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Eyes Without a Face || Sasunaru

Summary

『🌸』Tras la última batalla, cuando las máscaras caen y Naruto le llama "amigo", Sasuke descubre que esa palabra le sabe a derrota. Ya no hay odio ni venganza en su corazón, solo un vacío devastador. Herido, en paz pero hecho pedazos, se aferra al único lazo que aún le queda: Naruto. En su necesidad, Sasuke se confiesa, busca un espacio en su vida aunque sea a la fuerza, aunque sea una mentira. Naruto, compasivo y temeroso de sí mismo, lo acepta a medias, sin poder corresponderle. Entre silencios tensos y gestos desesperados, el vínculo del Equipo 7 se transforma: Sakura, testigo silenciosa, ve cómo la amistad se desfigura en obsesión y cómo Sasuke, incapaz de soltar, se aferra a lo único que cree que puede salvarlo... aunque lo destruya『🌸』 ────────────────────── ✦ │ │ • ✦ ─Contenido Homosexual. │ ✦ • Kyashidy©. ▪︎Esté fic es originalmente mio y sólo uso los personajes de Naruto sin fines de lucro, sólo buscó entretener a los demás con mis locas ideas▪︎

Genre
Erotica
Author
Mileəna
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

| 1

El viento susurraba entre las columnas rotas del Valle del Fin, testigos mudos de un combate que había trascendido lo físico para convertirse en un choque de ideologías, de almas.





La sangre de ambos jóvenes, Uchiha y Uzumaki, se mezclaba con el agua de lluvia estancada, un líquido escarlata y turbio que reflejaba la complejidad de lo que acababa de pasar. No había vencedores ni vencidos; solo un entendimiento agónico, comprado con dolor y la pérdida de partes de sí mismos. Yacían jadeantes, el susurro del río fluyendo siendo el único sonido aparte de su respiración entrecortada.



Fue en ese silencio cargado de agonía, de vulnerabilidad absoluta, donde Sasuke encontró la valentía que el odio nunca le había dado. Con el último resto de sus fuerzas, giró la cabeza hacia Naruto, su ojo único nublado por un dolor que no era físico.



—Naruto… —su voz era áspera, una caricia rota en el aire húmedo— Todo esto… este dolor, esta obsesión por alcanzarte, por destruirte… o por que tú me destruyeras… nunca fue solo odio.


Naruto, con el rostro magullado y el cuerpo exhausto, lo miró, su mirada azul aún despierta a pesar del agotamiento.


Sasuke inhaló profundamente, como si las palabras le quemaran por dentro. — Fue porque eres la única persona que ha logrado entrar, la única que se negó a abandonarme. Eres… el lazo más fuerte que tengo. El único que importa. Y no quiero… no puedo seguir fingiendo que es solo la rivalidad de un amigo. Es más. Es algo mucho más profundo.


La confesión flotó entre ellos, frágil y monumental. Era la verdad más pura y desnuda de Sasuke Uchiha, ofrecida en el altar de su casi destrucción mutua. Esperaba una explosión, una negación, tal vez incluso una reciprocidad igualmente desgarrada. Pero lo que obtuvo fue un silencio ponderado, y luego, una negación tranquila y devastadora.



Naruto cerró los ojos por un momento, como si buscara la fuerza en su interior. Cuando los abrió, no había ira ni disgusto, sino una resolución clara y triste.


—Te equivocas, Sasuke —dijo, su voz serena pero firme, cortando el aire como el filo de un kunai— No es así.


Sasuke sintió cómo el mundo, que ya se tambaleaba, se desmoronaba un poco más. —¿Qué? —logró articular, una sílaba cargada de incredulidad.


—Eres mi amigo. Mi compañero. El hermano que elegí. Eso es real —continuó Naruto, sus palabras medidas, cuidadosas, y por ello, mil veces más dolorosas— Pero no es… no fue por eso por lo que hice todo esto. Lo hice por la promesa que le hice a Sakura-chan. Lo hice porque te traería de vuelta, para ella.



Cada palabra era un clavo en el corazón ya destrozado de Sasuke. Naruto no desvió la mirada, soportando el peso de la devastación que veía crecer en el único ojo de su amigo.


—Ella… ella te ama, Sasuke. Con todo su corazón. Y yo… yo amo a Sakura-chan. La he amado durante años. Y porque la amo, haría cualquier cosa por su felicidad. Incluso esto. Incluso recorrer el mundo entero y luchar hasta la extenuación contra el hombre que ella ama, solo para devolvérselo. Todo, absolutamente todo, lo hice por ese motivo. Por ella.


La revelación fue un vacío glacial que se expandió en el pecho de Sasuke. El lazo que él creía único, la conexión que había trascendido todo razonamiento, se reducía a ser un eslabón en una cadena de afectos ajenos. Se sintió como un instrumento, un objeto en la narrativa del amor de Naruto por Sakura.


—¿Entonces…? —la voz de Sasuke era apenas un hilillo de sonido, quebrado por una emoción que no podía contener— ¿Nada de esto… Yo… no significo nada? ¿Fue solo una… una misión? ¿Una promesa?


La desesperación en esa pregunta era palpable, buscando migajas de significado en las ruinas de su mundo emocional.


Naruto lo miró con una pena genuina, pero sin vacilar. —Significas que eres mi amigo. Mi compañero. Eso no es mentira. Es un vínculo que valoro más que a mi vida. Pero no… no de la otra manera. No de la forma que tú insinúas. No estoy dispuesto a enredarme contigo de esa forma. No te deseo de esa manera. No puedo.


La frase final cayó como losa.


"No te deseo de esa manera".


Era la negación más absoluta, la más hiriente. No era un rechazo por obligación o por deber, sino por una falta fundamental de sentimiento. Naruto había luchado por él con la ferocidad de mil hombres, pero no por él, sino por la sombra de él en el corazón de otra persona.


Sasuke se congeló. Todo el dolor de sus heridas palideció ante el agujero negro que se abría en su interior. El último vestigio de su clan, el último Uchiha, reducido a suplicar por un afecto que nunca había estado allí. La esperanza que había florecido, tonta y frágil, en el calor de la confesión, se marchitó instantáneamente, dejando solo cenizas y una soledad más profunda y oscura que cualquier otra que hubiera conocido antes.


Miró fijamente a Naruto, y por primera vez, no vio a su contraparte, su rival, su salvación. Vio a un extraño que le había dado todo, excepto la única cosa que Sasuke, en su ceguera, había llegado a creer que era la verdad oculta detrás de todo. Y en ese momento, comprendió que el Valle del Fin no era solo el lugar donde habían acabado su batalla, sino donde había muerto, para siempre, cualquier posibilidad de algo más.



El silencio que siguió a las palabras de Naruto fue más ensordecedor que cualquier estruendo de sus jutsu. Sasuke lo miró nuevamente, y el mundo no solo se detuvo, sino que se desvaneció por completo, reducido a la figura de cabello azabache y los ojos azules que le negaban la única verdad que le importaba. La negación tan, fría y racional, si le cortó como una hoja de papel afilada, seccionando tendones emocionales que ni el mismo Madara hubiera podido encontrar. Pero del vacío que dejó ese corte, brotó una fuerza desesperada, un último y torrente salvaje de necesidad.


No significaba el fin, aún.


Con un gemido que era mitad dolor físico, mitad agonía del alma, Sasuke se impulsó hacia arriba. Ignoró el fuego en sus músculos, el latido furioso en su ojo herido, y se montó sobre Naruto, sus piernas débiles aprisionando la cintura del rubio, su mano, temblorosa, aferrándose a los hombros rasgados del jinchuriki.



—No… no es verdad —jadeó, su voz un ronco susurro cargado de lágrimas que finalmente se atrevieron a escapar, surcando caminos de polvo y sangre seca en sus mejillas— Lo sé… lo sé que estuve mal. Que me perdí en la oscuridad. Pero tú… tú me sacaste de ahí. Me mostraste la luz. ¡Tú me hiciste ver! ¡Eso tiene que significar algo!



Su agarre se tensó, los dedos hundiéndose en la carne de Naruto con una urgencia febril. La dignidad del último Uchiha, ya hecha añicos, se evaporó por completo, dejando al descubierto una criatura rota y suplicante.


—Mejoraré… lo haré todo bien esta vez. Lo prometo. Por favor —su voz se quebró en un sollozo, un sonido desgarrador que nunca antes había salido de su boca— No me digas que no… no después de todo.


Y entonces, cegado por una necesidad que lo consumía, se inclinó y aplastó sus labios contra los de Naruto.



No fue un beso de amor, sino de desesperación, un intento torpe y angustiado de transferir a través del contacto físico la tempestad de sentimientos que las palabras habían fracasado en comunicar. Era un forcejeo, una imposición cargada de lágrimas saladas y el sabor metálico de la sangre de ambos. Quería convencerlo, manipularlo si era necesario, para que ese cuerpo caliente bajo el suyo lo deseara, para que esos ojos vieran más allá de la promesa y encontraran al hombre que estaba rogando por ser amado.


—¿Ves? —murmuró contra sus labios, en un aliento entrecortado— Puedo… puedo hacerlo. Haré todo lo que hizo Sakura incluso. Como ella yo... te suplicaré, si es necesario. Te lo ruego, Naruto… te ruego por tu amor. Dame algo. ¡Cualquier migaja! ¡Solo no me dejes vacío otra vez!


Naruto, al principio paralizado por el shock, reaccionó. No con violencia, sino con una firmeza triste y abrumadora. Con la única mano débil pero resuelta, empujó el pecho de Sasuke, separándolo con dificultad.


—Sasuke… para —la voz de Naruto era baja, pero cargada de una tensión incómoda, casi dolorosa— No hagas esto. No te rebajes así. No lo hagas más difícil para los dos.


Pero Sasuke, como un náufrago aferrándose a los restos de su barco hundido, se abalanzó de nuevo. Esta vez, sus labios encontraron la mejilla áspera y sucia de Naruto, luego la línea de su mandíbula, descendiendo hacia el cuello, en una sucesión de besos húmedos y desesperados que eran más bien caricias de pánico.


—No es un malentendido —imploraba entre cada contacto febril— Puedo hacerte feliz… lo sé. Déjame intentarlo. Solo… mírame. ¡Mírame a mí, no a ella a través de mí!


Fue entonces cuando la paciencia de Naruto, forjada en años de persecución obstinada pero siempre teñida de un amor fraternal, se agotó. Ya no era la compasión lo que ardía en sus ojos, sino un fuego de frustración y una crudeza necesaria.


—¡Basta ya, Sasuke! —la voz de Naruto estalló, no en un grito, sino en un tono grave y cortante que reverberó en el aire quieto del valle. Era un tono que Sasuke nunca le había oído usar— ¿De verdad te escuchas? ¿Suplicar? ¿Rebajarte a esto? ¡Tú eres Sasuke Uchiha! ¡No la sombra de nadie! ¿Crees que esto es amor? ¡Esto es desesperación! ¡Es el miedo de un hombre que no sabe estar solo y se aferra a la primera cuerda que ve, aunque no esté hecha para él!


Cada palabra era un martillazo. Naruto lo miraba fijamente, su expresión era una mezcla de rabia y una pena profunda.


—Yo te saqué de la oscuridad para que encontraras tu propia luz, no para que te convirtieras en mi satélite. ¿Crees que podría amarte así? ¿Viendo cómo te destruyes, cómo te humillas, cómo te vuelves esto? ¡Eso no es el hombre por el que luché! ¡Luché por el orgulloso, el fuerte, el que era mi igual, no por este… este espectro que me ruega migajas! ¡El amor no se mendiga, Sasuke! ¡Y no se fuerza!


La crueldad de la verdad, expuesta con una claridad brutal, dejó a Sasuke sin aliento. Se desplomó sobre Naruto, su cuerpo perdiendo toda fuerza, la cabeza enterrándose en el hueco del cuello del rubio, temblando de manera incontrolable. El lloró era silencioso ahora, un temblor convulsivo que hablaba de una herida mucho más profunda que cualquier otra.


Naruto cerró los ojos, respirando hondo. La ira se disipó tan rápido como había llegado, dejando solo un cansancio infinito y un mar de culpa.


—Lo siento... —susurró, su voz de vuelta a la suavidad, pero cargada de un peso monumental— No debería haber dicho eso así. Fue cruel. Lo siento.


Pero incluso la disculpa era un cuchillo. Sasuke no se movió. Solo, después de un largo momento, en un acto final de una desesperación que transcendía la razón, volvió a levantar la cabeza. Sus lágrimas habían limpiado pequeños caminos en la suciedad de su rostro. Con una lentitud agonizante, inclinó de nuevo su cabeza y presionó sus labios, fríos ahora, contra la mejilla de Naruto en un beso que era pura derrota. Luego, otro, en el mismo lugar, un contacto fantasma, un eco de lo que había sido su torrente pasional anterior.


—Solo… un poco de atención —murmuró, su voz tan débil que casi se la llevaba el viento— Es todo lo que pido.


Naruto permaneció inmóvil, completamente atónito. La ferocidad, la orgullosa resistencia de Sasuke, se había evaporado, dejando esta criatura vulnerable y casi infantil que buscaba consuelo en el contacto físico más básico. No sentía repulsión, ni siquiera incomodidad ahora. Sentía… asombro. Una profunda y perturbadora incredulidad.


¿Esto es… él?, pensó Naruto, su mente luchando por procesar la escena. ¿El mismo que desafió a Kages, a bijuus y una Diosa? ¿El que me retó a morir con él? ¿Reducido a… esto?


Miró la nuca pálida de Sasuke, la fragilidad de sus hombros temblorosos, y una comprensión lenta y fría comenzó a formarse en su mente.


Esto no era el Sasuke que conocía. Esto era el producto de la psicosis, de la adrenalina drenándose tras la batalla más brutal de sus vidas, de la confrontación brutal de su soledad esencial. Era el colapso de una mente demasiado presionada, demasiado herida, buscando anclarse a cualquier realidad que no fuera el vacío que Naruto, sin querer, le había revelado.



No era un acto de amor. Era el síntoma de una fractura.



La crudeza de sus propias palabras aún resonaba en el aire, un eco venenoso que Naruto lamentaba haber liberado. Vio cómo Sasuke se derrumbaba sobre él, no con rabia, sino con una rendición absoluta, temblando como una hoja en una tormenta que solo ellos dos podían sentir. El llanto silencioso, los espasmos que recorrían el cuerpo magullado del Uchiha, eran más elocuentes que cualquier grito. Naruto había combatido bestias con colas, a dioses y a hombres inmortales, pero nada lo había preparado para esto, la destrucción total del espíritu de su amigo, hecha por sus propias manos, con la verdad como arma.


Un dolor profundo, compasivo y abrumador, lo inundó. La frustración y la ira se disiparon, reemplazadas por una tristeza inmensa. Esto no era el Sasuke orgulloso. Esto era un niño perdido, el mismo que había visto llorar en sus memorias compartidas en la noche después de la masacre de su clan, pero sin el muro de odio que lo había protegido todos estos años.


Ese muro ahora era polvo, y solo quedaba la vulnerabilidad cruda.


—Sasuke… —susurró Naruto, su voz áspera por la emoción.


Lentamente, con el único brazo que le quedaba, lo rodeó. Fue un movimiento torpe, incómodo por las heridas y la falta de sus dos miembros, pero estaba imbuido de una ternura infinita. No era un abrazo de reciprocidad romántica, sino el abrazo que se le da a un hermano herido de muerte, el consuelo que se ofrece cuando las palabras ya no sirven para nada.


Sasuke se congeló por un segundo, sorprendido por el contacto. Luego, un sollozo más hondo escapó de su garganta, y se hundió completamente en ese abrazo, como si fuera un salvavidas en un mar infinito. La rigidez de su cuerpo se desvaneció, replasado por una flacidez total, de abandono. Para él, ese simple acto de compasión fue malinterpretado como una rendición, una puerta abierta que su mente desesperada se apresuró a cruzar.


La felicidad que lo inundó fue tan intensa como efímera y patética. Sintió que un vacío atroz se llenaba, aunque fuera con migajas.



Levantó la cabeza, sus ojos negros apagados pero llenos de una luz febril, y buscó de nuevo los labios de Naruto. Esta vez no fue con la desesperación violenta de antes, sino con un afán torpe pero lleno de un esmero conmovedor. Besaba como si estuviera aprendiendo, como si cada contacto pudiera soldar sus almas rotas. Era incómodo, chocaban sus miembros faltantes, sus cuerpos doloridos protestaban, pero a Sasuke le importaba un bledo. Por primera vez en una eternidad, se sentía completo. El mundo exterior, Sakura, la Aldea, su legado, todo se desvaneció en una niebla sin importancia.



Sakura…, pensó, y el nombre le resbaló por la mente sin dejar rastro. Ella nunca había sido más que una amiga, una sombra persistente. Ahora lo entendía. Todos aquellos celos infantiles, esa irritación cada vez que ella se colgaba del brazo de Naruto, no eran porque le molestara su afecto, sino porque le robaba su atención. Naruto siempre había sido el sol, y Sasuke, inconscientemente, había anhelado ser el único planeta en su órbita.


Quería fundirse con él. Que sus huesos se entrelazaran, que su sangre se mezclara para siempre con la del jinchuriki.


Cada beso, cada roce de su piel contra la de Naruto, era un intento desesperado por lograrlo. Si Naruto había abogado por él ante el mundo, él abogaría por este pedazo de cielo, por este consuelo, aunque fuera a escondidas, aunque fuera un secreto vergonzante. ¿Qué le quedaba? Nada. Nunca había tenido nada, excepto a este hombre de cabello dorado y sonrisa de sol que se había empeñado en perseguir su oscuridad.


No me importa, pensó con una claridad delirante. No me importa haberme convertido en esto. Si es por él, lo haré. Si me usa como su saco de boxeo, su confidente secreto, o cualquier otra cosa… será mejor que la nada.



Ser algo para él es mejor que ser todo para nadie más.


Naruto no respondió a los besos. Permaneció quieto, su único brazo manteniendo el abrazo, pero su cabeza ligeramente apartada, aceptando los contactos en su mejilla, su cuello, su hombro. Las lágrimas resbalaban silenciosamente por las sienes de Naruto, mezclándose con el sudor y la suciedad. No lloraba por repulsión, sino por una tristeza abismal. Estaba viendo el naufragio final de Sasuke Uchiha, y se sentía incapaz de hacer nada más que evitar que se ahogara por completo, incluso si eso significaba permitir que se aferrara a él de esta manera distorsionada.


Permitió todo. Permitió los besos húmedos y torpes, permitió que Sasuke se refregara contra él como un gato herido buscando calor, permitió que los murmullos entrecortados de "Naruto" y "por favor" llenaran el aire entre ellos. Era lo único que podía darle, una balsa en el océano de su colapso. Sabía, con un dolor que le partía el corazón, que esta no era la respuesta, que esto solo sembraría más dolor en el futuro. Pero en ese momento, en la quietud rota del Valle del Fin, frente a la criatura destrozada que había sido su Meta y su hermano, la compasión ganó sobre la razón. Y lloró por él, por los dos, por el precio catastrófico de su lazo inquebrantable.



La madrugada comenzaba a teñir el cielo de un azul pálido y frío, un manto lúgubre que se extendía sobre el Valle del Fin, iluminando débilmente las siluetas entrelazadas de los dos jóvenes. El viento había amainado, dejando un silencio pesado, roto solo por la respiración entrecortada de Sasuke y los sollozos ahogados que ya no podía contener Naruto. La compasión inicial del rubio se había transformado en una pesadilla de angustia impotente, un pozo del que no sabía cómo salir sin empujar a Sasuke al abismo definitivo.


Sasuke, embriagado por la proximidad que se le permitía, por el calor del cuerpo que tenía bajo el suyo, movió su cadera con una torpeza inocente y desesperada. La fricción, incluso a través de la ropa rasgada y empapada, era un eco lejano de lo que su cuerpo, confuso y herido, realmente anhelaba.



No entendía la naturaleza de su propio deseo, solo sabía que necesitaba más, más contacto, más fusión, más prueba de que existía en el universo de Naruto.



—Naruto… —murmuró, su voz ronca y quebrada por el llanto y la fatiga— Más… por favor. No es suficiente.



Naruto cerró los ojos, apretando los párpados con fuerza. Una lágrima caliente se escapó y se perdió en su patilla. Sabía lo que estaba pasando. Sentía la presión insistente contra su muslo, el temblor diferente en el cuerpo de Sasuke. Una parte de él quería gritar, empujarlo lejos, poner fin a esta farsa dolorosa. Pero la otra parte, la que había jurado traerlo de vuelta a cualquier costo, la que veía al niño roto detrás del shinobi prodigio, se resignó con una tristeza que le heló el alma.


—Sasuke… —susurró, su voz apenas un hilo de sonido— ¿Qué… qué es lo que quieres?


Era una pregunta retórica, una última y débil esperanza de que Sasuke recapacitara. Pero el Uchiha solo lo miró con sus ojos oscuros, ahora vidriosos por una necesidad animal que transcendía toda racionalidad. No había palabras en su boca, solo una súplica muda, miserable y vulnerable. Su mirada bajó hacia la cintura de Naruto y luego volvió a encontrarse con la suya, pidiendo permiso, rogando por una confirmación que Naruto nunca debería dar.


Naruto contuvo la respiración.



El mundo se redujo a ese instante, a la elección imposible entre rechazar a su amigo y empujarlo hacia una fractura irreversible, o permitir esto y fracturarse él mismo en el proceso. Con un suspiro que fue la rendición de su propia inocencia, con lágrimas recorriendo sus sienes, Naruto, con su única mano, se bajó los pantalones y la ropa interior hasta los muslos.



No hubo palabras. Fue un acto de una tristeza monumental.


Sasuke lo miró, y por un segundo, hubo un destello de algo parecido al miedo en sus ojos. Pero fue rápidamente ahogado por el instinto ciego, por la necesidad abrumadora de sentirse completo, de fundirse, de poseer y ser poseído.



Asintió, una vez, con un movimiento espasmódico de la cabeza, y se ajustó torpemente sobre él.


Lo que siguió fue una intrusión brutal, no de malicia, sino de una inexperiencia absoluta y una desesperación que convertía el acto en algo mecánico y doloroso. Sasuke procedió por instinto, guiado por un impulso primario que no entendía de técnica o placer, solo de posesión y conexión. Usó el cuerpo de Naruto como un ancla, ya expuesto se masturbo con jadeos y gemidos lastimeros provocando que su goteo incrementará, apresurado escupió en su miembro y sin mas entro en el ano de su mejor amigo, embistiendo con un afán torpe y brusco que hacía que el rubio apretara los dientes para no gritar.



Naruto no lo miró. Volteó la cabeza hacia un lado, clavando la vista en una de las columnas rotas de Hashirama, su visión borrosa por las lágrimas que ahora fluían libres y silenciosas. No era dolor físico lo que lo hacía llorar, era la devastación emocional, la profunda tragedia de ver su lazo más preciado pervertido en esto, en un acto de consolación vacío y destructivo. — Se gentil.... Sasuke... porfavor.



Sasuke, en su frenesí, no vio las lágrimas. Solo sentía el calor, la proximidad, la horrible y distorsionada realización de su fantasía de fusión. No duro ni quince segundos, la fricción hizo de lo suyo, vio estrellas y colores y blanco hasta que, en el clímax de su propio llegó, un sollozo desgarrador escapó de su propio pecho. No fue sólo de placer, sino tambien de una liberación catártica de toda la angustia, el odio, la soledad y el amor no correspondido de años.



Se derrumbó sobre el pecho de Naruto, su cuerpo convulsionando, llorando con una amargura que parecía no tener fin.


Naruto, sintiendo el peso del cuerpo quebrado de Sasuke sobre el suyo, el llanto descontrolado que mojaba su cuello, hizo lo único que le quedaba. Con un esfuerzo sobrehumano, envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Sasuke, creando un abrazo completo, una contención física para una fractura emocional que no podía contener. Con los labios temblorosos, besó la sien sudorosa y húmeda de lágrimas del Uchiha.


—Shhh… —murmuró, su voz rota pero suave— Ya pasó… Sasuke… ya pasó. Estoy aquí.


Eran palabras vacías. Nada había terminado, y todo había cambiado para siempre. Pero en ese momento, eran el único bálsamo que tenía para ofrecerle a la pobre alma destrozada que yacía sobre él, a su amigo, a su hermano, a la personificación de un lazo que el destino había torcido en algo tan hermoso como trágico. Y mientras el sol de la mañana comenzaba a asomarse, iluminando las lágrimas en ambos rostros, se quedaron allí, en el lecho de su batalla, atrapados en el silencio de una rendición que no había curado nada, sino que había abierto una herida nueva y más profunda.


No muy lejos de ahi.


El primer rayo del sol mañanero comenzaba a dorar los picos más altos de la Valle del Fin, pintando de oro la tragedia y la intimidad forzada que yacía entre sus ruinas. Fue en ese momento liminal, entre la noche y el día, cuando una figura silenciosa apareció en el borde del cráter. Kakashi Hatake, moviéndose con la sigilosa elegancia que lo caracterizaba, había llegado siguiendo el rastro de un chakra familiar que se había desvanecido de manera alarmante.



Sus ojos, usualmente perezosos o inquisitivos, se abrieron de par en par detrás de su máscara. — Pero... ¿Qué?....



La escena que se desarrollaba abajo era tan surrealista que su cerebro, entrenado para procesar el caos, tardó varios segundos en comprenderla. Allí yacían sus dos estudiantes, sus dos pupilos más preciados, entrelazados de una manera que transcendía lo fraternal. Sasuke, pálido y cubierto de sangre seca y tierra, estaba encima de Naruto, sus caderas aún moviéndose con una lentitud exhausta pero insistente, un ritmo mecánico y sombrío. Su rostro estaba enterrado en el cuello del rubio, y un brazo fantasma que ya no existía parecía querer rodearlo. Naruto, a su vez, yacía con la mirada perdida en el cielo que se iluminaba, su único brazo acariciando con una ternura infinita y desgarradora el cabello enmarañado de Sasuke. Las lágrimas secas marcaban caminos en su suciedad, pero su expresión era de una resignación tan profunda que parecía tallada en piedra.


Kakashi no necesitó más detalles.



La tensión en el aire, la postura de entrega total de Naruto y la de posesión desesperada de Sasuke, lo decían todo. No era un acto de pasión; era un acto de desesperación, de colapso.



Un lazo roto siendo remendado con la aguja equivocada y el hilo más doloroso.


Su instinto de shinobi le gritaba que interviniera, que separara a su equipo, que pusiera orden en ese caos. Pero su corazón de sensei, el que los había visto crecer, sufrir y caer, le dictó otra cosa. Interrumpir eso en ese momento sería como arrancar de cuajo una planta que acababa de ser trasplantada a un suelo venenoso; moriría irremediablemente.


Con una calma que no sentía, Kakashi dio media vuelta silenciosamente. Su espalda se erigió como un muro entre esa intimidad trágica y el mundo exterior. Justo en ese momento, escuchó unos pasos apresurados y una voz quebrada por la ansiedad.


—¡Kakashi-sensei! ¿Los encontraste? ¿Están…? —Sakura apareció jadeante a su lado, sus ojos verdes brillando con lágrimas de preocupación.


Kakashi se interpuso en su línea de visión, bloqueándola por completo. Colocó sus manos suavemente sobre sus hombros, girándola lejos del cráter.


—Sakura —dijo, su voz era sorprendentemente serena, un perfecto disfraz para el torbellino interior— Sí, están. Están vivos. Pero… —inhaló profundamente, tejiendo la mentira más crucial de su vida—… sus heridas son graves. Muy graves. Necesito que vayas al campamento médico de emergencia que deben estar montando al este y traigas ayuda. Diles que necesitamos camillas de estabilización y sueros de regeneración de máximo grado. Ahora mismo. Es vital.



Sakura lo miró, su entrenamiento médico anulando momentáneamente su pánico. —¿Pero puedo verlos? Yo puedo ayudar, yo—


—¡Ahora, Sakura! —la voz de Kakashi fue firme, un filo de autoridad que rara vez usaba con ellos— Confía en mí. Yo me quedo aquí para estabilizarlos. Pero necesito lo que te pedí. ¡Corre!


La urgencia en su tono la impulsó. Asintió, con lágrimas de frustración y miedo, y echó a correr en la dirección indicada, su figura rosada desapareciendo entre los escombros.



Kakashi se volvió lentamente, apoyando su espalda contra una roca cercana, cerrando los ojos. Se convirtió en el guardián no deseado de un secreto doloroso, protegiendo a sus alumnos no de un enemigo, sino de las consecuencias de su propia y catastrófica conexión. Los dejó solos, concediéndoles una privacidad que nunca debieron necesitar.



Abajo, en el cráter, el mundo se había reducido para Sasuke a la caricia en su cabello y al calor del cuerpo bajo el suyo. El movimiento había cesado, reemplazado por un letargo exhausto y pleno. Cada roce de los dedos de Naruto sobre su cuero cabelludo era una bendición, una confirmación de que esto era real, de que él era deseado, era amado. Se había hundido en una placidez absoluta, ignorando el dolor de sus heridas, el frío de la mañana, la realidad que aguardaba más allá de los brazos de Naruto.


—Naruto… —murmuró, su voz era un hilillo de sonido, soñoliento y satisfecho.


—Shhh… descansa, Sasuke —respondió Naruto, su voz era suave, pero con una tristeza que se filtraba en cada sílaba.


Naruto estaba destrozado por dentro.


Sabía que había cruzado una línea de la que no había regreso, que había permitido algo que complicaría sus vidas para siempre. Pero al ver a Sasuke, tan frágil, tan pacífico por primera vez en una eternidad, sintió que su propia tristeza era un precio que valía la pena pagar. Si su complicidad, su propio corazón roto, podía darle a Sasuke un momento de paz, entonces lo daría.


Trató de hacerlo feliz, o al menos, de darle la ilusión de felicidad que tanto anhelaba.


—No te vayas —susurró Sasuke, aferrándose a él con una fuerza debilitada.


—No me voy —mintió Naruto, sabiendo que eventualmente tendrían que levantarse y enfrentar el mundo— Estoy aquí.


Y para Sasuke, esa mentira era suficiente. Era todo. El mundo entero podía arder. Konoha, su legado, su redención, todo era polvo sin importancia. Solo importaba el calor de este cuerpo, la caricia en su pelo, la voz del hombre que había movido montañas y derrotado dioses por él. Que viniera lo que viniera, la condena, el ostracismo, la incomprensión, le importaba una mierda.



Solo esto. Solo Naruto.



Era un sentimiento egoísta, patológico y nacido de la más profunda herida, pero para Sasuke Uchiha, en los brazos de su amor no correspondido, era la única verdad que le quedaba. Y se aferró a ella como un náufrago a su último aliento.



Ya la fría luz de la mañana bañaba ahora por completo el Valle del Fin, exponiendo sin piedad la crudeza de la escena. El aire olía a polvo, a sangre seca y a algo más íntimo y salado que se pegaba a sus pieles. La pegajosidad entre sus cuerpos, un recordatorio físico de lo ocurrido, era incómoda y avergonzante para Naruto, quien intentaba, en vano, ignorar la sensación. Fue en ese momento de silencio agónico cuando una presencia familiar rugió en las profundidades de su mente.


¡NARUTO!


La voz de Kurama estalló en su conciencia, no con su usual tono gruñón, sino con una furia colosal, reverberante de horror y de incredulidad. El zorro de Nueve Colas, testigo forzoso de cada latido, cada respiración y cada lágrima de su jinchuriki, había despertado por completo y había visto… había sentido todo.



¿Qué… qué has hecho? ¿QUÉ HAS PERMITIDO? —rugió, y el paisaje mental de Naruto pareció estremecerse— ¡¡ESTÚPIDO!! ¡¡INSENSATO!! ¿Es así como cuidas de tu cuerpo? ¿De tu alma? ¿Permitiendo que este… este UCHIHA ROTO TE USE COMO UNA…!


La ira de Kurama era un huracán de reproches, tan visceral que Naruto sintió un dolor físico en el pecho no sabia que decir, de todas formas no lo había. Pero la furia del bijuu no se dirigía solo a él. Su atención mental, cargada de desprecio, se volvió hacia la figura que yacía agotada junto a su huésped.


¡Y tú! ¡Maldita escoria de Uchiha! ¿Así pagas la lealtad que te tuvo? ¿Violando su confianza, su… su compasión? ¡Te arrastras en tu miseria y lo arrastras a él contigo! ¡Eres tan egoísta como siempre!


Naruto, mentalmente, no intentó defenderse. Solo proyectó hacia Kurama una oleada de su propia tristeza, de su agotamiento infinito, de la imagen de Sasuke roto y suplicante. No había justificación, solo la cruda realidad de una elección imposible.


Kurama se detuvo.


Su rugido se apagó en un gruñido bajo y peligroso. Sintió la profunda devastación en el corazón de Naruto, la pesadumbre que no era arrepentimiento sino una lápida de dolor. No era aprobación, ni mucho menos. La furia seguía allí, hirviendo bajo la superficie, pero cedió ante la abrumadora miseria de su jinchuriki. Resopló, un sonido que era como el eco de un terremoto en la mente de Naruto.


—…Idiotas. Los dos. Ahora lárgate de aquí. Hueles a tragedia y a estupidez.


El silencio mental que siguió fue casi tan opresivo como los gritos.



Sasuke, sintiendo la tensión repentina en el cuerpo de Naruto, se movió lentamente. Con un quejido de dolor, se separó de él. La realidad física, fría y incómoda, regresó con toda su fuerza. Evitó mirar a Naruto a los ojos mientras, con movimientos torpes y doloridos, se vestía con los harapos que le quedaban de su ropa. Naruto hizo lo mismo, su único brazo dificultando la tarea, sintiendo la sequedad y la suciedad pegadas a su piel como una segunda culpa.



Cuando estuvieron más o menos presentables, o al menos, tan presentables como podían estar dos hombres que habían estado al borde de la muerte, se sentaron juntos en el suelo frío.



Sasuke se acomodó cerca de Naruto, su hombro rozando el del rubio, una proximidad que ahora era cargada de un nuevo significado, tóxico y necesario. Ahora, con la adrenalina bajando, la claridad empezaba a filtrarse en su mente como un veneno lento.


Sabía la gravedad de lo que había hecho.


Sabía que estaba mal, que había aprovechado el estado de su amigo, su compasión, para saciar su propia necesidad desesperada. Pero ese conocimiento palidecía ante la abrumadora felicidad que sentía al estar a su lado, al tener su permiso tácito para estar cerca. El mundo podía juzgarle. Le importaba un bledo.



Tenía su migaja de cielo, y era suficiente.


Fue entonces cuando escucharon unos pasos deliberadamente fuertes acercándose desde el borde del cráter. Ambos se pusieron instantáneamente en alerta, sus cuerpos doloridos tensándose para un combate que no llegó. La figura de Kakashi apareció, parándose a una distancia respetuosa. Su mirada, usualmente despreocupada, los recorrió a ambos con una intensidad que todo lo veía. Vio la postura rígida, la incomodidad palpable, la manera en que Sasuke se inclinaba imperceptiblemente hacia Naruto. No dijo nada. Solo asintió una vez, un gesto lleno de un peso inmenso, y luego hizo una seña con la mano.


—Por aquí. Están heridos —dijo su voz, neutra, profesional, ocultando el nudo de dolor y preocupación que sentía en el pecho al ver las secuelas de lo que había presenciado.


Poco después, llegó el grupo de rescate. Sakura irrumpió en escena, sus ojos verdes escaneando frenéticamente hasta encontrar a Sasuke. Una ola de alivio tan intenso que casi la derriba la inundó.


—¡Sasuke-kun! —gritó, corriendo hacia él y cayendo de rodillas a su lado, sus manos ya brillando con el chakra verde de su técnica de sanación— ¡Estás vivo! ¡Gracias a Dios!


Comenzó a curar sus heridas inmediatamente, su concentración absoluta en su trabajo. Naruto observó la escena, y a pesar de todo, un pequeño suspiro de alivio, una sombra de su antigua y sencilla felicidad, cruzó su rostro al ver a Sakura tan concentrada y aliviada.


Era un destello del niño Naruto, el que amaba a Sakura y quería su felicidad.



Pero ese destello no pasó desapercibido. Sasuke, que tenía la cabeza inclinada hacia Sakura mientras ella trabajaba, vio esa pequeña sonrisa en el rostro de Naruto. Y algo se retorció dentro de él, verde y venenoso. Los celos, esos mismos que siempre había sentido hacia ella, brotaron con una fuerza renovada.



Ella tenía su atención, su sonrisa, su amor no correspondido pero constante. Él solo tenía esta complicidad silenciosa y sucia. Su mano, la que le quedaba, se apretó en un puño sobre la tierra. Se aferró al borde de la manga de Sakura, no en agradecimiento, sino en un acto posesivo y amargo, como reclamando un consuelo que no deseaba de quien le robaba la mirada de Naruto.



Kakashi observaba todo desde unos pasos de distancia, con los brazos cruzados. Su corazón, ya pesado, se hundió un poco más. Veía la felicidad aliviada de Sakura, ignorantemente curando al hombre que amaba; veía la triste sonrisa de Naruto, cargada de un dolor que solo él entendía; y veía la oscura posesividad en los ojos de Sasuke, mirando a Naruto desde el regazo de otra persona. Era un nudo enredado de afectos tóxicos y lealtades rotas, y él, el sensei, se sentía completamente impotente para desenredarlo.



El camino a casa sería largo, y las heridas que llevaban consigo eran mucho más profundas que cualquier cicatriz física.



La habitación del hospital de Konoha era un cubículo de paz artificial. El olor a antiséptico y a limpieza intentaba, sin éxito, enmascarar el olor a trauma y a secretos que los dos ocupantes llevaban consigo. La luz del atardecer se filtraba por la ventana, bañando las dos camas separadas en un tono anaranjado melancólico. Naruto yacía en la suya, vendado, con el muñón de su brazo derecho expuesto, mirando el techo con una vacuidad que preocupaba más que cualquier queja de dolor. En la cama contigua, Sasuke permanecía sentado, inmóvil, sus ojos fijos no en la ventana, sino en el perfil de Naruto.


El silencio era denso, cargado con el peso de lo no dicho, de lo hecho en el valle.


Sasuke, alimentado por la oscura certeza que le había dado aquel acto y por los celos voraces que había sentido hacia Sakura, rompió el quietismo. Se levantó con la elegancia felina que nunca lo abandonaba del todo, a pesar de las vendas y el agotamiento. Cruzó los pocos pasos que separaban las camas y, sin pedir permiso, se deslizó bajo las sábanas junto a Naruto.


Naruto ni siquiera se inmutó. Solo cerró los ojos, como si pudiera bloquear la realidad simplemente no viéndola.


—Aceptaré a Sakura —anunció Sasuke, su voz era baja pero clara, un acuerdo de hecho, no una propuesta. Su único brazo se posó sobre el pecho de Naruto, acariciándole — La haré feliz. Seré el hombre que ella merece. Es lo que todos quieren, ¿no?


Hizo una pausa, inclinándose para que sus labios rozaran la oreja de Naruto, y su siguiente frase fue un susurro cargado de una posesividad tóxica y absoluta.


—Pero tú… tú serás mío. Siempre. Ella tendrá mi apellido y mi fachada. Pero tú… tú tendrás esto. Tú pagarás por haberme dado esto. Me perteneces.


Fue entonces cuando los ojos de Naruto se abrieron, pero no eran sus ojos. Brillaron con un rojo zaino, y una voz grave, llena de un odio ancestral, rugió desde sus labios, distorsionándolos.


— ¡¡BASTA, UCHIHA!! ¡¡SUCIO PARÁSITO!! ¿CUÁNTO MÁS VAS A MANCILLAR A MI JINCHURIKI? ¡¡APARTA TU ASQUEROSO CUERPO DE ÉL O TE QUEMARÉ DESDE ADENTRO!!


Kurama, usando la voz de Naruto, escupió su furia. La habitación pareció vibrar con la presión del chakra maligno.


Sasuke no retrocedió. Ni un centímetro. Su ojo Sharingan se encendió de forma instintiva, enfrentándose a la mirada carmesí del zorro. —Cállate, monstruo —espetó con un desprecio glacial— Esto no es asunto tuyo. Él es mío. Él me dio el derecho. No te metas.


La batalla de voluntades duró un instante. Luego, el rojo en los ojos de Naruto se desvaneció, reemplazado por el azul aguado de su propia desesperanza. Tomó el control de su voz, que sonó rota, exhausta, carente de toda emoción.


—Nunca… jamás… te amaré, Sasuke —dijo, mirando directamente al techo, negándose a verlo— Lo que pasó… fue lástima. Nada más.


Sasuke lo miró, y una sonrisa triste, casi demencial, se dibujó en sus labios.


—Lo sé —respondió, como si Naruto hubiera dicho que el cielo era azul— Pero ya es demasiado tarde para eso.


Y entonces, con una determinación que helaba la sangre, Sasuke comenzó a quitarse la bata del hospital ya con su excitación visible. Sus movimientos eran torpes por la falta de un brazo, pero no titubeantes. Naruto no se movió. No protestó. No gritó. Solo cerró los ojos de nuevo, resignado, desganado, un espectador en su propio cuerpo.


Era una rendición tan absoluta que era más aterradora que cualquier resistencia.





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