Las Dudas del Soldado
I
Alemania, 12 de Febrero, 2090.
Es poco más de medio día pero los escombros de la guerra impregnando la atmósfera han vuelto casi imposible distinguir los días de las noches, no hay aves o drones sobrevolando los cielos y en el ambiente reina el pánico que infunde la noticia sobre una peste fulminante.
Tanto es el pánico que las personas evitan salir a toda costa; incluso lanzan los desechos desde las ventanas de los rascacielos. Solo unos pocos valientes o, quienes no tienen más opción que trabajar haciendo entregas a domicilio, se mueven entre la mugre y el centelleo de las vallas holográficas de la ciudad que fallan a cada nada. Por ende, Jugar a atisbar entre la bruma a los taxis autónomos que parecen perdidos buscando pasajeros que no hallarán, se ha vuelto entretenimiento para quienes miran la ciudad desde detrás del cristal que cubre sus ventanas.
—«¡Qué alegría!, estamos a tan solo tres horas de trasmitir en vivo la purga de los actos macabros del Doctor: Christopher Hillakoff». —se oye en los noticieros. Los cuales, con estas palabras palabras rebozadas de sensacionalismo, edulcoran el extenso reportaje que emiten sobre la vida, obras y próxima muerte del hombre acusado de crear la peste.
Sin embargo, el acusado se encuentra tan sereno como quien no siente ni padece pese a estar atado cual bestia en un calabozo a cientos de metro bajo la superficie. Este yace tendido en el suelo mientras observa con descarada intención al Militar de alto rango a cargo de su custodia; repara cada una de sus medallas, el color de su uniforme, su temple, su estatura y hasta el sonido de su respiración.
En cambio, el militar marcha frente a la celda con pasos que denotan cansancio. Este empuña detrás de su rígida espalda sus manos abrigadas por guantes oscuros y mantiene el mentón en alza pretendiendo verse firme.
—«Tic-tac, tic-tac, tic-tac»... —suena un antiguo reloj que parece puesto al final del vasto pasillo para dar un aspecto más sombrío al lugar.
Y al mismo tiempo, el frio se hace más impertinente en tanto las ratas recorren el calabozo sin temer a la presencia humana.
—¿Disfruta ver cómo el agua destilada a través del techo rocoso extiende los charcos que sirven de espejo, Soldado? —elegantemente el hombre cautivo ha roto el silencio; un silencio sepulcral, que el soldado al no contestar, deja en claro que desea mantener.
—«Tic-tac, tic-tac, tic-tac»... —el reloj sigue siendo el protagonista—. «Tic-tac, tic-tac, tic-tac»...
—Ya, Soldado... No se fastidie más haciéndose preguntas que yo sin reparos puedo contestar. —el hombre cautivo insiste en quebrantar el silencio. —Siento que puedo oírlo preguntarse cómo alguien de mi estatus pudo hacer lo qué hice... —y adrede, hace sonar las cadenas que le atan—. ¡Oh, espere!... No me diga. —ah añadido como si el soldado estuviese desesperado por contestar y carraspea su garganta para suavizar el tono áspero de su voz—. ¡Ya sé!... Realmente lo que se pregunta es: ¿por qué alguien capaz de diseñar y ejecutar un acto tan vil, no obstante brillante, no pudo librarse de las consecuencias de su propio plan?—el cautivo suspira agotado y sonríe maliciosamente. —¿he atinado?
Cada palabra, frase, o pregunta emitida por el hombre cautivo parece rebuscada. Pero son certeras y las reboza un propósito que al parecer está por conseguir.
—Por favor contésteme, Soldado... ¿He atinado?
Y aunque el soldado es duro de roer y continúa sin contestar, siquiera la escasa y amarillenta iluminación le ha servido para ocultar el leve quiebre en la mesura que hasta poco antes proyectaba su rostro.
—¡¿Usted qué cree, Señor Hillakoff?! —Con firmeza y sin dejar de marchar el soldado finalmente ha contestado. —Su macabro acto es propio de un psicópata. Pero sé bien que usted no lo es. —su tono de voz es grave y sus respuestas concisas—. Y no es ello algo que me atreva a decir a la ligera: he estudiado minuciosamente los análisis que le fueron realizados.
El hombre cautivo cuya barba ha ocultado casi todos sus rasgos, celebra internamente por romper lo que parecía ser un eterno voto de silencio, y a la vez, por descubrir a través de la diplomática respuesta del soldado un nivel de humanidad atípico en militares con tantas medallas cual éste.
—Soldado, creame cuando le digo que no tengo reparo en responder a sus dudas. Lleva usted toda la guardia y las previas a esta, preguntándose lo mismo mientras pasea irritantemente de un lado a otro cómo si el demente aquí fuese usted.
—Y..., ¡¿por qué habría de decirme usted a mí lo qué no ha dicho ni bajo tortura?!
El soldado aún marcha con las manos detrás de su espalda, el mentón en alza y la mirada hacia los charcos que reflejan su estilizada silueta.
—¡Oh, amigo mío!... —Hillakoff, emite una lenta risotada interrumpida por una alarmante tos seca. Empero, no se desviá del objetivo. —Lo haría simplemente porque: ¡me agradas Soldado!
Pero el soldado está creyendo que el cautivo mofa porque sobre su cara se ha fijado un esbozo de sonrisa inquietante y en sus palabras imperan aires de premeditación y alevosía.
—«Tic-tac, tic-tac,tic-tac...» —ha vuelto el silencio por parte de ambos, el reloj continúa sonando y el ruido de las gotas al caer parece más fuerte. Pero, sorpresivamente, el soldado al fin se detiene. —«Tic-tac, tic-tac, tic-tac..., » —ajustando su boína el hombre de uniforme empieza a fijar la mirada en el aparato que da la hora, mientras parado de costado, casi dándole la espalda al hombre tras los barrotes, debate internamente si saciar sus inquietudes será visto como acto de debilidad.
—Soldado, pregúntese: ¿por qué habría de despreciar un privilegio por el que muchos de mis colegas han torturado a este enmugrecido hombre frente a mí? —el cautivo, simula ser la conciencia del soldado eligiendo sabiamente las palabras—. Éste hombre, me estaría confesando un secreto cuya búsqueda ha superado en importancia a la del eslabón perdido. — No obstante, el soldado ahora solo reniega ligeramente con la cabeza en respuesta a lo que escucha. —¡No lo piense tanto, Soldado!... Estamos a nada de que me lleve a ejecución. ¡Pero mírese!, se le ve perturbado... Puedo asegurarle que mientras aún debata con su conciencia lo mismo desde que me encuentro aquí, no proyectará la seguridad que esperan de usted. ¿Ha imaginado su expresión proyectada en alta definición al rededor del mundo mientras muero?...
—«Tic-tac, tic-tac, tic-tac...» —el reloj parece intensificar la premura que sienten ambos, como si le hiciera coro a las estrofas de Hillakoff; —«Tic-tac, tic-tac, tic-tac». —el cual, insiste en hacer que el soldado le escuche simulando ser la voz de su conciencia:
—¿Debería dejarlo ir?... ¡¿Será tan culpable cómo dicen?!... ¡¿Debería hacer esto, o aquello?!
—«Tic-tac, tic-tac, tic-tac»...
—Me queda poco tiempo, Soldado.
—«Tic-tac, tic-tac»...
—Bueno, Soldado, al menos me consuela saber que mi inocencia es lo que menos se cuestio...
—¡Cállese, Señor Hillakoff! —ha exigido sorpresivamente el Soldado, mostrando una firmeza en su semblante totalmente en desatino con el discreto tono de súplica en su voz. —Me hará creer que pactó con ese maldito reloj para atormentarme. —empieza a acercarse a los oxidados barrotes, y—: ¡¿juega usted, a ser alguna especie de adivino?!... Siempre he pensado que solo es un vengador incomprendido.
—Desafortunadam...
—¡Le he ordenado callar!... No he hecho tal pregunta con intensión de obtener respuesta. —instintivamente el Soldado rápidamente ha recobrado la altivez típica de alguien que ejerce su profesión. —¡En serio, ya pare o tendré que anticipar su muerte!
—¡Oh, no se apure! No noté que su pregunta era retórica. —el cautivo se ha excusado incapaz de dejar la ironía de lado—. Es que se me hace imposible no contestar a lo que me ha dicho.
—¡Bien!, ¡¿ahora qué dirá?!
—Pues entre tantas cosas, Soldado, que: la adivinanza no es un don sobre el cual yo pueda presumir. —el hombre cautivo nuevamente hala las cadenas, pero esta vez el juego le sale mal; ello le ha lastimado las llagas en sus brazos, y como consecuencia gime. Aun así, prosigue—: Pero..., con los años, he aprendido que somos más predecibles de lo imaginado. ¡No por nada ha sido ese el pan de cada día para los timadores!
—¡¿Ah, sí?! —el soldado ha aludido a la misma ironía.
—¡Claro! Pero..., ¡vamos, hombre! no me queda tanto tiempo cómo para debatir sobre eso. ¿Por qué mejor no entras a la celda? Tú rango te lo permite, y... ¡mírame!, estoy atado.
Finalmente, el soldado asiente aunque continúa considerando que sosegar su inquietud puede ser un acto suicida; no por nada, el cautivo es más temido por su intelecto, que por sus obras o aspecto.
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