Prueba
Mi nombre es Alex. Tengo veintiocho años y, trabajaba en una empresa de marketing que me tenía quemado vivo. Pero eso no es lo importante ahora.
Lo importante es ella. Valeria.
Nos conocimos hace casi diez años, en el colegio. Al principio éramos del mismo grupo de amigos, grupos de estudio, caminatas hacia su casa, una que otra salida al cine. Con el tiempo, los demás se fueron dispersando y nosotros dos nos quedamos. Ella siempre fue la que escuchaba mis audios y leía mis mensajes de quejas del trabajo, la que me mandaba memes a las tres de la mañana cuando sabía que no podía dormir. Yo era el que estaba ahí cuando sus relaciones salían mal, el que la escuchaba luego de una ruptura y verla llorar hasta el amanecer. Nunca hubo nada físico entre nosotros. Solo confianza absoluta. De esa que no se juzga.
Por eso, cuando un día me llegó un mensaje suyo largo, casi un desahogo, no me sorprendió tanto el contenido como el hecho de que me lo contara a mí.
Me explicó que había dejado el trabajo por explotación, que llevaba meses sin encontrar nada decente, que su papá le mandaba dinero, pero ella odiaba sentirse como si mendigara. Y luego soltó la bomba: había abierto una cuenta en OnlyFans.
Los primeros videos eran suaves, me dijo. Fotos en lencería, algún juguete básico. Ganaba lo justo para sobrevivir, pero estaba agotada. La vergüenza, el cansancio de editar sola, las luces malas… todo.
Al final del mensaje escribió:
“¿Te animarías a ayudarme con las grabaciones? Sé un poco de cámaras y edición. Solo como amigo, obvio. Nada raro.”
Leí el mensaje tres veces. Me imaginé la escena y sentí una mezcla rara de preocupación y curiosidad. Pero era Valeria. Mi amiga de siempre. No podía dejarla sola en eso.
Le respondí que sí.
Quedamos en reglas claras desde el principio: solo yo grabando con el celular en modo POV. Mis manos podían aparecer para guiar ángulos o tocar suave (brazos, manos, nada más), pero ella se encargaba del resto. Y si alguno se sentía incómodo, parábamos sin preguntas.
Para empezar suave, decidimos aprovechar las fiestas navideñas. Ella compró un disfraz barato online: Mamá Noel versión sexy. Vestidito rojo corto con peluche blanco, gorrito, botas altas. Yo llegué a su departamento una tarde de diciembre, con el corazón latiéndome fuerte, sin saber muy bien qué esperar, todo esto era nuevo para mí, nunca lo había imaginado.
Cuando salió del cuarto ya disfrazada, me quedé sin aire un segundo. El vestido le quedaba perfecto, corto lo justo, escote profundo. Llevaba el pelo suelto en ondas, labios rojos intensos, ojos maquillados más fuertes de lo normal. Me sonrió nerviosa.
Yo estaba sentado en la cama con el celular en la mano, las manos temblándome un poco, la cara que seguro estaba roja.
—Oye… respira, ¿ok? —me dijo bajito, tocándome apenas la rodilla—. Esto es solo una prueba. Si te sientes raro, paramos. Nadie más va a ver esto si no queremos.
Asentí rápido, pero no dije nada. Ella se sentó frente a mí en la cama, abrió un poco las piernas (vi las braguitas rojas a juego debajo del vestido) y miró directo al celular… o sea, a mí.
—Hola, mis amores… —empezó con esa voz dulce y ronca que ya usaba en sus videos—. Hoy Mamá Noel vino a portarse un poquito mal… porque se siente solita esta Navidad y necesita que alguien la ayude a calentarse…
Me hizo seña para que acercara el celular. Lo hice, temblando. Enfoqué su cara primero. Ella se mordió el labio, bajó despacio una mano por el cuello, por el escote, tocándose suave mientras hablaba bajito.
En un momento mi mano libre rozó sus dedos. Electricidad. Los dos respirábamos más rápido. Ella siguió: bajó un poco el vestido, mostró más piel, se tocó despacio, hablando como si fuera para un amante invisible… pero a veces sentía que, me hablaba solo a mí.
De repente rompió el personaje un segundo, me miró de verdad y susurró:
—Gracias por ayudarme con esto… De verdad.
Sonreí por primera vez esa tarde. Ahí los dos nos relajamos un poco.
El ensayo siguió. Natural, caliente, con esa tensión que ninguno esperaba. Cuando apagamos la grabación, ella se tapó con la sábana y nos quedamos en silencio un rato. Los dos agitados.
—¿Estás bien? —me preguntó, acercándose.
Asentí, voz ronca.
—Sí… más que bien.
Se río nerviosa, me abrazó fuerte y me dijo al oído:
—Gracias por tu apoyo.
Y en ese abrazo supe que algo había cambiado.
Lo que ninguno imaginaba era hasta dónde nos llevaría todo esto.