Capítulo 01
Aquella tarde, cuando el sol aún ardía sobre Drakensgaard, el invierno ya había comenzado.
El gran salón comunal, siempre solemne bajo sus muros de piedra oscura, se llenaba aquella tarde de risas infantiles. Los tapices que narraban las gestas de reyes parecían observar a los dos niños en el suelo, que habían convertido el espacio en un campo de juegos: barcos de madera, pergaminos convertidos en velas y un charco improvisado como océano.
—Mi drakkar surcará las aguas antes que el tuyo, Konrad. Hasta los dioses del mar lo saben —se jactó Theod, alzando su pequeño barco de madera como si fuera un tesoro sagrado.
—¿Ah, sí? —respondió el príncipe, inclinándose para ajustar la diminuta vela de su embarcación—. Veremos si los cielos bendicen tu arrogancia o te la hacen tragar con agua salada.
Theod soltó una carcajada, incapaz de resistir la chispa competitiva de su amigo, pero sobre todo, por las dulces creencias en la fé católica de Konrad.
—A la cuenta de tres —anunció Konrad, con esa solemnidad infantil que imitaba a los adultos—. Uno… dos… ¡tres!
Ambos lanzaron sus drakkars al charco. Las figuras navegaron con determinación, empujadas por el impulso que les habían dado. El drakkar de Theod cruzó el charco con gracia, mientras que el de Konrad se volcó al tocar el borde.
—¡Ja! —exclamó Theod, poniéndose de pie con los brazos en alto—. ¡El mar me pertenece!
—¡No es justo! —refunfuñó, frunciendo el ceño—. El viento estaba de tu lado, tramposo.
Theod saltaba alrededor en un torpe baile de victoria, hasta que se detuvo. El ceño fruncido y los puños cerrados de Konrad decían más que mil palabras. Era evidente que la derrota lo había herido más de lo que quería admitir. Con un suspiro, Theod se arrodilló junto a él, dejando su drakkar a un lado.
—Vamos, no frunzas tanto el ceño, alteza. Solo era un juego —rió Theod, dándole un leve empujón para hacerlo sonreír.
El príncipe levantó la mirada, pero el rubor en sus mejillas delataba su incomodidad.
—A veces creo que nunca seré bueno en nada… —susurró su amigo, mirando el pequeño barco hundirse un poco en el agua.
—Eso no es verdad —replicó Theod, serio por un instante—. No digas tales cosas. Un día serás un gran rey, lo sé. Y cuando eso pase, yo navegaré a tu lado, como tu espada y tu sombra.
Konrad parpadeó, sorprendido por la sinceridad en la voz de su amigo. Aquellas palabras, tan simples y a la vez tan significativas, hicieron que algo en su pecho se encendiera. Conmovido, lo abrazó, escondiendo su rostro en el pecho de Theod.
—Por favor, Theod... —susurró con una voz quebrada—. Prométeme que nunca me dejarás solo.
Theod lo abrazó con fuerza, con ese fervor que solo los niños conocen.
—Nunca te abandonaré —prometió en voz baja—. Cuando seas rey, navegaré contigo hacia los mares del norte. Descubriremos tierras que ningún mapa ha visto, y los bardos cantarán nuestras hazañas.
Konrad sonrió entre lágrimas.
—Serás mi guerrero más fiel.
—Y tú, el rey que cambiará el mundo —respondió Theod con una sonrisa, pero un leve brillo de tristeza oscureció sus ojos. El joven sabía que el destino rara vez dejaba que los sueños de los niños se cumplieran como ellos querían.
La puerta del salón se abrió de repente, y los dos chicos se separaron con rapidez. La figura de una mujer alta y majestuosa apareció en el umbral. La reina Astrid, con su porte regio, caminó hacia ellos como si cada paso anunciara un juicio divino. Su túnica de lino y lana, adornada con intrincados bordados de runas, ondeaba suavemente mientras avanzaba.
—Konrad, ¿qué te he ordenado sobre quitarte el yelmo? —preguntó con voz fría y sus ojos como el hielo fijándose en su hijo.
Konrad apretó los labios, pero obedeció de inmediato, colocándose la pieza de armadura que resguardaba su rostro.
—Pero, madre… —protestó el niño, con la voz temblorosa—. Pesa demasiado, y además es Theod. No tengo por qué esconderme de él.
—No importa quién sea —replicó Astrid, sin elevar la voz, pero con una frialdad que helaba la estancia—. Un rey que muestra debilidad ante los ojos ajenos firma su sentencia de muerte.
El joven sabía que enfrentarse a la reina de Drakensgaard sería una estupidez, pero no pudo evitar sentir una punzada de rabia al ver a Konrad sometiéndose tan fácilmente, por más que llevasen mucho tiempo compartiendo juntos, aún no se acostumbraba del todo a la manera en que los reyes trataban a su amigo.
La reina se volvió hacia Theod.
—Joven Theod, su padre lo aguarda. Retírese.
Theod asintió con rigidez, recogiendo sus pocas pertenencias. Antes de marcharse, lanzó una última mirada a Konrad, pero el príncipe no pudo devolverla; estaba demasiado ocupado ajustando su yelmo bajo la mirada crítica de su madre.
—Adiós, Konrad… —murmuró Theod, con la voz quebrada, sin atreverse a mirar atrás.
—¡Espera, Theod! —gritó el príncipe, corriendo un paso hacia él, pero su voz se ahogó en el eco del pasillo vacío.
La reina se inclinó hacia su hijo.
—No volverás a ver a ese muchacho. Las distracciones son cadenas, y tú naciste para llevar una corona, no para jugar con campesinos.
Konrad sintió que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. Cuando la puerta del salón se cerró con un portazo, el príncipe corrió hacia ella, golpeándola con sus puños.
—¡Madre, te lo ruego! ¡No me apartes de él, por favor!
Pero nadie respondió. El eco de sus gritos se perdió en los muros del castillo. Exhausto, Konrad se dejó caer junto a la puerta cerrada, con las lágrimas corriéndole por el rostro. El fuego ardía todavía en la chimenea, pero el calor ya no llegaba a él: la soledad había encendido un invierno en su pecho.
Mientras tanto, Astrid avanzaba por los pasillos con pasos que resonaban con firmeza. Estaba decidida a hablar con el rey Ragnvald. La seguridad del príncipe era prioritaria, incluso si eso significaba arrancarlo de los pocos vínculos de afecto que había logrado formar. En su mente, el futuro era claro: Konrad debía convertirse en un rey fuerte, no en un niño débil influenciado por sueños infantiles.
Konrad, sin embargo, no lo veía así. En ese momento, sentado contra la puerta cerrada, no deseaba ser un rey, solo deseaba no perder al único amigo que había hecho que su mundo tuviera sentido.
Los pasos de Astrid resonaban como tambores de guerra en un templo. Los murmullos cesaban, los sirvientes se apartaban como si huyeran de una tormenta. Nadie quería cruzar la mirada con los ojos de hielo de la reina. Anselm, siempre atento, la esperaba frente a las puertas talladas con imágenes de dioses y guerreros.
—¿Dónde está el rey? —preguntó la reina.
—En el salón del trono, majestad. Está reunido con los Skarnfell.
Astrid ajustó los pliegues de su túnica con un movimiento deliberado y avanzó. Las puertas se abrieron ante ella, revelando una escena cargada de tensión.
Alfhild Skarnfell estaba de pie junto a su esposo, con el rostro pálido y sus manos temblorosas mientras sujetaba el borde de su vestido. A su lado, Styrkar mantenía una postura rígida, los hombros rectos y su mirada estaba fija en el rey Ragnvald, que los observaba desde su trono con cierto desdén y decepción. En un rincón, rodeado por dos guardias, Theod luchaba por no doblar las rodillas. Sus pequeños dedos se clavaban en la tela de su túnica, como si aferrarse al propio cuerpo fuera la única forma de no derrumbarse bajo la mirada del rey.
Astrid avanzó con la elegancia de una loba, sus ojos de azul hielo se posaron en cada rostro, evaluándolos como un depredador a su presa.
—La casa Skarnfell —dijo Ragnvald, rompiendo el silencio con su voz grave—. Por generaciones, su nombre fue sinónimo de lealtad y valor. Y ahora, han traido la deshonra a mi corona.
Alfhild se llevó una mano al pecho, como si las palabras del rey fueran dardos que la atravesaban.
—Majestad, no pretendimos ocultar nada a su merced. —comenzó a decir, pero su voz se quebró.
Styrkar dio un paso adelante, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto. Su voz era firme, pero su tono reflejaba el peso de la situación.
—Mi rey, jamás hemos osado desobedecer ni quebrantar la paz de su casa —continuó, buscando el valor en cada palabra—. Este niño, Theodoricus… —calló un instante, mirando al pequeño—. Es sangre de mi sangre. No un bastardo, sino hijo nacido bajo mi nombre y mi protección.
El puño de Ragnvald cayó contra el trono con un estruendo que hizo vibrar las llamas de las antorchas. El eco se propagó como un latido furioso por la sala, y todos contuvieron el aliento.
—¿Legítimo? —repitió el rey, alzándose con una calma que helaba más que la ira—. ¿Pretendes justificar tu falta llamando a este niño digno de tu linaje? Has mancillado el honor de mi casa al permitir que viva junto al príncipe heredero. Dime, Styrkar… ¿creías que podrías esconder una mancha así del ojo del rey?
Theod, en su rincón, apretó los puños con fuerza. Cada palabra del rey caía sobre él como una piedra, pero no se permitió mostrar debilidad. No les daría el placer de verlo quebrarse.
Astrid se acercó al muchacho.
—La casa Skarnfell fue ejemplo de virtud y honor —intervino la reina Astrid—. Y hoy nos trae vergüenza. Díganme, ¿qué excusa pretenden ofrecernos?
Alfhild, incapaz de contenerse más, dio un paso adelante.
—Mi reina —dijo ella, con la voz teñida de lágrimas—, le ruego escuche nuestra verdad. Este niño no es una amenaza para su corte ni para el príncipe. Es noble de corazón y criado bajo la virtud de nuestra casa. Le protegimos porque somos sus padres… no porque ambicionemos poder.
Astrid ladeó la cabeza con un gesto felino; sus labios se curvaron en una sonrisa helada, pero sus ojos destilaban la crueldad de alguien que disfruta arrancando alas a un pájaro.
—¿Y esperas que crea tus palabras? ¿Acaso no era su deseo colocar a este niño en la línea de Grimsholm, disputando el favor del príncipe?
Styrkar levantó la voz, interrumpiendo antes de que su esposa pudiera responder.
—No, mi reina. No ambicionamos herencias ni honores para Theodoricus. Solo deseábamos que creciera en paz, apartado de las sombras de la corte. Si en ello hubo falta, que recaiga sobre mí toda la culpa.
Las palabras de Styrkar parecieron calmar momentáneamente la sala. Pero el rey Ragnvald no estaba dispuesto a ceder.
—¿Paz? —repitió, con una amargura en su tono—. ¿Y llamas paz a permitir que este niño se acerque al heredero del trono? Dime, Styrkar… ¿pretendías verlo alzarse como su igual, o acaso como su sombra traidora?
La acusación quedó flotando en el aire. Theod, que hasta ahora había permanecido en silencio, levantó la mirada. Sus ojos, llenos de lágrimas que no se atrevía a dejar caer, se encontraron con los del rey.
—No deseo apartarme del príncipe Konrad —dijo.
El silencio que siguió fue absoluto. Ragnvald entrecerró los ojos, mientras Astrid se giraba hacia el muchacho con asombro y desdén.
—¿Qué has dicho, muchacho? —preguntó el rey, inclinándose hacia adelante.
Theod dio un paso adelante, dejando atrás a los guardias que lo rodeaban. Su cuerpo pequeño temblaba, pero su voz era clara.
—No deseo apartarme de él —repitió el niño, con más valor del que tenía—. Si debo servirle, luchar por él o dar mi vida, lo haré. Solo ruego que no me alejen del príncipe.
Astrid avanzó lentamente, inclinándose hacia el muchacho.
—¿Harías cuánto se te ordene, sin dudar ni una vez? —preguntó.
El niño sostuvo su mirada, aunque el miedo retumbaba en su interior.
—Sí, mi reina.
La reina se incorporó, volviendo su atención a Styrkar y Alfhild.
—Entonces así será —dijo Astrid con voz de acero—. Theodoricus no heredará Grimsholm. En cambio, será entregado a la tutela de Hallbjörn Arngeirsson. Allí aprenderá a servir, a soportar el hierro y la sangre, hasta hacerse digno de empuñar la espada por el príncipe Konrad. Ese será su destino… y la redención de su linaje.
La reina guardó un breve silencio, antes de volver a clavar sus ojos en Styrkar y su esposa.
—Y en cuanto a ustedes… procuren dar pronto a esta corona un nuevo heredero en Grimsholm. Uno nacido en legítimo lecho, sin mancha ni duda sobre su sangre. El reino no puede sostenerse sobre bastardos.
Las palabras cayeron como un filo entre ellos; Styrkar agachó la cabeza, su esposa apenas logró contener el llanto. Astrid, en cambio, no parpadeó. Alfhild se llevó las manos al rostro, incapaz de contener el llanto. Styrkar, aunque con los puños apretados y la mandíbula tensa, sabía que no había otra opción.
—Aceptamos, mi reina —dijo finalmente, con la voz cargada de resignación.
Astrid asintió antes de volverse hacia Theod.
—Ve a despedirte del príncipe —ordenó—. Cuando regreses, tu niñez habrá muerto.
El príncipe Konrad estaba sentado junto a la ventana. Tras los cortinajes, el cielo ardía en tonos de fuego y púrpura, como si el mundo entero se incendiara con su desasosiego. Sus dedos, rígidos y tensos, descansaban sobre el alféizar, mientras el aire helado que entraba desde el exterior le erizaba la piel.
El eco de las palabras de su madre resonaba en su mente como un tambor implacable: “No volverás a ver a ese muchacho.”
Su pecho subía y bajaba de forma irregular, luchando contra el nudo que se apretaba cada vez más en su garganta. Sus ojos, fijos en el horizonte, no veían el paisaje, sino los recuerdos de risas compartidas, juegos entre los jardines del castillo y las conversaciones que duraban hasta que las estrellas llenaban el cielo.
Un crujido en la madera del pasillo lo hizo girarse bruscamente. La silla raspó el suelo cuando movió las piernas.
—¡Madre, no puedes...! —comenzó a gritar, con la voz rota por la desesperación.
La puerta se abrió de golpe, pero no era Astrid quien apareció.
La puerta se abrió de golpe, y Theod irrumpió con el aliento entrecortado, como un prisionero que huye antes de que lo atrapen. El cabello de Theod estaba revuelto, sus ojos verdes brillaban húmedos como vidrios bajo tormenta. Antes de que Konrad pudiera respirar, el muchacho lo envolvió en un abrazo feroz, como si al apretarlo pudiera encadenar aquel instante para siempre.
—No podía marcharme sin despedirme de ti —susurró Theod.
Por un momento, Konrad se quedó inmóvil, como si su mente se resistiera a creer lo que estaba sucediendo. Pero cuando los brazos de Theod apretaron con más fuerza, como si temiera que pudiera desvanecerse, el príncipe reaccionó. Lentamente, levantó los brazos y devolvió el abrazo, cerrando los ojos mientras apoyaba la barbilla sobre el hombro de su amigo.
—Theod... pensé que no volvería a verte. Tenía mucho miedo. —Su voz era apenas un murmullo, pero contenía un océano de alivio y tristeza.
El menor apretó los ojos, y sus manos temblorosas se aferraron al grueso abrigo del príncipe. Su respiración se entrecortaba, pero se negaba a dejarse vencer por las lágrimas.
—No dejaré que nos separen —dijo, con sus palabras al borde de quebrarse por el peso de la emoción—. Juramos que cumpliríamos nuestros sueños juntos, ¿lo recuerdas?
Konrad lo apartó ligeramente, lo justo para poder mirarlo a los ojos. El azul de su mirada era como un lago helado, calmado pero profundo, conteniendo una tormenta que no se atrevía a desatar.
—Juramos muchas cosas, Theod. ¿Y si no logramos cumplirlas? ¿Y si Dios se enfada con nosotros?
El otro lo miró con intensidad y con el brillo de las lágrimas que aún no caían, dándole un aire de frágil determinación.
—Aunque los mares nos aparten, siempre habrá un mismo cielo sobre nosotros. Allí nos encontraremos, lo juro. —Su voz tenía la firmeza de una promesa, pero su corazón dudaba.
El príncipe bajó la mirada por un instante, como si buscara consuelo en las palabras de su amigo. Luego volvió a abrazarlo, esta vez con más fuerza, apoyando la frente contra su hombro.
—¿Y si el cielo cambia, Theod? —preguntó en un susurro que apenas rompía el silencio.
Theod cerró los ojos, respirando profundamente para calmarse. Sentía el peso de las lágrimas acumuladas, pero no podía permitirse derrumbarse.
—Si el cielo cambia, hallaremos la forma de seguir bajo el mismo.
El silencio entre ellos era pesado, pero no vacío. Cada respiración, cada latido de sus corazones resonaba en ese espacio que los rodeaba, un mundo que parecía haberse detenido solo para ellos.
Finalmente, Theod se obligó a apartarse, como si arrancara un pedazo de sí mismo.
—Volveré por ti, Konrad. No importa lo que deba enfrentar, volveré.
El príncipe asintió lentamente, aunque una parte de él quería gritar que no quería que se fuera, después de todo, no comprendía muy bien el trasfondo de las palabras de su amigo.
—No me olvides, Theod…
El otro le dedicó una sonrisa temblorosa, que apenas ocultaba la tristeza que lo embargaba.
—Ni tú a mí.
Se dio la vuelta y sus pasos golpearon el suelo como campanadas fúnebres, alejándose más de lo que el pasillo permitía. Konrad permaneció junto a la ventana, con los ojos fijos en la puerta que se cerraba lentamente. La ausencia que sentía en su pecho le decía que algo importante acababa de romperse.
Cuando la puerta finalmente se cerró, Konrad dejó escapar un suspiro entrecortado y dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas.
Theod, mientras corría por los pasillos, apretó los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas. A pesar de su promesa, sabía que el destino era una fuerza cruel que no siempre permitía que los sueños se hicieran realidad.
“Quizá esta sea la última promesa que pueda cumplir”, pensó, sintiendo que cada paso lo alejaba no solo de Konrad, sino también de su propia infancia.