Caminos Que No Existen En El Mapa by J... at Inkitt
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Caminos que no existen en el mapa

Summary

El cumpleaños de Dudley nunca es un buen día para Harry y Alara Potter, pero esta vez todo cambia. Tras un incidente imposible de explicar y ser expulsados de la única casa que conocen, los mellizos quedan solos bajo la lluvia… hasta que algo antiguo y poderoso despierta. Una niebla de colores, un salto imposible y un bosque que no pertenece a su mundo los arrastra lejos de Inglaterra y de todo lo que creían conocer. Perdidos en un lugar llamado Hawkins, deberán aprender a confiar en extraños, ocultar verdades peligrosas y enfrentarse a una realidad donde la magia y lo inexplicable caminan de la mano. Entre bicicletas, bosques húmedos y secretos que no existen en ningún mapa, Harry y Alara descubrirán que hay destinos que no se eligen… y mundos que te reclaman incluso antes de saber que existen.

Genre
Fantasy
Author
J...
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - El Silencio que Habla.

"The Sound of Silence" es el corazón del primer capítulo: el lenguaje de los invisibles.

Un silencio que habla más que las palabras, una verdad que nadie quiere oír y la certeza de que estar solos no significa estar aislados.


El sol aún no había salido cuando los gritos de Dudley hicieron temblar las paredes de número cuatro de Privet Drive. Harry y Alara Potter se estrecharon más en el pequeño espacio del armario bajo la escalera, tratando de encontrar un rincón donde cabieran los dos sin rozarse con los cajones y las herramientas oxidadas que los rodeaban.

—¡MAMÁ! ¡ELLOS ME ESTÁN DESPERTANDO! —gritó Dudley desde su habitación enorme, al otro lado del pasillo.

Harry tapó la boca de Alara con su mano antes de que pudiera responder, moviendo la cabeza con urgencia. Ella lo miró con los ojos entrecerrados de enojo, pero asintió y se apretó contra él, sus rodillas tocando las suyas, su respiración caliente sobre su hombro. El armario era tan pequeño que apenas podían sentarse derechos; tenían que doblar las piernas y agachar la cabeza para no golpearse con el techo de madera.

—¡Vernon! ¡Ven aquí inmediatamente! —gritó tía Petunia, y escucharon los pasos pesados de su tío bajando las escaleras—. ¡Esos dos están haciendo ruido de nuevo! ¡Como si no fuera suficiente tenerlos aquí, ahora no dejan dormir a nuestro Dudley en su cumpleaños!

—¡YA VENGO, PETUNIA! —contestó Vernon, y la puerta del armario se abrió de golpe, dejando entrar un rayo de luz que los ciega momentáneamente—. ¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO AHÍ DENTRO?! ¿QUIEREN DESPERTAR A TODO EL BARRIO?

Harry y Alara se separaron lo más que pudieron, aunque seguían uno pegado al otro.

—No hacíamos nada, tío Vernon —murmuró Harry, bajando la mirada—. Estábamos tratando de dormir.

—¡DORMIR! —gruñó Vernon, poniéndose en cuclillas para mirarlos a la cara, su aliento oliendo a cerveza y tocino—. ¡No tenéis derecho a dormir tan cómodamente cuando nuestro Dudley está a punto de cumplir años! ¡Y encima os estáis quedando todo el espacio!

El hombre metió su mano gruesa dentro del armario y sacó un montón de revistas viejas y una caja de zapatos, arrojándolos al pasillo sin mirar dónde caían.

—¡Ahora tendréis más sitio para vuestras cosas! —dijo, aunque todos sabían que solo había hecho espacio para meter más cachivaches que no querían en la casa—. Y oíd bien: hoy no queremos ni veros ni oír vosotros. Dudley va a tener visitas, y no queremos que nadie se entere de que tenemos… invitados indeseados en casa.

—Sí, tío Vernon —dijeron los dos al unísono.

Cuando la puerta se cerró de nuevo y los pasos se alejaron, Alara soltó un suspiro y se apoyó en el hombro de Harry.

—Odian que estemos aquí —susurró ella, su voz llena de tristeza a pesar de que intentara sonar fuerte—. Lo sabemos, ¿verdad?

Harry apretó su mano.

—Sí, lo sé. Pero no importa. Nos tenemos a nosotros dos.

Pasaron el resto de la mañana ahí dentro, tratando de dormir entre los golpes de Dudley que movía muebles en su habitación y los ruidos de Petunia preparando la comida. Cuando finalmente les dejaron salir, era ya casi mediodía. Dudley y su amigo Piers estaban en el salón, jugando con unos juguetes nuevos que brillaban bajo la luz del sol. Al verlos aparecer, Dudley se puso de pie de un salto.

—¡Mírenlos! —se burló, señalando la ropa arrugada de los mellizos, llena de polvo del armario—. Parecen salidos de un basurero. ¡Y huelen a madera podrida!

Piers rió a carcajadas como si se tratara del mejor chiste del mundo, dando palmadas en el hombro de Dudley. Alara le dedicó una mirada tan afilada que Harry sintió que incluso él se había congelado, pero rápidamente la tocó en el brazo para que no reaccionara.

—No vale la pena —murmuró él, apretando su mano con fuerza—. No queremos más problemas.

Alara hizo un puchero divertido para disimular su enojo, cruzando los brazos sobre su pecho mientras veía a sus tíos subirse al carro familiar para ir al zoológico. El sol brillaba en el cielo, iluminando el estacionamiento lleno de coches y niños emocionados. Aunque odiaba la manera en que la trataban, la idea de un día fuera siempre la emocionaba; al menos allí podrían estar un poco más libres, sin que los Dursley los vigilaran cada segundo.

—¿En serio tenemos que ir? —preguntó Alara, pero su tono era más de dramatismo juguetón que de molestia, tratando de alejar la tristeza del momento.

—Parece que sí —respondió Harry, su mellizo menor, subiéndose al carro con una sonrisa tranquila que solo mostraba cuando estaba con ella—. Es el cumpleaños de Dudley, ¿lo recuerdas?

Alara bufó y rodó los ojos, pero una sonrisa se asomó en sus labios.

—¿Cómo olvidarlo? Aunque mira el lado bueno… tal vez pase algo interesante. Al menos no estaremos en ese armario.

A Harry se le escapó una sonrisa más amplia. Aunque él era más cuidadoso y prefería evitar problemas, también disfrutaba de la emoción que su hermana mayor buscaba en cada rincón.

—Conociéndote, seguro lo encuentras —dijo, vigilándola de reojo para asegurarse de que no intentara provocar nada peligroso. Sabía que cuando Alara se enfadaba por cómo la trataban, podía hacer cosas extrañas que ni ella misma entendía.

Cuando entraron al auto, los Dursley no perdieron el tiempo para recordarles su “lugar” en la familia. Apretados en el asiento trasero, entre las bolsas de regalos y la nevera portátil con los refrigerios de Dudley, el aire estaba cargado de reproches: Vernon quejándose de que tenían que llevarlos, Petunia preocupada por “las apariencias” si alguien veía a los niños con ropa tan vieja, Dudley exigiendo que le dieran comida antes de llegar y Piers comentando todo en voz alta, tratando de impresionar a su amigo.

Ninguno de los dos dijo nada, pero Harry tomó la mano de Alara bajo el asiento, y ella la apretó con fuerza. Eran los únicos que se tenían el uno al otro.


El zoológico de Londres estaba más lleno que nunca, con familias y grupos de amigos disfrutando del día soleado. Para Harry y Alara Potter, sin embargo, el bullicio era una bendición: les permitía escapar de la vista de los Dursley con facilidad. Desde pequeños habían aprendido a encontrar los rincones más tranquilos de cualquier lugar, aquellos donde nadie prestaba atención y podían respirar sin sentir las miradas acusadoras de sus parientes.

—Vamos por ahí —susurró Alara, señalando un camino estrecho que llevaba hacia los recintos de los reptiles. Harry asintió y la siguió, alejándose del grupo donde Dudley corría detrás de Piers, gritando por ver los osos pardos.

Cuando llegaron al terrario de las serpientes, encontraron justo a Dudley y Piers frente al recinto más grande del lugar: el de una enorme boa constrictora de color marrón oscuro, con manchas doradas que brillaban bajo las luces del techo. Los dos niños estaban empujando el vidrio con las palmas de sus manos, golpeándolo con los nudillos y riendo cada vez que la serpiente se movía ligeramente.

—¡Mira cómo se esconde! —gritó Dudley, dándole un último golpe fuerte que hizo temblar el cristal—. ¡Es un cobarde!

Alara frunció la nariz con desdén, crujendo los dientes.

—Y ahí van otra vez —murmuró, poniéndose a unos pasos del terrario, lista para intervenir si hicieran algo peor.

—Ignóralos —dijo Harry, colocándose a su lado, su voz suave pero firme—. No vale la pena. Saben que nos enfadamos cuando hacen eso. Es lo que quieren.

El primo y su amigo siguieron con sus burlas durante unos minutos más, pero al ver que la serpiente no hacía más que acurrucarse en la esquina más alejada del recinto, se aburrieron y se fueron corriendo hacia el siguiente terrario, gritando que querían ver los cocodrilos.

Al alivio de los mellizos, nadie más se acercó al lugar. Alara se acercó hasta el vidrio, sus ojos brillando con una curiosidad tierna que solo mostraba cuando estaba cerca de los animales.

—Es hermosa… —susurró, apoyando su mano contra el cristal, como si pudiera sentir el calor del cuerpo de la serpiente por el otro lado.

La boa levantó lentamente su cabeza y los observó con sus ojos negros y brillantes, moviendo la lengua en silencio. Harry se inclinó para leer la placa que había junto al terrario: Boa constrictor, originaria de Sudamérica. Nació aquí en el zoológico hace tres años.

Alara leyó las palabras a su lado y luego inclinó la cabeza con empatía, mirando directamente a los ojos de la serpiente.

—Te entendemos… es horrible estar encerrado todo el tiempo —dijo ella en voz baja.

En ese momento, Harry sintió cómo algo en su interior vibraba con fuerza, como si una cuerda estuviera siendo afinada hasta alcanzar el tono perfecto. Ya habían experimentado cosas extrañas antes —cosas que solo podían ser magia—, pero nunca tan intensamente como ahora. Al acercarse un poco más al vidrio, notó que la serpiente parecía estar mirándolo a él en particular, ignorando por completo a Alara a su lado.

—Hola —murmuró Harry, y su voz sonó más clara de lo normal en el silencio del lugar.

La serpiente parpadeó lentamente y luego movió la cabeza de un lado a otro, como si estuviera asintiendo. Y entonces, justo cuando Harry pensaba que se estaba imaginando las cosas, una voz ronca y suave resonó en su mente como un susurro arrastrado por el viento: Hola, pequeño… tú también sabes lo que es estar solo. Tú entiendes lo que siento.

Alara frunció el ceño, mirando de la serpiente a Harry con confusión.

—¿Qué haces? ¿Sientes eso también? —preguntó en voz baja—. Ya sé que es magia, nuestros hermanos nos lo han contado y ya hemos pasado por cosas así antes. Pero esto se siente diferente…

Harry apenas asintió, completamente absorto en la conexión que había establecido con el reptil.

Sí —respondió la voz en su mente—. He estado en esta jaula de cristal desde que nací. Soy una criatura solitaria por naturaleza, pero esto no es lo mismo. Nunca he conocido otra cosa que no sea estos muros, la luz artificial y las miradas de la gente. Extraño poder moverme sin límites, sin que nadie me controle. Anhelo la libertad.

—Yo también sé cómo se siente —dijo Harry en voz baja, apenas moviendo los labios—. Mis padres murieron cuando éramos pequeños. Vivimos con nuestros tíos, y no podemos vivir con nuestros otros hermanos por ciertas razones. Estamos separados y a veces nos sentimos muy solos, igual que tú. Además, sabemos que ser magos puede traernos problemas, pero la libertad debe ser algo maravilloso.

Alara se puso nerviosa, agarrándolo del brazo y apretándolo con fuerza —ella también pensaba en ellos todo el tiempo, y sabía bien que la magia podía complicar las cosas.

—Harry, cuidado… —susurró—. Sabemos que cuando nos emocionamos mucho, la magia se descontrola. Nuestros hermanos nos advirtieron que teníamos que tener cuidado para no llamar la atención…

Justo en ese momento, se oyó un ruido fuerte detrás de ellos y los empujaron con fuerza hacia un lado. Dudley había vuelto, acompañado de Piers, y quería volver a ver la serpiente, pero ahora querían estar en el lugar exacto donde estaban los mellizos.

—¡Fuera de ahí! —gritó Dudley, empujando a Harry con tanto fuerza que este golpeó el vidrio con el hombro—. ¡Este es mi lugar! ¡Es mi cumpleaños, así que todo es mío!

Harry sintió cómo la ira se acumulaba en su pecho, caliente y rápida, mezclándose con la extraña sensación que había sentido antes. Apretó los dientes hasta sentir dolor en las encías… y en un parpadeo, el vidrio que separaba la serpiente del exterior desapareció completamente, como si nunca hubiera estado ahí.

Alara dio un paso atrás, aunque esta vez no se sorprendió tanto —ya conocían la magia, habían vivido otras situaciones así. Pero sí sintió miedo, porque sabían que esto podría traer graves problemas con los Dursley y llamar la atención de personas que no deberían enterarse.

—Harry… —susurró, mirando el espacio vacío donde había estado el vidrio—. Lo dijimos… la magia se descontroló. Nuestros hermanos tenían razón, cuando nos enfadamos o emocionamos mucho pasa esto. Ahora vendrán los problemas.

Harry no pudo responder: estaba tan sorprendido como ella, aunque sabía que su ira había sido la causa. Al menos ahora entendía por qué algunas cosas habían pasado antes en su vida.

La boa constrictora se deslizó lentamente hacia adelante, alejándose de la esquina donde había estado acurrucada. Movió su cuerpo largo y musculoso con gracia hasta llegar al borde del recinto, justo al lado de donde estaba Harry. Volvió a mirarlo a los ojos, y la voz volvió a resonar en su mente: Gracias, pequeño. Gracias por entender. Ahora voy a buscar mi camino, a vivir en libertad como debe ser.

—De nada —respondió Harry en voz baja, aunque no entendía muy bien por qué solo él podía escucharla.

La serpiente se deslizó por el suelo del zoológico, entre las piernas de la gente que corría hacia el lugar gritando y pidiendo ayuda. Alara miraba a la multitud con preocupación, sabiendo perfectamente lo que vendría después.

—Los Dursley van a enojarse mucho —dijo en voz baja, mirando a Harry—. Saben que somos diferentes, pero nunca habían visto algo tan claro. Nuestros hermanos nos dijeron que tuviéramos cuidado, y ahora…

Los mellizos compartieron una breve mirada de entendimiento al ver cómo Dudley seguía chillando en el terrario vacío, con las manos en la cabeza y gritando que la serpiente lo iba a comer. Pero esa tranquilidad duró poco: al otro lado de la multitud que se había formado, vieron a tío Vernon, con la cara roja como un tomate y los ojos llenos de furia, mientras tía Petunia sostenía la mano de Dudley tratando de calmarlo, aunque sus propios ojos mostraban un miedo profundo mientras miraba a los mellizos.

—¡ELLOS! —gritó Dudley cuando vio a Harry y Alara—. ¡HARRY HABLABA CON LA SERPIENTE! ¡ÉL HIZO QUE EL VIDRIO DESAPARECIERA! ¡QUIERE QUE ME COMA!



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