EL MUNDO OSCURO DE KAYN

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Summary

Advertencia: Este capítulo contiene violencia explícita y escenas intensas que pueden resultar perturbadoras. Kayn Knux, nuestro detective, se enfrenta a sus peores pesadillas mientras un asesinato brutal sacude su mundo. Entre la persecución del asesino, la tragedia del niño y la sombra de su propio pasado, cada decisión puede tener consecuencias mortales. ¿Podrá Kayn mantener la cordura y encontrar justicia, o será consumido por el caos que lo rodea?

Genre
Mystery
Author
Jodamo86
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

PESADILLA Y CRIMEN

Me incorporo de golpe; los pies aún me tambalean. Estoy empapado en un sudor frío que pega la sábana a mi cuerpo. Un escalofrío me recorre por completo. Ha sido una noche espeluznante. Las pesadillas no me han dado tregua y el sueño se siente tan vívido que las imágenes todavía luchan por materializarse o disolverse en la neblina que nubla mi vista.

En mi mente aparecen ellos: un hombre, una mujer y un niño pequeño. El escenario es un charco de sangre derramado sobre el concreto ardiente de un mediodía de verano. A la mujer la han ejecutado a sangre fría. El proyectil le destrozó el cráneo con una precisión quirúrgica, sin aspavientos; la materia craneal se desparrama sobre el suelo. El orificio de entrada fue tan certero que, para su desgracia, la muerte resultó instantánea.

El hombre viste un traje negro impecable. Lleva gafas oscuras que le confieren un aire de misterio sofocante. Es un asesino profesional, contratado a sueldo. Ha estudiado a su víctima y aguardado pacientemente a que la multitud se disperse para asestar el golpe. Con una sangre fría que hiela la piel, saca un revólver del saco y apunta. No le importa que ella sostenga la mano de su hijo. No le importa la paz que emana de la tarde ni le tiembla el pulso al acabar con los sueños y el futuro de la infortunada. Un disparo seco lo termina todo. El trabajo está hecho. Fue efectivo. Fue letal.

El aire se llena de inmediato con gritos de espanto. La gente se lleva las manos al rostro en un gesto de incredulidad absoluta. Al ver el cadáver y el rostro deshecho, algunos no soportan el horror y vomitan allí mismo. Es el caos: pánico, zozobra, miradas desconcertadas que parecen decir que algo así no debería ocurrir jamás. Ven el horror donde siempre hubo paz.

En medio de la confusión, nadie repara en el niño. Es pequeño, frágil. No comprende la magnitud de la tragedia, pero hay un gesto que me desgarra por dentro: cruza los brazos de su madre sobre el pecho inerte. No le importa la sangre que lo mancha ni que el rostro de ella se haya convertido en una máscara grotesca. Solo busca un beso. La abraza y estalla en un llanto tan lastimero que destroza el alma.

La atmósfera vuelve a cambiar. El clima se torna denso y un frío helado me golpea la garganta como cuchillas hundiéndose en la piel. Veo al asesino huir, escabulléndose entre la densidad de los árboles.

—¡Demonios, se va a escapar! —rujo en mi mente—. ¡No puede ser!

Él voltea, nervioso. Sabe que le sigo los pasos, que siente mi aliento en la nuca. Disparo al aire para detenerlo. Se sobresalta y frena en seco. Intenta desenfundar, pero el arma se traba, queda muda. Aprovecho el segundo para abalanzarme sobre él con la ferocidad de un animal. Lo derribo y, ya en el suelo, lo golpeo en la cabeza con la cacha del revólver.

—¿Por qué no puedo verle la cara?

Estoy agitado; el aire no llega a mis pulmones. La figura comienza a desvanecerse entre mis dedos, pierde forma, justo cuando el estruendo de la alarma me arranca del trance y me devuelve a la realidad.

Estoy en la cama, descontrolado. El pánico me ha dejado rígido. Abro los ojos y me pregunto, con el pulso desbocado, si esto es la vigilia o si aún sigo atrapado en el sueño. Me doy la vuelta bruscamente y caigo al suelo frío. El impacto es seco, el dolor agudo: la señal definitiva de que la pesadilla ha terminado. Me toco la cabeza, palpando con miedo, y paso los dedos en busca de sangre. Nada. Todo está bien.

Me levanto como puedo, corro la cortina y abro la ventana de par en par. El cielo sigue sumergido en la oscuridad, decorado con unas pocas estrellas que se resisten a morir antes del amanecer. Regreso al borde de la cama y me siento. Tomo aire, respiro hondo, intento que mis pulmones recuerden cómo funcionar. Sacudo la cabeza con violencia, como si pudiera arrancar de ella la imagen del niño y la sangre.

Es inútil. La persecución vuelve. La figura sin rostro. Se me eriza la piel al recordar el vacío donde debería estar su mirada. El frío de la habitación ya no proviene del alba, sino del rastro de esa sombra que parece haberme seguido desde el sueño hasta la vigilia.

Me pongo de pie. El reloj de la pared marca las cinco de la mañana. Aún es temprano. Aprovecharé el tiempo para revisar pendientes de la oficina, me digo. Es una excusa desesperada para enterrar el miedo bajo la rutina, antes de que la luz del día me obligue a enfrentar lo que realmente soy.

Echo un vistazo a mi hogar y caigo en la cuenta de que nunca me había parecido tan sofocante. El estrés y la adrenalina de la pesadilla han agudizado mis sentidos hasta volverlos paranoicos. Todo está patas arriba: libros tirados como escombros, sillas fuera de lugar, los trastes acumulando desidia en la cocina. Un desastre absoluto. La ausencia de un toque femenino ha permitido que la casa se convierta en una madriguera de sombras.

El perro no deja de ladrar. Parece no reconocerme; mi aspecto debe ser tan deplorable que me percibe como a un intruso. Me acerco despacio, dejo que huela mis manos temblorosas. Al final me reconoce y agita la cola con una felicidad inquietante. Lo observo fijamente y, por un segundo, la memoria me arrastra lejos de la pesadilla. Es idéntico a aquella mascota que tuve con ella. Los tres éramos felices.

—Por eso te elegí —le susurro, acariciándole la cabeza—. Porque eres tan parecido…

—¡Mierda!

Me golpeo el dedo del pie contra la esquina de un mueble. El dolor es electrizante y me devuelve al presente. Ese mueble no debería estar ahí. Una náusea me sacude al comprender que he estado viviendo como un fantasma en medio del caos. No sé cómo lo he soportado tanto tiempo. No puedo seguir deambulando como un mendigo en mi propio hogar.

Debo ordenar mis ideas o esta desesperación acabará conmigo. No puedo permitírmelo.

En la penumbra de la casa hay un rincón que no pasa desapercibido: una luz entre tanta tiniebla. Mi mirada se posa en ese oasis, el único refugio frente al huracán. Está impecable, segregado de la inmundicia que devora el resto del lugar. Es mi espacio de trabajo. Mi mente se ha condicionado para que solo esa estancia permanezca blindada al caos exterior. Allí doy rienda suelta al instinto. Por un momento, los traumas se diluyen y los miedos retroceden. En ese perímetro sagrado dejo de ser el hombre que deambula sin respuestas para convertirme en el detective Kayn Knux.

Traer el trabajo a casa es mi mayor distracción y mi única salvación. Ocho horas en la oficina nunca son suficientes para alguien que busca respuestas en las sombras. Emily, mi jefa, ha intentado asignarme un asistente, una mano derecha que comparta la carga, pero me he negado. Me siento capaz. ¿O será esta personalidad huraña la que me impide congeniar con nadie?

Preparo un café cargado, justo lo que necesito para recobrar fuerzas. El aroma invade mis sentidos. Siempre encargo el mismo grano a la misma distribuidora; ese perfume es un ancla, algo que me pertenece solo a mí. Me quedo absorto unos segundos.

Ser especialista en criminalística no es un oficio para cualquiera. Ver sangre a diario, cuerpos degollados, cráneos destrozados o torsos perforados por balas pondría en fuga a cualquiera. Pero ese no es mi caso. Por mis venas corre un control mental gélido. Esa frialdad me ha ganado el respeto de mis pares y me ha convertido en un referente dentro del departamento.

Sin embargo, nadie conoce a una persona del todo. Dentro de estas cuatro paredes, el rudo agente Knux se desvanece y deja paso al niño temeroso de ayer. Las pastillas que me recetó el médico son inútiles; las imágenes regresan con violencia renovada. El dolor no da tregua. Me persigue y me atrapa.

—Tengo que superar esta crisis —murmuro contra el borde de la taza.

Bebo un sorbo largo, reúno toda mi fuerza de voluntad y empiezo a trabajar.

Bajo la luz gélida de la lámpara de escritorio inicio el escrutinio de los expedientes. El orden de los documentos es mi única ancla. Deslizo las yemas sobre el papel, hoja tras hoja, rastreando con obsesión ese hilo suelto que me conduzca al autor de una ejecución salvaje.

Examino las fotografías forenses. Las cruces rojas marcan la trayectoria balística con frialdad matemática: ángulo de entrada, punto de salida. Pero hay más. Incisiones punzocortantes, profundas, casi rituales. Al llegar al rostro me detengo.

El cadáver mantiene las mandíbulas desencajadas. Le han amputado la lengua.

El mensaje es una sentencia escrita en carne: el que habla, muere. El hampa más rastrero se ha manifestado.

Suelto un suspiro pesado. No distingo si es fatiga o el residuo tóxico de la pesadilla.

—Uno se vuelve pusilánime en los sueños —murmuro—. Nunca sé qué papel ocupo en ellos.

Consulto el reloj. Afuera, los primeros rayos del sol rasgan la penumbra. Sé que hoy tampoco tendré la respuesta que Emily espera sobre el asesino del comerciante de oro. Harán falta interrogatorios más agresivos. Ella confiará en mí como siempre: “Tómate el tiempo necesario. Haz lo que debas. Tráeme a esa escoria”.

Chequeo la bandeja de entrada. Nada. Cierro la computadora con un golpe seco. Ordeno los documentos, los aseguro en el portafolio y me preparo para cruzar el umbral hacia el resto de la casa. Esa transición siempre me provoca náuseas: desciendo de la luz a las tinieblas. Me siento más protegido entre la sangre real y los crímenes tangibles que frente a los delirios que orbitan en mi cabeza.

Ella vuelve a aparecer. En cada rincón parece aguardarme. ¿Por qué está todo tan desordenado? Quizá el caos es el eco de la miseria que compartimos. Quizá persiste porque cada objeto pisa su recuerdo. Una duda me atraviesa: ¿soy yo quien camina por este pasillo o una sombra que ya murió?

—Demonios…

Una punzada me cruza las sienes. Las imágenes se distorsionan: ella cargando al perro, sonriendo. Está muerta, pero la mascota sigue aquí, mirándome con una fijeza insoportable. Me refugio en el baño. El espejo me devuelve a un desconocido: barba crecida, descuido, el rastro de una batalla perdida. Me lavo la cara con agua helada, pero el cansancio persiste. Abro el cajón, saco las pastillas y me las trago en seco. Solo quiero silencio.

Tomo el abrigo y el portafolio. Cierro la puerta con llave, sellando el manicomio en el que se ha convertido mi vida privada. El niño temeroso y el hombre roto quedan encerrados detrás.

Bajo las escaleras con paso firme. El sonido de mis zapatos resuena en el edificio como una sentencia. El aire gélido de la mañana me golpea el rostro y me purifica. El barrio duerme en una calma engañosa.

Ya no soy el habitante de una casa en ruinas. Ahora soy el agente Kayn Knux, y tengo un asesino que cazar.