Capítulo 1 – La primera marca
La galería de arte estaba llena de gente que fingía entender las pinturas abstractas mientras bebía champagne caro.
Jaxon llevaba un traje negro hecho a medida que le marcaba cada músculo de la espalda y los brazos. Parecía un dios nórdico perdido entre mortales. Pero sus ojos miel solo buscaban una cosa: a ella.
Valerit apareció como un susurro. Vestido negro de encaje Chantilly completamente transparente por los lados, solo opaco en los lugares estratégicos. Debajo, un corsé rojo sangre que le apretaba la cintura hasta dejarla de 58 cm. Medias de liga negras con costura atrás, tacones Louboutin de 12 cm. El cabello suelto, negro, brillante, hasta la cintura. En la mano izquierda, una copa de Dom Pérignon. En la derecha, un bolso pequeño de terciopelo negro… donde guardaba su látigo favorito.
Se acercó a Jaxon flotando. Él sintió que el corazón le iba a estallar. —Buenas noches, Jaxon. Su voz era tan suave que parecía una caricia… hasta que escuchabas el tono de orden debajo.
—Señora… —susurró él, bajando la mirada automáticamente. Valerit sonrió con esa dulzura que precede a los huracanes.
—¿Te gusta lo que ves? Él tragó saliva. Ya estaba duro solo de verla. —Demasiado, Señora. Me duele. —Perfecto. Ven conmigo.
Lo tomó de la mano (una mano tan pequeña dentro de la suya enorme) y lo llevó por un pasillo privado hasta el baño de lujo de la galería. Cerró con pestillo. El espacio era grande, mármol negro, espejo enorme, luces tenues.
—Quítate la camisa. Ahora. Jaxon obedeció temblando. Los dedos le fallaban con los botones. Cuando quedó con el torso desnudo, Valerit se acercó. Sus tacones resonaban como latidos. Sacó del bolso el látigo corto de cuero de ciervo rojo (su favorito, suave pero que marca profundo).
—Apóyate en la pared. Manos arriba. Piernas abiertas. Él obedeció al instante. Valerit se colocó detrás, tan pequeñita que apenas le llegaba al pecho, pero su presencia llenaba todo el baño. —Diez latigazos por mirarme toda la noche como si ya fueras mío sin haber pedido permiso. —¿Puedo… puedo contarlos, Señora?
—Claro, mi amor. Quiero oírte.
El primer golpe fue casi una caricia, solo para calentar la piel. Jaxon suspiró aliviado. El segundo ya fue real: un chasquido seco que le cruzó la espalda. —Uno… gracias, Señora… El tercero le subió una lágrima. Valerit se acercó, le besó la marca recién hecha con labios suaves. —Eres tan bonito cuando sufres por mí…
Tercer golpe, más fuerte. Cuarto, quinto… al sexto ya tenía la espalda roja y Jaxon gemía sin control, la polla presionando dolorosamente contra el pantalón. —Señora… por favor… —¿Por favor qué, mi niño? —Más… por favor, más… Valerit se rio bajito, un sonido cristalino y cruel. —Claro que habrá más. Toda la vida.
Octavo latigazo, justo en la parte baja de la espalda. Jaxon gritó, pero se mordió el labio para no hacer ruido. Noveno y décimo fueron seguidos, brutales. Cuando terminó, Jaxon tenía lágrimas corriéndole por las mejillas y la polla tan dura que dolía. Valerit guardó el látigo, se acercó por detrás y lo abrazó, apoyando la mejilla en su espalda marcada. —Shhh… ya está, mi amor. Ya eres mío. Le besó cada marca con devoción, lamió una lágrima que le caía por la columna. Después se arrodilló (ella, tan pequeñita, arrodillada frente a él) y le bajó la cremallera muy despacio.
—Te has portado tan bien… te mereces un premio. Sacó su polla gruesa, dura, palpitante, con una gota de precum en la punta. La miró a los ojos mientras se la metía entera en la boca, hasta la garganta, sin arcadas. Jaxon gimió fuerte, se apoyó en la pared con las dos manos.
Valerit chupó despacio, torturadoramente lento, mientras con una mano le masajeaba las bolas y con la otra le clavaba las uñas en el culo. —No te corras hasta que yo te lo diga. Él lloriqueó.
—Señora… no voy a… Valerit se apartó justo cuando él estaba al borde. —No. Hoy no te corres. Le subió la cremallera, le abrochó el cinturón.
Jaxon sollozó, realmente sollozó. —Valerit… por favor… Ella se puso de puntillas (aún así no le llegaba ni al cuello) y le besó la barbilla. —Cuando lleguemos a casa, mi niño. Si sigues siendo bueno.
Le ayudó a ponerse la camisa de nuevo, abotonándosela ella misma con dedos delicados. Le limpió las lágrimas con un pañuelo de seda negro. —Ahora vamos a volver a la fiesta. Y vas a sonreír como si no tuvieras la espalda destrozada y la polla a punto de explotar. Porque eres mío. Y yo decido cuándo te rompo… y cuándo te reconstruyo.
Salieron del baño tomados de la mano. Nadie en la galería imaginaba que el hombre alto y poderoso llevaba diez marcas frescas en la espalda y que la niña delicada que iba de su brazo era la que acababa de marcarlo para siempre.