Prólogo
Aquellos días allá por los años 1800, en lo que antes se conocía como la Nueva España, lo que más importaba para los nobles era el poder, la riqueza y tener una familia respetable. Algo que a la familia Nájera le honraba poseer, pues tenían a sus cinco maravillosos hijos, educados con el amor de sus padres.
Catalina, la matriarca del hogar, se había asegurado de que cada uno de sus pequeños fuera instruido correctamente y no solo eso: les dio una educación no tan convencional como la de esos años. Si de algo podía jactarse tan elegante y bella mujer era que cada uno de sus descendientes estaba perfectamente preparado para la sociedad.
Ni hablar del orgullo que eran para Manolo Nájera sus hijos. Desde que tuvo al mayor de ellos y cargó por primera vez a la más pequeña, supo que serían su mayor logro y nada en el mundo podría hacerlo cambiar de opinión.
Algo era cierto: los hermanos Nájera formaban una unidad formidable, apoyándose y protegiéndose mutuamente en momentos de necesidad. Su relación era una fuente de fuerza, inspiración y alegría para cada uno de ellos.