Capítulo 1 - Líneas que no deben cruzarse
El ascensor subía con una lentitud desesperante.
Mario Calderón observó su reflejo en el espejo de acero pulido y por un segundo no se reconoció. El traje oscuro estaba impecable, la corbata bien ajustada, el rostro serio que había aprendido a usar desde que trabajaba en Ecomoda perfectamente colocado. Por fuera, era el director financiero eficiente y discreto. Por dentro, era un nudo constante de pensamientos que no lograban callarse.
El último piso siempre imponía respeto.
No solo por la altura, sino por lo que representaba. Allí estaban las decisiones que nadie discutía, las palabras que no se contradecían, el poder que no necesitaba gritar para ser obedecido. Y allí estaba Daniel Valencia.
El sonido del ascensor al abrirse marcó un antes y un después.
Mario caminó por el pasillo silencioso, consciente de cada paso. Cuando llegó frente a la oficina principal, dudó apenas un segundo antes de tocar.
—Pasa.
Daniel siempre sabía cuándo era él.
La oficina estaba iluminada por la luz cálida del atardecer. Bogotá se extendía tras los ventanales como un escenario lejano. Daniel estaba de espaldas, las manos en los bolsillos, el traje perfectamente entallado. No se giró de inmediato. Nunca lo hacía.
—Cierra la puerta —ordenó.
Mario obedeció.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó más de lo normal. Como si sellara algo invisible.
—Siéntate.
Mario se sentó frente al escritorio. Daniel tardó unos segundos más antes de girarse. Cuando lo hizo, su mirada fue directa, penetrante, de esas que parecían atravesarlo todo.
—El informe trimestral —empezó Mario, profesional—. Ajusté los márgenes según lo que hablamos.
Daniel tomó el documento, lo hojeó sin verdadero interés y lo dejó a un lado.
—Eres eficiente, Calderón —dijo—.
Meticuloso. Discreto. Le gustas a Armando.
Mario asintió, incómodo.
—Intento hacer bien mi trabajo.
Daniel se levantó de la silla y rodeó el escritorio con calma, deteniéndose demasiado cerca.
—Aquí nadie solo hace bien su trabajo —respondió—.
Aquí se aprende a leer silencios… y a obedecerlos.
Mario sintió cómo el aire se volvía más denso.
—¿Sabe por qué lo llamo siempre a esta hora? —continuó Daniel.
—Porque… hay menos gente —respondió Mario, con cuidado.
Una sonrisa apenas visible apareció en el rostro de Daniel.
—Exacto.
Se inclinó ligeramente, apoyando una mano en el escritorio, lo suficientemente cerca como para invadir su espacio sin tocarlo.
—Aquí arriba todo se malinterpreta —dijo—. Y hay líneas que no deberían cruzarse.
Mario sostuvo su mirada.
—Entonces… ¿por qué lo hacemos?
Daniel bajó la voz.
—Porque contigo me lo permito.
El corazón de Mario se aceleró. Intentó levantarse, pero Daniel apoyó la mano en el respaldo de la silla, deteniéndolo.
—Mírame —ordenó.
Mario lo hizo.
Los ojos de Daniel eran oscuros, firmes, peligrosos. No había ternura en ellos, pero sí algo más intenso. Algo que no pedía permiso.
—No te equivoques —continuó—.
Aquí no hay igualdad. No hay promesas. Yo decido cuándo, cómo y hasta dónde.
Mario tragó saliva.
—Lo sé.
—¿Seguro? —Daniel ladeó la cabeza—.
Porque una vez que cruzas ciertas líneas… no hay vuelta atrás.
Se enderezó de pronto, recuperando la distancia, como si nada hubiera pasado.
—Puedes irte —dijo, volviendo al tono profesional—.
Buen trabajo hoy.
Mario se levantó con las piernas ligeramente temblorosas. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, la voz de Daniel lo detuvo.
—Y Mario…
Se giró.
—Aprende esto desde ahora —dijo Daniel, sin mirarlo—: conmigo no se negocia. Se obedece.
La puerta se cerró.
Mario apoyó la espalda contra la pared del pasillo, respirando hondo. Sabía que debía alejarse. Sabía que aquello no era correcto. Sabía que estaba entrando en algo que no iba a terminar bien.
Pero también sabía algo peor.
Que una parte de él ya había decidido quedarse.