Brujas y nigromantes 2 (Rituales) - Raquel Brune

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Summary

-ADAPTACIÓN- EL PORVENIR DE LA SOCIEDAD MÁGICA ESTÁ EN JUEGO. El aquelarre de Madrid se prepara para las elecciones de una nueva dama y de acordar un nuevo tratado de paz para poder convivir con los nigromantes. Sin embargo, sus diferencias parecen acentuarse más que nunca a medida que la intolerancia crece en ambos bandos. Mientras tanto, la joven bruja Sabele y sus amigas intentan recuperar la normalidad con un viaje de verano a Hamburgo para asistir al FREF, un famoso Festival que reúne a hechiceras de todo el mundo. En Escocia comprobarán que la magia puede ser incluso más poderosa de lo que creían. Lo que no sospechan es que una voz, un ser capaz de corromper al corazón más puro, recorre la ciudad en busca de un huésped que pueda satisfacer sus oscuros deseos.

Genre
Fantasy
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
72
Rating
n/a
Age Rating
13+

***

Leticia Fonseca había leído muchos libros (según su padre, demasiados) en un intento por comprender mejor un mundo en el que no siempre había hallado su sitio. Sentía debilidad por los héroes y heroínas que luchaban por causas nobles y se sacrificaban por los más débiles, así que no les había prestado demasiada atención a las villanas. Quizá si lo hubiese hecho, habría sabido a qué atenerse con Helena Lozano.

Mientras el ascensor descendía hacia la prisión subterránea bajo la sede de la Guardia, Leticia no podía evitar recordar la expresión de rabia serena en el rostro de la bruja mientras sus compañeros la conducían hasta una de las celdas. También le resultaba difícil librarse de aquella sensación de inquietud que tenía tan arraigada en el estómago. Lo que más la perturbaba de todo era que no había nada en su gesto que no pudiese comprender. Su plan A había fracasado, la había convertido en una prisionera del enemigo, de ahí su rabia.

Y lo único que explicaba su serenidad, en opinión de Leticia, era que tuviese un plan B guardado bajo la manga. Su misión consistía en descubrir, bajo las órdenes de su nueva superiora, la comisaria Morales, cuál era ese plan.

Cuánto echaba de menos trabajar con los fantasmas. Tenía el presentimiento de que sus quebraderos de cabeza con las Lozano no habían hecho más que comenzar.

Leticia pasó varios controles de seguridad que incluían la verificación de su identidad, cruzar un detector de metales (como si las pistolas y los cuchillos fuesen la peor de las amenazas posibles en ese lugar) y otro de objetos encantados y actividad mágica. Una vez estuvieron seguros de que se trataba de quien decía ser, le permitieron acceder a la sala de interrogatorios.

—Acaba de despertar —le informó una de las agentes que custodiaban la puerta.

La última vez que intentaron trasladarla desde su celda, Helena había estado a punto de calcinar vivo a uno de sus compañeros, así que la única forma que habían encontrado de moverla de una estancia a otra era suministrándole potentes somníferos. Genial, su interrogada no solo estaría igual de enfadada que de costumbre, sino que además se sentiría irritada y desorientada tras despertarse de una siesta impuesta.

«Me encanta mi trabajo», se repitió a sí misma para darse ánimos. «Me encanta mi trabajo».

Cuando entró en la sala encontró a Helena esposada a la silla, con la cabeza inclinada sobre su cuerpo, como si siguiese dormida. En teoría, las esposas habían sido hechizadas para anular la magia de quien las tocase, pero el rudimentario conjuro no había servido para detener a la bruja en otras ocasiones. Por fortuna, la comisaria Morales tenía la sensatez suficiente para

asegurarse de que entre Leticia y Helena hubiese un cristal ignífugo. Aunque lo cierto era que la barrera supuestamente protectora no hacía que se sintiese muy tranquila.

Leticia se acomodó en la silla junto a ella y Helena alzó la vista lentamente, escrutándola de los pies a la cabeza para descubrir ante qué enemigo se encontraba esta vez. Al distinguir su rostro, resopló indignada.

Quizá leer tampoco le hubiese servido de nada. A la hora de crear a sus villanas, los escritores de sus novelas y obras de teatro preferidas parecían sentir predilección por clichés como las femmes fatales, que seducían a hombres para arrebatarles su poder, y por las mujeres que acaban perdiendo el juicio. Helena Lozano no se parecía a ninguna de ellas. No era el tipo de personaje que anhelaba el poder de ningún hombre, porque albergaba en la punta de cualquiera de sus dedos un poder que el más rico e influyente de los corrientes no podría ni empezar a imaginar. Y no, tampoco había el más leve indicio de locura en ella; si actuaba de la forma en la que lo hacía era porque tenía muy claro cómo era el mundo en el que vivía y en qué se distinguía del tipo de mundo en el que ansiaba vivir, y estaba dispuesta a tomar cualquier medida para acortar la distancia entre ambos.

Helena le sostuvo la mirada y Leticia tuvo que recordarse que era una agente del orden frente a una prisionera; que, en teoría, era ella quien manejaba la situación.

—¿No te da vergüenza trabajar para estos misóginos cuando tienes esos dones? —dijo la bruja con aire desdeñoso.

Leticia se aclaró la garganta; le advirtieron que las Lozano tendían a llevarlo todo al terreno personal, pero no esperaba que fuese tan directa. Aunque quizá Helena sí había comenzado a delirar; no tenía ni idea de a qué dones se refería, claro que también era bien sabido que las brujas solían ver cosas que los corrientes, incluso los revelados, no eran capaces de discernir.

—¿Misóginos? Podemos charlar con tranquilidad, Helena; no estamos en el siglo XVI, y esto no es la Santa Inquisición.

Helena sonrió con desdén.

—¿Lo saben tus jefes?

Le estaba provocando.

Se había pasado media vida conviviendo con una hermana pequeña bocazas, así que Helena tendría que esforzarse mucho más para hacerle perder el control.

—¿Es cierto que las brujas vivís más que los corrientes? Verás, soy nueva en este departamento, así que me puede la curiosidad… Exactamente, ¿cuánto más? —preguntó Leticia para recuperar el control.

—Depende del poder la bruja —contestó Helena—. Algunas viven poco más de cien años, otras siguen siendo jóvenes a los doscientos. Las más poderosas solían vivir milenios, pero eso fue hace mucho tiempo. Antes del declive, antes de… —la recorrió de nuevo con la mirada, acompañada por un ademán de desprecio— los vuestros.

Leticia se acomodó en su silla, en absoluto dispuesta a dejarse intimidar, aunque para ello tuviese que cruzar los brazos para que Helena no pudiese ver que le temblaban las manos.

—Es decir… que una bruja como tú podría vivir, ¿qué, ciento veinte años, ciento cincuenta? Eso es mucho tiempo, ¿no? Ya veo… Es interesante lo relativo que es el concepto de «cadena perpetua». Quizá si optásemos por una condena más concreta…

—¿Me estás ofreciendo un trato? —Helena se echó hacia delante tanto como se lo permitieron las esposas. Los dos meses que había pasado en prisión habían acentuado sus afilados rasgos y la delgadez de su rostro, pero no lograron causar mella en su determinación—. Qué considerada.

—No planificaste tu golpe sola, ayúdanos a encontrar al resto de responsables y repartiremos la condena entre las tres. Cincuenta años es mucho menos que ciento cincuenta.

No iba a funcionar. Le había bastado con preguntar un poco por ahí para descubrir que las Lozano no eran el tipo de familia cuyos miembros se traicionaban entre sí. Podría haberle dado a elegir entre la horca y entregar a las suyas y Helena se habría colocado la soga en torno al cuello ella misma, pero sus superiores le habían insistido en que presentase la oferta, a pesar de que cumplirla no entrase en sus planes y de que ella nunca fuese a aceptarla.

—Me sentiría insultada si me importase aunque fuese un poco lo que unos inquisidores piensen de mí.

Tal y como le habían indicado, Leticia intentó «razonar» con ella, convencida de que sería tan útil como intentar jugar al ajedrez con un tigre hambriento.

—Comprendo que, tal y como lo ves ahora, darnos información sobre el paradero de Rocío y Macarena puede parecer un acto de traición, pero si lo piensas, en realidad…

Helena rio y negó con la cabeza mientras Leticia repasaba todo lo que había dicho en busca de lo que podía haberle hecho tanta gracia.

—Qué equivocada estás. No me ofende que me creáis capaz de entregar a mis fieles primas, sino que penséis que necesito pactar con vosotros para salir de este agujero al que llamáis prisión.

Leticia le sostuvo la mirada en busca del tipo de farol que estaba acostumbrada a ver en los ojos de los fantasmas más alborotadores y de los poltergeists traicioneros, pero o Helena era una mentirosa de primera categoría, o hablaba completamente en serio. Sintió que la temperatura de su cuerpo se elevaba a una velocidad alarmante y, durante un segundo, creyó que era un efecto secundario de la intensidad con la que Helena la escrutaba, hasta que la delató su sonrisa.

Leticia rompió el contacto visual para ver como las esposas comenzaban a adquirir un brillante tono anaranjado a la vez que el cristal que se suponía que debía protegerla se fundía lentamente, distorsionando la imagen al otro lado. Leticia se puso en pie y dio un paso atrás. Antes de que pudiese dar la voz de alarma, dos de sus compañeros entraron al otro lado de la sala y golpearon a Helena con sus varas inhibidoras de magia. Una descarga recorrió el cuerpo de la bruja, que quedó inmovilizada durante el tiempo suficiente para que pudiesen levantarla y sacarla de allí a rastras en dirección hacia su celda de máxima seguridad. Antes de que desapareciese de su vista, Helena le lanzó una última mirada de odio que hizo que sus entrañas se encogiesen. Supo que sus palabras no eran un farol. Ningún muro, ninguna prisión; nada podría retener a Helena Lozano para siempre.

Si querían que respondiese ante la justicia, debían ser rápidos y extremar precauciones. Leticia sintió una punzada de impotencia. Lo único que podía hacer era redactar un informe exhaustivo y advertir a sus superiores, quienes, como siempre, acabarían por ignorar sus advertencias. Tras la Batalla de los Traidores, sus jefes estaban demasiado ocupados intentando dar explicaciones a Europa sobre lo ocurrido como para prestar atención a las «marionetas de Helena». Con tener a la mente pensante se daban por satisfechos, pero Leticia sabía por experiencia lo que sucedía cuando la Guardia subestimaba a las brujas.

Tenían que encontrar a las fugitivas antes de que ellas encontrasen a Helena.