PRAEX
Capítulo 1: Praex
Cuando Rohan disparó su rifle y vio a aquellas esferas con púas acercarse, no dudó en saltar del barranco.
El sonido de las explosiones llenó el cielo. El humo perdió fuerza en su descenso. Rohan, con el sudor en la frente, se deslizó por la tierra. Su brazo derecho manchó de sangre el uniforme.
Al tocar el suelo, un leve movimiento de su mano casi le arranca un grito de dolor, pero se forzó a sí mismo a quedarse de pie.
Las púas recorrieron la tierra como gusanos. El eco resonó en la cueva, cada vez más cerca de su oído.
Apoyó una rodilla al suelo. Ubicó su arma invertida contra la parte posterior de su pierna, justo debajo de su muslo. Sacó el cargador con su brazo derecho y lo colocó a ciegas.Golpeó el lateral del arma contra su rodilla hasta que el cerrojo se liberó.
Una púa se clavó en la pared, justo al lado de su cabeza.
Ignoró el dolor de su hombro. Su vista se nubló. Alojó el cargador en su lugar.
Se dejó caer contra la pared y levantó el arma. Apuntó directo hacia donde vino la púa.
El tiempo se detuvo. Su respiración se cortó.
No escuchó más que unas gotas de agua caer; alcanzó a ver, en las grietas por donde entró el sol, cómo aquellas esferas cambiaron de posición.
Sacó su cuchillo de su bolsillo. Su brazo tembló por más que intentara evitarlo. Usó un tronco como mira improvisada e hizo un hoyo más grande. La tierra cayó en su uniforme verde.
Se puso unos binoculares. Observó los distintos hoyos en la superficie. Uno nuevo era creado con cada bomba, sin embargo, luces azules empezaron a elevarse.
El campo de batalla estaba lleno de seres biomecánicos que avanzaron sin retraso. Al frente de sus filas, uno de ellos portó un casco mientras encabezaba a un todo un ejército.
Mierda…
Frunció el ceño, pero escuchó un zumbido en su comunicador que dijo:
—¡Rohan! Ya localizamos tu posición. ¿Qué está pasando ahí?
Colocó los binoculares a un lado. Su jadeo exhaló vaho blanco que se disipó en la tierra.
—Estoy en una cueva. Me rodean cientos de Praex. —Una explosión hizo retumbar el lugar, como si fuera un terremoto. —Aun así, hay algo peor, Erick.
Usó su brazo para sacar una venda de su bolsillo. La colocó en su boca para luego enrollarla con cuidado alrededor de su hombro.
—¿Qué es?
—Un comandante. —Escuchó un golpe hacia una superficie. Se detuvo un momento. —Parece dirigirse con un ejército hacia la muralla.
—¿Número aproximado?
—Diría que unos 300 o 500. —Guardó la venda junto a sus binoculares. Levantó su arma. El suelo volvió a tambalear. —Intentaré escapar, pero necesitaré fuego de cobertura.
—¿Está seguro de que no necesita que mandemos a la niña? —Su voz se distorsionó. Fue como escuchar el chirrido de un metal. —Tendremos dificultades para hacerlo por los árboles.
—No—dijo al instante—, Lyra no puede salir por ahora. Estaré en el punto de extracción, ¿me oíste?
Escuchó el crujir de unos dientes, luego una risa leve que lo contagió.
—Intenta no morir, teniente. Es una orden.
La comunicación se cortó. Rayos de sol se filtraron por los huecos. Avanzó con pasos cortos y miró cada esquina. El sonido de pisadas metálicas contra la tierra fue mayor que sus botas contra el lodo.
Agarró su mochila, y cayeron al suelo dos identificaciones manchadas de sangre seca.
Rohan se detuvo. Su cabeza bajó y sus pies se quedaron plantados. Se agachó y las tomó. Apretó las manos.
Aún no ha acabado… tengo que regresar con ella.
Se sujetó de las ramas hasta trepar por los montículos de tierra. Cuando salió, el cielo azul se cubrió de un gris espeso por la pólvora. Los árboles cayeron como piedras hacia el suelo.
Rohan miró a las esferas anteriores, en cambio estas no a él. Corrió en cuanto un árbol casi lo aplasta.El estruendo fue ensordecedor. Un ser biomecánico apareció frente a él.
Levantó con prisa su arma y lo dejó con agujeros en el abdomen. Dos enemigos más aparecieron a su derecha. Un árbol, en su lugar, los eliminó.
Saltó entre la vegetación al oír las hélices desgarrar el cielo.
Escuchó gruñidos metálicos que provenían de todas partes. Los árboles evitaron que fuera visto. Una bala perdida le rozó el brazo derecho.
Disparó a ciegas y el cargador se quedó vacío. Intentó levantar su brazo izquierdo, y el dolor punzante causó que lanzara su arma.
Su pecho subió y bajó. Su corazón latió con fuerza. Escaló por la tierra, no obstante, un Praex le tomó la pierna.
Le arrancó un grito de dolor cuando le mordió. Tomó el cuchillo de nuevo y lo lanzó hacia su rostro.
Logró soltarse, pero cayó hacia el suelo por el dolor.
Se apoyó contra un árbol y vio a lo lejos el ejército. Su respiración se agitó, sus ojos se abrieron.
Empezó a arrastrar el pie cuando vio que dejó atrás a los árboles. Vio al helicóptero y a Erick justo enfrente, quien disparó desde una metralleta.
—¡Coronel! —gritó Rohan.
Detrás suyo, el ejército se extendió como a una colmena en busca de su presa. Era como ver una amalgama de luciérnagas azules.
Logró saltar con un pie y tomar la mano del sargento. Se colocó un cinturón de seguridad antes de empezar a subir.
—¡Esperen mi señal! —gritó Erick por el intercomunicador. Cientos de personas, armadas con arcos cargados de flechas brillantes, estaban en la cima de las murallas.
Cuando se alejaron, gritó:
—¡Fuego!
Las flechas volaron, erráticas, como fuegos artificiales con voluntad propia.
Rohan los observó desde arriba. Erick jaló el gatillo cuando se acercaron a las murallas.
Aun así, a lo lejos, detrás de un árbol al cual la luz no llegó, un Praex desprendió una luz tenue que apenas se pareció a un color azulado, y su figura completa estaba oculta junto a un casco cornudo.
¿Otro comandante?
Desapareció entre las sombras, como una alucinación, pero Rohan no pudo ver nada con el fragor y el humo. Erick lo notó. Su vista quedó puesta en su arma.
El helicóptero se alejó con calma del escenario. Las flechas siguieron volando contra el viento, y su sonido perdió fuerza con cada segundo.
Desde las alturas, una ciudad extensa apareció. La gente estaba reunida hasta la parte más alejada de aquellas murallas. Los soldados se quedaron abajo y esperaron a que el helicóptero descendiera.
Erick lo sostuvo del hombro para bajarlo. Ellos lo sostuvieron de las extremidades y lo acomodaron en una camilla. La sangre manchó su tela blanca.
—Regresaré—dijo Erick antes de montarse al helicóptero—. Procura que esas heridas no te maten.
Rohan asintió cuando las hélices volvieron a encenderse. El viento les sopló fuerte y pudo ver desde el otro lado las luces azules.
—¡A todas las unidades de lanzas, prepárense para atacar!
Un grito resonó al unísono. Las capas verdes de los soldados se iluminaron bajo la luz del sol. Los arqueros retrocedieron y los Praex avanzaron con velocidad.
El resto de los árboles cayeron cerca de las máquinas.
—¡A mi señal!
Las balas de la metralla rompieron un tronco cercano. Este liberó gasolina que los roció como lluvia. El pasto se llenó con rapidez de aquel líquido y las lanzas vibraron con el sol.
—¡Ya!
Las lanzas cayeron como gotas de agua. Todas se clavaron en el suelo y en partes de los biomecánicos. Se iluminaron al caer. Su resplandor cegador se asemejó al mismo sol, antes de que explotar e incendiar toda la gasolina.
Ardió como un camino de fuego que los empezó a carbonizar. La explosión dejó una gran marca de humo que se observó detrás de las murallas.
Rohan solo pudo verlo a través de la ventana.
Su propio grito de dolor lo hizo voltear la cabeza. La doctora le aplicó un gel que se movió por sus heridas en su hombro y pierna. Al cabo de un rato empezaron a sellarse.
—Tienes suerte de que tuviéramos de esto. —Suspiró. Dejó algunos nano purificadores manchados de su sangre en un lavamanos. —Al menos así previenes una infección.
Rohan sintió que sus manos pesaron menos. Su corazón latió con lentitud y suavidad. Intentó mover su cuello. Rechinó como si fuera una puerta sin aceite.
La doctora se acercó y se bajó la mascarilla. Su cabello castaño y revuelto bloqueó el sol de la ventana.
—Dime, ¿cuántos dedos miras aquí? —Levantó los cinco dedos de su mano derecha.
Rohan, con los ojos desenfocados, dudó. Su nariz le dijo que estaba respirando más humo que oxígeno, y al concentrar su vista, contestó:
—Cinco.
—Bien. —Sacó una pequeña libreta junto a un lapicero.
Rohan levantó la vista solo un poco, y le bastó para observar algo que decía:
“El NeuroEstat funciona. Shock evitado”.
Luego dejó caer su cabeza contra la almohada. Su mente, antes sumida en el estrés y los chichones, creyó que la suavidad de la almohada era una nube.
—Doctora… ¿está segura de que no estoy muerto?
Ella se detuvo cuando se lavó las manos. Se las secó con rapidez y frunció el ceño. Luego pensó:
Este tipo… será mejor que lo anote antes de que siga alucinando.
Agarró de nuevo su libreta; a través de la ventana, pudo ver a lo lejos a los soldados de antes.
Tenían la ropa rasgada y llena de tierra, y ante sus ojos, juró que, por primera vez, no hacía falta ninguno.
Cuando se dio la vuelta, un rugido metálico se escuchó por el pasillo. Ambos se quedaron quietos.
Un temblor, apenas con fuerza, le hizo abrir bien los ojos. Pensó que era un animal. Y, cuando la puerta se abrió con violencia, una niña saltó.
—¡Rohan! —gritó la niña. Él alcanzó a verla y sintió que su corazón se aceleró.
—¡Lyra! ¡Espera!
Ella cayó encima de él. Su peso, al caer con fuerza, hizo que incluso la cama crujiera cuando cayó en su pecho.
La doctora sintió que su sudor se volvió frío. Corrió en seguida hacia Rohan y le levantó la camisa. Lyra casi se cae.
Lo escaneó en busca de heridas abiertas. Cuando no encontró ninguna, lo soltó y se dejó caer hacia el sofá.
Lyra se levantó y abrazó con más fuerza a Rohan, casi aplastándolo.
A pesar del dolor, ese abrazo fue lo único que le recordó que su cuerpo no estaba vacío.
—Tu amigo me dijo que fuiste a pelear. ¿Por qué no me dejaste ir? —Su postura en cuatro patas se asemejó a un pequeño perro. Desde su nariz, logró oler la poca sangre seca que quedó sobre su abdomen. —¡Además, estás todo lastimado!
Rohan tragó saliva. Sus manos temblaron y apretó los puños sin darse cuenta.
—Ya habíamos hablado de esto. Aún no es tiempo para que pelees…
—¡Pero los idiotas azules estaban allá afuera!
Rohan sintió que su corazón saltó. No por todo lo que dijo, sino por una simple palabra: idiota.
—¿“Idiotas azules”?
Sus pupilas se dilataron. Miró hacia la puerta.
Erick, quien se quedó parado a escucharlo todo, sintió un nudo en su estómago. Caminó de puntillas, como si él no hubiera estado ahí. Rohan gritó:
—¡Ya te vi, Erick! ¡¿Qué te dije sobre no decir esas palabras al lado de Lyra?!
Erick se detuvo en seco. Su sudor descendió como cascadas por su frente y apenas asomó su cabeza por la puerta.
—¡No es mi culpa! Ya sabes lo que digo cuando aparecen…
Con un crujido de dientes, Rohan agarró una cuchara y la lanzó justo en la cabeza de Erick. El golpe le hizo caerse de rodillas.
—¡Ay!
Su pequeño grito de dolor, lo que acompañó de poner su mano en donde le salió una ampolla, hizo que Lyra se riera.
Pese a que corazón le gritó que era mejor lanzarle un tenedor, el estar peleando, no contra los seres biomecánicos, sino por una simple palabra, le dio una calidez extraña a su pecho.
No pudo evitar sonreír mientras dijo:
—A la próxima ya no confío entonces.
La doctora, quien se cubrió el rostro y oídos con un trapo húmedo, no pudo evitar sentir que más de un paso se acercó a la habitación. Erick también lo notó, y se arrastró por el suelo hasta salirse de la puerta.
—¿Podemos pasar? —dijo una voz de un señor.
En la puerta, un señor, un niño y una mujer estaban afuera. Rohan bajó su brazo, luego se acomodó un poco en la cama para subir la vista.
—Está bien. Pasen —Las tres personas entraron con pequeñas sonrisas antes de cerrar la puerta. —Ustedes son de la pequeña comunidad de al lado, ¿verdad?
Todos asintieron. El niño colocó un lirio en un estante. El señor, no más de cincuenta años, dio un paso hacia adelante. Sujetó la mano de Rohan con suavidad.
—Escuchamos que estabas batallando y que casi mueres. —Él puso una pequeña sonrisa. El niño apoyó su cabeza contra el hombro de Rohan.
La mujer tenía la cabeza gacha. Dio un pequeño suspiro y se sentó en la silla al lado de Rohan:
—Nos preocupamos tanto que venimos aquí para ver si estabas bien.
El corazón de Rohan se hizo pequeño. Una pequeña sonrisa tambaleante apareció en sus labios ante los ojos de los demás. Su boca se movió, pero la mujer volvió a hablar:
—Así que, tenemos algunos mensajes que te quieren dar todos los de la comunidad.
—¿T-Todos?
Asintieron al mismo tiempo. Cuando él giró a ver a su alrededor, ni Lyra quedó. Por un segundo, casi juró haber muerto una segunda vez.
Y así, volteó hacia lo demás y dio un ligero suspiro y una sonrisa.
—Está bien… al menos ustedes sí se quedarán.
♠
La tarde cayó sin que nadie la notara.
Las risas se apagaron y solo quedó el murmullo de los autos lejanos.
La habitación de Rohan se llenó de diversas flores. Cada una estaba nombrada y puesta en su cama, silla y estante.
En un silencio que flotó entre las paredes, Rohan, aún acostado, observó el techo como si esperara que este le diera alguna respuesta.
Si tan solo hubiera más flores que muertos en batalla…
Su boca era un desierto. De tanto que tuvo que sonreír, ahora no podía ni siquiera mover con comodidad los labios.
Alcanzó un vaso de agua en el estante; la puerta se abrió con suavidad. Rohan no se detuvo. Al ver a Erick entrar, frunció el ceño.
—Me abandonaste y todavía vienes aquí… —dijo al colocar el vaso de nuevo en su lugar.
Erick se sentó en el sofá, el mismo de la doctora. Trajo consigo un mapa y un plumón en su uniforme. Una sonrisa llameante se curvó en su rostro
—La verdad quería reírme de ti. Luego me di cuenta de la multitud afuera de la puerta. —Su sonrisa se apagó. El képi en su cabeza descendió hasta cubrirle los ojos. —Hay gente que realmente te quiere.
La figura de Erick se reflejó por el sol. Tenía los brazos cruzados y una sombra tras sus pupilas. Rohan no pudo hacer más que solo bajar la cabeza.
Con un suspiro, Erick elevó su képi y colocó el mapa en la cama.
—Como sea. Vine aquí para hablar sobre la misión que tuviste. ¿Qué pasó exactamente?
Rohan sintió que su pulso se aceleró. Tomó en mapa entre sus manos. Este tenía dibujado cuatro naciones de diferente color. Al norte con blanco, al oeste con anaranjada, al este con celeste y al sur, en donde estaban ellos, con verde.
Con su dedo, Rohan señaló un punto no muy lejos de las murallas. Estaba justo al lado de un barranco.
—Habíamos logrado localizar un campamento de rebeldes. Al llegar, ya estaba tomado por los Praex. Intentamos evadirlos, pero uno de los comandantes nos vio y perdimos a un soldado.
Apretó con fuerza las sábanas. En su mente, escuchó un grito gutural y el despellejo de carne por aquellas esferas con púas.
—Lo mismo nos pasó en otro punto. Justo al oeste del primero y luego un poco al norte. El resultado fue el mismo.
Erick marcó ese punto en el mapa. Su mirada no se apartó de Rohan; sus pulmones subieron y bajaron con tranquilidad.
—¿Solo esos tres puntos?
—No…—respondió al instante. Su respiración se aceleró—. En el segundo punto… había algo… moviéndose.
Su mente se quebró en trozos.
Una calle desierta.
Cables moviéndose como gusanos.
Un cuerpo vacío desplomándose sin ruido.
Después, nada. Solo un hueco.
Su mandíbula se tensó. Miró a Erick hacia los ojos.
—Me fui en cuanto pude. Ni siquiera me atreví a ver a los ojos a sus familiares…
Una de las flores, una pequeña rosa puesta al lado de su vaso con agua, había sido puesta por una señora que le había dicho:
—Si tú estás aquí, estaré entonces feliz por ver a mi hijo de nuevo.
Rohan había apretado los dientes y su sonrisa apenas se había sostenido. Ahora no podía voltear a ver hacia los numerosos ramos de flores.
Erick marcó con un circulo el segundo punto. Lo identificó bajo el nombre: “Distrito 2: zona de caza”. Ajustó un poco su uniforme antes de hablar:
—¿Crees que eso que viste sea… igual que Lyra?
—¡Ni siquiera los compares! —El mapa casi se cae cuando Rohan lo tomó con desesperación. Su sangre hirvió dentro de él a una velocidad creciente. —Esa… cosa no es igual a ella. Nunca lo será.
—Pero será mejor iniciar una operación en ese lugar. —Sostuvo a Rohan de sus dos hombros. Sus ojos se quedaron fijos uno al otro. —No olvides por qué está Lyra aquí, además de que esto nos puede ayudar a comprenderla mejor.
Los labios de Rohan se abrieron. Se tragó sus palabras. La oración de Erick fue una daga a su razón, una que tenía que aceptar.
—Hacerlo quizás nos beneficie, pero… —Tocó su propio pecho por unos momentos y su corazón palpitó en su mano. Dio un largo suspiro. —Si ella irá, no será sola.
Erick asintió. Se acomodó su képi antes de levantarse. Enrolló el mapa y lo mantuvo en su mano.
—Iré a ver qué puedo hacer. Hasta entonces, mantente al margen. —Apretó con fuerza el pecho de Rohan, justo en donde su medalla de teniente descansaba inmóvil, casi entrando en su corazón.
La puerta se cerró con un golpe lento. El viento regresó.
¿Por qué todo tiene que ver con ella?
Rohan se dejó caer hacia la almohada. La mano derecha de Rohan cayó al costado derecho de la cama. El ocaso, de color naranja y a punto de irse, reflejó en su dedo de en medio un anillo con una perla en medio.
Sus pupilas se dilataron. Sus ojos semiabiertos le hicieron suspirar.
Tú ya me habrías regañado…
Su voz mental quedó grabada en el viento. No se lo dijo a las nubes. Tampoco al cielo azul.
Sino a una figura lejana que quizás, en algún lugar, lo estaba observando.
Y con la brisa de la tarde llegando hacia su fin, justo al fondo, donde las murallas ya no pudieron ver, un ejército completo avanzó y aplastó el suelo tras de sí.
Sus luces azules se asemejaron a una amalgama de lámparas que apagaron todo a su alrededor.
Justo en medio, en donde el sol hizo su último adiós, una figura alta con un casco ondeado de color azul que no volteó a ver hacia atrás.