LO QUE LA SANGRE ESCONDE

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Summary

Sofía creció rodeada de lujos, pero también de silencios, mentiras y miedo. Siempre creyó saber quién era… hasta que la verdad comenzó a resquebrajarlo todo. En una familia donde la sangre no siempre une y el poder lo destruye todo, los secretos enterrados durante años amenazan con salir a la luz. Jared aparece en su vida como un refugio imposible, un amor que no debería existir y que, aun así, late con fuerza.Entre ataques de pánico, verdades a medias y un pasado que se niega a permanecer oculto, Sofía descubrirá que algunas historias no se heredan… se esconden en la sangre.

Genre
Drama
Author
Sheila
Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 : Sombras Heredadas

Sofía Valentina Valderrama nació bajo el peso de un apellido que jamás eligió.

Desde pequeña escuchó susurros que creía no entender, pero que la acompañaban como sombras en cada pasillo de la mansión Valderrama.

Con el tiempo comprendió que no eran simples habladurías.

Eran presencias disfrazadas, secretos que la envolvían sin tocarla directamente.

Aun así, creció rodeada de un cariño cálido. El de ella, la mujer que la había criado con una dedicación impecable.

Le enseñó a caminar, a leer, a diferenciar entre lo que brillaba por costumbre y lo que brillaba de verdad.

Aquellos recuerdos eran lo único que la sostenía entre tantos silencios.

A sus diecisiete años, Sofía ya había aprendido a interpretar los murmullos, incluso los que se decían a sus espaldas.

Como aquella tarde…

Mientras se servía un vaso de Coca-Cola, escuchó a dos empleadas conversar en la cocina, creyendo que nadie las oía.

—Dicen que desde que esa muchacha llegó a la vida del señor Valderrama, él no volvió a ser el mismo —susurró una.

—Cállate, ¿quieres? Esa historia está enterrada… y así debe quedarse —respondió la otra.

Sofía sintió el golpe de esas palabras, aunque no entendió su significado. ¿Se referían a ella? ¿A su madre? ¿O a alguna mujer del pasado? No preguntó. A esas alturas, sabía que preguntar en casa era abrir heridas… incluso sin saber cuáles.

Esa misma noche, buscando aire, salió a caminar por las calles de Durango. Amaba observar a la gente, escuchar risas y sentir que existía un mundo donde el apellido no pesaba tanto.

Fue entonces cuando lo vio por primera vez


Jared Montenegro.


Apenas cruzó la esquina, chocó con ella al girar sin mirar.

Sus libros se le escaparon de las manos y quedaron tirados en el suelo.

Él se agachó de inmediato, sorprendido.

—Perdón… no te vi —dijo con una voz firme, aunque extrañamente contenida.

Sofía lo observó sin saber muy bien por qué no podía apartar la mirada.

Tenía un porte seguro, casi desafiante.

En sus ojos había algo más: cansancio, una herida silenciosa… algo que ella reconocía sin haberlo vivido jamás.

—Está bien, yo tampoco estaba atenta —contestó mientras recogía uno de los cuadernos.

Cuando él extendió la mano para recuperarlo, sus dedos se rozaron.

Fue un momento breve, pero suficiente para que Sofía sintiera un extraño presentimiento recorrerle la piel.

Una sensación imposible de nombrar, como si ese contacto despertara algo que jamás había sentido.

Algo que aún tenía miedo de abrir.

—¿Estudias por aquí? —preguntó él, intentando romper el silencio.

Sofía asintió con la cabeza, todavía procesando todo lo ocurrido.

—Sí… bueno, más o menos.

Jared la observó más de lo necesario. No la conocía, pero había algo en ella que lo desconcertaba.

—Nos vemos, entonces —dijo finalmente antes de alejarse.

Sofía lo siguió con la mirada. No sabía quién era, ni por qué aquel encuentro le había alterado tanto el corazón. Solo sabía que jamás había sentido algo así… y menos aún que ese muchacho llevaba el apellido que cambiaría su vida.

El apellido unido al origen de todas las sombras que la habían acompañado desde niña.

El apellido que algún día revelaría la verdad que ambos habían heredado sin querer.

Jared se volteó mientras Sofía aún lo miraba.

Solo un segundo. Un movimiento ligero, casi inevitable.

Sus miradas volvieron a cruzarse.

Jared frunció ligeramente el ceño, no con molestia, sino con una extraña confusión que la hizo sentirse expuesta… como si pudiera leer las grietas y heridas que siempre había ocultado.

Sofía apartó la vista primero, fingiendo buscar algo en el bolso. Tenía la piel encendida.

Cuando volvió a mirar, él ya no estaba.

Respiró hondo, intentando calmar el cosquilleo que le subía por el estómago. Era ridículo. Apenas lo había visto una vez… pero esa noche, en su habitación, el recuerdo de sus ojos la persiguió. No solo eran bonitos. Eran intensos.

A la mañana siguiente, Sofía no esperaba verlo. No lo buscaba… o al menos eso quiso creer.

Sin embargo, al salir del instituto y doblar la misma esquina donde se habían encontrado aquella tarde, sintió una decepción silenciosa al no ver a nadie.

Entonces, una voz masculina sonó a su espalda:

—Parece que hoy sí me viste.

El corazón de Sofía dio un brinco. Se giró.

Y ahí estaba Jared, apoyado contra la pared, como si la hubiera estado esperando… sin admitirlo.

Él no sonreía, pero tenía una expresión que mezclaba seguridad y una chispa traviesa.

—No te estaba buscando —respondió Sofía con rapidez, demasiado consciente de cómo se le enrojecían las mejillas.

—No te culpo si lo hicieras —contestó él, encogiéndose de hombros.

Ese comentario le provocó una mezcla de fastidio y algo más. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo.

Jared dio un paso hacia ella. Solo uno. Nada demasiado obvio, pero suficiente para invadir su espacio personal. Sofía percibió el olor a madera y menta de su colonia, suficiente para que sus cuerpos quedaran peligrosamente cerca.

—¿Siempre eres así de confiado? —preguntó ella, intentando mantener la voz firme.

—Solo cuando alguien me mira como tú lo haces —respondió él sin titubear.

El estómago de Sofía se contrajo.

No sabía qué le molestaba más: que lo hubiera notado… o que tuviera razón.

Ella dio un paso atrás para recuperar el control, pero Jared siguió mirándola como si pudiera descifrarla.

—No sé quién eres —dijo finalmente—. Ni siquiera tu nombre.

Jared ladeó la cabeza, observándola con esos ojos que parecían analizarlo todo.

—Jared —respondió—. Jared Montenegro.

El mundo de Sofía pareció detenerse.

Montenegro.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. No sabía por qué, pero ese apellido sonó como una advertencia.

Como si su mente —y su corazón— intentaran decirle algo que aún no estaba preparada para comprender.

¿Y tú? —preguntó él sin apartar la mirada.

—Sofía… Sofía Valderrama.

Por primera vez, el gesto de Jared cambió. Una sombra cruzó sus ojos, algo oscuro, algo que no supo ocultar.

Durante un instante, ambos permanecieron en silencio.

No sabían si acercarse o alejarse.

No sabían si confiar… o protegerse.

Pero había algo que los dos entendieron sin decirlo:

aquella tensión entre ellos era real.

Tan real que daba miedo.

Y era inevitable.

La expresión de Jared se endureció y un recuerdo frio y desagradable volvió a él.

—Valderrama… —repitió casi en un susurro.

Sofía sintió el impulso de preguntar por qué, qué sabía él que ella no, pero su orgullo se adelantó.

—¿Hay algún problema? —preguntó, con los ojos encendidos.

Jared tardó en responder. Se le hizo demasiado largo, aunque solo fuera un segundo.

—No… ninguno —dijo al fin, pero su voz se quedó atrapada en la duda.

Sofía dio un paso atrás. No quería parecer vulnerable.

Jared también dio un paso atrás, como si el apellido de ella fuera una línea que ninguno de los dos quisiera cruzar.

—Creo que será mejor que me vaya —dijo él, sin dejar de mirarla.

—Sí —respondió Sofía, aunque todo su cuerpo quería que se quedara.

Durante un instante, Jared siguió mirándola. Su mirada viajó desde los ojos de Sofía, descendió hasta su boca y volvió a sus ojos. Ella contuvo el aliento.

Entonces, él desvió la mirada, dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Con cada paso que daba, Jared se sentía extraño, como si caminara contra un impulso, como si quisiera quedarse, pero algo en su interior se lo prohibiera.

Sofía lo siguió con la mirada, como la primera vez, solo que ahora había algo más: tensión. Una curiosidad peligrosa y unos sentimientos que ambos preferían ignorar.

Cuando dobló la esquina, Sofía sintió un vacío que no sabía si era decepción o el inicio de algo que no debía sentir.

Lo único seguro era que aquel encuentro no había terminado… y que el apellido Montenegro era ya una sombra más dentro de su vida.

Sofía regresó a su casa sin saber si aquel muchacho sería un obstáculo, el destino… o un desastre anunciado.