La Mancha
LA MANCHA
Al editor no le gustó la palabra. No había avanzado más allá de las primeras líneas, y tenía muy presente que aún le quedaban demasiados textos por corregir como para detenerse en esa inocente falla de principiante. Pero, con tantos principiantes y tanta inocencia estorbando en el mundo, esa palabra fue la gota que rebalsó la represa.
La palabra no solo no le gustó en lo absoluto, sino que, de hecho, la detestó con rabia. Pero no la rabia temperamental y acalorada típica de los humanos naturalmente racionales, sino la rabia ciega y bruta que padecen las bestias instintivamente feroces.
—¿Por qué ahora insisten tanto con esto? —se preguntó—. ¿Por qué confunden una cosa con la otra? ¡Inútiles! —gritó, golpeando el escritorio—. ¿Por qué creen, con tanta convicción, que sustituir una palabra —que ya es entendible y mundana— por otra con exceso de consonantes enfiladas de una forma torpe e inoportuna que dificulta su pronunciación, es inherente a la inteligencia y la innovación? ¡Eso no es genialidad!
Aún sin poder calmarse, el editor continuó dándole vueltas al asunto. No sabía con certeza que significaba aquel término, y con firmeza se negó a saberlo. Había un viejo y gastado diccionario a centímetros de su mano izquierda y tenía un link de Google anclado a la barra de marcadores; sin embargo, se rehusó con orgullo a consultar su significado. De ninguna manera le permitiría a tan aberrante vocablo formar parte de su exquisito léxico.
Indignado a más no poder, volvió a posar sus ojos en la palabra: aún le parecía horrenda; un manchón obsceno sobre la hoja.
—Es un despropósito —le recriminó a la nada—. Si escribir en estos días significa atiborrar papeles —por los que aceptamos sacrificar bosques enteros— con palabras sinonímicas, fabricadas accidentalmente por consecuencia de la ignorancia moderna y el desapego a las reglas de la buena literatura establecidas por tiempos más sabios, neologismos tan absurdos y desagradables con los que la propia Academia —caprichosa y blasfema— infecta las sagradas páginas de los nuevos diccionarios… entonces es mi deber despertar a los dormidos gritando que… ¡la literatura actual debe ser abandonada para su muerte!
El editor miró, remiró, y no pudo dejar de mirar la mancha: «esto no puede ser aceptado como una Palabra», pensó. Y sin reflexionar demasiado al respecto, fácilmente se convenció de mucho más.
—Todo lo bueno ya fue escrito. —Recorría de un punto a otro su estudio—. No había nada más que decir después de la biblia y los griegos. Debimos extinguirnos luego de Shakespeare, o al menos detenernos después de Cervantes. Tendríamos que haber quemado libretas y plumas en un funeral vikingo, en honor al deceso de Borges. ¿Por qué no nos deshicimos de nuestras ínfulas y de aquellas ideas pretensiosas cuando llegaron los dosmiles?
»Ni una palabra más —sentenció—. ¡Ni una maldita palabra más!
El editor volvió a sentarse y se echó hacia atrás; el respaldo de su asiento era capaz de reclinarse en un ángulo de ciento diez grados. Cerró los ojos para calmarse en la oscuridad, pues no quería que su corazón latiera de esa forma tan salvaje. No obstante, la mancha brilló radiante a lo largo y ancho del interior de sus párpados. En ese momento supo que la mancha se tornaría un tumor; se conocía bien y sabía que, por la forma en que su cerebro funcionaba, sería un tumor difícil de extirpar.
Sin más remedio, abandonó el manuscrito y se alejó del escritorio. Ya no podía concentrarse. No podía continuar corrigiendo aquel texto. Entonces decidió que lo devolvería tal como estaba y pediría las disculpas correspondientes a la editorial.
Ansioso, miró el reloj en su muñeca: faltaban casi ocho horas para que hubiera aunque sea un alma que lo atendiera en el edificio.
Intentó entretenerse revisando el resto de los textos; necesitaba distraerse enfocándose en otra cosa, y no valía recaer en las bacanales ingestas de uñas y piel muerta: actividad exclusiva de una época ya superada.
Tomo un nuevo lápiz y se dispuso a leer las primeras líneas del nuevo texto. Pero al instante —y sin que esto le sorprendiera— notó que la mancha había contaminado cada párrafo. La hoja ahora parecía extraída de un expediente prohibido, perteneciente a un archivo secreto del gobierno. Entonces, el editor pensó en Mozart: esto siempre despejaba su mente, y creyó que también despejaría la molesta mancha que siniestra corrompía el texto. Pero la mancha no desparasitó ni ese ni ninguno de los otros trabajos que la editorial le había encargado. Por alguna razón, esta vez no habían bastado las rimbombantes obras del magnánimo compositor y su espectacular orquesta.
Furioso, acalló el avance de las notas de réquiem. Luego corrió hasta la biblioteca para intentar una última cosa: exorcizarse mediante las sabias palabras del Patronio de Don Juan Manuel. Horrorosa fue la expresión en su rostro al descubrir que Patronio y Lucanor no hacían más que repetir, re repetir, y seguir repitiendo esa mancha en todos sus diálogos, como si fuesen los vocalistas de alguna de las bandas de rock alternativo del momento.
Invadido por la frustración, tomó los textos y lo introdujo en su maleta. Conduciría de inmediato hasta la editorial para devolver los trabajos y, por la mañana, pediría que le otorguen algunos días de reposo; por el bienestar de su salud mental, los necesitaba con urgencia. Sin embargo, en el camino, y de forma involuntaria, volvió a preguntarse lo ya mencionado: el porqué de la mancha.
Con esa duda trastornando su mente, el editor llegó a la editorial, pero no se limitó únicamente a devolver los manuscritos; con sagacidad, se escabulló hasta una de las computadoras y, revisando los archivos, dio con los datos personales del autor responsable por la maldita mancha.
Una vez que se hizo con la dirección del escritor, no se lo pensó dos veces —solo lo pensó miles— y se presentó en la casa de este para increparlo con aquella pregunta.
La nieve de aquel invierno no caía tan rápido como el estado mental del editor.
El autor, Llado Vidal, le abrió la puerta y le ofreció entrar para refugiarse del frío. El editor aceptó. No obstante, no era el frío lo que le afectaba: era la mancha.
Entonces, con los nervios a flor de piel, le entregó al autor el texto titulado “Irracional” y lo cuestionó al respecto de la mancha.
El autor tomó la hoja donde se encontraba la mancha, la analizó con cuidado y se quedó observándola con desazón.
«La madera en la chimenea no arderá tan rápido como la carrera de este escritorsucho», pensó el editor, mientras observaba al autor contemplando el desastre que había causado y antes de disociar y sumirse en más ideas intrusivas: «Esto es la bomba atómica. Esto es la maldita bomba atómica, y aquí muere lo poco que quedaba del maravilloso arte que supo ser la literatura. Ahora todos, por fin, sabrán que siempre tuve la razón. Pues esto es el apocalipsis. Esto es la prueba de que ya no se debe escribir nada más ya nunca jamás. Ni una palabra más».
De pronto, el autor escupió una carcajada.
—Es que mi nuevo asistente es joven e inexperto —dijo mientras señalaba la mancha—. Ha sido un descuido suyo al trascribir mi manuscrito.
El autor tomo un lápiz, tachó la mancha y escribió arriba de esta la palabra correcta.
Atónito, el editor tomó la hoja corregida y le echó un vistazo: la mancha se había vuelto una palabra común; tan común como el acto de cometer una errata a la hora de tipear un texto en el ordenador.
Sin embargo, lo que no se había vuelto común era el texto. Luego de leer la primera hoja, el editor no pudo detenerse hasta terminar el recopilatorio por completo; la lectura le resultó sublime. No había leído nada tan majestuoso desde su relectura del libro del buen amor dos noches atrás.
El autor notó que su invitado había entrado en una especie de trance, por lo que se acercó, preocupado, y le preguntó si se encontraba bien.
—Esto no es el apocalipsis —balbuceó, mientras las hojas empezaban a temblar en sus manos—. Esto es el renacer de la buena literatura.
»Cualquier editorial que vea esto sabrá que es el comienzo de una nueva época dorada para el arte de la escritura. —Ahora murmuraba—. Cualquier editorial que vea esto sabrá que yo estaba equivocado. Esto les dará esperanzas, intentaran encontrar a más como él y continuaran ignorándome. Esto significa más palabras, más malditas palabras y… más malditas manchas.
El autor observó que la llama en la chimenea disminuía y pensó en agregar otro trozo de madera.
—Escuche, ¿necesita algo? —preguntó.
Y en aquel momento cruzó por su mente la idea de alimentar al fuego con su lápiz.
—“Todo ya fue escrito”, eso dije —susurro el editor—. “No hay más que decir”, eso les dije a todos.
»Debimos extinguirnos, detenernos. Yo… yo tengo la razón. ¡Debimos quemarlo todo! ¡Libretas! ¡Plumas! ¡Lápices!
El autor lo miró con desconcierto y pensó en volver a preguntarle si se encontraba bien. Sin embargo, el fuego disminuía y había que alimentarlo. Observo su lápiz una vez más y, decidido, caminó en dirección a la chimenea.
De repente, las manos del editor dejaron de temblar, y una de ellas se extendió en dirección al autor.
—Necesitó hacer una pequeña corrección —dijo finalmente.
Intrigado, el autor le entregó el lápiz y se asomó al manuscrito para ver qué era lo que necesitaba corrección. Entonces, y sin reflexionar demasiado al respecto, el editor apretó con fuerza el afilado instrumento y le atravesó tanto el ojo izquierdo como la parte frontal del cerebro.
«Tantos han quedado contentos cuando corrijo la historia de cuentos y novelas», pensó. «¿Por qué no habrían de contentarse si corrijo la historia de la humanidad misma?».
El autor cayó de espaldas junto a la chimenea y su fulgor menguante.
—No puedo permitir que las editoriales lean esto —masculló, mientras lanzaba las hojas al interior de la chimenea.
El autor ahora se retorcía en el suelo. El editor se subió sobre él y comenzó a estrangularlo.
—Yo tengo la razón, no este inútil —se dijo con tono relajado.
El autor dejó de retorcerse.
—No más malditas palabras —suspiró—. No más malditas manchas.