Tórrido

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Summary

Cuando el padre de Samantha Kelly una hermosa bailarina exótica , es apresado por un crimen que no cometió, la desesperación la lleva a estudiar derecho para sacarlo de prisión y desentrañar los hechos que lo llevaron a su desgracia. Pero, en su camino, se presenta un sensual pero despreciable obstáculo difícil de evadir.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prefasio

"Por esos amores que son columnas,

Pero sobre todo, por aquellos que te tambalean".


Recogí el montón de billetes de uno, cinco y diez dólares del suelo y saqué aquellos que tenía en los pechos, la pernera para billetes y el liguero. Había atendido a dos grupos de hombres muy generosos y la noche recién empezaba.


"Ridin Dirty" de Chamillionaire sonaba en las bocinas. Vislumbré el club que estaba reventando; la lluvia de billetes caía en el suelo de los tubos, y las chicas estaban haciendo su trabajo, divirtiéndose con sonrisas en los ojos.


Para trabajar en The Greek House, debías tener dos características fundamentales: amar el dinero y no preocuparte por la opinión de los demás.


Fui a la barra y le pasé el mazo de billetes a Randal, uno de los bartenders. Solíamos tener bolsas grandes de basura con nuestros nombres debajo de la barra para guardar las propinas, y el bartender se encargaba de cuidarlas, cobrándose una comisión. Al acabar la noche, lo contábamos juntas con unas copas de vino.


Estaba perdida estudiando para el examen de derecho penal que tenía a la mañana siguiente y que me tenía nerviosa, aunque había dejado el alma estudiando.


—La noche va bien —dijo Randal a Clío, mientras le extendía un shot de tequila.


Clío gruñó, sacándome de mi ensoñación, y giré con el ceño fruncido.


—¿Y eso? —pregunté. —A mí me ha ido bien —dije.


Era raro escuchar a Clío quejarse; era una de las favoritas del club, donde trabajábamos más de quince chicas de todos tamaños y colores. Era alta, delgada y tenía todo el cuerpo tatuado, lo que la hacía destacar entre las demás. Su cabello negro, corto, brillaba con las luces y llamaba muchísimo la atención.


—Tal vez a ti, que no te ha tocado ningún cliente desagradable —dijo con un tono de hastío en su voz. Se tomó el tequila hasta el fondo, para lamer sal del dorso de su mano con los ojos apretados.


—Siempre hay clientes difíciles, pero si vienes a un club de pole dance, es porque sabes lo que quieres —respondí.


—¡Es grosero y arrogante! —dijo. —Parece que le han metido un palo en el trasero —lanzó—. Se le han acercado varias chicas y las ha empujado con desprecio.


Alcé una ceja fijándome en su aspecto. Llevaba un vestuario color blanco tipo lencería que contrastaba con su aspecto salvaje.


—Pero te ves increíble, si no eres tú, ¿quién? —pregunté.


Clío y Randal me miraron, sonriendo con malicia.


—Ni se les ocurra —dije mientras acomodaba mi liguero, tratando de ignorarlos.


—¡Por favor! —dijo Clío uniendo las manos como si rezara. —No me sentiré bien si no le sacamos unos billetes a ese imbécil engreído.


—No —dije negando con el índice—. No voy a pagar las consecuencias por su mal humor.


Para mi desgracia, tenía el talento de convencer a las personas; una herramienta muy útil tanto en mi trabajo como en mi carrera, pero gracias a eso, me enfrentaban a gente complicada como si fuera un costal de papas cargando.


—Vamos, Sam. Quiero ver cómo se derrite contigo —dijo Randal—. Además, apuesto cincuenta dólares a que te dará unos billetes.


—Yo apuesto a que no —Hestia, una voluptuosa negra de pelo rizado, se acercó a la barra y le hizo una señal a Randal, quien se ocultó tras la barra para prepararle un trago. Sacó un billete de cincuenta de su brasier rosa neón con bordes blancos y lo estrelló en la barra.


—No puede ser —susurré entre dientes.


Lo que faltaba. Otra vez me habían asignado al cliente difícil.


—Yo también apuesto a que no —dijo Clío, poniendo un billete encima del que Hestia había puesto.


—Dos contra uno —dijo Randal—. Son cien dólares para mí —dijo sonriendo con dulzura.


—Si lo haces, te ganarás mis respetos —dijo Hestia antes de darle un sorbo a su martini gibson. Su piel de ébano brillaba por el aceite que estábamos obligadas a usar para ser más atractivas a los clientes—. Si te digo que es difícil, es porque lo es.


Hestia llevaba años siendo bailarina, sabía de lo que hablaba y yo le creía.


—Vamos, o me costará cien dólares y no quieres que los saque de tu bolsa de billetes.


Solté aire con un gemido de resignación.


—¡Bien! —exclamé.


Una pequeña celebración se armó en la barra.


—Y que conste que no lo hago por presión —dije—. ¿Dónde está "Don Imposible"? —pregunté acomodando mi boina de cuero negra.


Clío se paró a mi lado, señalando a un grupo de cinco que se encontraba en uno de los sofás del centro. Todos tenían a una chica encima, excepto uno, del que sólo podía ver su corte de cabello.


Yo llevaba un conjunto de lencería de cuero con brasier, tanga y liguero. Unos hilos de cadenas plateadas me cubrían sutilmente el trasero. Las medias se me ceñían a las piernas como una segunda piel, dándole un aire elegante a los zapatos de tacón ancho que llevaba.


Uní mis labios pintados de rojo para fijar el labial y que estuviera impecable.


—Dame la fusta —extendí la mano para que Randal me diera mi fusta de cuero, que usaba en casos especiales como ese. Le puse un poco de mi perfume—. Dame un trago —ordené.


Hestia me dio su copa y di un sorbo. Odiaba el martini, pero cualquier cosa hubiera servido.


—Suerte con el cascarrabias —dijo Hestia.


—Así me gustan a mí —les guiñé un ojo.


—Esa es mi chica —dí la vuelta, recibiendo silbidos y una nalgada que nunca supe quién me la dio.


Caminé lentamente para detenerme detrás del susodicho.


—Hola —susurré en su oído.


El primer golpe fue su aroma.


En este trabajo, era común toparse con todo tipo de olores, desde exagerados hasta muy sutiles, y de agradables a repugnantes. Pero ese hombre olía a gloria, era una mezcla de café con madera y no sé qué otra cosa que me embriagó, dejándome casi pasmada.


—No me interesa —dijo sin voltearse—. Así que lárgate.


Su voz era gruesa y fuerte, de ese tipo de voces que te obligan a hacer lo que te ordenan, como una perrita entrenada.


Di la vuelta, decidida en que ese tipo iba a terminar soltando el dinero o dejaría de llamarme Samantha Kelly. El problema fue que mientras avanzaba hasta el centro de los sofás, me di cuenta de que aceptar bailar para él había sido un terrible error.


Dios mío.


Estaba sentado, apretando con fuerza los reposabrazos del sofá. Vestía unos jeans negros sueltos y aquella camiseta cuello de pico del mismo color dejaba ver unos tatuajes que se asomaban por su pecho. Tenía el cabello negro y unos ojos de un fuerte azul aguamarina que miraban a todos lados con recelo. Unas cejas pobladas y fruncidas daban una impresión de rudeza en su rostro, con unos aires de malos amigos que te obligaban a mantenerte alejado.


De inmediato quería salir corriendo lejos de él a doscientos kilómetros por hora, porque era eso lo que provocaba; ganas de huir de él. Había bailado para muchos hombres y después de unos años, había desarrollado un instinto para detectar peligro, y esa palabra estaba estampada en todo lo que él irradiaba.


Caminé hasta pararme frente a él, que había echado la cabeza hacia atrás mirando hacia arriba, y cuando nuestros ojos se encontraron, él supo que yo no estaba bromeando.


Tomé la punta de la fusta y la posé en su mentón, obligándolo a mantener la vista en mí. Aspiró el olor de la fusta, mostrando algo que se asemejaba a una sonrisa.


Santa. Madre. Bendita.


—No pareces de esos hombres que están donde no quieren —dije.


—Chica lista —dijo—. ¿Qué perfume usas? —preguntó, relajando su expresión.


Me di con la fusta en la mano impresionada por haber logrado tanto con alguien a quien nadie podía acercarse.


—Una dama nunca revela su perfume —dije en tono juguetón.


—Acércate —dijo antes de morderse los labios.


<<Mierda, mierda, mierda>>


Y ahí estaba yo, ansiosa por echar otra olfateada a ese bombón y asustada por estar demasiado cerca de él. Así que hice lo que toda mujer insensata hubiera hecho: cumplir sus órdenes como una perrita entrenada.


Caminé lentamente hacia él contoneando las caderas y me senté en su regazo dándole el frente, el olor se intensificó, dejándome casi embriagada. Sus manos seguían resistiéndose a tocarme, yo en cambio, tomé su cuello mientras sonaba "Work Song", frotándome delicadamente en su regazo.


Sentí sus manos juguetear con las cadenas de mi liguero. Las yemas de sus dedos rozaron la piel desnuda de mis nalgas, haciéndome estremecer.


Enterró su nariz en mi cuello aspirando mi aroma, y cuando tomó mi cintura, incitándome a continuar, supe que la cosa iba en serio.


—Dios, qué bien hueles —dijo, aún en mi cuello.


—¿Y si no quieres estar aquí, por qué viniste? —cambié el tema, pasando mis manos por todo su cuerpo.


Me daba curiosidad que un hombre llegara a un lugar como ese, y pasara toda la noche como si quisiera matar a alguien.


—Es la despedida de soltero de mi amigo —dijo—. Lo hice por él. No frecuento estos lugares; no hay nada interesante.


Sacó un billete de cien dólares poniéndolo en el porta billetes de mi pierna.


—En eso te equivocas, bombón —dije, agarrando su rostro con las dos manos para separarme bruscamente, y dándole la espalda. Miré hacia la barra y un pequeño público me aplaudía desde allí, principalmente Randall, quien me había vendido por cien dólares.


Volví a girar bajando lentamente para que me mirara. Lo observé de una manera tan intensa que sentí ganas de desgarrar su camiseta y detallar con mis labios las líneas de sus tatuajes.


Me subí de nuevo a su regazo y hice un split sosteniéndome del sofá, dándole permiso para azotarme el trasero con fuerza para apretarlo con las dos manos.


—¿Cuánto cobras por irte conmigo? —preguntó.


Me sentí halagada, pero a la vez ofendida de que creyera que era una prostituta, y él lo notó al ver el cambio en mi expresión. Tratando de reparar su error, puso otro billete enrollado en medio de mis senos y los acarició suavemente con las manos.


Hice unos pequeños chasquidos con la lengua.


—Aquí no vendemos carne, guapo —dije—. No ofrecemos ese tipo de servicio.


Algunas chicas buscaban algo extra, pero mi rigidez con las reglas no me permitía sobrepasar los límites que el club marcaba.


—Pero si te dejas manosear —gruñó.


—Solo por los que me impresionan —dije sonriendo.


—Eres muy hermosa —dijo mirándome fijamente, aún con sus manos apretando mi trasero—. ¿Cómo una chica como tú termina en un lugar como este?


—Solo por una serie de eventos afortunados. Así que no sientas pena por mí. Estoy donde quiero estar —dije con seguridad.


—¿Te imaginas aquí dentro de diez años? —preguntó, ahora apretando mi cintura mientras sus manos se deslizaban por mi piel.


La sensación era deliciosa, como comer fresas con crema sin cubiertos. El escalofrío de su presencia no cedía, ni siquiera cuando alejó sus manos de mí. El roce de sus manos en mi piel fue demasiado para mí.


—En diez años, me imagino siendo la dueña de mi propio bufete de abogados —respondí.


Rió, esta vez con una suave carcajada.


—¿Estudias derecho? —preguntó con un creciente interés.


Puse mi índice en sus labios, haciéndolo callar. No me interesaba hablar de mi vida personal con un hombre a quien nunca volvería a ver, así que su interrogatorio se estaba volviendo bastante incómodo.


—Shhhh —dije—. Esto no es para hablar, así que disfrútalo.


El bombón sonrió, confundiéndome mucho.


—A nadie le gusta hablar de su doble vida —bromeó—. Desafortunadamente, todos fingimos ser alguien diferente —hizo una pausa—. ¿Cómo te llamas? —preguntó con un extraño brillo en sus ojos.


—Perséfone —en "The Greek House", proteger nuestras identidades era importante, por lo que nos asignaban apodos de diosas griegas para ocultar nuestros nombres al público.


—Mi nombre es Arash Dufort —dijo, poniendo un pequeño fajo de billetes en mi pantaleta. Pasó la mano por las tiras con suavidad y las soltó repentinamente, provocándome un ardor delicioso—. Y me habría encantado llevarte a la cama.


<<Sí, sí, sí>>


Estuve a punto de mandar mi escaso código ético al diablo, empujar mis inhibiciones y Méelo ir con él hasta al mismo infierno si así lo deseaba, pero era demasiado fiel a mí misma para permitírmelo.


El sexo era importante para mí; no andaba regalándolo sin razón alguna.


—No creo que tengas problemas para llevarte a alguien a la cama —bromeé.


—No —dijo—. A ti —rectificó.


—Entonces tendrás una razón para recordarme —respondí, levantándome de su regazo y haciendo un saludo teatral exagerado antes de salir casi volando de allí. Necesitaba alejarme de su campo magnético para evitar quedar atrapada.


Al terminar la noche, necesité mucho más que una copa de vino, una ducha fría y una charla con las chicas para olvidarme de Arash Dufort.

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