¿QUIÉN VOLVIÓ LOCO AL MUNDO?
¿QUIÉN VOLVIÓ LOCO AL MUNDO?
Los relatos no se empiezan con sangría. Así me lo enseñaron. Pero este tipo empieza el texto de su nota suicida con un espacio vacío. Eso me enloquece. “Todo comenzó con un espacio vacío”, escribe. “Antes de la primera partícula del universo, no había nada”. Así el tipo intenta justificar su texto; irónico, ya que su texto no está justificado: está alineado a la izquierda, como si estuviese destinado a terminar igual que uno de esos infantiles fanfictions que no me causan más que náusea.
La sangría se usa recién en el segundo párrafo, pero el tipo quiere innovar: «Jamás quise ser ese tipo de escritor encorsetado», dice. El tipo no deja las excusas. «Las reglas están para romperse, y las reglas de la gramática no son la excepción». Sigue y sigue. Los huevos también están para romperse y, al parecer, para este tipo los míos no son la excepción.
Este tipo, Corr Cosette, es Argentino; más argentino que el mate -que, sin importar lo que la gente y la historia digan, fue inventado en estas tierras mágicas, pero ya ni su acento le queda, y se expresa con un neutro sin personalidad: «Jamás fui del tipo que gasta energía mental y tiempo de vida en agradar al lector quisquilloso que agita la cuna y llora por su madre cada vez que las comas como felino en celo abandonan el texto permitiendo que las oraciones se prolonguen y las palabras retocen con libertad cual ratones sin miedo». El tipo es tan orgulloso de “su estilo”, que, mientras corregía y releía lo escrito, se iba poniendo más y más azul; y si la frase le hubiese quedado más larga, el fanfarrón, habría estado dispuesto a morir asfixiado antes de acabarla.
“¿Quién volvió loco al mundo?”. Esa fue la gota que reventó el vaso; con esa pregunta tituló Corr Cosette uno de los relatos de su último recopilatorio. Yo no puedo hablar en nombre del mundo, pero a mí me volvió loco él.
¡Ay de usted si hubiese tenido que soportarlo en sus últimos momentos!
Estaba hecho todo un maniático: mientras retocaba una y otra vez los textos, no dejaba quieta la cabeza y no paraba de tirar ademanes al aire, como si cada adjetivo y metáfora de más se quedaran revoloteando a su alrededor igual que las moscas con la mierda el estiércol.
Para colmo, como si no hubiese ya bastante fantasía en lo que había escrito, el tipo se puso a venderle a la gente que sus relatos conformaban una obra disruptiva, una que buscaba demostrar que si se expone la realidad a la intemperie, uno descubrirá que su verdadero rostro es el de la irracional, imposible e infinita incertidumbre: «“¿Quién volvió loco al mundo?”, uno de los relatos, cuenta la historia de un pequeño pueblo llamado Giles, donde uno por uno sus habitantes van recobrando la cordura, entendiendo así que la humanidad lleva una eternidad viviendo en una clara contradicción entre lo que son y lo que hacen», dijo durante la entrevista el día que lo premiaron. «Además, los otros relatos condimentan el recopilatorio con situaciones y personajes complejos: personas que explotan en pedazos o que simplemente estallan en llamas; dioses tiranos, tontos o carentes de toda emoción; pesadillas, posesiones y seres de otras dimensiones», agregó con entusiasmo.
La entrevista entera aún se repite en mi cabeza, y cuanto más la recuerdo, más me cuesta entender que a este tipo le dieran el primer premio en su primer intento; mientras que a mí, que me esforcé día y noche por aprender a escribir bien, nunca me dieron nada; a mí, que me quemé las pestañas leyendo a los mejores, a los clásicos… ¡a los escritores de verdad! A mí me ignoraron siempre.
Pero a este tipo, que no hizo más que traficar con la misma droga mental con la que traficaban los narcos del pensamiento en la época de los griegos, con menos de 30.000 palabras, ya los tenía a todos aplaudiéndolo y ponderándolo como si fuese un espécimen extraordinario.
«¿Quién volvió loco al mundo?». Eso es lo que termine preguntándome yo.
¿Qué acaso no leímos ya, tantas otras veces, textos que, con un gran sustento en la hipocresía y la ignorancia, cargan contra las estructuras de las sociedades modernas, buscando, de alguna forma, enaguar esa plasta pegajosa que es la culpa moral generada en suma de las atrocidades que trazan toda la historia humana?
¿Tan fácil es marearlos con un par de vueltas retóricas y algunos juegos de palabras?
¿No tiene, este tipo, este tipo de conciencia hinchada a remordimientos impuestos por una cultura que arrastra modelos de la virtud como consecuencia de la moderación de facultades y la supresión de aspiraciones utópicas en favor de la dosificación justa y necesaria para poder encajar en un proceder existencial estándar que evite, en cantidades cada vez más significativas para la supervivencia de la especie, la animadversión del Otro? Quiero decir… ¡¿Somos todos boludos?! ¡¿Estamos todos locos?!
Ya estoy empezando a escribir otra vez como Corr Cosette. Me olvido de que soy Llado Vidal. Se me mezcla mi estilo con el de él y comienzo a pensar que quizá no soy más que otro de los habitantes de Giles.
Quizá soy solo otro de los personajes complejos de los que habló este tipo en sus últimos relatos: uno que de la nada entiende que lleva toda su vida en una realidad donde prima la cultura psicosocial del Hacer, el Hacer todo el tiempo y con tiempo limitado, supuestamente tan limitado que debemos apurarnos a Hacer; incluso a Hacer en contra de lo que en verdad queremos Hacer.
Una dinámica que carece de sentido, ya que su finalidad, para algunos será fútil por su condición de engañosa y efímera, y para otros será ilusoria por su construcción especulativa y largoplacista.
Sin embargo, dicha dinámica se sostiene por un sistema de recompensas que consiste en elogios, podios, premios, ascensos y un supuesto estatus de superioridad justificado por el enriquecimiento material y una mejoría en la calidad de vida; una vida tan llena de comodidades que permitirán que uno no tenga que Hacer ya nunca más, y pueda permanecer sin la necesidad de moverse de su casa, para por fin acceder a la posibilidad de trascender a ser solo un mueble más decorando el living.
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En este punto, el oficial que había encontrado el cadáver, junto con el recopilatorio y las notas suicidas de Corr Cosette y de Llado Vidal, quedó atónito por lo desencajado de la escena. No fue hasta que revisó el reverso de la nota de Vidal que descubrió que el texto continuaba, dándole a todo aquello algo más de sentido.
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Quisiera nunca haberme traicionado a mí mismo al confiar en Corr Cosette para ganar ese concurso. Quisiera nunca haber encontrado la combinación exacta de palabras que, cual maldición ordenada por algún dios griego o hechizo de bruja medieval, trastornaría la mente de los jurados al meterles en la cabeza a ese patético demonio llamado admiración, ese que se aferra al cerebro y permanece firme y resistente a cualquier lógica o discrepancia ajena que pueda llegar a oficiar de exorcista. Una combinación de palabras tan fuerte como aquella combinación con la que, desde que nací, este mundo me estuvo convenciendo de que estaba cuerdo; de que estábamos cuerdos.
Corr Cosette es un monstruo, uno que manipula una herramienta que nadie debería poseer. Ya no me quedan dudas, ni de eso, ni de que debe ser eliminado. Y siendo yo el culpable de su existencia, habiendo cometido el error de creer con inocencia que podría mantenerlo bajo control como un simple pseudónimo, sé que recae en mí la responsabilidad de detenerlo. También sé que no será fácil, Corr Cosette no se va a rendir sin dar batalla. Tendré que ser yo, quien por mano propia, lo arrastre directo al infierno.
Es debido a esto, que encontrará usted dos notas suicidas en el living de la casa, y, sin embargo, sin importar cuánto busque… solo un cuerpo en validación de ambas.