Chapter 1

En casa olía a humedad y café recalentado baje de mi habitación y lo primero que vi fue a mi padre, sentado en la mesa, hojeaba un periódico viejo con gesto preocupado, mientras mi hermanita Lucía intentaba abrocharse la chaqueta del colegio.
—Lucía, date prisa, que llegamos tarde otra vez
Le dije, ajustándole la coleta.
—No encuentro los zapatos, Pili.
—Mira debajo de la cama, donde los dejas siempre
Respondí mientras que mi padre levantó la vista y me sonrió con cansancio.
—No la regañes, hija bastante hace con madrugar sin protestar.
Suspiré y me agaché para atarle los cordones.
—Es que no quiero que la profesora vuelva a decirle que llega tarde, papá.
—Ya… pero tampoco quiero que te agobies por todo
Dijo él, apoyando una mano sobre mi hombro.
— Ya sé que no es fácil.
No era fácil, no vivíamos con lo justo, y a veces ni eso pero Lucía merecía una oportunidad mejor, aunque yo tuviera que cargar con todo.
Salimos juntas a la calle, el barrio estaba despierto coches viejos, niños corriendo, olor a pan recién hecho y a humo. A mí siempre me gustó esa mezcla me recordaba que seguíamos vivos.
—¿Sabes qué quiero ser de mayor?
Me dijo Lucía de pronto, mientras saltaba por las baldosas rotas.
—¿Qué?
—Maestra Así puedo darles libros a los que no tienen.
—Pues empieza ayudándome llegando a clases a tiempo,profesora Lucia.
Dije riendo.
La dejé en el colegio y me despedí con un beso. Luego seguí hacia el mercado para comprar algo para el almuerzo.
Tenía la cabeza llena de cuentas de lo que debía, lo que faltaba, lo que no sabía cómo pagar y por eso no lo vi venir al principio.
Un coche negro, enorme y brillante, se detuvo a pocos metros de mí era raro ver algo así por el barrio. Del asiento trasero bajó una mujer alta, rubia, vestida con ropa cara. Llevaba un bolso pequeño y hablaba por teléfono, nerviosa. Me llamó la atención su forma de caminar como si no quisiera tocar el suelo.
En ese momento, dos chicos jóvenes que estaban sentados cerca se levantaron de golpe y corrieron hacia ella uno tiró de su bolso, el otro la empujó mientras la mujer gritaba.
Sin pensarlo, solté las bolsas y corrí.
—¡Eh! ¡Dejadla en paz!
Grité, agarrando a uno de los chavales del brazo.
El chico me empujó, pero le pegué una patada en la pierna y el bolso cayó al suelo mientas que el otro salió corriendo, y yo me quedé temblando, sujetando el bolso contra el pecho.
La mujer me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Estás bien?
Le pregunté, jadeando.
—Sí… sí, gracias. Madre mía
Respondió, llevándose una mano al pecho.
— Me has salvado.
Me dio las gracias varias veces mientras el chófer que había bajado del coche recogía las cosas que se habían caído y ella seguía mirándome, como si intentara descifrarme.
—¿Cómo te llamas?
Me preguntó al fin.
—Pilar... Pilar Gómez.
—Gracias, Pilar Gómez no todo el mundo se habría metido en medio.
Sonrió con elegancia, aunque todavía le temblaban las manos. Me ofreció un billete para agradecerme el favor, pero negué con la cabeza.
—No hace falta, señora. No quiero dinero.
—Entonces acépteme al menos una cosa
Dijo ella, con esa voz firme y suave al mismo tiempo.
— Que la próxima vez que venga al barrio, pueda invitarte a un café.
Acepte más por educación y cortesía, la señora volvió a su coche y el auto se fue mientras que yo volví a casa todavía con el corazón acelerado. No todos los días una chica como yo se enfrenta a dos ladrones en plena calle, y menos por una desconocida con coche caro.
El barrio seguía igual, con su ruido, su olor a pan y gasolina cuando abrí la puerta, mi padre estaba sentado junto al fregadero, lijando un trozo de madera.
—¿Dónde te habías metido, Pili?
Me preguntó, sin levantar la vista.
—Fui al mercado, y…
Hice una pausa.
—Paso algo raro, pa intentaron robarle a una señora pero la ayudé.
Le conté todo mientras dejaba las bolsas sobre la mesa el me escuchaba con el ceño fruncido.
—¿Te metiste en medio?
Preguntó, soltando la lija.
—No iba a quedarme mirando, papá.
—Ya, pero podían haberte hecho daño, hija
Dijo, suspirando.
— Tú no sabes con quién te metes.
—Estoy bien, de verdad solamente fue un susto.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
—¿Quién será ahora?
Murmuró mi padre.
Fui a abrir, y allí estaba Sofía, mi vecina y mejor amiga desde que éramos niñas. Llevaba una bandeja envuelta en un paño.
—¡Buenos días, Pili!
Saludó con una sonrisa.
—Mi madre acaba de sacar pan del horno, y me dijo que trajera un poco para ustedes.
—Ay, Sofi, no hacía falta.
Le di un abrazo.
— Pero huele… madre mía, qué bien huele.
—Ya sabes que a mi madre le gusta repartir lo que sobra
Dijo riendo.
— Y además, tu hermana le cae demasiado bien.
—Lucía se va a poner feliz
Respondí.
—Pasa, anda.
Nos sentamos los tres a la mesa Sofía se quedó un rato charlando, contando las últimas noticias del barrio que habían abierto una frutería nueva, que el hijo de la señora del estanco se había ido a trabajar a Valencia, y que el autobús de las ocho ahora pasaba quince minutos más tarde lo de siempre, pero a mí me gustaba escucharla.
Después de desayunar, Sofía se fue y yo me puse a cocinar el almuerzo arroz con verduras y un poco de pollo el calor en la cocina era insoportable, así que cuando terminé, dejé que se enfriara un poco antes de servir.
—Voy a salir un momento
Le dije a mi padre.
—En el colegio de Lucía pidieron unos materiales nuevos, y tengo que ir a comprarlos a la librería.
—¿Tienes dinero para eso?
—Sí, me sobró algo del mercado.
Mentí un poco, pero no quería que se preocupara.
Salí con una libreta en la mano donde había anotado la lista cuadernos, lápices, una regla, y papel de colores.
La librería estaba en la esquina y detrás del mostrador estaba la madre de Andy un chico de mi edad que había estudiado conmigo y que ahora ayudaba en el negocio familiar.
—¡Pilar, cariño!
Exclamó la mujer al verme entrar.
— Cuánto tiempo sin verte por aquí.
—Buenos días, señora Rosa
Saludé con una sonrisa.
—Vengo a comprar unas cosas para el colegio de mi hermana.
Ella asintió y se giró para sacar cosas de los estantes.
—¿Cómo está tu padre? Hace mucho que no lo veo por el taller.
—Ahí va tirando
Respondí.
—Anda un poco preocupado porque no hay mucho trabajo, pero bueno… se las apaña.
Rosa me miró con cierta ternura.
—Tu padre es un hombre bueno. Y tú… tú te pareces a tu madre, ¿sabes? Siempre con una sonrisa aunque el mundo se caiga.
Sentí un nudo en la garganta, pero disimulé.
—Gracias, señora. ¿Cuánto es todo?
—Para ti, cinco euros y te regalo el papel de colores.
Me guiñó un ojo.
—Dile a tu hermana que estudie mucho, ¿eh? Que tiene buena cabeza.
—Se lo diré, muchas gracias.
Después me fui directo a mi casa y cuando termine de almorzar, dejé los platos en remojo y me lavé las manos el calor seguía pegado a las paredes, y el sonido del ventilador era lo único que se movía en la casa.
—Voy a buscar a Lucía
Le dije a mi padre, que dormitaba en la silla.
—No tardes en comer, ¿vale?
—Ve tranquila, hija
Respondió con los ojos medio cerrados.
— Y dile a tu hermana que no se entretenga jugando.
Salí a la calle el sol empezaba a bajar, pero todavía brillaba con esa luz dorada que hace parecer que todo arde caminé despacio, disfrutando del aire caliente, cuando escuché una voz a mis espaldas.
—¡Pilar!
Me giré y vi a Andy, con la mochila al hombro y una gorra torcida.
— Justo iba a escribirte.
—¿A mí?
Pregunté riendo.
— Si ni teléfono tengo.
—Bueno, entonces iba a mandarte una paloma mensajera
Bromeó él.
—¿Qué tal?
—Bien, dentro de lo que cabe. ¿Y tú?
—Camino al trabajo, ya sabes turno de tarde en el taller de motos
Dijo, haciendo una mueca.
—Olor a aceite y ruido de motores, mi ambiente natural.
Reí Andy siempre encontraba el modo de reírse de todo, incluso de su propia rutina.
Mientras hablábamos, Sofía apareció doblando la esquina, con una cesta llena de pan caliente.
—¡Eh, mirad quién está aquí!
Dijo Andy.
— La panadera más guapa del barrio.
—Cállate, tonto
Respondió Sofía riendo.
— Si lo dices cada vez que me ves.
—Porque es verdad
Replicó él, encogiéndose de hombros.
Los tres seguimos caminando juntos, charlando de tonterías y del calor que no daba tregua hasta que, sin querer, se me escapó hablar de lo que había pasado aquella mañana.
—Por cierto
Dije.
—Hoy me pasó algo rarísimo.
—¿Qué?
Preguntó Sofía, curiosa.
—Una señora rica, de las que no pisan este barrio ni por error, vino en un coche enorme y casi la asaltan.
—¿Cómo que casi?
Saltó Andy.
—¿Y tú qué hiciste?
—La ayudé. Los chicos intentaron quitarle el bolso y yo… no sé, reaccioné.
—¿Tú sola?
Preguntó Sofía, abriendo los ojos.
—Sí. Bueno, el chófer apareció después.
Andy soltó un silbido.
—Eso sí que no me lo pierdo ¿Y quién era esa señora?
—Ni idea. Solo sé que iba vestida como si saliera de una película.
—Capaz que era una de esas que vienen a ver si compran terrenos o algo
Dijo Sofía.
—A mi madre le contaron que unos empresarios andan buscando invertir por aquí.
—O capaz que era una política.
Añadió Andy, escéptico.
—Esas que vienen, se sacan una foto y desaparecen.
—No sé
Murmuré.
— Pero me miró raro como si… no sé, me estuviera estudiando.
—Bah
Respondió Sofía.
—Igual solo te estaba agradeciendo. A veces una mira así cuando no sabe cómo dar las gracias.
—Puede ser
Admití, aunque no me convencía del todo.
Caminamos juntos hasta la esquina de la plaza, donde el camino se dividía.
—Bueno, yo tiro por aquí
Dijo Andy, señalando la calle del taller
—Que el jefe me mata si llego tarde.
—Y yo al mercado
Añadió Sofía, levantando su cesta.
— A ver si vendo estos panes antes de que se enfríen.
Nos despedimos con abrazos rápidos y promesas de vernos el fin de semana.
Seguí mi camino hasta el colegio, con esa sensación de que, por más normal que pareciera todo, algo se estaba moviendo detrás de lo cotidiano.
Lucía me esperaba en la puerta, con su mochila y la sonrisa de siempre.
—¿Me trajiste los cuadernos?
Pregunto apenas me vio.
—Sí, señorita
Dije sacando la bolsa.
—Pero a cambio me tienes que prometer que vas a hacer todos los deberes.
—Trato hecho
Respondió riendo.
Le tomé la mano y emprendimos el camino de vuelta. El cielo se teñía de naranja, y por un momento todo parecía en calma.

Esta mañana empezaba con piano.
Mis dedos se deslizaban por las teclas, obedientes, mientras la profesora una mujer de acento francés y paciencia medida marcaba el compás con la mano.
—Más lento, Elisabeth
Decía.
— Deja que el sonido respire.
Asentí, aunque por dentro solo quería cerrar el piano y salir corriendo.
Me gusta la música, sí, pero no cuando se convierte en una obligación más en una lista interminable de “lo que debe hacer una hija Alvarado”.
La clase terminó puntual. Eran las diez y media y yo ya sentía el día encima.
Después venía equitación la única actividad que realmente me gusta, luego natación, francés, chino mandarín y ballet por la tarde.
Y entre todo eso, mis clases en la universidad una carrera que mamá escogió “porque tiene más futuro”.
Derecho.
Yo hubiera preferido Bellas Artes, pero en esta casa la palabra “preferir” no tiene mucho valor.
Subí las escaleras del ala este, todavía con el sonido del piano en la cabeza. El aire olía a flores y a desinfectante, y el eco de mis pasos era el único ruido que se escuchaba.
A veces el silencio de esta casa me asusta más que cualquier grito.
Ricardo, mi hermano mellizo, suele decir que tenemos suerte y tal vez tenga razón no nos falta nada. Pero lo que no falta también pesa.
Nos llevamos bien, siempre lo hemos hecho. Él es más tranquilo, más dulce, y aunque la gente nos compara porque es inevitable, entre nosotros nunca ha habido competencia.
A él le exigen ser el heredero perfecto a mí, la hija ejemplar cuando ninguno de los dos pidió ese papel.
—Elisabeth
Me llamó Ana, una de las empleadas, asomando la cabeza por la puerta.
— Tu madre te espera en el despacho. Y dice que también quiere ver a Ricardo.
—¿A los dos?
Pregunté, algo sorprendida.
—Sí, señora.
Suspiré. No era raro que mamá organizara reuniones “familiares” sin previo aviso, aunque casi nunca sabíamos para qué.
Me cambié los zapatos de montar por unos más formales y bajé las escaleras.
En el camino me crucé con Ricardo.
—¿Tú también estás convocado?
Le pregunté.
—Sí, parece que sí
Respondió, con una sonrisa resignada
—¿Alguna idea de qué quiere ahora?
—Ninguna. Pero cuando mamá dice “quiero hablar”, siempre termina siendo un discurso más que una conversación.
—Bueno, mientras no sea sobre otro compromiso benéfico.
Bromeó él.
—Aún no me recupero del último cóctel.
Reímos, aunque ambos sabíamos que detrás del humor había cansancio.
Entramos juntos al despacho y vi a mamá que estaba de pie junto al ventanal, con el teléfono en la mano y una expresión seria.
—Ah, ya están aquí
Dijo sin apartar la vista del móvil.
— Perfecto.
Nos sentamos frente a ella. El despacho, como siempre, olía a perfume caro y papel nuevo.
—No os quitaré mucho tiempo
Comenzó.
— Hoy tuve un encuentro bastante… inesperado.
Ricardo y yo nos miramos sin entender.
—¿Encuentro?
Preguntó él.
—Sí. Esta mañana fui al barrio de San Martín para supervisar un proyecto de beneficencia, y tuve un incidente. Intentaron robarme.
Se hizo un silencio breve, incómodo.
—¿Estás bien, mamá?
Pregunté.
—Perfectamente y todo gracias a una chica que intervino
Dijo con una sonrisa controlada.
— Se llama Pilar. Una joven muy peculiar.
¿Pilar?
—¿ Y la conocías?
Pregunto Riacrdo.
—No pero después de lo que hizo, me quedé observandola.
Mamá hizo una pausa, cruzando las manos sobre la mesa.
—Tiene una presencia poco común. Hay algo en su mirada, en su manera de comportarse. No sé explicarlo.
Yo no pude evitar sonreír con suavidad.
—Suena como si te hubiera caído bien.
—No se trata de caer bien, Elisabeth
Replicó, sin dureza, pero con firmeza.
—Se trata de oportunidad.
Ricardo arqueó una ceja.
—¿Oportunidad para qué?
—Para resolver un problema
Dijo ella, y en ese momento comprendí que ya lo había pensado todo.
—Veréis, llevamos meses intentando proyectar una imagen más… humana de esta familia, a la prensa le encanta hablar de mi fortuna, de nuestras propiedades, de nuestra influencia política. Pero no de lo que hacemos por los demás.
“Por los demás”.
Cada vez que mamá usaba esa expresión, algo dentro de mí se tensaba.
—He decidido
Continuó.
—Que voy a visitar a esa chica. Quiero conocer su historia, su familia y quizás ofrecerle algo que mejore su vida. Un gesto de agradecimiento, claro, pero también una forma de mostrar que los Alvarado no olvidan a quien les tiende la mano.
Ricardo apoyó los codos sobre las rodillas.
—¿Un gesto de agradecimiento… o un proyecto de beneficencia con cámaras incluidas?
Mamá lo miró con calma.
—Ambas cosas pueden coexistir. No veo el problema.
Yo, en cambio, lo veía.
Sabía reconocer ese tono en su voz el tono de cuando un “gesto” terminaba convirtiéndose en una decisión que afectaba más vidas de las que debía.
—¿Y qué piensas hacer exactamente?
Pregunté.
—Invitarla a casa
Dijo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo.
—Hablar con ella, entender quién es. Quizá incluso ofrecerle una beca, o un empleo. Aún no lo sé pero estoy segura de que tiene algo especial no es una chica cualquiera.
Ricardo la observó con una mezcla de sorpresa y duda.
—¿Invitar a una desconocida… aquí?
— No una desconocida
Corrigió mamá.
— Una joven valiente. Y eso, hijo, es algo que ya no se encuentra tan fácilmente.
Se hizo un silencio.
Podía escuchar el tictac del reloj de pared, el leve zumbido del aire acondicionado.
Mamá se recostó en la silla, satisfecha con su propio razonamiento.
—Quiero que cuando venga, ambos estéis presentes
Añadió.
—Quiero que vea lo que es una verdadera familia.
Ricardo sonrió, pero con cierta ironía.
—¿Una verdadera familia o una familia perfecta?
Ella lo miró de reojo.
—A veces, son la misma cosa.
Yo no dije nada.
Porque en el fondo sabía que, para mi madre, todo absolutamente todo era parte de un plan.
El olor a pasto húmedo y cuero era lo único que realmente me hacía sentir viva.
En el club ecuestre, todo parecía distinto el aire era más limpio, la gente hablaba menos y los caballos no juzgaban a nadie.
Mi yegua, Luna era blanca con una mancha negra en el lomo. Majestuosa, pero tranquila. Cada vez que la acariciaba, sentía que me entendía mejor que muchas personas.
—Buenos días, señorita Alvarado
Me saludó el instructor, don Jaime, con su tono amable de siempre.
—Buenos días, Jaime.
Le sonreí sinceramente, algo que no hacía tan a menudo últimamente.
Me coloqué el casco, subí al caballo y empecé a trotar por la pista. El viento me golpeaba el rostro y, por un momento, el mundo se redujo al sonido de los cascos contra la tierra.
Ahí arriba, no era la hija de nadie. Solo era yo.
—Siempre igual de elegante, Elisabeth
Dijo una voz a mis espaldas.
Giré un poco la cabeza y sonreí al reconocerla.
—Isa. Sabía que aparecerías.
Isabela Monforte. o simplemente Isa, era mi mejor amiga desde los quince. Hija de un empresario tan controlador como mi madre, siempre tenía el mismo brillo triste en los ojos que yo veía en los míos.
Ella montaba un caballo castaño y se acercó hasta quedar a mi lado.
—Llegas con cara de que tu madre te dio otro discurso
Dijo.
—Algo así
Respondí suspirando.
—Hoy conoció a una chica.
—¿Una chica? ¿De qué tipo?
—De las que no pertenecen a nuestro mundo, según ella. Pero esta vez parece… fascinada. Quiere traerla a casa.
Isa arqueó una ceja.
—Eso sí que es raro. Tu madre no se “fascina” fácilmente.
—Exacto. Dice que la chica le salvó de un robo.
—¿Y ya quiere meterla en la familia?
Preguntó Isa, riéndose.
—No cambia nunca.
—No. Solo quiere usarla para limpiar su imagen, como siempre
Dije con un toque de amargura.
Isa me miró de reojo.
—Tú sabes que lo hace porque no sabe amar de otra forma.
—Lo sé. Pero a veces me gustaría que al menos lo intentara
Murmuré.
Cabalgamos en silencio unos minutos. Solo se escuchaba el viento y el galope suave.
—¿Y tú cómo estás?
Pregunté finalmente.
Isa se encogió de hombros.
—Igual. Mi padre sigue insistiendo en que estudie Economía dice que la pintura no da dinero.
—¿Y tú?
—Yo solo quiero pintar, pero parece que eso no encaja con el apellido Monforte
Dijo con una sonrisa triste.
— Supongo que me entiendes.
—Demasiado
Respondí, bajando la mirada.
Nos detuvimos frente a la valla. El sol se filtraba entre los árboles, y por un instante me sentí en paz.
—¿Sabes, Isa? A veces pienso que nuestras vidas son como estos caballos. Bellos, fuertes… pero siempre con riendas.
Ella asintió.
—La diferencia es que ellos al menos saben cuándo los van a soltar.
Sonreí, aunque el comentario me dolió por lo cierto que era.
Cuando la clase terminó, dejamos los caballos con los mozos y nos sentamos en el césped. Isa sacó su botella de agua y me la ofreció.
—¿Y qué piensas hacer si tu madre trae a esa chica?
—Nada
Dije, encogiéndome de hombros.
— Sonará cruel, pero ya aprendí que oponerse a mamá solo la hace más determinada.
—Entonces supongo que solo queda mirar cómo entra la próxima pieza del tablero.
Comentó Isa con ironía.
—Supongo que sí.
Dije, aunque mi voz salió más débil de lo normal.
Isa me miró con el ceño fruncido.
Sentí un zumbido en los oídos y una presión en la cabeza. De pronto, algo caliente empezó a deslizarse por mi nariz.
Me llevé la mano… y vi la sangre.
—¡Elisabeth!
Exclamó Isa, alarmada.
—¡Te está sangrando!
Intenté reír, fingir calma.
—No es nada, solo… el calor
Murmuré, aunque el suelo parecía moverse un poco.
Isa me sujetó del brazo antes de que tropezara.
—Vamos al baño, venga no te hagas la valiente.
En el vestidor del club, el aire olía a cloro y perfume caro. Me senté frente al espejo mientras Isa buscaba pañuelos en su bolso.
Mi reflejo no mentía estaba demasiado pálida, con las mejillas hundidas y los ojos apagados.
—Esto no es normal, Eli
Dijo Isa, extendiéndome un pañuelo.
— No es la primera vez, ¿verdad?
Suspiré, presionando la servilleta contra la nariz.
—No la verdad me pasa seguido últimamente los mareos, el cansancio, sangrados… pero no digas nada, por favor mi mamá no puede saberlo.
—¿Y por qué no?
Preguntó Isa, molesta.
— ¿Qué tiene que ver tu madre con esto?
Me quedé en silencio.
Sabía perfectamente qué tenía que ver.
—Fui al médico hace unas semanas
Confesé al fin.
—Dijo que tengo anemia severa… por falta de hierro, por estrés, y…
Mi voz se quebró un poco.
— Por una alimentación insuficiente.
Isa me miró con tristeza.
—¿Insuficiente? Pero si en tu casa hay comida de sobra.
—Sí, pero no la como
Admití, bajando la mirada.
— Mamá me controla hasta eso. Dice que debo mantener una “figura impecable” para los eventos, para las fotos, para el apellido. Al principio era solo una dieta… luego simplemente dejé de tener hambre.
Isa se sentó a mi lado, en silencio.
—Eso no es una dieta, Eli
Dijo despacio.
—Eso es una jaula.
Asentí, sin fuerzas para negarlo.
Ella limpió con cuidado las manchas de mi piel.
—Tu cuerpo te está pidiendo que pares
Susurró.
—No puedo
Le respondí, apenas audible.
— En mi casa, parar es lo mismo que fallar.
Isa suspiró y me tomó la mano con fuerza.
—Entonces prométeme que al menos vas a luchar por ti, no por ella.
La miré por un momento aunque en realidad sabia que esa promesa sería muy difícil de cumplir.