Prólogo
Suspiro, atormentada por el peso de la responsabilidad.
El aire nunca es pacífico; siempre está cubierto por las dudas sobre mi futuro y el de mi familia, que han estado en peligro desde hace algún tiempo. No obstante, tengo la certeza de que todo es producto de una fuerza mayor que controla el destino. Una que algún día podría brindarme las oportunidades necesarias para convertirme en la heroína de mi propia historia. Una que tal vez pueda salvar a la humanidad de su destrucción… o enamorarse de una criatura de fantasía, donde el “felices para siempre” sea eterno.
Levanto mis manos hacia la boca para calentarlas con el aliento de mi cuerpo helado.
—Me he esforzado mucho por ser feliz, y aun así continúo sufriendo por cosas pequeñas.
Las nubes negras que se elevan en el cielo no parecen estar de acuerdo con mis anhelos, esos que tanto he pedido. Porque mientras más pienso en la felicidad, más fracaso al descubrir quién debería ser realmente.
Mis recuerdos regresan al pasado mientras observo la ventana de una tienda.
Entonces aparece la imagen de mi hermano, secuestrado hace algún tiempo. Su ausencia me lleva nuevamente al mismo punto: el destino. Uno que me susurra que aún sigue con vida, esperando a que lo encuentre; y otro que me arroja al abismo para aceptar la desaparición de alguien a quien amo. Quizá, en el fondo, barajo varias posibilidades: se alejó por culpa de nuestros padres estrictos que siempre nos controlaban; desapareció debido a nuestro perfeccionismo; o falleció a causa de sus propios errores al buscar justicia.
Todas esas opciones me dan vueltas.
Sin respuestas y esperando que la tormenta se tranquilice, decido salir de mi refugio: el techo de un restaurante que me protege de las gotas despiadadas de la lluvia.
Camino por calles cubiertas de agua, pisando charcos que reflejan las desdichas de mi propia existencia.
Hasta que una melodía de ópera proveniente de mi celular alerta mis sentidos.
Lo levanté con preocupación.
—¿Sí?
La voz agitada de mi compañera de la universidad invade mi tranquilidad desde el otro lado de la línea.
—Encontraron a tu hermano… —una pausa larga se interpone entre sus palabras—. Victoria, no vuelvas a casa…
Un disparo se escucha al otro lado y la llamada se corta.
El miedo me paraliza por un instante antes de recomponer mi realidad y pensar que todo pudo haber sido una mentira. Una capaz de herirme profundamente. Y, sin embargo, dudo si debo obedecer su advertencia.
Mientras camino unas cuadras por el parque, me encuentro con dos hombres de esmoquin negro, bajo una sombrilla, observándome desde la distancia. Analizan cada uno de mis movimientos, como si comprendieran mi postura de miedo.
Murmuran en silencio.
Fijando su mirada sombría hacia mi.
De repente, uno de ellos intenta acercarse a mí.
El pánico toma el control de mi cuerpo y salgo corriendo de ese lugar. Me alejo de sus gafas negras, escapando de ese fatídico instante que huele a muerte.
¿Quiénes son? ¿Por qué estoy siendo observada?
Autos negros se estacionan a unos metros de mi.
Intentan impedir que escape de las calles estrechas.
Sin hallar alternativa, entró por un callejón, una ruta alternativa hacia mi hogar.
El aliento me falta.
La ansiedad se apodera de mis sentidos.
Una o dos horas después, entro a mi casa para limpiar mi cabello empapado por la lluvia.
En silencio, bajo el techo de mis padres, levanto mi celular y vuelvo a llamar a mi compañera.
Pero alguien tocó la puerta.
El miedo me invade nuevamente y, en ese instante, aparece un mensaje en la pantalla de mi celular:
“La máquina del tiempo existe.”








