Introducción
—¿Lisa? —murmuró Jennie con la voz adormilada, casi sin fuerzas. Estiró el brazo hacia el lugar donde su esposa debería estar recostada, pero la parte de la cama estaba fría.
Abrió los ojos y notó que la puerta de la habitación estaba entreabierta, y que la luz del despacho de Lisa permanecía encendida. Suspiró. Lisa era adicta al trabajo; había sido ingenua al creer que mudarse allí cambiaría algo. Vivir lejos de la ciudad, en medio del bosque, con señal pésima y apagones constantes, parecía que afectaría inevitablemente el ritmo laboral… pero al final siguió siendo la mejor opción.
Jennie se sentó en la cama, sus párpados luchando por mantenerse abiertos más de dos segundos, y se levantó para ir tras ella. Al cruzar el marco de la puerta, vio por el rabillo del ojo una sombra deslizarse sobre el pasillo. Un escalofrío le recorrió la espalda. Giró de inmediato… pero no había nada. Aun así, la sensación de ser observada se posó sobre sus hombros como un peso húmedo.
Atravesó el pasillo con pasos lentos y suaves, como si ella misma fuera un fantasma merodeando su propia casa. La luz del despacho golpeó de lleno su rostro cuando abrió la puerta; tuvo que cerrar los ojos, sintiendo que la claridad le quemaba la vista.
—Lisa —llamó, aún con los ojos cerrados.
Pasaron unos segundos sin respuesta, hasta que el sonido de la silla giratoria rompió el silencio denso de la noche.
—Mi amor —respondió la voz de Lisa. Jennie sintió unos brazos rodear su cintura, el calor de un cuerpo protegiéndola de la luz—. ¿Te desperté?
Jennie asintió débilmente. Lisa se inclinó para apagar la lámpara, y la oscuridad volvió a ser amable. Jennie bajó las manos de sus ojos y pudo ver la silueta de su esposa: una sombra familiar, cálida, completamente distinta a la que había visto antes.
—No me molesta que me despiertes —murmuró Jennie, abrazándola con pereza—. Me molesta despertar sola.
Lisa no dijo nada. Solo la sostuvo, dejando un beso lento en su frente. Era del tipo de respuestas que se sienten, no se escuchan.
—Vamos a la cama —dijo con suavidad.
De regreso por el pasillo, Jennie giró la cabeza hacia atrás, como si algo aún la llamara.
—Vi una sombra cuando venía —dijo, casi en un susurro somnoliento—. Ya van varias veces esta semana. Creo que se nos coló un animal.
Sintió la mano de Lisa posarse en su hombro.
—O un fantasma —bromeó suavemente.
Jennie se tensó y apretó los puños.
—No bromees con eso —respondió de inmediato—. Sabes que me dan miedo.
Volvieron a la habitación. El ambiente allí era distinto: cálido, lleno de vida. Jennie siempre pensaba que era porque cuando estaban juntas, cualquier espacio se volvía hogar.
Se sentaron en la cama, cada una en su lado, y se encontraron en el abrazo del centro.
—¿Qué animal crees que sea? —preguntó Lisa, apoyando la barbilla en su hombro—. ¿Una ardilla?
Jennie negó.
—Es más grande que una ardilla.
—¿Un mapache?
—Más grande.
—Un oso.
Nombrarlo hizo que un escalofrío la atravesara. Jennie levantó la mirada hacia Lisa; sus ojos brillaban bajo la luz tenue de la luna filtrándose por las cortinas.
Cuando se mudaron, los antiguos dueños les habían advertido sobre la presencia de osos en la zona y qué hacer si se encontraban con uno. Jennie no temía el concepto del oso: temía la realidad de cruzarse con él. Y lo sabía. Lo sentía.
Jennie escondió la cabeza en el costado de Lisa, espantando los pensamientos que amenazaban con desbordarla.
—Me estoy volviendo loca, ¿verdad? —murmuró, ya a medio camino del sueño.
Lisa rió suavemente, una risa cansada pero sincera.
—No, no lo estás —respondió—. Solo tienes sueño.