"𝑳𝒐𝒔 𝑯𝒊𝒍𝒐𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝑳𝒊𝒏𝒂𝒋𝒆 𝑹𝒆𝒂𝒍"
Podía escuchar el viento fuerte golpeando los cristales. Afuera, en la noche, las estrellas colgaban como faroles quietos, vigilando desde el cielo despejado. El aire en el castillo era fresco, con ese olor a piedra vieja y candelas que se apagan de a poco y me daban una nostalgia inmensa. Las antorchas en las paredes parpadeaban con una luz cálida y temblorosa, en mi mano derecha llevaba una delicada vela para alumbrar un poco.
Caminé descalza por los pasillos de mármol. Me gustaba sentir el suelo frío bajo los pies, sobre todo a esa hora. Solo se escuchaban mis pasos suaves y, de vez en cuando, el crujido de la madera vieja. Me crucé con él justo al doblar una galería.
—¿Vas con ellos?-me preguntó en voz baja, ya con la capa sobre los hombros, listo para partir hacia sus asuntos.
-Solo voy a echar un vistazo— le respondí con una sonrisa cansada.
Se acercó, me acarició el rostro y me besó la frente como siempre hacía antes de separarse. Era uno de esos gestos que no nos decíamos en voz alta, pero que significan tanto. Me detuve a mirarlo mientras se alejaba en dirección contraria, hacia las escaleras que llevaban al otro piso. Caminé con una vela en la mano, intentando de que no se caiga al tapete.
Me quedé sola en el pasillo por unos segundos más, tarareando una melodía que solía escuchar de mi madre cuando era pequeña. Respiré hondo, y seguí caminando. Cuando llegué, me detuve un momento frente a la puerta. Podía escuchar sus risitas y los susurros entre las sábanas. Negué con la cabeza, sonriendo sola, y empujé la puerta despacio.
Elia, mi hija estaba escondida bajo la manta, sus ojos tan despiertos como siempre. Y Kael, con su carita inocente y su osito en brazos, me miraba como si esperara algo más que un simple beso de buenas noches.
—¡Mami!-Elia corrió hacia mí y me abrazó fuerte-¿Nos vas a contar otra historia?—preguntó con esa vocecita que me desarmaba.
—Es tarde—respondí, tratando de sonar firme, pero mi voz se suavizó sin querer—Ya deberían estar durmiendo...
Kael se incorporó un poco y cruzó los brazos molesto —Lo prometiste la otra noche...
Suspiré. No por cansancio, sino por el peso invisible que traía esa historia. No era un cuento como los demás. Era real. Fue mi vida... y también mi pérdida. Me senté entre ellos. Elia apoyó su cabeza en mi hombro, y Kael se acurrucó a mi lado como un cachorro. Los rodeé con los brazos, y sentí ese calor que solo existe cuando una madre abraza a sus hijos.
—Está bien, solo por un rato...—murmuré apenas.
—Queremos escuchar sobre esa guerra de la cual todos hablan hasta el día de hoy—hizo una pausa para jugar con sus manos una vez mas— Allí estaba la tía Jasmine ¿Verdad?
Me sobresalté al escuchar ese nombre, ese nombre que me atormentó por años, pero que a la vez, fue mi refugio—¿A qué te refieres, cielito?
Elia me tomó una mano y la apretó con fuerza, como signo de apoyo—Nos gustaría que nos contases lo que pasó con la tía Jasmine, todos la mencionan pero nosotros no le conocemos la cara...
—Si, mamá. Hemos escuchado que los plebeyos hablan de eso como una aventura extraordinaria...¿¡Eso fue así!? —exclamó con entusiasmo, su mente inocente pensaba que era una aventura interesante.
Negué con la cabeza, apretando mis labios entre sí—No fue algo lindo, aunque no sé si todavía tienen edad para escucharla—.Intenté evitar el tema de la mejor manera posible, pero lastimosamente mis hijos tenían que salir igual a su padre, insistentes.
—Cuéntanos la historia como te salga, queremos saber lo que pasó con la magia en ese entonces—dijo Elia con una sonrisa tranquila.
Pensé un poco, no me sentía preparada para contarles, además de que la historia era muy fuerte y algo perturbadora, pero tenía ese toque de fantasía que, en su momento, me hacía sentir en un cuento de hadas deterror.
—Todo había comenzado con una promesa... tres niñas bajo el mismo cielo. Una de ellas estaba destinada a reinar, otra a adentrarse en las profundidades del bosque, y una última que se negó a crecer...
Y el lugar en donde la magia era solo bien vista para los nobles, hasta las promesas más puras podían volverse maldiciones.