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Sunghoon no creía en el destino. Era un chico de números, horarios, rutinas estrictas y expectativas. Desde niño, su vida había sido trazada con reglas invisibles: las de su padre, las de la empresa familiar, las del apellido que cargaba como un saco demasiado grande. A veces pensaba que si no hubiera sido por su madre, habría olvidado cómo sonreír con sinceridad. Pero ella se fue cuando él tenía once años, y desde entonces, el mundo se volvió más frío.
Entrar a la universidad fue su escape. Un respiro dentro del torbellino que era la vida bajo el ojo vigilante de su padre. Fue ahí, en ese mundo nuevo, que conoció a Sunoo.
Sunoo era… diferente.
No solo por la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de algo que le gustaba, ni por cómo su risa llenaba el aire con una calidez que nadie podía ignorar. Era diferente porque veía a Sunghoon, de verdad. No al hijo del empresario, no al chico perfecto con futuro prometedor, sino a él. A Park Sunghoon. Al que se sentía solo. Al que extrañaba a su madre. Al que solo quería ser amado por quien era.
Se conocieron en una clase obligatoria de introducción a filosofía. Sunoo había llegado tarde, con un café en la mano y el cabello un poco despeinado. Se sentó a su lado sin pedir permiso, y en cuanto abrió su cuaderno, susurró:
—¿Tú entiendes algo de esto?
Sunghoon negó con la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Así comenzó todo.
Las primeras semanas fueron risas tímidas en la cafetería, caminatas después de clase y mensajes a medianoche. Sunoo hablaba de su familia con orgullo: de sus padres, que eran granjeros en Jeju y trabajaban duro para que él pudiera estudiar en Seúl. Cada vez que los mencionaba, sus ojos se llenaban de ternura, y Sunghoon se quedaba observándolo, hipnotizado.
—Mis papás no tienen mucho, pero me dieron todo lo que pudieron —decía Sunoo una noche mientras compartían ramen en un parque cerca del campus—A veces siento que tengo que hacer que valga la pena todo su esfuerzo.
Sunghoon lo miró en silencio. Quería decirle que ya valía la pena. Que solo por ser quien era, ya bastaba.
Fue Sunoo quien dio el primer paso. Una tarde, después de una película malísima que vieron juntos solo para tener una excusa para salir, le tomó la mano. No dijo nada. Solo entrelazó sus dedos con los de Sunghoon, y esperó. El corazón de Sunghoon se detuvo por un segundo. Luego apretó su mano de vuelta.
Desde entonces, sus días se volvieron compartidos. Al principio fueron paseos por el campus, tazas de café compartidas en silencio, sesiones de estudio que se convertían en charlas hasta la madrugada. Sunghoon era reservado, pero con Sunoo se abría como si el mundo no pudiera alcanzarlos. Le contaba sobre su madre, cómo había muerto cuando él tenía once, y cómo su padre lo había criado con más disciplina que cariño.
—Creo que por eso me cuesta tanto decir lo que siento —le dijo una noche, con la cabeza apoyada en el regazo de Sunoo, bajo las luces cálidas de su departamento.
—Yo también crecí con distancia —respondió Sunoo, acariciándole el cabello— Pero aprendí que amar fuerte no es una debilidad.
Y Sunghoon, sin pensarlo dos veces, lo besó.
El primer beso fue tierno, como si ambos tuvieran miedo de romper algo sagrado. Fue seguido de risas nerviosas y una promesa silenciosa de que no sería el último. Y no lo fue.
Así comenzaron los cuatro años más felices de sus vidas.
Se volvieron inseparables. Vivían en mundos distintos, pero en el suyo, solo existían el uno para el otro. Sunghoon aprendió a vivir más ligero, a reír con el estómago, a no planear cada segundo de su día. Sunoo le enseñó a ver belleza en las cosas pequeñas: en los girasoles del campus, en los trenes viejos, en los gatos que se escondían bajo las bancas.
Sunghoon, por su parte, le dio a Sunoo una estabilidad que nunca supo que necesitaba. Le ofreció silencios cómodos, caricias suaves después de días difíciles, y la certeza de que siempre estaría ahí, sin importar qué tan lejos estuvieran.
Tenían una pequeña rutina que los hacía sentir como en casa. Los domingos eran para películas en la cama. Los martes se escapaban por tteokbokki picante después de clase. Y los viernes… los viernes eran suyos. No importaba qué tan cansados estuvieran, siempre se encontraban en el mismo rincón de la ciudad, en una cafetería escondida que tenía las mejores galletas de chocolate.
Ahí hablaban de todo. Del futuro. De sus sueños. De lo que querían construir juntos.
—Quiero ir a Jeju contigo —dijo Sunghoon una vez, con los ojos clavados en el cielo gris que se veía desde la ventana—Quiero conocer a tus papás, ayudarte en la granja, despertarme contigo sin tener que pensar en si alguien nos va a ver.
Sunoo lo miró con una sonrisa pequeña.
—¿Crees que algún día podamos tener eso?
—Lo sé —respondió Sunghoon— Lo vamos a tener.
Pero no sabían que el futuro no siempre se alinea con los sueños.
El cuarto año fue diferente. Sunghoon empezó a recibir más llamadas de su padre. Citas, reuniones, exigencias. Lo quería de vuelta. Lo quería a su lado, en la empresa, lejos de distracciones. Y en su mundo, Sunoo era eso: una distracción.
—Papá… —Sunghoon murmuró un día, cansado—Yo lo amo.
—Eres joven. Ya se te pasará.
—No… no es algo que se pase. No puedes pedirme que lo deje.
—No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy ordenando.
Sunghoon no durmió esa noche. Ni la siguiente. Ni la siguiente. Se consumió en una tormenta de culpas, miedos y promesas rotas. Y cuando finalmente se quebró, le pidió a Sunoo que se vieran. En el parque donde todo había comenzado.
Sunoo llegó con una sonrisa.
—Tengo noticias… me ofrecieron una beca para un máster en diseño. Podría quedarme en Seúl más años.
Pero la sonrisa de Sunghoon no apareció.
—Tenemos que hablar.
El mundo de Sunoo se vino abajo en silencio. No gritó. No lloró. No suplicó. Solo escuchó, con los ojos clavados en los de Sunghoon, mientras el chico que amaba le decía que no podían seguir.
—¿Te vas a ir… sin pelear por lo nuestro?
—No quiero arruinar tu vida, Sunoo.
—Ya lo eres todo en la vida.
Y se fue. Con el corazón destrozado, pero con la dignidad intacta.
Sunghoon lo vio alejarse sin saber que, en ese momento, acababa de perder al único lugar en el mundo donde era realmente feliz.
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Yo y mi afán de separarlos apenas empieza la historia jajajaj
~Dalia









esta muy interesante la historia que creaste, la verdad es que suele ser complicado ser uno mismo, en un entorno donde quieren estar y no te dejan ser tú mismo, de volar como un ángel, y pues, soy un poco no Binarie...XD