Capítulo 1
Elise
Cuándo conocí al chico bueno: 2019
Yo. Y no apareciste.
Para mal, y para peor.
Un soleado día murió.
—Somos solo una copia de algo que ya fue —habló extendiendo las manos—, una versión... diferente de algo que ya existía. Desde pequeños aprendemos todo mediante los sentidos. Los sentidos son la forma en que tomamos y decodifiamos cosas que ya están, como hablar, comer, caminar y todas esas acciones, hasta incluso los pensamientos son exactamente lo que escuchamos, lo que nos enseñaron. Digamos que todos somos como... modelos de un mismo producto, distintos, algunos mejores, otros peores, pero somos lo mismo.
Escuché con atención, o al menos intenté fingir. Hoy no tenía muchas ganas para escuchar a una mujer así.
—Terminamos la clase por hoy —sonrió más falsa que los anuncios de bebidas que te hacen perder peso. Irónico pensando que la maestra es un palillo andante.
Suspiré y metí mis cosas lo más rapido que pude en la mochila.
Todo es exactamente como yo lo imaginaba, no como papá lo describió. Es un colegio para niños privilegiados. Todo es enorme, pero cada que cruzo por los enormes pasillos, algo que me impresiona aparte de los lujos por doquier, es que en cada esquina hay un hombre, si, tiene que ser hombre, que golpea a otro ser más pequeño.
¿Yo haré algo por defenderlo?
No.
Debe aprender que nadie está para él, que está solo como cada uno de nosotros, y que cuando se muera: lo hará solo, así que da igual si tiene amigos, pareja o cualquier cosa.
De hecho le hago un favor.
Una vez que pasó todos los pasillos enormes, y bajar pisos y pisos. Llegué a donde se supone que debería estar mi papá esperando.
Prometí que no haría nada en este colegio, ya bastante tiene papá con haberme cambiado de colegio una docena de veces.
Sin embargo, ninguna de esas veces fueron mi culpa.
Esperé unos segundos, hasta que una ráfaga de viento me azotó, además de una energía extraña.
—¡Cuidado! —pasó un muchacho en skater, gritando— ¡Por culpa de esta generación distraída es que estamos así!
¿Me está jodiendo? Si es que tiene mi edad, tal vez, máximo dos años más.
El tipo fue el que se equivoco.
¿Hola? Soy yo la que esta en la calle, y es ahí donde no pasan vehículos ni esa... chatarra en la que está.
Ni siquiera me dio tiempo a insultarlo porque se fue tal como llegó: desastroso y rápido.
Eso si, aproveché a sacarle el dedo corazón. No creo que me haya visto, puesto que iba con audífonos negros e iba a una velocidad preocupante.
En cuestión de segundos llegó papá.
Ni siquiera lo saludé, tampoco él a mi. Es nuestra rutina desde ahora. Simplemente nos dirigimos las palabras indispensables, como reportarnos alguna información primordial.
Decirse "Buen día, ¿Cómo te fue?" Es muy estúpido, y no es indispensable para nosotros.
El coche de papá es gigante, y muy bajo. Un deportivo. A él le parece importante vestirse, andar, hablar, con índice de superioridad, y mucho más que eso sea cierto, así que se la pasa tratando de cumplir esos estandares qué él mismo se puso.
No siempre fue así. Antes de que todo esto pasara, era más sencillo, más vivo. Ahora ya no lo reconozco, ni tampoco a mi.
Ahora debo seguir sus nuevos estándares si quiero tener un techo donde dormir.
En cuestión de minutos llegamos al condominio, entrando a casa. La enorme casa que compró en esta ciudad es muy parecida a la que teníamos, solo que esta se siente más fría, más como él.
Salí del coche apenas llegamos dándole un portazo a su dichoso cochecito.
Ni siquiera se inmutó al escuchar el golpe de la puerta.
Sabe que no puede decirme nada.
Al entrar me recibe el suave olor a comida casera, acompañada por el suave canto de Mary, la mujer que papá contrató para que haga lo que él no puede hacer, como cocinar, limpiar, o preguntarme cómo me fue, hasta aconsejarme con cosas qué sé que no están bien, pero para personas buenas somos muchos.
Y ¿saben qué? No me importa, ni me quejo sobre que papá no se ocupe de mi y ahora se lo voy a sacar en cara.
La casa que compró es exactamente todo lo que nunca imaginamos qué seríamos.
Al menos antes de tres meses.
Es gris, blanca y con el suelo de baldosas blancas, consta de tres pisos. El exterior es llamativo, solo por su forma de cuadrilátero y la enorme puerta de entrada.
Mi cuarto está en el segundo piso, él de papá en el tercero y en el tercer piso hay cosas que desconozco porque nunca me tomé el trabajo de averiguarlo. No es algo que me importe mucho.
Avancé mientras cruzo la primera sal de estar hasta la cocina y comedor.
—¡Buen día! —saludo alegre, Mary, mientras sacaba algo del horno— ¿Cómo te fue hoy?
—Hola —saludé, evadiendo su pregunta.
Sé que ella no tiene la culpa de nada, y hace su trabajo. Con mucha suerte me tiene algo de aprecio, pero no estoy de humor para esto hoy.
—¡Es tu comida favorita! —respondió al dejar la bandeja de vidrio en la mesa—. ¡Te encantará!
—No se grita en la cocina, Mary —dijo la única voz masculina presente.
—Claro —admitió bajando la cabeza—, lo lamento.
Papá no se demostró conforme ni enojado ante su disculpa como siempre.
¿Se puede ser más cruel?
—No tengo hambre —me disculpé mirando a Mary, es a ella a la única que le daré explicaciones, y que tambien las merece.
Me apresuré a ir a la escalera a mi derecha y subí hasta mi cuarto.
Simplemente me tiré en la cama pensado en que haré esta noche.
Tengo varias opciones.
Salir de fiesta hasta que se me olvidé todo esto.
También podría ir a la casa de Minerva para terminar ese trabajo del colegio sobre las aves.
O mi favorita:
Probar la pastilla azul de la que me habló Delilah. Que sería mejor que la roja, pero en lo que a mi respecta: la azul y la roja deben ser iguales.
Desconozco tanto del tema que las llamo "pastillas" y no de otra forma.
Debería hacer el trabajo con Minerva sino quiero reprobar la materia.
Pero si quiero reprobar la materia. Lo que significaría otra decepción para papá.
Decidido: no iré a terminar ese trabajo.
Tal vez Minerva me maté cuando vea que no fui, y reprobamos las dos porque era un trabajo en equipo.
Cada vez que lo pienso más, se vuelve más tentador no hacer ese trabajo.
Ahora tengo dos opciones. Podría ir a la fiesta, pero también me da curiosidad probar esa pastillas.
Así que, lo mejor que se me ocurré es invitar a Delilah a la fiesta.
Que genial que soy.