Trazos de amor

Summary

Dónde Felix es infeliz en su matrimonio apesar de su familia, dónde Hyunjin un hombre que recién se muda a Australia buscando nuevas experiencias queda flechado de su vecino.

Status
Ongoing
Chapters
4
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Age Rating
18+

Chapter 1 El silencio

La vida de Felix era relativamente normal, un chico pelinegro de pecas brillantes y hermosa sonrisa lo tenía todo. Francamente no tenía nada de que quejarse su esposo Changbin le daba las mejores condiciones para vivir, una casa ubicada en una zona exclusiva en Australia, buena educación para sus hijos y sobre todo un amor incondicional que Felix no negaba, realmente nunca hubo nada de que quejarse lo tenía todo como en múltiples ocasiones escuchó decir a la gente. Su esposo es un hombre atractivo que con una presencia impone teniendo un porte seguro, es una persona con gran sentido de responsabilidad, ya que siempre se asegura de que a su familia no le falte nada, brindándoles estabilidad y bienestar económico. Además, es un hombre de negocios inteligente y decidido, con una visión clara y ambición. Pero su más grande tesoro eran sus hijos, dos adolescentes Yeonjun que era le mayor de diez y siete años, Yeji la chica de diez y seis y un bebé hermoso de nueve meses... pero para Felix la vida se sentía diferente sin sentido, a pesar de que sus hijos eran el motor en su vida. Desde que conoció a Changbin supo que el era el indicado. Seo recién se había mudado Asutrailia siendo todo nuevo para él, la ciudad, la cultura, su salón de clases y compañeros eran totalmente extraños para él, pero el día menos esperado su corazón quedó flechado al ver a un solitario Felix resolviendo problemas de matemáticas en el salón, con duda se acercó a él preguntando si lo ayudaba a resolverlos, extrañado el menor no supo decir que no y ahora estaban los dos sentados en un lugar completamente solos, Changbin era bueno en matemáticas así que sin problema le explico todo a Felix, las palabra se fueron dando entre ellos dos, quien diría que los años los llevarían a ser buenos amigos y después formalizar un noviazgo demasiado lindo.

Era tan hermoso, tan lleno de detalles y ternura, que a veces Felix dudaba si ese amor era real. Le costaba creer que alguien pudiera tratarlo con tanto cuidado, con tanta devoción. Pero todas sus inseguridades se desvanecían en un instante cada vez que Changbin tomaba su mano y lo miraba con esos ojos cargados de amor sincero, como si en ellos solo existiera él.

Durante casi siete años de noviazgo, compartieron sueños, miedos y metas. Se acompañaron en cada paso, incluso en los más difíciles, hasta que al fin terminaron sus carreras, sabiendo que cada logro había sido más llevadero gracias al otro.

Y fue entonces, en un momento íntimo y lleno de significado, cuando el castaño, con el corazón temblando de emoción, se arrodilló y le ofreció un anillo. Felix, con los ojos brillando de lágrimas y el alma desbordada de felicidad, aceptó sin dudarlo, sabiendo que no había lugar más seguro que el amor de Changbin.

Todo era muy bello, pero nunca supo en qué momento su corazón fue apagado a ese grado, tal vez cuando Yeji nació o en su último embarazó, no sabía exactamente pero el vacío en su corazón cada día se agrandaba más. Incluso llego acudir con especialistas que le decía que posiblemente todo se desencadenó por la misma rutina o por lo caótico que había sido su embarazo, pues las circunstancias en las que lo llevo no eran buenas.

Desde el principio, Seo fue claro, casi contundente. Le dijo a Felix sin rodeos que su sueño era tener una familia numerosa, con niños corriendo por la casa y risas llenando cada rincón. Y Felix, como tantas veces antes, simplemente asintió. No por convicción, sino por costumbre. Porque amar, para él, siempre había significado ceder.

Ahí estaba una de las tantas razones que nunca se atrevió a mirar de frente: Felix jamás se preguntó a sí mismo qué era lo que realmente quería. Nunca se detuvo a pensar si deseaba hijos, si se veía cuidando a otro ser humano más allá del amor que ya daba en silencio cada día. Tal vez no lo deseaba. Tal vez solo quería un poco de paz, un poco de espacio para entenderse, para descubrirse.

Pero la decisión ya estaba tomada… o al menos, así se sintió. Y es que era que Changbin lo dijo con tanta seguridad, con tanto anhelo, que Felix creyó que dudar era traicionar. Así que, como tantas veces, calló su voz interna, enterró sus preguntas y aceptó lo que se le pidió, no por deseo, sino por miedo a decepcionar. Y con cada paso que daba hacia ese futuro que no era del todo suyo, una parte de sí se quedaba atrás, perdida en el eco de lo no dicho.

Pero ahora no tenía mucha posibilidad para hacer algo, todo lo sentía perdido tenia que adaptarse a su nuevo estilo de vida pues tres personas dependían de él.


. ୨ Actualidad ໋ ᘏ


Los días para Felix comenzaban a volverse más pesados de lo habitual, atender a dos adolescentes que poco a poco no se soportaban ni a ellos mismos y un pequeño bebé de casi cuatro meses, sobre todo los días que no asistía la mujer que le ayudaba en el quehacer.

Su día apenas comenzaba y ya sentía un pequeño malestar en su cabeza, Changbin tenía esa pequeña costumbre de cuando se enfadada trataba de no ser muy expresivo, casi nunca lo hacía con Felix era más de guardarse las cosas pero esa mañana el mayor no encontraba unos papeles de suma importancia y el pecoso que apenas despertaba notó rápido eso en su esposo.

"Buscabas algo" fue lo que dijo el pecoso viendo a su esposo el cuál no respondió y solo miró como salió de la habitación azotando la puerta al salir de esta. Felix bufo volviendo a meterse dentro de las sabanas, no quería hacer nada el día de hoy tenía demasiado sueño y se encontraba un poco adolorido, injusto fue que por el azoto de la puerta un pequeño llanto fue escuchando por los oídos del rubio, intento ignóralo porque de verdad se sentía cansando y no tenía ánimos de levantarse.

Pero ya conocía ese típico lamento que al inicio es quedito y poco a poco se hace más grande, iba a levantarse cuando un chico entró sin aviso a su habitación haciendo un escándalo.

—¡Papá Felix! ¡Dile a Yeji que deje de agarrar mis sudaderas! —gritó un chico de complexión delgada, que apenas llevaba unos jeans y una camiseta de tirantes blancos.

—¡Papá Felix! Dice que estoy gorda y que le voy a arruinar sus sudaderas —reclamó, entrando tras él, una chica delgada y pelirroja, claramente molesta.

—¡Yo no dije que estabas gorda! Dije que me la vas a aflojar de los pechos. Tonta, ni sabes escuchar —replicó el chico, cruzándose de brazos con fastidio.

—¿Tonta yo? ¿Qué te pasa, idiota? —respondió ella furiosa, lanzándole la sudadera que tenía en las manos.

—¡Seo Yeonjun! ¡Seo Yeji! —exclamó Felix con voz severa, perdiendo la calma, cosa que rara vez pasaba.

En medio de la pelea, el llanto de su hijo menor se intensificó, rompiendo el ambiente ya tenso. Felix frunció el ceño, molesto, y se apresuró a tomar en brazos al pequeño Jeongin, que lloraba desconsolado buscando refugio en él.

—Por favor, niños, ya basta. Yeonjun, no te cuesta nada prestarle una sudadera a tu hermana. Y tú, Yeji, no vuelvas a hablarle así a tu hermano. Respétense, por favor —dijo Felix con un tono sereno pero firme, meciendo al bebé en un intento por calmarlo.

Sin embargo, lejos de tranquilizarse, los hermanos elevaron aún más el tono de sus voces. Felix, agotado y sin saber qué más decir, suspiró. Justo entonces, su salvación apareció en la habitación.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —entró Changbin muy molesto, pues desde la planta baja podía escuchar los gritos de los adolescentes y el llanto desesperado del bebé. Miró a sus hijos y chasqueó la lengua, claramente irritado. Felix sostenía al pequeño en brazos, pero su expresión evidenciaba que estaba al borde de un ataque de nervios.

—Changbin... —dijo Felix al verlo entrar, algo confundido.

—Se escuchan hasta abajo. ¿Por qué está llorando el bebé? —preguntó Changbin, suavizando un poco su tono al acercarse a Felix, quien todavía trataba de calmar a Jeongin.

—Pensé que ya te habías ido... —murmuró Felix, entregándole al pequeño. Changbin lo recibió con cuidado y lo acurrucó contra su pecho para tranquilizarlo.

—No, cariño. Aún no —respondió con ternura, antes de voltear con el ceño fruncido hacia los adolescentes.

—Ahora mismo me van a decir por qué estaban peleando —dijo con firmeza, haciendo que ambos se quedaran en silencio por unos segundos.

—Es que... papá, Yeji me quitó una sudadera, y no me gusta que agarre mis cosas —protestó Yeonjun con un puchero, lo que solo hizo que Yeji se encendiera más.

—¡Papá! Eso no es cierto. ¡Él me dijo gorda! —replicó la pelirroja con indignación.

Changbin frunció el ceño. No entendía cómo una pelea por una sudadera podía llegar tan lejos. Jeongin ya estaba casi calmado, pero los gritos de sus hermanos lo alteraron de nuevo, haciendo que comenzara a llorar otra vez.

—¡Se callan los dos! Sea lo que sea, no está bien lo que hicieron. Despertaron a su papá Felix y al pequeño Jeongin —alzó la voz, claramente molesto.

—Regresen a sus habitaciones y alístense, o se irán en autobús a la escuela —advirtió, con ese tono que no dejaba lugar a protestas. Sabían que ir en autobús les tomaría el doble de tiempo.

—Salimos en cinco minutos. Yeji, date prisa. Y otra cosa, ¿de verdad pelean por una sudadera? Es completamente absurdo.

Sin responder más, ambos adolescentes se apresuraron a sus habitaciones, dejando solos a los esposos.

Felix soltó un largo suspiro de alivio. Ver a Changbin tomar el control de la situación le bajó la tensión acumulada. Si por él fuera, los niños ya se habrían golpeado, y eso era precisamente lo que quería evitar.

—Bueno, querido, es todo tuyo —dijo Changbin con un suspiro, entregándole el bebé a Felix, quien lo recibió con naturalidad en sus brazos.

—Qué bueno que se calmó, ya es hora de darle de comer.

—Sí... contigo siempre se tranquiliza —respondió Felix con una leve sonrisa, antes de adoptar un tono más serio—. Eh, cielo, quería aprovechar que no te has ido para contarte algo.

Felix lo miró con una expresión preocupada mientras acunaba al bebé. Sabía que si no hablaba ahora, tal vez no tendría otra oportunidad pronto.

—La verdad... últimamente me siento agotado. Cuidar al bebé es un trabajo demandante. Y aunque Yeonjun y Yeji ya no son niños, cada día discuten más... Siento que no tengo suficiente ayuda.

Changbin asintió, pero su atención parecía estar en otra parte. Comenzó a buscar algo por la habitación, abriendo cajones y revisando los estantes.

—Sí, cariño... —murmuró distraídamente—. Okey, cielo...

Felix soltó un suspiro, notando que su esposo no lo estaba escuchando realmente.

—Estaba pensando que podrías pagarle más a la señora del aseo, para que venga más días a la semana —continuó Felix—. Ya me cuesta bastante cuidar al bebé y mantener la casa limpia al mismo tiempo.

—Ajá... —gruñó Changbin sin levantar la vista, todavía buscando algo.

—Cariño... ¿me estás escuchando? —preguntó Felix, intentando no sonar molesto, aunque ya sentía cómo la frustración le apretaba el pecho.

Changbin asintió rápidamente.

—Sí, sí... Oye, ¿has visto mi otra camisa? Esta no me gusta mucho —preguntó de pronto, mirando a Felix.

El rubio frunció los labios en una mueca silenciosa. Sintió que lo que decía simplemente no importaba.

—No, no he visto tu otra camisa —respondió con tono neutro—. Pero, cariño, ¿no crees que deberías prestarme atención? Estoy intentando hablar contigo de algo importante.

Changbin finalmente se detuvo y se giró hacia él, con el ceño apenas fruncido, como si acabara de recordar que Felix le estaba hablando.

—¿Qué era lo que decías, corazón? —preguntó, confundido.

Felix suspiró más profundo esta vez, resignado.

—Nada, no importa —dijo, bajando la mirada al bebé en sus brazos—. Solo olvídalo, cariño.

Changbin asintió, sin notar el tono de decepción en la voz de su esposo.

—Bueno, está bien, mi amor. Ya sabes, cualquier cosa que necesites, me hablas. Te dejo la tarjeta donde siempre. Ya me voy, si no, llegaré tarde.

Y sin más, salió de la habitación, dejando a Felix solo con el bebé y el peso de lo que no se dijo.

El rubio se quedó sentado, acunando al bebé en sus brazos, sintiendo que estaba solo en su preocupación y que no necesitaba volver a tocar el tema pues si Changbin no le hizo caso ahora, una segunda vez sería igual.

Mientras su esposo salía al trabajo, dejando a los niños bajo su cuidado, a Felix no le quedó más remedio que empezar su mañana como tantas otras veces: en automático. Alimentó al bebé con ternura adormilada y, una vez que el pequeño cayó rendido al sueño, tomó un cambio de ropa y se dirigió al baño.

Las duchas tranquilas eran un lujo raro. Casi nunca tenía momentos de silencio sin gritos, llantos o alguna mano llamando su atención. Pero esa mañana, por alguna razón, parecía diferente. El agua caliente comenzó a deslizarse por su espalda, envolviéndolo en una calidez que contrastaba con el peso frío de sus pensamientos. Se quedó quieto, con la mirada fija en sus pies, como si ahí, en el suelo mojado, pudiera encontrar las respuestas que siempre postergaba.

A veces pensaba demasiado mientras el agua caía, se quebraba en ese rincón solitario donde nadie podía verlo. Otras veces no pensaba en absoluto… solo se dejaba llevar por el sonido constante del agua, como una canción muda que lo alejaba de todo. Era su único espacio, su único respiro, aunque también, a veces, su único espejo.

Pero no podía quedarse ahí para siempre. Sus responsabilidades lo esperaban como un reloj que nunca se detenía. Cerró la llave, sintiendo cómo el aire frío reemplazaba de golpe el abrazo del agua, y tomó su bata de baño con movimientos lentos, casi resignados. Salió del baño sabiendo que, aunque el cuerpo estaba limpio, el alma seguía cargando cosas que no sabía nombrar.

Frente al espejo, Felix se detuvo. Era uno de esos momentos que solía evitar, esos donde el reflejo no perdonaba. Se obligó a sostenerle la mirada a esa versión de sí mismo que ya casi no reconocía. Lo primero que vio fueron sus ojos, cansados, apagados, con esas ojeras profundas que ni el descanso ni el maquillaje lograban borrar. Después, sus labios, secos, agrietados… como si hubieran dejado de pronunciar deseos propios hacía tiempo.

Pero lo más difícil, lo que siempre retrasaba lo más posible, era bajar la bata.

Lo hizo con manos temblorosas, en un silencio casi ritual. Y ahí estaba su cuerpo. Su cuerpo. Marcado, transformado, agotado por el paso de tres embarazos y años de entregarse por completo. La piel flácida en algunos lugares, las cicatrices que nadie más veía, pero él no podía ignorar. Era como si cada centímetro contara una historia de amor entregado… pero también de abandono de sí mismo.

No pudo evitar que una mueca de desagrado cruzara su rostro. Le parecía un cuerpo extraño, ajeno, como si hubiera despertado en una piel que no le pertenecía. Y en medio de esa espiral de rechazo, su mente trajo de vuelta una conversación que había intentado enterrar.


𝖧𝖺𝖼𝖾 𝗎𝗇𝖺𝗌 𝗌𝖾𝗆𝖺𝗇𝖺𝗌 ໋ ᘏ 𓈒


Felix estaba en el baño con la puerta abierta, había salido por ropa dejando por equivocación la puerta abierta, Changbin estaba en la cama acostado viendo algo de televisión y al mismo tiempo cuidado al bebé, que en realidad solo veía de reojo, el rubio abrió la bata viendo todas las marcas en su abdomen que seguía un con flacidez sin darse cuenta Changbin ya estaba entrando al baño llegando a ver lo mismo que Felix.

El mayor recargo su cabeza en el hombro de Felix poniendo sus manos en las caderas del chico dejando pequeños besos en su cuello.

—Que te parecería una cirugía cariño... —dijo Changbin lanzándole su idea a Felix. Un poco confundió Felix miro al hombre.

—¿Y eso para que? —extrañado dijo.

—Pues para que te quiten ese exceso de piel qué ya no necesitas, y que marquen tu cintura, claro si gustas que te hagan algo más, te lo harán. —Felix vio una sonrisa en el rostro de su esposo que pocas veces había visto.

—Quedarías igual o mejor que cuando nos conocimos querido.

Felix miró a Changbin con una expresión de sorpresa y un poco de incredulidad. No esperaba que su esposo sugiriera algo como una cirugía estética.

—N-no lo se —dijo Felix—. No estoy seguro de que sea algo que quiera hacer. —Changbin se acercó más a él, con una sonrisa persistente en su rostro.

—Vamos, querido —dijo Changbin—. Sería algo bueno para ti. Te haría sentir más seguro y confiado en tu propio cuerpo.

Felix se sintió un poco incómodo con la insistencia de Changbin. No quería que su esposo pensara que estaba insatisfecho con su cuerpo, porque en realidad, no lo estaba.

—Creó que necesito pensarlo un poco más —dijo Felix, intentando cambiar de tema—. No quiero tomar una decisión apresurada.

Changbin se detuvo en seco, su sonrisa desapareciendo de su rostro. Miró a Felix con una expresión de decepción.

—Está bien —dijo Changbin, su voz un poco fría—. Piénsalo todo lo que quieras. Pero recuerda, querido, que solo estoy tratando de ayudarte.

Felix se sintió un poco culpable por la reacción de Changbin. Sabía que su esposo solo estaba tratando de ayudar, pero no podía evitar sentirse un poco incómodo con la idea de someterse a una cirugía estética.


𝖠𝖼𝗍𝗎𝖺𝗅𝗂𝖽𝖺𝖽


Felix apretó la bata contra su cuerpo con fuerza, como si pudiera protegerse de esa idea, de ese recuerdo. No sabía qué dolía más: que Changbin lo hubiera sugerido o que él, en el fondo, lo hubiera considerado. Porque lo cierto era que no quería cambiar para gustar. Lo que necesitaba, desesperadamente, era volver a mirarse con ternura, con aceptación. Necesitaba recordarse hermoso desde dentro, no solo útil, no solo funcional.

Pero en ese instante, frente al espejo, lo único que pudo sentir fue una mezcla de tristeza y rabia. Mejor quiso evitar dándole vueltas a ese asunto y cubrió su cuerpo para alejar ese momento tan incómodo, que hasta la fecha Changbin aun pregunta sobre que desicion tomaba y siempre decía que aún no lo pensaba, por un tiempo esa sería su respuesta. Secó su cuerpo con calma, disfrutando el breve momento de silencio que le regalaba la mañana. Después, aplicó crema hidratante en su piel, un gesto simple pero necesario, casi ritual. Ese día decidió vestirse con algo cómodo, pues tenía que salir a hacer el supermercado.


Al salir del baño, echó un vistazo hacia la cama: su pequeño seguía profundamente dormido, con el rostro tranquilo, su pequeño pecho subía y bajaba con ritmo sereno, y por un instante se quedó ahí, observándolo, sintiendo cómo se le llenaba el pecho de algo cálido e indescriptible.

Sonrió con ternura para después bajar de ese pensamiento en el que se quedó, se dio los últimos toques: un poco de perfume en el cuello y las muñecas, y unos tenis cómodos, sabiendo que los necesitaría para el trajín del día.

Dejó su habitación atrás y se dirigió a preparar todo lo que necesitaría para la salida: la carriola del bebé, bolsas reutilizables y la lista que había escrito la noche anterior con esmero, para no salirse del presupuesto. Cada artículo estaba pensado, cada número calculado.

Con todo listo, subió nuevamente a la habitación. Su hijo aún dormía, ajeno al mundo. Lo tomó con suavidad, arropándolo con una manta ligera, y lo llevó con cuidado hasta el coche. Lo acomodó en su silla, asegurándose de que todo estuviera en su lugar.

Cuando por fin pudo sentarse frente al volante suspiro poniéndose en marcha en su trayectoria, al salir de su casa noto algo, sus vecinos de al lado sacaban todas sus cosas de la casa, eso lo puso dudoso pues ellos tenían ya tiempo viviendo en esa casa, no entendía por que se irían después de sus pendientes y si todavía estaba la familia iría a llevarles un detalle pues eran buenos vecinos.

Esa mañana antes de ir a un supermercado, decidió llegar a un mercado local dónde compraría fruta, ya que era barata y muy dulce, amaba ese lugar porque conocía a las señoras de ahí.

—¡Lixie! —Gritó una mujer a lo lejos llamando la atención del chico, con una sonrisa Felix empujó la carriola hasta llegar al puesto de la mujer.

—Señora Min, que gusto. —dijo sin más el rubio con una adorable sonrisa.

—¿No me digas que ya? —Emocionada la mujer puso ambas manos sobre su boca emocionada.

Lo que realmente sucedía era que Felix dejo de ir a ese mercado, le gustaba mucho comprar ahí pero ciertas cosas lo llevaron a dejar de asistir, por ende la mujer tenia mucho sin ver al pecoso. La mujer lo recordaba muy bien, porque ayudó más de una ocasión al chico a seleccionar sus frutas. La señora Min no pudo evitar emocionarse mucho al ver al bebé de Felix y se acercó rápidamente a la carriola.

—¡Oh, Lixie! ¡Qué hermoso es! —exclamó la mujer, con lágrimas de emoción en los ojos—. ¡Es el bebé más lindo que he visto en mi vida!

Felix sonrió y se inclinó para que la señora Min pudiera ver mejor al bebé.

—Se llama Jeongin —dijo Felix, orgulloso.

La señora Min se rió y acarició la cabeza del bebé.

—Jeongin, qué nombre más hermoso —dijo la señora—. ¡Es perfecto para este pequeño ángel! —Felix se rió y procedió a revisar con la mirada las cosas que la mujer tenía hoy.

Mientras Felix revisaba con atención las frutas, buscando las más frescas para sus hijos, escuchó una voz cálida que ya conocía bien. La señora Min se sentó en una silla cercana, con ese aire tranquilo que parecía envolverlo todo, y sin necesidad de preámbulos comenzó a hablar de su vida, de sus hijos, de los años que se habían ido entre pañales, risas y silencios. Tenía esa forma de hablar pausada, con palabras que caían como gotas suaves, sin juzgar, sin imimponer.

Para Felix, la señora Min era más que una conocida del mercado; era una figura maternal que lo reconfortaba de una forma que no sabía que necesitaba. Había algo en su presencia que le recordaba el calor del hogar, no ese que habitaba, sino el que alguna vez soñó tener: uno donde alguien preguntara cómo se sentía de verdad. La apreciaba profundamente, aunque nunca se lo había dicho con palabras. Pero lo demostraba en cómo se quedaba a escucharla, en cómo le brillaban los ojos cuando ella se reía, en cómo por unos minutos, se permitía ser solo Felix, sin cargas ni etiquetas.

El tiempo pasó sin que se diera cuenta. La conversación lo envolvió tanto que olvidó por un instante su lista de pendientes, su rutina marcada por horarios y deberes. Pero la realidad, como siempre, lo alcanzó. Aún tenía cosas por hacer, lugares por recorrer, así que con un suspiro escondido y las bolsas llenas, se puso de pie.

—Tengo que irme, señora Min… pero gracias —le dijo con una pequeña sonrisa, sincera.

La mujer asintió con dulzura, como quien comprende más de lo que dice.

—Cuídate, hijo. Y no olvides también cuidarte a ti, no solo a los demás —le dijo, mirándolo con esa sabiduría que solo dan los años y las heridas bien sanadas.

Felix se alejó con el corazón un poco más lleno… y también un poco más revuelto. Porque a veces, el cariño inesperado era el que más removía lo que uno lleva adentro.


─── ∙ ~εïз~ ∙ ───


Un hombre de mirada serena conducía por las calles de Sídney con el GPS encendido y la música sonando a bajo volumen. Era Hyunjin, un hombre que rondaba los cuarenta años. Alto, de rostro armonioso y con una larga cabellera castaña que enmarcaba su atractivo con una elegancia tranquila, casi melancólica.

Había llegado a Australia hacía apenas unas semanas, buscando un nuevo comienzo tras una profunda crisis personal en su país natal. Nada había salido como esperaba en los últimos años: relaciones fallidas, una carrera que se tambaleaba y una soledad que se hacía cada vez más densa. Sídney no era su hogar, pero en ese momento, era el único lugar donde sentía que podía respirar.

Habían sido muchas cosas más de las que estaría dispuesto a admitir las que lo empujaron a alejarse de su país. Algunas pequeñas, acumuladas con el tiempo, como el polvo que se posa sin que uno lo note. Otras, demasiado pesadas como para ponerles nombre sin que dolieran. Pero entre todas, había una en particular… un secreto que decidió enterrar muy profundo, en ese rincón del alma donde lo que duele demasiado se transforma en un silencio persistente.

Y aun así, Hyunjin no miraba atrás. Al menos no ahora.

Estaba en Australia por una razón: para reencontrarse consigo mismo. Para empezar de nuevo lejos de las miradas inquisitivas, lejos de la presión constante, del peso de una vida que, aunque exitosa en apariencia, se le había vuelto estrecha. Venía buscando aire, nuevas formas de habitar el mundo, y quizás también, de habitarse a sí mismo.

Desde el momento en que pisó suelo australiano, sintió una ligereza extraña, casi inverosímil. Tal vez era la novedad. O quizás era la ilusión de que aquí, en esta tierra ajena, pudiera finalmente encontrar un lugar donde no tuviera que explicarse. Alquilar un auto fue lo primero que hizo, algo práctico, temporal, pero simbólico: quería moverse, explorar, perderse entre calles desconocidas sin la necesidad de justificar cada paso.

Pero lo que realmente lo emocionaba era lo que venía después.

Por primera vez en su vida, iba a tener una casa propia. En Corea, siempre había preferido rentar departamentos pequeños, discretos, fáciles de dejar atrás. Nunca se sintió realmente enraizado. Sin embargo, esta vez fue diferente. Una familia local estaba vendiendo su hogar a un precio razonable y, tras una rápida visita, supo que era ahí. No por lo grande o lo bonito, sino por lo que sentía al estar dentro: calma.

Ahora conducía hacia ese nuevo hogar con una mezcla de serenidad y expectativa. No sabía qué vendría después, pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo. Había algo profundamente valiente en volver a empezar a los cuarenta: cuando ya no se busca impresionar, sino simplemente vivir con verdad.

Algo en ese lugar lo había llamado desde la primera foto. No sabía exactamente qué había sido quizá la forma en que la luz entraba por las ventanas, o el modo en que el jardín parecía invitar al silencio, pero supo que debía ir a verla. Era una casa grande, incluso lujosa, y ahora que lo pensaba con más calma, quizá demasiado para alguien como él. Pero no se trataba de tamaño ni de ostentación. Lo que lo atrapó fue la promesa de intimidad: las ventanas amplias, la luz natural, ese pequeño jardín donde ya se imaginaba pintando en las mañanas mientras el sol apenas despuntaba.

Ahora, mientras conducía hacia ella, su corazón latía con una mezcla de ansiedad y emoción contenida. Era suya. Por primera vez en su vida, iba a habitar un espacio que no tendría que devolver, uno donde podría colgar sus cuadros sin pedir permiso, donde cada rincón sería una extensión de sí mismo. Un lugar donde podría respirar sin esconderse, sin explicaciones, sin máscaras.

No lo sabía aún, pero esa casa no solo iba a convertirse en su nuevo hogar. También sería el punto de partida de algo que ni siquiera había imaginado.

Cuando finalmente llegó, una sensación extraña lo recorrió: algo entre asombro y gratitud. Era aún más hermosa de lo que recordaba en las fotografías. Se quedó unos segundos dentro del auto, mirándola en silencio, como si necesitara asegurarse de que era real.

Una mujer lo esperaba en la entrada, tal como habían acordado. Hyunjin bajó del coche sin apuro, respirando profundo antes de acercarse. Ella lo recibió con una sonrisa cálida que rompió un poco la tensión que traía en el cuerpo. Él respondió con otra, discreta pero sincera, y dio los primeros pasos hacia esa nueva vida.

—¿Olivia? —preguntó, confundido, Hyunjin a la mujer de sonrisa amable que estaba frente a él.

—Sí, sí. Eres Hyunjin, supongo —respondió ella.

El chico asintió, lo que pareció aliviar a la mujer.

—Oh, qué bien. Digo... eres más atractivo de lo que pensaba —dijo, lo que puso un poco nervioso a Hyunjin. Él solo rió, algo incómodo.

—Bueno, solo quería decirte que la casa ya está totalmente disponible para ti. Algunos muebles se quedaron pero nosotros ya no los necesitábamos. Puedes hacer con ellos lo que quieras —explicaba la mujer con detalle.

Hyunjin la escuchaba con atención. Aunque dominaba el inglés gracias a años de estudio, cada palabra pronunciada aún cargaba con la sombra del temor a equivocarse. Aun así, sonrió, reconociendo en aquella bienvenida el primer destello de una nueva etapa.

Continuaron hablando de otros temas, la mayoría sobre papeleo y asuntos de dinero que, sinceramente, no eran relevantes para Hyunjin en ese momento. Ya tenía todos los documentos en orden y solo deseaba que la mujer se marchara pronto. Cuando por fin lo hizo, cruzó el umbral con calma y cerró la puerta detrás de él, dejando afuera el ruido del mundo.

Dio un par de pasos y se detuvo en medio de la sala, observando en silencio lo amplia que era la casa. Las paredes estaban vacías, los cuartos resonaban con el eco de su respiración y cada paso parecía despertar la madera adormecida del suelo. Hyunjin se pasó una mano por el cabello y soltó una pequeña risa sin humor.

¿Cómo llenaría todo esto?

Sus pertenencias eran pocas: un par de maletas, su estuche de pinturas, algunos libros, su libreta de bocetos. Nada de muebles grandes ni adornos. Nunca los necesitó. Para él, lo esencial cabía en la espalda y lo vital, en el alma.

Subió lentamente las escaleras hasta llegar a la habitación principal. Era espaciosa, con una gran ventana que dejaba entrar la luz de la tarde y proyectaba sombras suaves sobre el suelo claro. Abrió sus cosas con calma y eligió la esquina más cercana a la ventana para colocar su pequeño colchón enrollado. No era gran cosa, pero por ahora era suficiente.

Sobre la pared contigua, colocó cuidadosamente sus pinceles, tubos de pintura y lienzos aún en blanco. También desató un par de cuadros terminados, los apoyó contra la pared con respeto, como si se tratara de fragmentos vivos de él mismo.

Colgó uno solo: una pieza en tonos grises y azules, un retrato abstracto del rostro de un hombre cuya expresión era imposible de definir. Dolor, deseo, esperanza... todo se mezclaba en una mirada que parecía pedir algo sin palabras. Lo había pintado una madrugada de invierno, después de una despedida.

Cuando se sentó sobre el colchón y lo observó desde lejos, sintió que ese cuadro era lo único que le hacía compañía en ese lugar nuevo.

No era mucho. Pero era suyo.

Con el sol cayendo detrás de la ventana, Hyunjin sacó su libreta de bocetos abriéndola en una página en blanco después en su celular puso algo de música que lo relajaba bastante, observó por unos segundos, comenzando a imaginar que podría trazar en esta ocasión pero su mente quedó en blanco sus ojos miraban lo bello del atardecer pero regresaban a la hoja que permanecía en blanco realmente ahora mismo se sentía completo pero por alguna extraña razón su mente seguía en blanco y no lograba esa concentración, pero no se quería así, sus dedos no necesitaran permiso y sin previo aviso comenzaron a dibujar sin pensar.


─── ∙ ~εïз~ ∙ ───


El sonido del portón oxidado chirrió suavemente cuando Felix lo empujó con el hombro, llevando en las manos una bandeja cubierta con un paño de flores. No era nada elaborado, solo unas galletas y un par de palabras que tenía preparadas para despedirse de sus vecinos. Habían compartido saludos apresurados, alguna charla sobre los niños, incluso se habían prestado herramientas más de una vez. No eran íntimos, pero Felix sentía que lo mínimo que podía hacer era desearles lo mejor en su nueva vida.

Recién había llegado del supermercado, con las bolsas aún acomodadas sobre la mesa de la cocina. Eran pasadas las tres de la tarde, y sus hijos ya estaban en casa tras la jornada escolar. Había dejado al bebé a cargo de los mayores, confiando en esos pocos minutos de calma para preparar lo que llevaría. Tal vez, también era una excusa. Necesitaba salir, respirar aire distinto, sentirse útil.

No sabía si ya se habían ido, pero no quería que la casa quedara atrás sin un gesto. Tal vez, también era una excusa. Necesitaba salir, respirar aire distinto, sentirse útil.

Subió los tres escalones del porche y golpeó la puerta con los nudillos, esperando una respuesta que, según él, no llegaría. Por eso no se lo esperaba. No estaba preparado para lo que ocurrió.

La puerta se abrió lentamente, revelando a un hombre que no había visto antes.

Y entonces, el tiempo se detuvo un segundo.

El hombre era alto, con una expresión tranquila pero inquisitiva. Tenía el cabello largo, oscuro, recogido a medias, y una camisa blanca con leves manchas de pintura que parecía quedarle demasiado bien. Sus ojos, oscuros y atentos, se posaron en los de Felix con una mezcla de sorpresa y una pizca de sonrisa.

—Hola… —dijo el desconocido, con voz suave y una ligera inclinación de cabeza.

Felix parpadeó, confundido. Bajó la mirada a la bandeja en sus manos, luego volvió a subirla.

—Perdón… yo—. Se aclaró la garganta, incómodo—. Venía a despedirme de mis vecinos. No sabía que ya… ¿se habían mudado?

—Sí, hoy se fueron —respondió el hombre—. Supongo que ahora yo soy el nuevo vecino.

Hubo un silencio breve, no incómodo, sino suspendido.

—Oh —dijo Felix, todavía algo descolocado—. Entonces… bienvenido.

Hyunjin sonrió, de forma discreta pero sincera.

—Gracias. Soy Hyunjin.

—Felix —respondió, torpemente, mientras extendía la bandeja—. Esto era para los antiguos dueños… pero supongo que ahora es para ti.

Ambos rieron con suavidad, como si algo invisible se relajara entre ellos.

Hyunjin aceptó la bandeja con ambas manos, y por un segundo, sus dedos rozaron los de Felix. No fue nada… y, al mismo tiempo, lo fue todo.

Felix bajó los ojos, incómodo con el calor repentino en su rostro. Murmuró una excusa rápida y se giró para marcharse, sin darse cuenta de que Hyunjin lo seguía con la mirada hasta que desapareció tras su puerta.

Fue breve. Fue accidental. Pero algo había cambiado en el aire.