PRÓLOGO
El aroma a café etíope recién molido era la única debilidad conocida de Jeon Jungkook. El único indicio de humanidad que se permitía en el gélido ático corporativo del edificio J&K, donde el aire siempre estaba cargado con el olor metálico del acero y el poder sin adulterar.
Vante lo servía cada mañana. No como un humilde asistente, sino como una obra de arte de la duplicidad.
Sus dedos, largos y delicados, que ahora sostenían la taza de porcelana fina, eran los mismos que, hace apenas seis horas, habían manipulado el sistema de seguridad de nivel siete. Su cuello, adornado con una fina cadena de plata, llevaba un chip de comunicación cifrada. Su belleza letal no era un accesorio; era una herramienta de infiltración, pulida hasta el filo. Un doncel, de belleza escandalosa e inocencia fingida, era lo último que un CEO buscaría como amenaza.
Jungkook tomó la taza mirando fijo con sus ojos oscuros y penetrantes como la obsidiana. La mirada del CEO no se posó en el café, sino en la sombra fugaz que cruzó la expresión de Vante al inclinarse. Vante era bueno, diablos, era el mejor. Nadie había logrado acercarse tanto.
“Vante”, la voz de Jungkook era un gruñido bajo y melódico, que resonaba en el silencio acristalado. “Necesito el informe sobre la fusión de Han-Sung en mi escritorio antes del mediodía. Asegúrate de que las cifras sean impecables.”
“Por supuesto, señor Jeon”, respondió Vante, su voz suave y sumisa, la perfecta máscara de eficiencia.
Pero mientras se giraba para irse, una sensación de frío recorrió su columna vertebral. No era el aire acondicionado. Era la conciencia de un depredador al acecho.
Jungkook sonrió lentamente, un gesto que nunca llegaba a sus ojos.Él sabía. Sabía que ese doncel de apariencia inofensiva era una mentira andante, una navaja envuelta en seda. Había permitido la infiltración. Había estado observando cada movimiento, cada parpadeo, cada pequeño fallo en su fachada perfecta. El archivo “Proyecto Fénix” no era el verdadero premio. El verdadero premio era el castigo de Vante.
La mentira estaba servida. El café humeaba. Y esta mañana, el CEO había decidido que era hora de tomar su primer sorbo.
La trampa estaba tendida. Y el espía, sin saberlo, ya estaba en el centro.