Esa tipa te estaba coqueteando y tú...!
—Y yo no la vi.— interrumpió Charlie, girándolo para enfrentarlo. Sus ojos, ahora serios, buscaban los de Babe.— No la vi porque la única persona en esta habitación, en este mundo, que tiene mi atención eres tú. Tú y ese pequeño punto que tenemos aquí.— Señaló suavemente el abdomen de Babe.— ¿Entiendes?
Babe se quedó quieto, pero su pecho aún subía y bajaba con rapidez. La ira daba paso a una frustración confusa y a esa sensibilidad extrema que le había traído los mareos y las náuseas.
—Son las...las malditas hormonas.— masculló, desviando la mirada, avergonzado ahora de su propio arrebato.— Por eso digo estupideces. Déjame ir, es estúpido.
—Lo es.— concordó Charlie, pero no lo soltó. Al contrario, apretó más. Y al hacerlo, sintió cómo el cuerpo de Babe, siempre receptivo a su toque, respondía de manera exagerada.
Un temblor, un jadeo suave. Babe se había vuelto más sensible, cada nervio al descubierto.
Charlie aprovechó. Bajó la cabeza y capturó los labios de Babe en un beso. No fue suave ni consolador. Fue posesivo. Un beso que reclamaba, que silenciaba, que recordaba. Su lengua invadió su boca, saboreando el sabor a ira y a vulnerabilidad.
Babe emitió un gemido, un sonido que era mitad protesta, mitad rendición instantánea.
Sus manos volaron a los hombros de Charlie, aferrándose.
—Ch-Charlie…— murmuró contra sus labios, el nombre era un quejido, una súplica, una aceptación.
—¿Ves?— susurró Charlie, separándose apenas un milímetro, sus labios rozando los de Babe.— Así es como quiero que digas mi nombre. No con celos de nadie. Porque no hay nadie, Babe. Solo tú. Siempre solo tú.
El taller de X-Hunter era, en teoría, un lugar de trabajo. Pero esa tarde, se había convertido en un campo minado emocional con un único y volátil epicentro: Babe. Charlie, Alan, Jeff, Dean, North y Sonic estaban agrupados alrededor del capó abierto de un auto, pero sus conversaciones sobre carburadores y relaciones de compresión eran solo un murmullo de fondo. La verdadera reunión del consejo de guerra estaba ocurriendo en susurros.
—Te lo juro, Alan.— murmuraba Charlie, frotándose la sien con los dedos manchados de grasa. Sus ojos seguían a Babe, que estaba al otro lado del taller, revisando una pieza con una concentración fruncida que parecía a punto de hacer estallar la herramienta que sostenía.— Antes, con el asunto de Willy y Tony, era peligroso, sí. Pero era un peligro...enfocado. Ahora…— Hizo un gesto vago con la mano.— Es como vivir con un huracán de estado de ánimo. Un minuto está llorando con un anuncio de comida para perros en la tele, al siguiente quiere reorganizar toda la casa a las 3 a.m., y cinco minutos después está lanzándome miradas que podrían fundir acero porque le serví el jugo en el vaso 'equivocado'.
Alan, con una expresión de comprensión profunda y un poco de terror, asintió.
—Las hormonas del embarazo son brutales. Y en alguien con su...energía base... se multiplican por mil.
—¡Por un millón!— corrigió Jeff en un suspiro, recordando el episodio de la mañana en el que Babe había decidido que el olor a café le daba náuseas y había amenazado con tirar la cafetera por la ventana.— Es como si hubiera absorbido toda la dramaturgia del mundo y la estuviera proyectando en tiempo real.
Charlie soltó un suspiro que venía desde las botas.
—Si antes era peligroso, embarazado es—
¡CRASH!
Un sonido metálico y contundente cortó el aire. Todos se sobresaltaron y giraron al unísono.
Empotrada en la pared de ladrillo a un metro de donde estaba parado Dean, vibrando ligeramente, había una llave inglesa de tamaño considerable. Había volado desde la otra punta del taller como un proyectil enfadado.
El silencio fue absoluto. Todos los ojos se desplazaron lentamente desde la herramienta incrustada hasta el lanzador.
Babe estaba de pie junto a su banco de trabajo, con una mano aún extendida en el gesto del lanzamiento. No parecía arrepentido. Al contrario. Su expresión era una mezcla de frustración pura y un desafío desafiante, como si la pared le hubiera hecho algo personal. Sus ojos brillaban con una intensidad ligeramente desquiciada.
Nadie dijo una palabra. Dean palideció ligeramente y se apartó un paso más de la pared. Sonic tragó saliva. North mantuvo una expresión perfectamente neutra, pero sus ojos estaban muy abiertos.
Babe los miró a todos, uno por uno, como retándolos a comentar. Cuando su mirada se cruzó con la de Charlie, hubo un destello de algo más: un reconocimiento de que tal vez había sido un poquito excesivo, pero absolutamente cero arrepentimiento. Luego, resopló, como si el mundo entero fuera una molestia, dio media vuelta y se dirigió con pasos firmes hacia la pequeña nevera que tenían en un rincón, murmurando para sí mismo algo sobre "hambre" y "esta maldita pieza que no encaja".
El grupo quedó petrificado, observando cómo abría la nevera y empezaba a hurgar con brusquedad.
Fue Alan quien rompió el silencio helado. Con una calma mortuoria, sin apartar los ojos de la espalda de Babe, dijo en un tono perfectamente serio y audible para todos:
—Sí. Se nota.
Un coro de asentimientos silenciosos, rápidos y comprensivos, recorrió al grupo. Jeff asintió con énfasis. Dean, aún pálido, hizo un gesto con la cabeza. North simplemente levantó una ceja, que en su lenguaje equivalía a un tratado sobre los efectos aterradores de las hormonas en pilotos de carreras. Sonic abrió la boca para decir algo, pero una mirada colectiva de "cállate o serás el próximo proyectil" lo hizo cerrarla de golpe.
Charlie miró la llave inglesa aún clavada en la pared, luego a Babe, que ahora estaba comiendo un yogur directamente del envase con una expresión que sugería que el yogur también le había hecho algo personal, y luego de vuelta a sus amigos. Una sonrisa pequeña, cargada de exasperación, amor y un miedo genuino a su propia seguridad, se dibujó en sus labios.
—Bueno.— dijo Charlie, bajando la voz aún más, como si estuviera en una zona de combate.— Al menos sabemos que su puntería no ha empeorado.
Un suspiro colectivo, entrecortado por un par de risas nerviosas, fue la única respuesta. La vida con Babe embarazado prometía ser muchas cosas: emocionante, aterradora, impredecible y, sobre todo, un recordatorio constante de que el amor más profundo a veces venía acompañado de herramientas voladoras y cambios de humor dignos de una telenovela. Y por ahora, su única estrategia era asentir, mantenerse fuera de la línea de fuego, y tener siempre un yogur de repuesto a mano.
Charlie estaba acostado boca arriba, los ojos cerrados, pero no dormido. Sentía el peso familiar y perfecto de Babe a su lado, el calor de su cuerpo una constante reconfortante.
Entonces, el peso se movió. No fue un movimiento brusco, sino uno lento, deliberado. Charlie sintió cómo Babe se deslizaba sobre él, acomodándose a horcajadas sobre sus caderas, pero sin presión, sin intención sexual en ese momento. Era un movimiento de proximidad pura. Luego, sintió la barbilla puntiaguda de Babe apoyarse en el centro de su pecho, y la cálida exhalación de su aliento contra su piel.
Charlie abrió los ojos. La luz de la luna que se filtraba por la persiana era suficiente para iluminar el rostro de Babe, que lo miraba desde arriba. Sus ojos, en la penumbra, parecían más grandes, más oscuros, llenos de una contemplación tranquila y profunda.
Un silencio cómodo se extendió entre ellos.
Luego, de la nada, con una sencillez que le robó el aire a Charlie, Babe habló.
—Me encantas.
Las palabras no fueron un suspiro, ni un susurro dramático. Fueron dichas con una claridad suave, una declaración de hecho tan simple y rotunda como decir "es de noche".
Cayeron en el silencio de la habitación y se expandieron, llenando cada rincón con su verdad incontestable.
Charlie no pudo responder. Solo podía mirarlo, sentir cómo esas tres palabras resonaban en lo más profundo de su ser.
Babe no esperó una respuesta. Levantó la cabeza del pecho de Charlie y se inclinó hacia adelante, cerrándose la distancia entre sus rostros. Sus labios, suaves y ligeramente secos, encontraron los de Charlie en un beso.
No fue apasionado, ni hambriento. Fue tierno.
Un beso de pura afirmación, un sello sobre las palabras recién dichas. Cuando se separó, apenas un centímetro, sus labios rozaron los de Charlie al hablar.
—Te amo.
Esta vez, la voz de Babe era un suspiro, cargado de una emoción tan vasta que hacía temblar las sílabas.
—Eres mío.— continuó, y ahora había un destello de esa posesividad juguetona, pero mezclada con una ternura absoluta.— Solo mío.
Charlie, finalmente, encontró su voz. Era un suspiro ronco. Extendió una mano y la posó en la cadera de Babe, acariciando la curva ósea a través de la fina tela de su pijama con el pulgar. Su otro brazo se enroscó alrededor de la espalda de Babe, atrayéndolo un poco más cerca, aunque ya no podían estar más cerca.
—Y tú eres mío.— respondió Charlie, su voz era un murmuro contra los labios de Babe.— Completamente. En cada latido. En cada respiración. En cada cambio de humor y en cada beso tonto a media noche.
Babe sonrió, una sonrisa pequeña y perfecta que Charlie sintió más que vio. Luego comenzó a lloverle de besos. No eran besos ardientes, sino una lluvia suave y persistente: en la comisura de su boca, en la punta de su nariz, en cada párpado, en la frente, en la mejilla. Cada beso era una puntuación, una afirmación de sus propias palabras. Mío. Mío. Mío.
Charlie se dejaba hacer, disfrutando de la caricia, del peso de Babe sobre él, de la intimidad silenciosa y abrumadora del momento. Su mano en la cadera de Babe se deslizó hasta la pequeña de su espalda, acariciando la columna a través de la tela.
—Eres un cursi.— murmuró Charlie, pero su tono estaba lleno de una adoración tan profunda que las palabras eran un cumplido.
—Tu cursi.— corrigió Babe entre beso y beso, su voz sonaba satisfecha. Finalmente se detuvo, apoyando la frente contra la de Charlie, sus narices rozándose.— Y estás atrapado conmigo. Con mis hormonas, mis berrinches, mis besos a media noche y todo.
Charlie cerró los ojos, inhalando su esencia, sintiendo la verdad de esas palabras en cada fibra de su ser.
—No hay lugar donde prefiera estar atrapado.— susurró.— Aquí, contigo, es el único lugar que es realmente mío.
Fue la posesividad más dulce, la más tierna.
La burbuja de ternura se había expandido, llenando la habitación con el calor suave de sus confesiones susurradas. Hablaban de tonterías, de planes futuros que incluían cochecitos y carreras, de lo cursi que se estaban volviendo, riéndose entre dientes.
Charlie tenía una mano jugueteando con un mechón rebelde del cabello de Babe, que aún estaba sentado a horcajadas sobre él, mientras con la otra trazaba círculos abstractos en su espalda.
Pero Charlie notó el cambio. No fue abrupto.
Fue una desaceleración en las respuestas de Babe, un parpadeo más lento, como si sus ojos tuvieran problemas para despegarse de los labios de Charlie mientras hablaba. La conversación, tan fluida un momento antes, empezó a tener huecos. Babe perdía el hilo de lo que decía, o simplemente dejaba que las palabras de Charlie se desvanecieran en el aire, absorbido por algo más.
Luego, las manos de Babe, que habían estado quietas sobre el pecho de Charlie, comenzaron a moverse. Al principio era solo un aleteo, los dedos tocando la tela de la camiseta de Charlie. Luego, la exploración se volvió más deliberada. Sus palmas se aplanaron contra el algodón, palpando la forma de los pectorales debajo, los músculos firmes y familiares. Un dedo se deslizó por el hueco entre los botones, rozando la piel caliente que había debajo.
Charlie calló, observando. Una sonrisa pequeña y divertida se dibujó en sus labios.
No dijo nada. Solo observaba cómo Babe se perdía en su propio tacto, en la sensación bajo sus manos.
Babe se inclinó hacia adelante, cerrándose la distancia de nuevo. Pero esta vez no fue para un beso tierno. Fue lento, hipnótico. Sus labios encontraron los de Charlie y se posaron allí, no con pasión, sino con una intensidad concentrada, como si estuviera saboreando la textura, el sabor, la simple existencia de Charlie. Cuando se separó, solo un milímetro, sus ojos se encontraron con los de Charlie. Había una profundidad en ellos que no era solo ternura ahora. Era un pozo de deseo puro, nublado y cálido. Babe se mordió el labio inferior, un gesto nervioso, anticipatorio, que Charlie conocía demasiado bien.
—Te estás distrayendo, mi amor.— murmuró Charlie, su voz era un suspiro divertido, jugando a ser el sereno mientras sentía cómo su propio cuerpo respondía a la caricia lenta y a la mirada hambrienta de Babe.
Babe parpadeó, como si saliera de un trance.
Una sonrisa torcida, mitad vergüenza, mitad picardía total, le cruzó el rostro.
—Es tu culpa.— acusó, pero su voz era un susurro ronco.— Estás ahí...hablando, sonriendo, siendo tú...y es imposible concentrarse en otra cosa.
—¿En otra cosa?— preguntó Charlie, fingiendo inocencia, mientras su mano en la espalda de Babe bajaba, deslizándose por la curva de su trasero y apretando suavemente.
Babe emitió un jadeo, su cuerpo se estremeció contra el de Charlie. La distracción fue completa. Cualquier pretensión de conversación murió. Sus ojos, ahora completamente oscuros por la pupila dilatada, se clavaron en los de Charlie. La tensión sexual, que había estado latente bajo la ternura, emergió de golpe, espesa y dulce en el aire.
—Charlie.— dijo Babe, y su nombre sonó como una súplica, una orden, una confesión todo en uno. La diversión en los ojos de Charlie se intensificó. Le encantaba este poder, ver al normalmente seguro y provocador Babe reducido a un temblor de necesidad solo por su presencia, por unas pocas palabras y caricias.
—¿Sí, mi amor?— preguntó Charlie, su tono era deliberadamente casual, contrastando con el fuego en los ojos de Babe.
Babe lo miró, y en su expresión había una mezcla de exasperación amorosa y un deseo tan crudo que era casi cómico en su intensidad. Tomó aire, como para reunir dignidad, pero lo que salió fue un suspiro tembloroso. Luego, con una claridad que no admitía malentendidos, con los ojos fijos en los de Charlie y cada palabra cargada de una lujuria que hacía que el aire vibrara, dijo:
—Hazme el amor, Charlie.
No fue una pregunta. Fue una petición directa, un deseo desnudo. Y al decirlo, Babe no bajó la mirada, no se sonrojó (más allá del rubor que ya tenía). Lo sostuvo, desafiándolo a negarse, sabiendo que no lo haría.
Charlie dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. La diversión en sus ojos se suavizó, transformándose en algo más oscuro, más posesivo, más amoroso. Su sonrisa se volvió suave, un gesto de rendición y promesa.
—Como mi comandante ordene.— murmuró, y esta vez, cuando cerró la distancia para besarlo, no fue tierno, ni lento. Fue un beso que sellaba un pacto, el principio de una respuesta a esa petición clara y hermosa. Un beso que prometía que el amor que le haría sería lento, rápido, tierno, feroz, posesivo y entregado, todo lo que Babe necesitará, todo lo que él mismo anhelaba dar. Y mientras sus labios se movían y sus manos empezaban a redibujar el mapa familiar del cuerpo del otro, supieron que la noche, que había comenzado con susurros cursis, terminaría en el lenguaje mucho más antiguo y profundo de los cuerpos que se aman, se desean y se poseen, palabra por jadeo, caricia por gemido.
La orden había sido dada, y Charlie la acató con la devoción de un hombre que adora su propósito. No hubo transición brusca; fue una evolución fluida del beso posesivo a la acción.
Sus manos, que acariciaban, se volvieron directivas. Una se deslizó entre sus cuerpos, encontrando el botón del pijama de Babe, desabrochándolo con un chasquido suave y dejando que la tela se abriera, exponiendo el pecho de Babe a la luz de la luna y al aire fresco de la habitación.
—Tan hermoso.— murmuró Charlie contra sus labios, sus dedos encontraron inmediatamente los pezones de Babe, ya erectos y sensibles. No los pellizcó con fuerza, sino que los rodó suavemente entre el pulgar y el índice, un juego de presión y liberación que hizo que Babe se arquease contra él, un gemido largo y quebrado escapando de su garganta.
—Ch-Charlie...ahí...por favor...
—Por favor, ¿qué, mi amor?— preguntó Charlie, su voz era un susurro seductor contra la comisura de su boca. Mientras su mano jugueteaba con un pezón, la otra bajó, deslizándose por el abdomen tenso de Babe, pasando por debajo del elástico de su pantalón de pijama, encontrando la erección que palpitaba con urgencia.— ¿Qué es lo que quieres?
Babe no podía articularlo. La sobreestimulación, la combinación del toque experto en sus pezones y la mano de Charlie rodeando su miembro, lo redujo a un estado de pura sensación. Sollozó, un sonido húmedo y desesperado, y las lágrimas, que ya asomaban en sus ojos, comenzaron a deslizarse por sus mejillas, brillando como diamantes rotos en la penumbra.
Charlie observó el espectáculo con un orgullo profundo y oscuro. No era orgullo por causar dolor, sino por ser el único capaz de reducir a Babe, su feroz y brillante Babe, a este estado de entrega absoluta, de vulnerabilidad gloriosa. Las lágrimas no eran de tristeza, sino de placer abrumador, de la incapacidad de contener la tormenta de sensaciones que Charlie desataba en él.
—Llora por mí.— susurró Charlie, bajando la cabeza para lamer una lágrima salada de la mejilla de Babe antes de hundir los dientes en el cuello, marcándolo de nuevo, reclamando cada jadeo, cada temblor.— Deja que salga todo. Todo lo que sientes por mí.
Su mano en el miembro de Babe comenzó a moverse, con un ritmo lento pero implacable, sincronizado con el juego en sus pezones.
Era una tortura exquisita, mantenerlo al borde sin permitirle caer. Babe gemía, su cuerpo se retorcía, sus manos aferraban las sábanas, pero no intentaba escapar. Estaba atrapado, y lo amaba.
—Eres un desastre.— dijo Charlie, su voz cargada de adoración posesiva.— Mi desastre. Mira lo que hago contigo. Cómo te deshago solo con mis manos, con mi boca.
Para demostrarlo, retiró ambas manos. Babe gimió en protesta, un sonido de pérdida desgarrador. Pero Charlie solo cambió de táctica. Con movimientos fluidos, bajó por completo el pijama de Babe, desnudándolo por completo, y luego se despojó de su propia ropa. La piel contra piel era electricidad pura.
Esta vez, no hubo preparación con los dedos.
Charlie alineó sus cuerpos y, mirando fijamente a los ojos llorosos y suplicantes de Babe, se introdujo en un solo movimiento profundo y controlado.
El grito de Babe fue ahogado por la boca de Charlie, que lo capturó en un beso devorador.
Charlie comenzó a moverse entonces, estableciendo un ritmo que no era rápido, sino profundamente posesivo. Cada embestida era una reafirmación, cada retirada una promesa de regreso. Su boca se desplazó del beso al cuello, a los pezones otra vez, mordisqueando y lamiendo, convirtiendo cada centímetro de piel de Babe en un campo de batalla donde solo había un vencedor: el placer que Charlie decidía darle.
—¿De quién eres?— gruñó Charlie en su oreja, su voz áspera por el esfuerzo y el deseo, mientras sus caderas encontraban un ángulo que hacía que Babe gritara, un sonido desgarrado y glorioso.
—¡T-tuyo! ¡Solo tuyo, Charlie!— gritó Babe entre sollozos, sus piernas apretándose alrededor de la cintura de Charlie, sus uñas clavándose en su espalda.
—Exactamente.— rugió Charlie, acelerando el ritmo, la dominancia dando paso a una pasión más cruda, más urgente. El sonido de sus cuerpos, los gemidos, los golpes sordos de la cama contra la pared, llenaban la habitación. Charlie poseía, reclamaba, amaba con cada fibra de su ser, convirtiendo a Babe en un torbellino de sensaciones, en un altar vivo de su deseo y su posesión.
Y cuando el orgasmo los golpeó, fue como un terremoto. Babe se convulsionó, un grito sin sonido desgarrándose en su garganta, su cuerpo vacilando violentamente alrededor de Charlie. Charlie lo siguió al instante, un rugido gutural escapando de sus labios mientras se vaciaba en lo profundo de Babe, marcándolo, poseyéndolo en el nivel más primitivo.
El colapso fue total. Charlie, jadeando, se derrumbó sobre Babe, evitando aplastarlo, pero incapaz de separarse. Babe, debajo de él, estaba hecho un lío perfecto: lágrimas secas en las mejillas, marcas en el cuello, el cuerpo relajado en un agotamiento placentero. Un desastre hermoso, creado por Charlie, y que solo él tendría el privilegio de contemplar y volver a hacer, una y otra vez, por el resto de sus vidas.
Charlie comenzó el ritual post-coital que conocían tan bien, el de la reconexión tierna.
Sus labios, que momentos antes habían sido dientes y demandas, se suavizaron. Empezó por la parte superior del hombro de Babe, dejando un beso tan suave como el aleteo de una mariposa. Luego, su boca trazó un camino lento y perezoso por el costado de su cuello, saboreando el sabor salado del sudor mezclado con la esencia única de Babe.
Cada beso era un "perdón" por la intensidad, un "gracias" por la entrega, un "te amo" silencioso.
Babe no se movía. Solo se acurrucaba más contra el pecho de Charlie, escondiendo su rostro completamente en el hueco de su cuello, como un animalito buscando refugio.
No había vergüenza, solo un deseo profundo de proximidad, de sentir la piel de Charlie, su calor, el latido constante de su corazón contra su propia mejilla.
—Mi amor.— murmuró Charlie, su voz era un ronroneo bajo y vibrante contra la piel de Babe, mientras sus labios encontraban la línea de su mandíbula.— Mi hermoso desastre.
Un temblor leve, esta vez de algo que no era placer ni dolor, sino de una emoción pura, recorrió a Babe. Sus brazos, que habían estado flojos a los costados, se enroscaron alrededor de la cintura de Charlie, aferrándose.
Charlie continuó su camino, besando la punta de la oreja de Babe, luego la sien, donde el pelo estaba mojado y pegado. Finalmente, con una mano suave, le levantó un poco la barbilla. Babe se resistió un instante, aferrado a su escondite, pero cedió. Sus ojos se encontraron con los de Charlie. Estaban hinchados por las lágrimas, enrojecidos, pero en su profundidad había una claridad tranquila, una paz que solo venía después de la tormenta perfecta.
Charlie sonrió, una sonrisa pequeña y llena de un amor tan vasto que casi dolía. Sin decir una palabra, cerró la distancia mínima que los separaba y capturó los labios de Babe en un beso. No fue apasionado, ni hambriento. Fue reconfortante. Un beso lento, húmedo, que sabía a sal y a ellos. Un beso que sellaba lo que acababa de pasar, que lo transformaba de un acto de posesión feroz a un momento de intimidad absoluta.
Cuando se separaron, Babe susurró, su voz era un hilacho roto pero sereno:
—Eres un bruto.
Charlie rió, un sonido bajo y amoroso.
—Tu bruto.— corrigió, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos.— ¿Estás bien?
Babe asintió, hundiendo la cara de nuevo en el cuello de Charlie, pero esta vez con un suspiro de completo abandono.
—Más que bien. Agotado. Y...perfecto.
—Perfecto.— repitió Charlie, como si probara la palabra, y encontró que encajaba. Su mano comenzó a trazar círculos lentos y amplios en la espalda de Babe, un movimiento hipnótico y calmante.— Te amo, Babe. Más de lo que las palabras pueden decir.
—Yo también te amo.— murmuró Babe, su voz amortiguada por la piel de Charlie.— Aunque me hagas llorar y me vuelvas loco.
—Es parte del contrato.— bromeó Charlie suavemente, dejando otro beso en su cabello.— Lágrimas, locura y todo lo demás. Hasta que la muerte nos separe, y probablemente después también.
Babe sonrió contra su cuello, un gesto que Charlie sintió más que vio.
—Eso suena a un trato justo.
Y allí se quedaron, entrelazados en la oscuridad, sin necesidad de más palabras.
Los besos suaves de Charlie, las caricias reconfortantes, el latido sincronizado de sus corazones, eran el único diálogo necesario.
Era la calma después de la pasión, la ternura después de la posesión, el recordatorio silencioso de que, más allá del deseo y la intensidad, en el núcleo de todo, estaba este simple, profundo e inquebrantable amor que los sostenía, los curaba y los hacía sentir, en brazos del otro, como en el único hogar que realmente importaba.
¡FIN!