Capítulo 1
El sol subió con una lentitud engañosa por el imperio de Kioto. La mañana se anunciaba gracias a su luz, las alarmas siendo apagadas, y la ciudad despertando una vez más. La luna se retiró con recelo, llevándose con ello la oscuridad, y dejando escuchar el hermoso canto de las aves que alzaban el vuelo, dando inicio a un nuevo día.
En la estación de tren frente al imperio, los vagones se alejaban por los carriles, dejando una nueva tanda de pasajeros que se dispersaron por la estación.
Entre los tantos pasajeros, entre tantas situaciones que los llevaron a ese lugar conocido por sus personas brillantes, metafórica como literalmente, seis de ellos se hacían notar. Dos pegados, dos ponys terrestres, un unicornio, y el principal: un alicornio, con la fiel compañía de su pequeño dragón.
— Vaya, Karma-kun, tu primera cumbre de príncipes. Debes de estar por las nubes —. Isogai Yūma fue el primero en tomar la palabra. Un pony terrestre de crin gris y melena negra. Aún con sus colores apagados, siempre brillaba su sombrero de paja y su cutie mark de una corona de laurel hecha de madera.
El alicornio, Karma, sonrió apenas un poco, lo suficiente para disimular la tensión que sentía, pero no tanto como para engañar al resto. — Isogai-san, tengo que admitir que esto de la cumbre de príncipes me mantiene algo emocionado, aunque… —. Sus palabras se detuvieron un momento, removiendo la tierra bajo su casco derecho. Un gesto que todos conocían bien. — Estoy algo nervioso —. Dijo al final.
Una leve chispa de magia salió de su cuerno. Una magia de ondas magenta. Una combinación perfecta con su melena rojiza y su crin de durazno.
— Adivino, estás a nada de presumir tu nuevo cargo como príncipe, pero seguramente estás asustado de no hacer bien tu trabajo que eclipsa querer presumir —. La otra pony terrestre, de melena amarilla y crin de un blanco azulado. Su cutie mark siendo un globo de texto al estilo cómic, de esos que se ocupaban para gritos o exclamaciones, pero en lugar de eso, estaba la imagen de un rayo amarillo. Siempre segura de sus palabras, sin temer a decir la verdad de manera tan directa. Nakamura Rio. — No te preocupes, a muchos nos ha pasado —. Le dio un suave codazo al lomo, adelantándose unos pasos.
— Bueno, no exageres. Tampoco diría que estoy asustado, Nakamura —. Recalcó, apenas mostrando sus colmillos con una sonrisa un poco más grande.
Bueno, era verdad, ¿pero por qué debían de saberlo?
— Yo lo estoy casi a diario —. Uno de los pegasos admitió en voz baja, con su crin de un blanco azulado y su melena del color celeste del propio cielo. Una extraña cutie mark de una gota de agua, pero que si veías de cerca, notabas los ojos de una serpiente. Shiota Nagisa.
— Vamos, Karma, no tienes ninguna razón para temer, ¡eres increíble! —. El segundo pegaso habló, y a diferencia de su compañero de especie, lo hizo con seguridad, batiendo sus alas para volar sobre ellos. Su cutie mark era la de un corazón rojo con alas, con la punta afilada. Maehara Hiroto. — Confía en mí. Todo va a salir de maravilla —.
El silencio que duró se rompió en segundos, cuando la unicornio de melena negra, crin blanca y cutie mark de tessen –abanico de guerra– abrió sus ojos como si hubiera visto una de las peores blasfemias.
— ¡Karma! —. Kanzaki Yukiko se acercó, galopando rápido hacia enfrente del alicornio, observando con preocupación la cabeza vacía del príncipe. — Lo siento, querido, pero acabo de notar que no traes tu corona. ¿No se te olvidó en Ponyville, verdad? —. Su cuerno apenas brilló con ondas moradas, mientras se paraba en sus dos casos traseros, y con los delanteros tomó el rostro de Karma.
— Uh, está en mi maleta —. Karma miró a su lado.
Kunudon, su dragón de escamas café y cresta amarilla, estaba caminando a su costado, su pata delantera sosteniendo la maleta de Karma. El cuero del que estaba hecha teñido de un color vino, con su cutie irte como logo.
Una daga fragmentada, de un color rojo brillante.
— Me siento un poco incómodo al usarla. Me muevo tanto que puedo tirarla —. Explicó, como si esa fuera la verdadera razón. — No me he acostumbrado a esto tampoco —. Dijo al final, extendiendo sus alas que mantenía guardadas desde que las obtuvo.
No hizo el intento de volar, sabía que fallaría, y no estaba para pasar vergüenza tan temprano.
— Eres un príncipe ahora, Karma, acéptalo —.
El castillo en el centro del imperio se mostraba imponente. Hecho de cristal, reflectando los colores del prisma con los rayos de sol que lo cubrían. Mostraban no sólo lo brillante de sus habitantes, sino la fortaleza de la luz ante las sombras que en algún momento quisieron quitarles. Las puertas del salón principal se abrieron sin ruido, los caballeros con trompetas decoradas con las banderas del imperio anunciaban la llegada del nuevo príncipe.
Y justo entonces, los murmullos cesaron.
Al frente del salón, se encontraban tres tronos. El principal, ocupado por el rey Koro, el gobernante del reino de Tokyo, de una crin blanca y una melena espesa de color azabache, en su flanco, una cutie mark de un reloj de arena, donde en vez de arena, había pétalos de cerezo. A la derecha, estaba la princesa Irina, la que guiaba al imperio de Kioto, de una crin beige y una melena de color dorado, con una cutie mark de una rosa negra, y en vez del tallo, había una llave. Y a su izquierda, estaba el príncipe Tadaomi, hermano menor del rey Koro, y segundo gobernante del reino de Tokyo, de crin blanca y melena negra, con una cutie mark de un escudo de acero con un grabado de alas de águila.
Con intriga, los seis ponys junto con el pequeño dragón entraron, caminando por la alfombra puesta con anticipación.
Cinco de ellos se detuvieron, y Karma fue el que siguió avanzando. Su mirada estaba en todos lados, pasando de los ventanales a los candelabros. No era su primera vez ahí, no sería la última, pero el nerviosismo que mal ocultaba lo hacía moverse, mantener su mente ocupada. Y por eso mismo, por accidente, chocó con uno de los caballeros que estaban en fila a un lado de la alfombra donde ahora caminaba.
Un caballero diferente al resto. Literalmente. De entre armaduras grises con tonos de un morado grisáceo, la de él brillaba con un tono dorado. Su melena de un color castaño, sus ojos de un color verde esmeralda, con una piel durazno pálido. Apenas asomándose la cutie mark de una pluma de escritura en color plateado.
— Uh —.
Karma retrocedió un paso, sus ojos brillaron con suavidad.
El caballero lo miró un momento, sonriendo apenas, sus ojos con un brillo amable, levantando uno de sus cascos mientras miraba al frente.
— Su alteza, el príncipe Akabane Karma —. Dijo, con una voz clara y fuerte.
La princesa Irina rió con suavidad, acercándose con pasos tranquilos hacía Karma una vez la formalidad se había acabado. — Karma, no te había visto desde la coronación, ¿cómo has estado? —.
Detrás de ella, Koro y Tadaomi se acercaron.
— Tenemos muchas cosas de que hablar, Karma-kun —. Koro sonrió. — Pero eso puede esperar hasta mañana. Deben de estar cansados luego del viaje. Mis caballeros les mostrarán sus habitaciones para que puedan comenzar a instalarse —.
Festejaron por la noticia, y muchos de ellos se dirigieron al pasillo, aquel extenso lugar que conectaba con diferentes habitaciones. Los caballeros fueron detrás de ellos. Mientras tanto, Karma se quedaba atrás con el rey Koro.
— Espero que todo salga bien —. Karma murmuró apenas, frotando su casco derecho contra el suelo.
El rey Koro sonrió, esa sonrisa que aparecía cuando alguien recordaba. Como su mentor, había visto de primera instancia todo aquello que Karma hacía cuando se encontraba en su punto más vulnerable, sin querer admitirlo ante nadie. Pero bajo la propia mentalidad de su estudiante: las acciones hablaban antes que las palabras.
— Lo hará, Karma-kun, no te preocupes por eso. Ahora, ¿qué tal si vamos con tus amigos? Les pedí a mis cocineros que prepararan el almuerzo —.
— Sí, está bien —. Aceptó al final, con una pequeña sonrisa.
La noche llegó cuando el último rayo de sol desapareció, poniendo fin al crepúsculo.
Karma, ya en su habitación, estaba desempacando su maleta con ayuda de Kunudon. Con su magia, sacó su corona, y aunque al principio se mostró indeciso, la colocó sobre su cabeza. Se acercó con vacilación al espejo que se encontraba en la habitación, mirando.
Su corona, hecha de oro puro, con tres picos, y en el centro se encontraba una gema roja, en forma de una estrella de seis picos.
Suspiró.
Kunudon dejó las cosas que tenía en sus manos, mirando a ver al alicornio que se debatía entre lo que fue, lo que era y lo que sería de ahora en adelante. — ¿Qué tienes, Karma? ¿Sigues preocupado? —m Cuestionó, acercándose en pequeños pasos, y colocando su mano sobre el costado de Karma.
— No lo sé, Kunudon —. Admitió luego de un momento de silencio. Su voz apenas un susurro. — Realmente estoy nervioso, ansioso, no lo sé realmente —. Su casco derecho, una vez más, comenzó a frotar el suelo con insistencia. — La princesa Irina recibió el imperio de Kioto para gobernarlo, ¿qué tal si ahora que soy príncipe, el Rey Koro espera que gobierne mi propio reino? —. Su voz se quebró al final, con inseguridad.
— ¿Te digo cómo sería? ¡Asombroso! —. Kunudon exclamó, levantando ambas patas delanteras.
Karma frunció apenas el ceño al escuchar sus palabras. No le causaban la gracia que esperaba. — No, no lo sería —. Respondió con brusquedad, alejándose de él. — No sólo porque tengo esta corona y estas tontas alas, significa que seré un buen líder —. Se sentó en la cama, apoyando sus cascos sobre el colchón.
— Vamos, Karma, serás un buen líder. ¡Literalmente peleaste con un demonio para tener esa corona y salvar Ponyville! No conozco a nadie más capaz que tú para guiar a las personas —. Kunudon se acercó con entusiasmo, agitando sus manos. — Has hecho bastante. Es ridículo que pienses que no mereces estar en donde estás ahora. No pienses en eso, ¿quieres? —.
— No puedo evitarlo, porque no me basta. Kunudon, he cometido bastantes errores en mi vida. Hasta hace unos años todos los ponys del reino de Tokyo me odiaban —. Karma llevó su casco a su rostro. — Quizás ahora ya no lo hacen, pero eso no cambiará la reputación que me gané —.
— Que te ganaste, y cambiaste. Ya no eres ese potro que se metía en peleas y molestaba a todos. Has cambiado, Karma, y parece que eres el único que no lo nota —.
— Seré terrible gobernando —.
— Serás increíble, querrás decir —. Kunudon se sentó a su lado, dándole una palmada en el lomo. — La gente ya cree en ti, a pesar de los errores que cometiste en el pasado. Aprendiste de eso y encontraste un equilibrio. Pero calma, deberías descansar, ¿está bien? —.
Karma suspiró aunque no quiso, dejándose caer en la cama, tenía tantas cosas en la cabeza que pensar en dormir sería lo último que entraría por su mente. Kunudon sonrió, tomando la manta que estaba en la esquina, con la cual cubrió a Karma.
— Relájate, Karma. Te espera un gran día —.
Kunudon apagó las luces, la habitación quedó en penumbra. Se acercó a su cama, una pequeña donde dormía hecho bolita. Se enroscó en silencio, cerrando sus ojos para dormir, esperando que el alicornio que lo cuidaba hiciera lo mismo.
Hubo silencio por un momento, hasta que Karma se quejó. Kunudon abrió sus ojos, mirando a Karma, que en aquel momento se encontraba peleando con sus alas, como ya sucedía desde que las tenía.
— No… no me acomodo —. Karma se quejó con irritación, cambiando de posición una vez más, sin embargo, sus alas siempre encontraban la manera de joderlo cuando se desplegaron por completo, tirando la manta hacia un lado. Un gruñido escapó de su garganta. — ¡Sólo quiero estar cómodo! —. Con sus cascos atrajo sus alas para guardarlas nuevamente.
Karma se acostó otra vez, sólo para que sus alas nuevamente se abrieran y la manta saliera volando, cubriendo por completo a Kunudon, que estaba al lado.
Sería una noche larga.