Capítulo 1
El aire en la bodega era húmedo, olía a tierra mojada y a decadencia. Desde el interior de un viejo baúl, los sollozos de Nina llegaban débiles, casi ahogados por la madera.
—Olvídala, Andy —siseó Ashley, su voz tan afilada como un trozo de vidrio. Estaba de pie muy cerca de él; su presencia era una presión física—. Es una perra llorona. Solo será una noche, estará bien.
El corazón de Andrew latía con fuerza contra sus costillas. La voz de Ashley era la única constante en su vida, el ancla en su caos. Obedecer era instintivo, era respirar. Su cuerpo ya se estaba girando para marcharse, para dejar que la oscuridad se tragara el problema.
—Andrew, por favor... —El ruego de Nina subió desde el baúl, roto y tembloroso.
Y algo se quebró en Andrew.
No fue la lógica. No fue la moral. Fue un eco. Un eco de sí mismo. Un eco del miedo helado que sentía cuando Ashley lo miraba con esa hambre extraña en sus ojos. El miedo de Nina era su propio miedo. Eran lo mismo.
—No —susurró Andrew.
Ashley parpadeó. —¿Qué?
—No —repitió él, esta vez más fuerte, mirando no a Ashley, sino al pesado baúl, atrancado con un trozo de madera—. No la voy a dejar aquí.
El rostro de Ashley se transformó. La sonrisa manipuladora se desvaneció, reemplazada por una máscara de incredulidad y furia helada.
—No te atreves a darme la espalda, Andy. Nunca. La elegiste a ella.
Él no respondió. Se arrodilló frente al arcón, ignorando la quemadura de la mirada de su hermana en la nuca. Con manos temblorosas, retiró la tranca de madera y levantó la pesada tapa.
Nina emergió en una explosión de toses y jadeos, luchando por llenar de aire sus pulmones.
—Nina... —llamó él, ayudándola a salir.
Cuando Andrew se puso de pie y se giró, Ashley no había movido un músculo. Su expresión era aterradoramente vacía.
—Vas a arrepentirte de esto —dijo ella, con una calma que era peor que cualquier grito.
Andrew la miró, realmente la miró, y por primera vez en su vida, el miedo que sentía no fue suficiente para detenerlo. Tomó a Nina de la mano, que aún temblaba, y la guio hacia la salida de la bodega, hacia la luz. El sonido de los sollozos de Nina se mezclaba en sus oídos con la promesa silenciosa de la ira de Ashley, que lo perseguía como una sombra.
No lo sabía entonces, pero en ese momento, dos ataúdes imaginarios habían comenzado a separarse.
—Lo siento mucho, Nina. Era... era una broma estúpida y... —tartamudeó Andrew, con una mezcla de vergüenza y genuina preocupación en la voz.
Nina se dobló, sacudida por una tos húmeda y áspera. Las lágrimas y el polvo le surcaban el rostro. —Me asusté mucho... —logró decir entre jadeos.
—Ve a casa —le aseguró él, su tono más firme—. Te prometo que algo así no volverá a pasar. Anda, nosotros... nos vemos otro día.
—Nos vemos, Andrew... —murmuró Nina.
Se dio la vuelta y se fue a su casa, cubierta de suciedad, aún llorando y tosiendo. A pesar del susto y de la inminente necesidad de su inhalador, el hecho de que Andrew la hubiera sacado rápido la convenció de no guardar rencor. Con Ashley, sin embargo, sería otra historia.
El interior de la casa de los Graves estaba extrañamente silencioso esa noche. Los padres habían llegado tarde y agotados, como era su costumbre.
La tensión durante la cena era tan densa que se podría haber cortado con un cuchillo. Andrew y Ashley se habían sentado en extremos opuestos de la mesa. Ella ardía con una furia silenciosa; él no se atrevía a separar la vista de su plato.
Su padre, casi un zombi, apenas registraba su presencia. Su madre notó que algo andaba mal, pero el cansancio era un peso demasiado grande como para indagar.
Esa apatía duró hasta que, pocos minutos después de terminar la cena, unos golpes desesperados resonaron en la puerta principal.
—Andrew, ve a abrir la puerta, por favor. Si es la vieja de mierda de al lado, di que estoy durmiendo o algo así —dijo Renee desde el sofá, esperando que fuera algún vecino que necesitaba azúcar o alguna estupidez similar.
Un momento después, la voz de Andrew sonó desde la entrada, cargada de una tensión inusual.
—¡Mamá!
Dando un suspiro de cansancio, Renee se levantó y caminó hacia la puerta. Al llegar, se encontró con una niña con rastros de polvo en su ropa como si se hubiera sacudido un poco junto a una señora cuyo rostro era una máscara de furia contenida.
—Buenas noches, señora Graves. Soy la mamá de Nina —dijo la mujer, esforzándose por mantener un tono tranquilo que no lograba ocultar su enojo.
—Hola, ¿puedo ayudarla? —respondió Renee, intentando sonar tan normal como le era posible.
—Verá, mi hija me contó que uno de sus hijos la encerró en un baúl mientras jugaban a las escondidas. También me dijo que me había mentido para poder jugar con ellos, lo cual no sé de dónde lo aprendió.
Renee pareció más molesta por la interrupción que sorprendida por la acusación. En realidad, el incidente no le parecía tan grave; estaba segura de que sus amigos y ella habían hecho bromas parecidas en su juventud.
—Lo lamento mucho, de verdad —comenzó, con un tono condescendiente—. Sé que no está bien, pero los niños a veces juegan rudo. Dígame que usted nunca hizo algo parecido de pequeña.
—El problema —interrumpió la madre de Nina, su voz bajando a un siseo peligroso— es que Nina tiene asma. Casi se ahoga. Imagínese si su hijo no la hubiera sacado a tiempo.
El rostro de Renee cambió. La apatía fue reemplazada por una alarma repentina.
—Tiene suerte de que no haya llamado a la policía —continuó la mujer, su calma volviéndose más intimidante que un grito—. Esto pudo ser terrible. Esos niños necesitan más que una simple reprimenda.
—Oh... oh, ya entiendo —dijo Renee, su tono cambiando por completo al de alguien que hace control de daños—. Le prometo que me encargaré de esto. ¡Andrew, Ashley, vengan aquí ahora mismo!
Andrew se acercó para pararse junto a su madre, mientras Ashley aparecía desde su habitación con una expresión de calculada indiferencia.
—Discúlpense con su amiga —ordenó Renee, su voz afilada—. Después, ustedes y yo tenemos que hablar.
—Perdón, Nina —dijo Andrew, mirándola sinceramente.
—No te preocupes, Andrew —respondió Nina en voz baja.
—Lo siento, Nina —dijo Ashley, su voz monótona. Siento que no te hayas ahogado, pensó para sus adentros.
Nina no le respondió. Con una última mirada de advertencia hacia Renee, su madre la tomó del hombro y ambas se marcharon, dejando a la familia Graves sumida en un silencio denso y pesado. La puerta se cerró, y la verdadera tormenta estaba a punto de comenzar.
Un silencio total se apoderó de la sala. Afuera no se escuchaba ni el viento ni los grillos. Era un silencio denso, acusador. Una travesura de niños, intentó pensar Renee, quizás no sabían de su condición. Pero la idea no cuajó. La imagen de una niña muerta por culpa de sus hijos la golpeó con una fuerza que no pudo ignorar, obligándola a reconsiderar su papel como madre en todo esto.
Renee no era tonta. Sabía que algo andaba mal con Ashley. A su corta edad, ya era desafiante y posesiva, con una veta cruel que claramente necesitaba más que una reprimenda. Esto, pensó Renee con un escalofrío, había sido una “broma” que casi termina en tragedia. ¿En qué se convertiría su hija cuando fuera mayor?.
—Bien —dijo finalmente, su voz cortando el silencio, sus ojos fijos en sus hijos—. Quiero que me cuenten qué pasó. ¿Qué les hizo pensar que sería divertido encerrar a una niña asmática en un baúl?
—Yo... —comenzó Andrew, pero fue interrumpido al instante.
—¡Esa perra llorona se lo merecía! —gritó Ashley.
Renee sintió una oleada de ira ante esas palabras, pero se contuvo. Ella misma era culpable de hablar así todo el tiempo; regañarla ahora sería pura hipocresía.
—¡¿Y qué podría hacer una niña para merecerse algo así, según tú?! —replicó Renee, su voz subiendo de volumen.
—¿Cariño? ¿Qué pasa? Estaba a punto de dormir —dijo el señor Graves, asomando la cabeza desde el pasillo, totalmente desconectado de la crisis.
—Amor, por favor. Ahora no —lo cortó Renee, sin siquiera mirarlo—. Estoy hablando con los niños. Después, tú y yo hablaremos.
—Eh... está bien... —murmuró él, desapareciendo con la misma apatía de siempre.
Renee se volvió hacia sus hijos. —¿Andrew?
—Leyley quería vengarse de ella... —dijo Andrew por fin, su voz apenas un susurro—. Pero estaba tan asustada... No pude dejarla ahí.
—Bien hecho, Andrew —concedió su madre—. Ahora, respondan: ¿venganza de qué?
—Ella... —intentó explicar Andrew de nuevo.
—¡Esa zorra quería quitarme a mi hermano! —explotó Ashley.
—¿De qué estás hablando? Pensé que los tres eran amigos —dijo Renee, sinceramente confundida por primera vez.
—Me dijo que le gustaba Andy —explicó Ashley, y para sorpresa de Renee, sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me traicionó. Seguramente solo fingió ser mi amiga para acercarse a él. ¡Nadie quiere jugar conmigo de verdad! ¡Ni siquiera Andy!
—Ay, por Dios... —suspiró Renee, el cansancio ganando terreno a la ira—. Miren, esto no se va a quedar así. Mientras su padre y yo no veamos que se comportan, están castigados. Sin televisión, sin películas, sin salir a jugar. Nada.
—Ni que me importara —espetó Ashley.
—Bien. Váyanse a su habitación. Los dos.
Mientras los veía desaparecer por el pasillo, la mente de Renee trabajaba a toda velocidad. Un simple castigo no será suficiente. Esto es más profundo. La idea de separarlos, de buscar ayuda profesional, comenzó a tomar forma. La relación entre ellos era una habitación cerrada, oscura y sin aire. Y ella, por primera vez, sintió el impulso de abrir una ventana, antes de que se asfixiaran dentro.
Sola en la sala, Renee se ahogaba en sus propios pensamientos. La idea de buscar ayuda profesional era una fantasía. ¿Terapia? Lo que costaba una sola sesión podía alimentar a su familia durante una semana. No era una opción. Mañana era su día libre, un día que ahora parecía una condena. Se movió hacia la cocina, el sonido de la caja de vino barato al abrirse fue un chasquido sordo en el silencio. Se sirvió un vaso lleno.
El primer sorbo fue agrio, pero necesario. En parte, no podía culparlos. Andrew era prácticamente el único que cuidaba de Ashley, porque ella y Duglas siempre estaban demasiado cansados para cualquier otra cosa. Eso los llevó a no prestarles atención, a dejarlos a su suerte. Demonios, se dio cuenta con una punzada de vergüenza, ni siquiera puedo recordar cuándo es el cumpleaños de Ashley. Tenía sentido que la niña se sintiera sola, que su mundo entero girara en torno a su hermano.
Y Andrew... él también era solo un niño. No le correspondía la responsabilidad de criar a su hermana. Él también necesitaba cuidados que no le estaban dando. Pero, ¿qué podía hacer ella? Embarazada a los quince, apenas terminó la escuela para volver a embarazarse a los 17. Sus opciones siempre fueron limitadas. Por Dios, trabajamos como esclavos por una miseria. Sintió una oleada de autocompasión. No había nada más que hacer.
¿O sí lo había?
Copa tras copa de ese horrible vino, la desesperanza comenzó a ceder. Al principio, su mente seguía repitiendo que un castigo era lo único que podía ofrecer. Pero después de la tercera, o quizás la cuarta copa, con el zumbido de un programa estúpido de televisión de fondo, un nuevo pensamiento se abrió paso: Tal vez puedo esforzarme un poco más.
Renee era apática, sí. A veces parecía que lo único que le importaba era su esposo. Pero la verdad, una verdad que rara vez admitía, era que sí amaba a sus hijos. Los tuvo demasiado joven, sin la madurez necesaria, una madurez que quizás aún no tenía. Pero entre la bruma del alcohol y la cruda reflexión de esa noche, tomó una decisión. Algo tenía que cambiar. Y ella encontraría la forma.
Se levantó, el cuerpo pesado pero la mente extrañamente lúcida. Antes de irse a acostar, sus pies la llevaron a la habitación de los niños. Hacía horas que dormían. El cuarto estaba desordenado y, sobre el escritorio, vio unos papeles. Dibujos de Ashley. A esa niña le encantaba dibujar, aunque no fuera muy buena en ello.
Entonces, hizo algo que no había hecho en mucho tiempo. Se acercó a la cama de Andrew y le dio un suave beso en la frente.
—Buenas noches... —susurró. Aun en sueños, una leve sonrisa pareció formarse en los labios de su hijo.
Luego se acercó a Ashley. Le dio un beso igual de suave en la frente. La niña no reaccionó, pero por un instante, una pequeña mueca crispó su rostro dormido.
Renee los observó un momento más, a sus dos hijos perdidos en su propio mundo. Se dio la vuelta y, ahora sí, se fue a su habitación. Ya vería qué hacer por la mañana.