Campo de batalla
Nubes de arena y polvo flotaban entre el humo que se expandía por la estepa a la que los mapas llamaban el Páramo de las Brumas por las incesantes nubes densas que no permitían ver más allá de escasos pies de distancia desde hace tiempo, cuando comenzaron las guerras. Ninguno de los actuales habitantes de Xenohdia era capaz siquiera de recordar cuándo se comenzó a describir así estos extensos terrenos, simplemente acallaban las mentes y voces de cualquiera, indicando que “Fue impuesto así por los poderosos, y así se debe mantener”.
Entre las espesas líneas del horizonte, se observaban cuerpos corriendo de allá para acá. Algunos de ellos armados con curiosas carabinas que parecían brillar con un tono verdoso entre sus cargadores. Otros tonos púrpuras que se vislumbraban en el polvo se movían armoniosamente, como si de dagas o cuchillas se trataran, siendo desplazadas por el viento hasta que cualquiera fuera capaz de enfocar la vista para darse cuenta que eran movidas a gran velocidad por estrategas cuerpo a cuerpo. Los movimientos se volvían cada vez más rápidos, pero menos precisos, como si quienes se enfrentaban prefirieran acabar antes con su propio sufrimiento que con la vida de sus enemigos.
Los cuerpos se movían cada vez menos, y no por cansancio, sino por número. No eran pocos los que se hacían notar desfallecidos en el suelo. Cada pocos pasos se podían vislumbrar dos, cinco, diez, veinte... El número de cuerpos sin vida iba aumentando exponencialmente, lo cual era comprensible, pues la contienda ya llevaba tres días seguidos en lo que iba de la décana. Y no era la primera batalla que ocurría en estos tiempo, ni lamentablemente sería la última. Los gobiernos de Grimhold y Neonara llevaban varios Soles continuados en una brutal campaña donde parecía, no solo que no había un vencedor, ni una tregua, sino que además no parecía que la fuese a haber, incluso no parecía buscarse.
Una voz gruesa y penetrante, perteneciente a una figura masculina, comenzó a dar alaridos de retirada desde el bando que parecía más salvaje a la hora de actuar y cuyos actos parecían ir ligados a esos trazos de luz morados. Aun entre la bruma, se podía apreciar su figura esbelta cargando con un par de cadenas, con brillos de dichos colores en el mango y extremo sus cuchillas curvas, que colgaban de los metales. Se apreciaban parches oscurecidos en su atuendo, de los cuales la sangre goteaba sobre el campo de batalla, tiñéndolo aún más de rojo. Aunque estaba claro que no sería el primer charco de sangre que se derramaba. Su voz no paraba de recorrer junto a su cuerpo el árido terreno, sorteando los cuerpos de los que parecían ser sus compañeros y enemigos, cada vez amontonándose, y no siendo pocos los que se iba encontrando por el camino rematando otros cuerpos, pidiendo clemencia o llorando la pérdida de amigos, compañeros y familiares. La masacre se hacía evidente, y ese hombre desde luego podía afirmar haber formado parte de ella.
Otras figuras, las cuales parecían meras sombras sin color, se movían sin acompañar a ninguno de los combatientes. Una mujer de gran físico, daba órdenes de rodear a los que huían, pero sus camaradas no parecían ser suficientes en número para seguir sus palabras. Ella misma embistió a un par de soldados que iban con hachas y sus peculiares reluces morados, hasta que la figura masculina lanzó una de sus armas atadas a sus muñecas, clavándose en el hombro de la mujer, y extrayéndola a gran velocidad, creando un ensordecedor quejido que le sirvió para recoger a su compañero y salir corriendo. Los compañeros de armas de esa mujer corpulenta, que ahora se quejaba aunque no era la primera herida abierta que tenía en su cuerpo, pero sí la más reciente, la recogieron con gran ahínco y acompañaron la retirada que los otros dos bandos realizaban, esfumándose entre las nubes de polvo y de las armas de fuego.
A lo lejos, diferenciado de esas voces, se apreciaba otro cuerpo. Este se encontraba totalmente tumbado en el suelo, boca abajo. Era una figura femenina, joven, de tez morena manchada de las marcas de la arena húmeda por la lluvia de hacía unos días. Sus ojos se encontraban cerrados, y apenas se notaba que su abdomen se moviera. Parecía desfallecida, y el charco de sangre que la rodeaba, el cual aumentaba por segundos manchando sus pantalones turquesas del uniforme, sugería lo mismo. Fueron varios los segundos que la joven tardó en tan solo entreabrir uno de los ojos y soltar un quejido entrecortado por tos, mientras sus lágrimas, que parecían demostrar lo que su mente aún no estaba asimilando, comenzaban a brotar por su rostro, ensuciándolo y mezclándose con la tierra. Se encontraba sola, aislada, y por más que sus quejidos de dolor y agonía salían de su boca, nadie los apreciaba, al menos no que ella lo notara. Tras breves segundos de auxilio, un pitido creciente comenzó a retumbar en su cabeza, hasta que todo se volvió negro y silencioso: se había desmayado.
Una niña despojada de toda emoción y de aspecto muy desaliñado se veía en los suburbios inferiores de Neonara, vestida con unos trapos beiges y escondida entre unos contenedores. Parecía sentir atracción hacia los roedores que escarbaban por comida, compitiendo con ellos por encontrar algún alimento salubre que llevarse a la boca. A cada leve sonido de mayor potencia que parecía concurrir esa zona baja de la ciudad, se escondía, como si de un cachorro despavorido se tratara, y no era para menos. Su cuerpo presentaba algunas heridas leves y moratones, probablemente por haber sido golpeada por los tenderos o guardias al ser pillada robando, lo cual demostraba la brutalidad y formas de ejercer aun siendo una cría de no más de siete años. Mientras rebuscaba entre las sombras de ese callejón de una ciudad que nadie firmaría que presentara esa clase de estructuras urbanas, un pequeño carromato a vapor se detuvo cerca. Los destellos verdes de las cañerías de cobre y latón que recorría la parte exterior de los edificios habían hecho vislumbrar la figura de la niña. Del carromato, un hombre canoso y de aspecto frío bajó lentamente. Llevaba unas gafas de varias lentes, y uno de sus guantes, con mecanismos incrustados comenzó a desmembrarse de su mano para guardarse en un brazalete que llevaba a media altura del antebrazo. Se plantó frente a la entrada de ese callejón, a lo que la joven criatura humana no se dio cuenta, mientras devoraba peleando con una rata unos restos de pollo cocinado.
- Eh - alzó con su voz el adulto. La niña no respondió. Simplemente se giró asustada e intentó buscar un escondite. - ¡No! Tranquila.
El hombre se puso en cuclillas, aun serio y sin ningún atisbo de amabilidad, cosa que su voz no parecía coincidir. La niña tenía las lágrimas saltadas, asustada por creer que volvería a ser golpeada por quinta vez en esa decena lo cual se acrecentó al ver cómo el hombre metía la mano en el interior de su abrigo. Era un abrigo no muy grueso, pero si elegante, de color crema con remates en verde, sobre todo en la parte del cuello que se encontraba alzada, estilizando la figura y cuello del hombre, perfilando el rostro romboidal delimitado por la barba.
- Ten. Debes tener hambre y no creo que eso sea lo mejor para tu salud. - dijo extendiendo su mano con una fruta esférica, de tono anaranjado sin piel. - No voy a hacerte nada, solo cógela.
La niña se adelantó unos pasos aún con el fragmento de pollo en la boca. A un paso del hombre, tomó la fruta y escupió la carne. Dio un primer mordisco, notando como el jugo interno de la fruta se desparramaba por sus comisuras, introduciendo el intenso sabor dulce y a su vez ácido de la fruta en su boca. Miró al hombre aún con más lágrimas saliendo de su rostro y con una sonrisa.
- ¿Sabes hablar? ¿Cómo te llamas?
- ¡Kradom, vamos! ¡Llegaremos tarde a la citación con El Concejo! - interrumpió otro hombre que se encontraba aún dentro del carromato.
La niña, asustada pero aún comiendo, dio unos pasos atrás, mientras observaba el vehículo a vapor, sin ningún animal delante que tirase de él. Se encontraba aún en marcha y, aun siendo más silencioso que otros que no dejaba de ver pasar por las calles, no dejaba de hacer ruido por el escape de humo que tenía en la parte frontal. Volvió a mirar al adulto, al que acababan de llamar Kradom, y negó con la cabeza.
- ¿No tienes nombre? - volvió a preguntar Kradom, ignorando a su compañero, y la niña volvió a negar limpiándose las lágrimas. - ¿Y tus padres?
La niña giró levemente la cabeza en un movimiento tierno pero de desesperación al no saber que responder a eso. Desde que tenía uso de consciencia había tenido que cuidar de sí misma, no sabía lo que era tener un padre o una madre. Volvió a negar con la cabeza. El hombre suspiró y se giró a su compañero, ordenándole que fuera a la reunión y avisara que él llegaría tarde, o incluso que no llegaría. Eso le valió una reprimenda por parte de su compañero a la cual no prestó atención mientras limpiaba sus lentes. Una vez volvieron a estar solos, extendió su mano.
- Me llamo Kradom, encantado. - inició comentando una vez se sentó en el suelo para ponerse a su altura y extendiendo su mano a modo de saludo. La niña se acercó y le dio la mano, dando una sacudida - ¿Sabes qué? En casa conocerás a varios niños como tú, que no tienen padres pero nos tienen a los demás. ¡Tendrás comida y una buena cama! - dijo mientras observaba a la niña devorar la comida - ¿Quieres venir y conocerlos? - añadió a su mensaje.
Asintió. No volvería a tener que robar ni recibir palizas por insípidos alimentos ahora que había encontrado un manjar como esa fruta rosada que le había dado Kradom.
- ¿Qué te parece si te damos un nombre? Desde ahora llevarás mi apellido, Caverhost. Veamos... - continuó dubitativo mientras la observaba. La niña tenía una piel oscura que le hacía resaltar el brillo de sus ojos color miel, y una larga melena oscura que parecía tener vida propia. - ¿Qué te parece Eira? Eira Caverhost. - terminó diciendo Kradom Caverhost esperando una respuesta de la niña, la cual en un remate de felicidad no pudo evitar saltar a sus brazos llorando.
Varias voces se escuchaban ahora en la cabeza de la Eira adulta que se encontraba desfallecida en el suelo de un campo de batalla. De eso habrían pasado unos quince años, y junto a esos recuerdos de cómo conoció al que desde aquél momento sería su padre, se entremezclaban otras palabras. Escuchaba como sus profesores le reñían por no ser tan aplicada como sus compañeros en los Estudios del Vapor, recordó cómo se alistó para las Fuerzas de Neonara, y como su padre Kradom metió algo de mano en los Altos Cargos para intentar buscarle un buen futuro. Si bien era cierto que Kradom acogió a varios infantes, ella tenía la certeza de que era su favorita y no quería fallarle. No debía fallarle. Las voces no callaban, y se sobreponían unas sobre otras, uniéndose momentos de su pasado, cada vez más borroso, con acciones de su presente, todas ellas se entremezclaban con la realidad mientras veía de manera muy difusa como una figura se acercaba a ella en el campo de batalla y la recogía.
Habían pasado unos días desde la batalla en el Páramo de las Brumas. Eira logró despertar recordando aún esos momentos previos a perder el conocimiento. Recordó a una figura masculina cogiéndola del suelo, cargando con ella, pero no sabía quién podía ser, solo escuchó su voz ordenando una vez más la retirada. Se encontraba en unos aposentos a su parecer lúgubres, teniendo en cuenta las tonalidades de los suyos. Parecía más una caverna de roca no trabajada de color negro, altamente iluminada con candiles de techo. Se encontraba en una cama ancha, con la ropa de la batalla y un torniquete hecho en la pierna que evitó que tuvieran que amputarle la extremidad. Intentó incorporarse sin éxito.
- Yo ni lo intentaría. La herida te atraviesa la parte superior de la pierna y tardará unos días más en sanar para que puedas comenzar a andar. - dijo una figura que se encontraba apoyada en la puerta que había en el lateral del dormitorio.
La figura masculina atravesó la habitación en la zona más de penumbra hasta llegar a una ventana que se encontraba en el otro extremo. Era un hombre de unos treinta años de piel clara. Su pelo, de media melena y color cenizo, no evitaba mostrar su rasgo más distintivo, por lo que todo el mundo reconocería a esa persona; presentaba un curioso caso de heterocromía, donde uno de sus ojos era de una tonalidad verde de lo más común, mientras que el otro no podía evitar destacar por un fulgor púrpura que, aun siendo oscuro y apagado, resaltaba ante cualquiera.
- Vesper... - dijo Eira de manera despectiva y rechinando sus dientes.
- Dudo que alguien de Neonara vea de buen agrado que haya decidido perdonarle la vida - respondió de manera provocativa y burlona.
- ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí?
- Ya que no lo hizo nadie de los tuyos, lo hice yo.
- A qué te refieres. - exclamó Eira alzando un tono de voz mientras observaba como Vesper soltaba sus armas sobre el escritorio.
- A salvarte.