1. Alaska

♪ Kiss Me — Sixpence None The Richer ♪
“Los copos de nieve caían como lágrimas sobre los pastizales secos que, hacía algunas estaciones, habían traído vida. Dos adolescentes yacían sobre la nieve blanca, conectando el cielo estrellado, nombrando constelaciones y planeando viajes en medio de la noche más larga del año.
Las campanas de una iglesia sonaban a lo lejos, anunciando la medianoche, pero en ese mundo solo existían ellos dos: acostados en el jardín de un porche, hablando de todo y de nada, del futuro que aún no llegaba y del pasado que ya habían dejado atrás.
En esa ciudad al norte de Kansas, solo existían manos cálidas y colmillos pequeños.”
Lucille despertó de golpe, con la vista fija en el techo de la avioneta. No había noche estrellada ni el gélido clima de su pueblo natal. Frunció el ceño y, con una esperanza infantil, cerró los ojos, buscando sentir la nieve bajo su cuerpo y los brazos cálidos de cierto chico envolviéndola por completo.
Pero mientras más intentaba aferrarse al recuerdo, más se desvanecía.
No había campanas, sino el irritante zumbido del motor de una avioneta de cuarta. Los árboles no crujían con cada respiración de la tierra; en su lugar, la cinta que apenas sujetaba las ventanas tiriteaba con la aceleración de la vieja máquina.
Intentó tragar saliva, como si ese simple acto pudiera borrar los restos de una vida que ya había pasado. Pero era imposible ignorar el malestar en su pecho, que aún ardía con el fantasma del tacto de ese chico.
Su único recurso fue enderezarse en el incómodo asiento y mirar la noche que se extendía ante ella, tan parecida a un castigo como a un consuelo.
—¿Dormir es incómodo si no estás en un ataúd? —preguntó su secretaria desde el asiento contiguo.
Jude tenía la vista fija en su computadora; el sonido de sus uñas tecleando hacía eco en la pequeña cabina. Lucille respiró hondo antes de sonreírle, fingiendo que no acababa de despertar de un sueño tan vívido que aún sentía poder tocarlo con las yemas de los dedos.
—¿Cuándo va a dejar la gente de inventarse esos mitos absurdos sobre los vampiros?
Jude negó con la cabeza sin apartar la atención del informe que enviaría al conde la semana siguiente. Lucille tuvo que recordarse que aquello no era más que un viaje de trabajo: una reunión con el Consejo Vampírico, un informe breve sobre el estado del tratado, y de vuelta a su penthouse en Nueva York en un santiamén.
—Querida, tu padre todavía les prohíbe a sus sirvientas entrar al armario de escobas que convirtió en su habitación.
—Mi padre es un cascarrabias anticuado —respondió Lucille—. Si el público no se lo reprochara tanto, seguiría alimentándose de esa asquerosa sangre humana.
Frunció la nariz solo de pensarlo. No había mayor foco de enfermedad que los humanos.
—Si no llevara trabajando contigo desde los dieciséis, estaría muy ofendida por cuánto asco nos tienes.
—Agradece que lo tenga.
Jude rió en silencio mientras se ajustaba la chaqueta. Lucille, en cambio, se llevó ambas manos al cabello azabache, intentando aliviar el calor que recorría su cuerpo. El sudor descendía por sus sienes, incluso cuando la temperatura de la cabina estaba al mínimo posible para una humana y una vampira compartiendo espacio.
La única opción para un viaje directo a aquel pueblo de Alaska había sido una aerolínea de cuarta que aún aceptaba pasajeros sobrenaturales. La avioneta parecía mantenerse en el aire por pura terquedad y una cantidad alarmante de cinta adhesiva.
De pronto, el altavoz de la cabina emitió un chasquido extraño, como si dudara en activarse, hasta que una voz chillona logró abrirse paso.
—Lamentablemente, no podremos completar nuestro trayecto. Una tormenta se dirige hacia nuestra ruta y nos ha forzado a aterrizar en una pista cercana. Les pedimos que ajusten sus cinturones de seguridad y...
Esto no podía estar pasando.
Lucille dejó caer la frente contra la pequeña mesa frente a ella, intentando ordenar su mente. Primero había sido el sueño. Luego, despertar en uno de los peores lugares del mundo. Y ahora, una tormenta acercándose inevitablemente.
¿Acaso el Consejo de Seres Sobrenaturales no había pensado en eso al abrir su centro de operaciones en Alaska?
. . .
El gélido clima de Alaska hacía maravillas en la piel de Lucille y, aunque por momentos sentía que se estaba congelando, los vampiros estaban más a gusto en climas fríos que en cálidos veranos. Era la única cosa buena que el viajecito le estaba trayendo, ya que sus tacones de aguja apenas podían lograr que avanzara por el sendero cubierto de nieve.
Hace tan solo unos minutos habían aterrizado en una congelada pista de aterrizaje; la luna estaba en máximo esplendor y solo el eco de sus respiraciones anunciaba presencia alguna entre la ausencia de sonido de un lugar como Alaska.
—¡Veo las luces! —exclamó su secretaria, corriendo sobre la nieve con su maleta acompañándola.
A Lucille le costó unos minutos alcanzarla. Ahora se arrepentía de sus opciones de vestuario: unos tacones de diseñador rosados que hacían un infierno caminar por las rocas y una falda de lápiz color negra que hacía ver sus muslos de forma espectacular, pero al mismo tiempo había un leve riesgo de que se rompiera al deslizarse por el hielo de la entrada del pueblo.
—Mi padre tiene que irse buscando un buen abogado por lo que hacemos por él.
—Aún hay posadas abiertas, Lucy. Eso es una buena noticia.
Lucille quiso rodar los ojos ante la irritante positividad de Jude, pero debía admitir que sí eran buenas noticias; por mucho que adorara los climas helados, no quería morir en una esquina con hipotermia.
La vampira tuvo que detenerse en medio del camino mientras Jude corría hacia los pocos edificios con luces encendidas. Las fotos que había visto de Alaska no le hacían justicia a la verdad: las montañas a la lejanía la hacían sentir en un mundo diferente. Estaba acostumbrada a rascacielos y a ciudades que nunca dormían, pero la calma reinaba entre las colinas; era como si solo su respiración perturbara la paz de un lugar etéreo donde no se diferenciaba el pasado del presente.
Con que por eso le gustaba a...
—¡Joder! Solo tienen una cama libre; por las fiestas todo está ocupado —su secretaria regresó con la mirada más desesperada que Lucille había visto en su vida.
—No puedo creer que esto esté pasando... —murmuró Lucille, logrando quitarse los zapatos antes de que sus pies se entumecieran.
—Tendremos que buscar a las afueras del pueblo; dicen que hay una posada en...
—Jude, tú te quedas aquí.
—¿Disculpa? Eres mi jefa y...
—Bueno, como tu jefa, debo priorizar tu seguridad. Los vampiros tenemos cuerpos para enfrentar estas condiciones; un poco de frío y unas horas de sueño no me harán daño. A ti sí.
Antes de que su asistente pudiera replicar, Lucille ya estaba levantando su mano con la perfecta manicura para detenerla.
—¡Está bien! Pero mándame un mensaje cuando encuentres dónde hospedarte y, si no hay señal, nos encontramos en la plaza del pueblo a primera hora.
—Sí, lo sé. Soy una niña grande, puedo cuidarme sola.
Vio a su amiga caminar nerviosa hacia las cálidas luces amarillas de la posada; las puertas de madera se cerraron, pero aún se escuchaba el bullicio de algunas personas. Su teléfono estaba muerto, pero estaba segura de que no pasaban de las doce de la noche.
Lucille respiró hondo antes de empezar su viaje hacia lo que, según el gran mapa de la plaza, era la única posada que aún podría estar abierta.
Si Lucy tuviera que pensar en un momento de su vida en el que se sintiera acabada, pensaría en este: con la nieve húmeda hasta los tobillos y un atuendo muy poco abrigador en la ciudad más alejada del mundo exterior, tan callada que podía escuchar sus propios pensamientos divagando en su mente y haciendo un desastre.
No recordaba la última vez que había sentido tanta paz o que había visto un lugar tan hermoso como ese pequeño pueblo en Alaska.
La tierra latía bajo sus pies como hacía tiempo no percibía, y seres con los que no quería encontrarse se escabullían detrás de grandes pinos silvestres; era la definición de la palabra rústico.
Cuanto más caminaba, más lograba distinguir el bullicio de una cabaña de dos pisos a la lejanía. Era un lugar mediano y con un gran letrero de un lobo en la entrada.
Fantástico, malditamente fantástico.
Hacía tiempo que no convivía con un lobo, pero cada vez que tenía que encontrarse con uno debía decirse a sí misma que no era él, que nadie era como él.
—Bueno, es esto o congelarme descalza en una esquina.
Arrastró su pesada maleta por el camino rocoso hasta llegar a la puerta de caoba. Al abrirla, una campana hizo eco en el hogar, anunciando la llegada de una nueva cliente; algunas personas voltearon sus cabezas o detuvieron sus conversaciones por curiosidad, pero mayoritariamente el ambiente en el lugar siguió siendo el mismo.
—¡Bienvenida a Posada y Bar Osa Polar... —una voz ronca sobresalió detrás de la barra cuando...
Esa voz...
Los tacones en la mano de Lucille cayeron con un golpe seco, pero su atención no estaba en su apariencia desastrosa ni en el charco de agua que llevaba hacia el cálido lugar.
Sino en el hombre que la había recibido, que, a pesar de verse algo diferente a los recuerdos de su adolescencia, seguía siendo el mismo.
¿Cómo podría olvidar el rostro del amor de su vida?