6:00 HORAS


Desperté en un túnel vacío, oscuro. Cercano al abismo. Es alto y contagiado de humedad. Aguas negras escurren de los muros y el hedor penetra en todos mis sentidos. Hay una luz al final, contaminada por una neblina sublime. Me pide ir en esa dirección ya que, de lo contrario, enfrentaría la oscuridad perpetua, sin embargo; algo en mi corazón me pide no avanzar.
Rechazo la invitación y esto enoja al anfitrión quien murmulla desagrado y musita improperios. Mi osadía es una ofensa a su divinidad, me obliga a caminar dejando caer cascadas de putrefacta agua. Nace desde los orificios de los muros y atormenta desde el techo como si la lluvia asolara.
Debo ir, me obliga a caminar o enfrentarme a la marea creciente que ya alcanza mis muslos.
Avanzo sin estar segura de que es lo correcto, maldigo la pestilencia y obstruyo mi nariz con el alto de mi sudadera. El cierre abrochado impide que transpire ese hedor nauseabundo y la capucha que toque mi rostro. La luz se esmera en cegar mi camino, oculta el sendero y se hace notar a través de la neblina. El nivel del agua llega a mi cintura y empapa mi cuerpo, trozos de material fecal rozan mis piernas, se deslizan alrededor de mi cadera. Pronto nadaré entre esa suciedad y me zambulliré en su inmundicia.
Camino más rápido ante el diluvio que toma fuerza y ahora brota de las paredes como inmensas cascadas. La corriente me empuja como si quisiera decirme que más adelante está su desembocadura. Su fuerza es más difícil de manejar con cada pisada y de momentos me percibo flotando. Ahora el nivel a alcanzado mi pecho y alzo los brazos para no introducirlos en esa pestilencia. Mantengo mi nariz a salvo, pero mis ojos se reúnen en ese mar de desperdicios y dejadeces.
Estoy desesperando, no veo fin al túnel, sólo una luz lejana que se aparta de mí en cada oportunidad. Ya estoy flotando y trato de avanzar lanzado brazadas que agitan el visceral. Cierro la boca para no tragar esa podredumbre, pero descuido mi olfato causando zancadas y nauseas. Ya no percibo el suelo bajo mis pies, solo objetos fétidos tratando de adherirse a mi cuerpo. Figuras asquerosas ocultas a mi vista.
Noto el torbellino que engulle con vehemencia el torrente de agua. Atrapa mi cuerpo y comienza a arrastrarme, intento frenar, pero es imposible. Mis piernas y brazos no son rival para su velocidad y pronto termino girando y golpeando los muros de ese drenaje. Hundiéndome y tragando la asquerosidad.
Mi mirada se enfoca en lo alto del túnel, donde la luz emana como un ojo que lo vigila todo. Allí está esa criatura de pesadillas, con su grotesco rostro invertido, donde su largo cabello cae como ceda negra y sus famélicos brazos se adhieren a los muros. Su risa malvada y sus ojos negros se enfocan en mí y camina como una araña que ha encontrado su presa. Sus senos lapidan su cuerpo y escurren sangre como si cuchillas los hubieran perforado. Introduce sus esqueléticas manos en la inmundicia y toma mi cuerpo tal muñeca de trapo. Alza hasta colocarme ante su horrendo rostro que las sombras enaltecen.
No es mi salvadora, es la criatura que ha encontrado su alimento y sonríe por ello. Su dentadura está rota, desgastada y colmada de una sustancia blancuzca que drena de sus fauces con suma lentitud. Esta libera un olor desagradable como miles de cadáveres reunidos entre sus mandíbulas. Continúa elevándome tal trofeo, con la intención de arrojarme en su boca invertida. Veo sus fauces abrir y penurias gritar. Miles de rostros unifican su boca, como almas en pena que esperan recibir a la siguiente víctima.
Los rostros son de sufrimiento y condena. Con pequeños y deformes patas de insecto saliendo de sus propias bocas, donde la muerte no es un descanso.
Aquella mujer desnuda luce sucia, marcada con una película blancuzca que escurre de todo su cuerpo, semejante a la secreción, igual que la escoria de miles de profanadores.
Exhala y sonríe. Ha conseguido su siguiente víctima.








