LOS AGUJEROS NEGROS
LOS AGUJEROS NEGROS
Cuando Karl descubrió que podía crear agujeros negros con solo un gesto de su mano, sintió la electricidad de estar presenciando algo casi mágico, algo que no comprendía completamente, pero que era claramente poderoso.
Todo comenzó de manera inocente, impulsado por las ganas del joven de experimentar algo nuevo. Estaba en su habitación, aburrido, mientras escuchaba a su madre encender la aspiradora en otro cuarto, cuando de repente pensó en cómo sería crear un agujero negro, uno pequeño, del tamaño de la boquilla de la aspiradora. Para su sorpresa, con solo desearlo, apareció uno en la palma de su mano.
Al principio, solo los creaba para jugar. Se limitaba a lanzar hacia ellos objetos pequeños: un lápiz, una bola de papel, una moneda. Los observaba desaparecer, absorbidos por una oscuridad abisal que parecía carecer de fondo. Era fascinante, como un truco de magia que solo él conocía. Se convirtió en su secreto, un pasatiempo al que recurría cada vez que el día se le antojaba lento y soso.
Pero pronto aquello le resultó insuficiente.
Una tarde decidió que quería agujeros negros más grandes. Ya no eran solo para lápices o monedas. Quería desafiar a sus agujeros a tragarse objetos de mayor tamaño, y lo primero que vio a su alcance fue el nuevo par de zapatillas que su padre le había regalado. No importó cuán caras fueran ni la calidad de los materiales que las componían: la oscuridad las desintegró sin ejercer el menor esfuerzo. Karl rió, divertido por lo absurdo de la situación, pero al mismo tiempo, destelló en su mente una chispa de preocupación. Karl pudo ver que sus acciones conllevaban un peligro potencial. Sin embargo, ese temor fue rápidamente eclipsado por el deseo de crear más agujeros y ver hasta dónde podía llevarlo.
Una semana después, un pájaro que se había posado en el alféizar de su ventana desapareció en un agujero del tamaño de una pelota de baloncesto. Karl sintió una punzada de culpa, pero el placer de ser quien alimentaba esa oscuridad devoradora superó cualquier remordimiento. Esa sensación de poder se había vuelto adictiva.
Después de eso, las cosas comenzaron a escalar a gran velocidad. Otra tarde, mientras estaba en el jardín, su perro, Claudius, corrió hacia él y, en un acto impulsivo, Karl creó otro agujero. Claudius fue engullido de un solo bocado. Karl se quedó paralizado mientras su corazón latía agresivamente en su pecho. Sabía que lo que había hecho no era correcto, pero el simple hecho de haber podido hacerlo lo cargaba de una energía exultante. No se sintió mal en ningún momento, pues le pareció que todo estaba justificado: «Claudius ya estaba muy viejo y nadie le prestaba atención», se dijo. «Mi acto fue más benévolo que dejarlo morir en soledad, enterrado bajo todos esos huesos inútiles y roídos que dejaba en el jardín cuando en ellos ya no quedaba nada».
Y la cosa no se detuvo ahí.
Los agujeros negros comenzaron a aparecer incluso cuando Karl no lo deseaba. Una mañana, la mucama de la casa se esfumó mientras limpiaba la sala de estar. Karl observó en silencio, horrorizado pero también excitado, mientras el agujero negro se la tragaba como si no fuese más que una mosca chupada por la turbina de un avión. El miedo y la fascinación se entrelazaban en su mente, y Karl comenzó a desear más y más de ambos.
Entonces, la situación se salió de control.
Los agujeros negros empezaron a tragarse cosas cada vez más grandes: el coche de su padre, un árbol del jardín, el poste de luz de la calle. La gente comenzó a notar que algo extraño estaba pasando. Vecinos desaparecían sin dejar rastro. Las noticias locales empezaron a reportar desapariciones misteriosas, pero nadie sospechaba de Karl, quien veía los reportajes completamente aterrado y, al mismo tiempo, eufórico.
Finalmente, el inevitable caos llegó, y llegó por la noche. Atrapado en las fauces de un profundo sueño, Karl creó por accidente un agujero negro tan amplio que comenzó a tragarse la casa entera. Las paredes se doblaron hacia adentro, como si fueran de papel, y los gritos de su familia resonaron con tormento hasta ser apagados por el incorruptible vacío. Karl despertó exaltado y se apresuró a cerrar el agujero, pero este no le obedeció. La casa fue devorada en un instante, seguida por la calle, los autos, los edificios cercanos.
Mientras la ciudad sucumbía ante el colosal agujero, Karl se dio cuenta de que había cruzado un punto sin retorno. Había dejado que su adicción lo consumiera por dentro, dejando solo oscuridad, y ahora todo lo que amaba, todo lo que conocía, estaba siendo devorado por esa misma oscuridad insaciable.
Al final, solo quedó él, de pie y cara a cara con aquel monstruo imparable de hambre infinita.
Luego de un par de días, o quizá semanas, Karl notó que el agujero negro comenzaba a cerrarse, probablemente por no tener más que tragar. Desesperado, y horrorizado ante la idea de quedar para siempre olvidado en el eterno vacío, Karl no lo pensó dos veces y se lanzó al interior de aquella bestia que él mismo había liberado en el mundo. Pero el agujero negro, terriblemente asqueado, lo escupió de regreso inmediatamente, como si no fuese más que uno de esos inútiles y roídos huesos que Claudius dejaba abandonados cuando en ellos… ya no quedaba nada.