El Credo De La Carne by J. R. Royne at Inkitt
Customize readability
Aa

El credo de la Carne

All Rights Reserved ©

Summary

Ángel Navarro solo quería un lugar donde empezar de nuevo. A sus dieciocho años, conseguir un apartamento en el antiguo Edificio Valcárcel parece la primera buena noticia de su vida. Allí conoce a Lía, una chica tan nueva e inexperta como él, y por un instante todo parece sencillo: un hogar, una oportunidad, un futuro. Pero en esa casa nada es tan normal como aparenta. Detrás de las puertas cerradas, entre paredes demasiado delgadas y pasillos que guardan más de lo que deberían, circula una vida secreta hecha de reglas no escritas, deseos compartidos y pecados que nadie admite a plena luz. Entonces Ángel escucha una voz al otro lado de su pared. Una mujer. Una orden. Una invitación imposible de olvidar. Lo que comienza como curiosidad pronto se convierte en obsesión. Mientras se adentra en un mundo de rituales íntimos, vínculos peligrosos y mujeres que despiertan partes de él que ni siquiera conocía, Ángel descubrirá que en el edificio existe algo más oscuro que el deseo: una entrada oculta, una verdad enterrada y alguien que lleva demasiado tiempo observando desde donde nadie debería estar. Porque en el Credo de la Carne nadie es juzgado por lo que desea… hasta que el deseo cruza la puerta equivocada.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: La pared respondió

La llave del 3B pesaba más de lo que Ángel esperaba.

Salomé acababa de dejarla en su palma, junto con una etiqueta de cartón escrita a mano, y el metal frío se hundió sobre la marca rojiza que la caja le había dejado en los dedos. Aun así, cerró la mano. No quería correr el riesgo de soltarla, ni siquiera mientras levantaba la cabeza para mirar el patio del Edificio Valcárcel desde abajo.

Seis pisos de ventanas rodeaban el rectángulo de cielo.

Algunas tenían plantas. Otras, cortinas a medio cerrar, ropa tendida en soportes discretos o lámparas encendidas antes de tiempo. Desde el centro del patio, todas parecían orientadas hacia el mismo lugar: ellos.

—No te preocupes —dijo Lía a su lado—. Seguro que solo están calculando cuál de los dos abandonará primero.

La caja que sostenía amenazaba con abrirse por debajo. Lía la sujetó con una rodilla, reajustó los brazos y consiguió salvarla sin perder la sonrisa.

Ángel bajó la vista.

—Tú llevas ventaja.

—¿Porque mi caja está muriendo?

—Porque ya sabes dónde está la salida.

Lía soltó una risa breve, más abierta al final de lo que parecía haber planeado. Ángel no supo si aquello significaba que la broma le había gustado o que se reía con facilidad cuando estaba nerviosa. Apenas llevaban unas horas hablando: primero en la oficina del programa, después durante el trayecto y, por último, entre cajas en el vestíbulo. Todavía no conocía la diferencia.

Salomé los observó con una paciencia cansada. Vestía una chaqueta azul oscura sobre una camisa clara y llevaba el cabello sujeto con una pinza, aunque varios mechones, atravesados de canas en las sienes, se habían soltado durante el día. No tenía aspecto de casera ni de funcionaria. Parecía una mujer capaz de recordar al mismo tiempo qué puerta no cerraba bien, quién esperaba un paquete y cuántas horas llevaba sin sentarse.

—La salida sigue donde estaba cuando entraron —dijo—. Conviene que continúe así.

Su voz era grave y cálida. No necesitaba subirla para ocupar el patio.

Lía miró a Ángel antes de responder, como si todavía estuviera comprobando si él compartía su clase de humor.

—Primera regla: no perder la salida.

—Esa no está escrita —respondió Salomé.

—Las más importantes nunca lo están.

Salomé sonrió apenas y señaló la carpeta apoyada sobre la mesa estrecha del vestíbulo.

—Las que necesitan conocer hoy sí.

Habían firmado la documentación del programa esa mañana en una oficina situada a cuatro calles del edificio. Contrato, anexos, autorización de ingreso, registro de objetos grandes. El proceso había durado menos de lo que Ángel temía y más de lo que sus hombros podían soportar después de dos viajes desde la estación. El alquiler protegido seguía pareciéndole un error administrativo que alguien podía descubrir si él hacía demasiadas preguntas.

Por eso no había preguntado por qué el vestíbulo era más hermoso que cualquier lugar que hubiera podido pagar.

El suelo de piedra conservaba pequeñas grietas pulidas por décadas de pasos. Los buzones tenían placas nuevas sobre madera restaurada. Había plantas grandes junto a las puertas del patio, un ascensor antiguo y una escalera tan ancha que hacía parecer ridículas las dos cajas apiladas cerca del primer peldaño. Nada era lujoso de la manera limpia y brillante de los edificios nuevos. El Valcárcel mostraba reparaciones, capas, piezas sustituidas sin borrar del todo lo anterior.

Ángel había mirado cada una.

Salomé abrió la carpeta y les entregó dos sobres.

—Reglamento residencial, números de contacto y horarios de las zonas comunes. El salón de la planta baja puede usarse hasta las once. La lavandería funciona con reserva. Las visitas deben registrarse en la entrada, incluso si no pasan la noche.

Lía dejó su caja sobre la piedra con un suspiro de alivio.

—¿Hay una cantidad máxima de familiares que pueden llegar sin avisar?

—La que seas capaz de detener en el portón.

—Entonces necesito otra cerradura.

—La del 4B funciona bien.

La respuesta fue tan seca que Ángel tardó un instante en reconocer el humor.

Salomé continuó:

—No copien las llaves. Si pierden una, me llaman. Tampoco perforen paredes sin autorización. El edificio tiene instalaciones antiguas y algunas reparaciones recientes. Si oyen un sonido estructural que se repite, lo informan.

Ángel giró la llave del 3B entre los dedos.

—¿Qué cuenta como estructural?

Salomé lo miró por primera vez con atención completa. Sus ojos se detuvieron en la cicatriz fina de su pulgar, en las asperezas de la palma y después en la caja marcada como LIBROS que esperaba junto a la escalera.

—Algo que no suene como una persona viviendo al otro lado.

Lía levantó una ceja.

—Eso aclara muchísimo.

—Golpes regulares sin causa, vibraciones, tuberías que cambian de presión, madera que trabaja demasiado. No tienen que diagnosticarlo. Solo avisar.

Ángel asintió. Un edificio construido casi un siglo atrás debía producir más ruidos que una vivienda reciente. Conductos, dilataciones, ascensor, puertas, vecinos. En su casa había aprendido a distinguir quién cruzaba el pasillo por la manera de apoyar el talón. Una pared antigua era una acumulación de causas.

Salomé tomó una de las cajas pequeñas antes de que él pudiera impedírselo.

—Primero el tercero. El ascensor está ocupado con una entrega y no pienso esperar veinte minutos para subir esto.

—Puedo llevarla —dijo Ángel.

—Ya llevas dos.

—No pesan tanto.

Lía pasó junto a él con su caja salvada.

—Eso tampoco responde.

La escalera ascendía alrededor del hueco del ascensor. Ángel dejó que Lía avanzara primero y acomodó una caja sobre la otra. La inferior contenía ropa; la superior, cuadernos, herramientas básicas, una prensa pequeña que había conseguido usada y varios libros que no había tenido valor de dejar en casa. El peso se desplazó hacia su pecho al tomar el primer tramo.

Salomé lo vio.

—Un viaje por caja.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos antes de golpear una moldura.

Ángel apretó la boca y siguió subiendo.

El esfuerzo le calentaba la espalda bajo la sobrecamisa verde oscura. Había dormido poco, comido peor y pasado la mañana demostrando ante desconocidos que podía firmar documentos, administrar dinero y vivir solo. Dejar una caja en el suelo habría sido razonable. También habría parecido una petición.

En el segundo piso, una puerta se cerró con suavidad. Más arriba, alguien arrastró una silla. Del patio llegó el olor de una salsa con ajo; del pasillo, el de cera para madera. El edificio respiraba con la suma ordinaria de vidas que todavía no conocían.

Lía alcanzó el tercer piso antes que ellos y dejó su caja junto a la pared.

—Tres B —leyó en la placa—. Te tocó primero.

Ángel introdujo la llave.

El cilindro ofreció una resistencia breve y después cedió con un giro limpio. La sensación le gustó más de lo que habría admitido. Nadie podía entrar detrás de él por costumbre. Nadie iba a abrir la puerta para buscar una camisa, preguntarle algo o comprobar si seguía despierto. Aquel movimiento sencillo separaba el pasillo de un espacio que, al menos en el contrato, le pertenecía.

Empujó.

El apartamento olía a pintura seca, polvo removido y barniz reciente.

Era pequeño: una sala con cocina abierta, una habitación al fondo, baño y una ventana que daba al patio. Los muebles básicos reducían la mudanza a lo necesario. Mesa, dos sillas, cama, armario, estantes. Había zonas donde la pintura cubría mal las diferencias de tono y otras donde una moldura antigua había sido limpiada con más cuidado que el muro que la sostenía.

Lía se acercó con su caja, pero se detuvo antes de cruzar el umbral.

—¿Puedo pasar?

Ángel tardó un instante en responder. La pregunta le pareció extrañamente formal después de todas las bromas del día, y quizá precisamente por eso recordó que ninguno de los dos había entrado antes en la casa del otro.

—Sí. Claro.

Lía cruzó entonces, dejó la caja junto a la puerta y avanzó solo lo necesario para observar el espacio.

—Tienes más pared.

—Es una medida muy útil.

—La cocina del cuatro B es más grande. Necesitaba consolarte con algo.

Salomé dejó la caja junto a la mesa.

—El agua caliente tarda un poco. La ventana cierra, pero hay que levantar primero el marco. La reparación de esa pared terminó hace dos semanas.

Señaló el lado izquierdo de la sala, compartido con el apartamento contiguo.

Ángel ya lo estaba mirando.

La superficie no coincidía con el resto. Las molduras continuaban por los bordes, pero en el centro había una sección de madera pintada casi del mismo color que el muro. El brillo variaba cuando uno se movía. Una línea vertical, demasiado recta para ser una grieta, descendía desde la altura de su hombro hasta el zócalo. El barniz olía más allí.

—¿Qué había? —preguntó.

—Un armario de servicio antiguo. Se anuló hace años. Durante la habilitación encontraron humedad y reforzaron el cierre.

Salomé respondió sin vacilar, con el tono de quien ya había explicado demasiadas veces por qué una tubería tardaba en calentar.

—No la toques con herramientas —añadió—. Si la pintura se levanta, avísame.

Ángel pasó el pulgar por el borde de la llave.

—Entendido.

Lía se inclinó un poco para observar la pared, manteniéndose a distancia.

—Yo esperaba fantasmas por ese precio.

Salomé consultó la hora en el teléfono.

—El cuatro B está un piso arriba. Les dejo cinco minutos para decidir qué caja sube primero. Después tengo que volver al teatro.

Lía levantó la suya.

—La que contiene comida.

Cuando salieron, Ángel fue el último. Antes de cerrar, miró otra vez la línea de la pared. La unión era demasiado precisa. Parecía una pieza ajustada dentro de otra superficie y después obligada a fingir que siempre había pertenecido allí.

Cerró la puerta.

El 4B era más luminoso incluso con el sol descendiendo detrás de los edificios. Su distribución resultaba sencilla, sin molduras interiores ni zonas recién pintadas. Había una cocina un poco más amplia, una sala rectangular y una puerta principal que podía verse desde casi cualquier punto. Lía probó la cerradura dos veces, abrió un armario, giró el grifo y colocó su llavero —una pequeña espátula metálica unida a tres llaves— sobre la encimera.

—Funciona —dijo.

Salomé le entregó su sobre.

—Esta noche descansen. Mañana podrán bajar las cajas restantes sin bloquear el vestíbulo. Si necesitan algo, escriben. Si no es urgente, procuren recordar que duermo.

—¿Y si no sabemos si es urgente? —preguntó Lía.

—Primero se preguntan si hay fuego, agua donde no debería o alguien que necesita ayuda. Si la respuesta es no, puede esperar cinco minutos.

Ángel guardó su llave en el bolsillo delantero del pantalón. El metal golpeó el teléfono.

Salomé los miró a ambos antes de marcharse.

—El programa les consiguió una vivienda. Lo demás tendrán que construirlo ustedes. No esperen sentir que saben vivir solos desde la primera noche.

Lía cruzó los brazos.

—Yo tenía planeado fingirlo al menos una semana.

—Finge menos y revisa el gas antes de dormir.

Salomé salió, cerró la puerta y sus pasos firmes se alejaron por el pasillo.

Durante unos segundos, ninguno habló.

El silencio del 4B no era verdadero. El ascensor se movía dentro del hueco. Una tubería dejó correr agua en algún lugar. Una voz masculina rió dos pisos más abajo y una puerta respondió con un golpe. Aun así, la ausencia de Salomé cambió el apartamento.

Ya no estaban siendo recibidos.

Estaban dentro.

Lía se agachó junto a la caja y abrió las solapas.

—Tengo dos sándwiches aplastados, una botella de agua tibia y algo dulce que mi madre metió sin preguntarme.

Comieron sentados en el suelo, frente a frente, con la caja abierta entre ambos como mesa improvisada. Lía repartió servilletas, comprobó qué sándwich tenía menos salsa y deslizó ese hacia Ángel antes de quedarse con el que goteaba más.

Él lo notó, pero no dijo nada.

Lía habló mientras acomodaba los envoltorios: el horario de su primer turno, la distancia hasta la cafetería-panadería, la posibilidad de perderse en las calles del centro pese a tener un mapa en el teléfono. Dejaba huecos en lo que contaba, zonas donde podía haber una historia más larga.

—Mi familia cree que vivir sola significa llamarlos para confirmar cada comida —dijo—. Estoy pensando en fotografiar el mismo plato desde cinco ángulos durante un mes.

—La iluminación te delataría.

—Por eso necesito tus ventanas.

Ángel dudó antes de responder. Durante un segundo creyó que hablaba en serio.

—Cobro por sesión.

La sonrisa de Lía confirmó la broma, aunque ella pareció notar la demora.

—Era una explotación hipotética —aclaró—. Todavía no conozco tus tarifas.

—Entonces estamos a tiempo de negociar.

Durante un instante, la broma le hizo sentir que aquel lugar ya era suyo. La sensación produjo una presión extraña bajo sus costillas.

En realidad, seguía siendo inquilino, beneficiario, residente en transición. El contrato tenía condiciones y plazos. Podía perderse. Todo podía perderse si uno demostraba que no sabía cuidar lo recibido.

Lía lo observó por encima del sándwich.

—¿Estás nervioso?

Él respondió demasiado rápido.

—Por el trabajo.

—No te pregunté por qué.

Ángel bajó la vista hacia sus manos. Tenía polvo en los nudillos y una línea roja atravesándole la palma.

—El alquiler está bien. Las clases empiezan pronto. El taller me queda cerca. Solo necesito ordenar.

Todo era verdad.

Lía masticó despacio. Pareció a punto de formular otra pregunta, pero desvió la mirada hacia la ventana.

—Yo también —dijo al fin—. No lo del taller. Lo de ordenar.

El pequeño silencio que siguió no resultó incómodo del todo. Solo incompleto.

—Podemos avisarnos —añadió ella—. No para pedir permiso. Solo… si algo sale mal. Una fuga, una cerradura o cualquier cosa así.

—Una invasión familiar.

—También.

—O un fantasma barato.

—Los fantasmas se informan como sonido estructural.

Ángel bebió agua para ocultar una sonrisa.

Lía chocó el borde de su botella contra la de él.

—Nos avisamos.

Ángel sostuvo su mirada un instante.

—Nos avisamos.

Cuando terminaron, recogió los papeles y se puso de pie. La espalda protestó al enderezarse. Lía también se levantó, apoyando una mano en la caja.

—Puedo ayudarte con la ropa.

—Puedo hacerlo.

—No dije que no pudieras.

Ángel estuvo a punto de responder de la misma forma que antes, pero se contuvo.

—Gracias. Prefiero empezar solo.

Lía lo estudió un segundo y luego asintió.

—Está bien.

Bajaron al 3B por la escalera. El ascensor seguía ocupado. Ángel abrió su puerta y encendió la lámpara de la sala.

La luz cálida alcanzó la pared reparada.

Mientras Lía llevaba una bolsa hacia la habitación, él dejó la caja junto a la mesa. Algo sonó dentro del muro.

No fue un golpe. Un roce breve, parecido a madera deslizándose contra metal, se interrumpió antes de completar el recorrido. Ángel volvió la cabeza. Lía continuaba hablando desde el dormitorio sobre una sábana que podía cubrir una cama o servir de bandera de rendición.

—¿Oíste eso? —preguntó él.

—¿Qué cosa?

El sonido no se repitió.

Ángel se acercó a la pared. La sección central reflejaba la luz con una diferencia mínima. Apoyó dos dedos en la pintura. Estaba más fría que el yeso contiguo.

—Nada —dijo.

Lía apareció en la puerta de la habitación con la sábana doblada sobre los brazos.

—Acabas de preguntarme si oí algo.

—El ascensor.

Ella esperó un instante, miró hacia la pared y después volvió a mirarlo.

—Está bien.

Dejó la sábana sobre la cama.

—Voy a ordenar mi cocina antes de perder la capacidad de tomar decisiones. Escríbeme cuando termines. Quedó una caja pequeña tuya abajo, junto a la mesa de paquetes.

Ángel había olvidado la caja.

—Bajo en un rato.

Lía se acercó a la puerta y apoyó una mano en el marco.

—Nos avisamos, ¿recuerdas?

—Recuerdo.

—Bien.

Cuando se marchó, el apartamento pareció reducirse alrededor del ruido que ya no estaba.

Ángel cerró con llave. Probó el picaporte una vez y se quedó escuchando. Los pasos de Lía subieron al cuarto piso. Una puerta se abrió. Otra se cerró. Después, el edificio recuperó su actividad dispersa: agua, voces amortiguadas, el ascensor, una música lejana que duró menos de un minuto.

Nada dentro de la pared.

Se obligó a abrir cajas.

Colocó ropa en el armario, libros sobre los estantes y la prensa pequeña en un extremo de la mesa. Separó herramientas, cuadernos, adhesivos, hilo. El orden disminuyó el espacio vacío, aunque sus pertenencias todavía parecían prestadas dentro de una habitación prestada.

A las nueve y doce, el teléfono vibró.

Lía: ¿Terminaste o te aplastó una caja?

Ángel escribió: Sigo vivo.

La respuesta llegó enseguida.

Eso no responde.

Sonrió. Antes de guardar el teléfono, añadió: Todo bien.

La frase permaneció en la pantalla unos segundos después de ser enviada.

Entonces la pared dio un golpe.

Uno solo.

Ángel levantó la cabeza.

Esperó.

El segundo sonido fue más bajo. Nacía en la sección de madera y transmitió una vibración leve hacia el zócalo.

Recordó la voz de Salomé: si se repite, lo informan.

Podía escribirle. Tomar una fotografía. Bajar por la caja y dejar la pared para la mañana. Cualquiera de esas decisiones habría sido sensata.

También podía provocar que alguien volviera a revisar el apartamento recién habilitado.

Miró alrededor. La cama sin hacer, los libros todavía inclinados en el estante, la chaqueta sobre una silla, la llave en su bolsillo. Todo lo que había conseguido cabía dentro de unos pocos metros y dependía de que aquella vivienda continuara siendo habitable.

Se acercó.

La línea vertical resultaba más visible de noche. Ángel recorrió la unión con la yema del índice. La pintura cubría una junta fina. En la parte inferior, cerca del zócalo, encontró una irregularidad redonda, apenas elevada bajo el barniz, como una pieza hundida en el panel.

Presionó con el pulgar.

Nada.

Movió el dedo unos milímetros y volvió a intentarlo desde el borde. La pieza cedió con una resistencia seca. Dentro de la pared, algo se desplazó.

Ángel retiró la mano.

El mecanismo no regresó a su posición. Un crujido recorrió la junta y la sección de madera se separó del marco lo suficiente para formar una abertura estrecha. Por ella escapó una corriente fría que rozó sus nudillos.

No procedía de la ventana.

Ángel se inclinó, sin tocar la superficie, y acercó el oído a la ranura.

Escuchó una respiración.

Se apartó de inmediato.

La abertura quedó a la altura de su rostro. Él permaneció frente a ella, a menos de un paso, con el cuerpo tenso y una mano todavía suspendida cerca del panel.

El silencio posterior fue tan completo que dudó de lo que había oído. Podía ser el paso del aire por un conducto. Una vibración. Su propia respiración devuelta por la cavidad.

El teléfono volvió a vibrar sobre la mesa.

Lía: ¿Bajas por la caja o la adopto?

Ángel miró la pantalla y después la abertura.

No respondió.

Volvió a acercarse, esta vez más despacio. Colocó dos dedos junto a la pieza hundida para mantener el panel estable, sin presionarla otra vez, y giró la cabeza hasta dejar el oído a pocos centímetros de la ranura.

Del otro lado, algo rozó la madera.

—¿Hola? —dijo.

Su voz salió más grave de lo que esperaba, pero demasiado baja para atravesar una pared normal.

La respuesta salió de la ranura, a pocos centímetros de su oído.

—Apaga la luz.

Era una mujer.

Adulta. Cercana. La voz ocupaba la cavidad detrás del panel, controlada y baja, como si supiera exactamente cuánto volumen necesitaba para alcanzarlo a él y a nadie más.

Ángel enderezó el cuerpo, pero no retrocedió.

La lámpara seguía encendida a tres pasos. El teléfono mostraba el nombre de Lía sobre la mesa. Salomé le había dicho que informara cualquier sonido repetido. Él acababa de prometer que avisaría si algo salía mal.

Todavía podía detenerse.

—¿Quién eres? —preguntó.

La mujer no contestó.

El aire que salía por la abertura cambió de temperatura. Ya no estaba frío. Llevaba el calor tenue de un espacio ocupado.

Ángel miró hacia la puerta cerrada. La llave pesaba en su bolsillo.

El teléfono vibró otra vez.

No necesitaba leer la pantalla para imaginar otro mensaje de Lía. Podía contestarle con dos palabras, cumplir el pacto que habían hecho hacía menos de una hora y pedirle que bajara. También podía abrir la puerta, llamar a Salomé o alejarse de la pared hasta la mañana.

No hizo ninguna de esas cosas.

Se acercó a la lámpara y dejó el teléfono vibrando sobre la mesa.

Apoyó los dedos en el interruptor.

Ángel apagó la luz.

La oscuridad borró las cajas, la mesa y la puerta.

Detrás de él, la pared respondió.

Let J. R. Royne know what you thought about this chapter!
Love this

1

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

1

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

1

Strong Dialog

Further Recommendations

The Easter Bunny

Lynne: Beautiful short story with a happy ending.luved it.

Read Now
Rebuilding After Betrayal

Adetutu Akinfaderin: I like the plot of the story in general ,though it’s a bit sad it isnt so long as I would have wanted but that’s fine , I’ll definitely recommend it to my friends whose name is actually Shay 😁😁

Read Now
My Horny Alien

Margaret Hines: I’m curious to see how Lily does in her new world.

Read Now
The Grumpy Next Door

Jane: A lovely story with good characters.

Read Now
Claimed By The Wrong Prince

Sasha: What a beautiful story, he was the perfect prince

Read Now
Alpha’s Claim

Dawn Singleton: What a wonderful book! I loved the characters & the plot. Captivating from start to finish!

Read Now
The zatorian

Gabby: I’m working with **Lorey**, a platform that turns novel characters and scenes into interactive experiences readers can play.We can help you:- Turn your story into character profiles- Preserve each character’s voice and relationships- Create an interactive scene for you to reviewYour story won’t be r...

Read Now
The Alpha's Exiled Mate

Mokatoka: Say what????? God! Is it over???

Read Now
THE WOMAN HE BOUGHT

Miss Corey: Great story 👏 Loved it

Read Now