Prólogo
Dolía.
No tanto como otras veces. Pero lo suficiente como para que Cale Henituse supiera que su cuerpo estaba al límite.
Otra batalla ganada. Otro desastre colateral. Otro desmayo.
Y como era tradición ya establecida en su vida maldita... lo recibió el vacío.
Un espacio blanco, cálido, sin gravedad ni tiempo. Y la molesta, pegajosa,cariñosapresencia del Dios de la Muerte.
—Mi pequeño caos... mi valiente niño... papá está orgulloso de ti —canturreó la voz de ultratumba más molesta del multiverso.
Cale ya no se molestaba en rodar los ojos. Solo gruñó, con un tono plano.
—No soy tu hijo.
—Pero si siempre caes rendido en mis brazos después de una batalla. Eres básicamente mío.
—¿Vas a matarme esta vez o solo estás aquí para darme cariño no solicitado?
—Qué dramático. No. Esta vez te daré... vacaciones.
Cale lo miró con el escepticismo de quien ya fue engañado por contratos mágicos y cláusulas trampa.
—¿Qué clase de vacaciones?
—Mundo alterno. Sin guerras. Sin enemigos. Solo descanso. Te daré una casa, tres sirvientes leales, dinero ilimitado... y tu peluche-zorro, por supuesto.
En ese momento, el zorro apareció flotando.
Cale lo atrapó automáticamente, con una mezcla de resignación y cariño. Era suave, esponjoso... y tenía ese sello mágico que lo convertía en una bolsa interdimensional. Perfecto para llevar su “kit de emergencia”: galletas, dinero, un cuchillo, vendas, y una manta suave.
—Está bien —suspiró—. Pero si esto es otra de tus bromas dimensionales, juro que...
—Ay, hijo mío. Siempre desconfiado. Anda, ve a descansar. Y recuerda: no hagas nada heroico. Por una vez en tu vida,no salves a nadie.
—Que te coma un pepino —fue lo último que dijo Cale antes de desvanecerse.
Aterrizó.
Con suavidad, sobre una cama de sábanas gruesas y almohadas con plumas.
La habitación era espaciosa, elegante. Y silenciosa. Había logrado lo imposible.
Vacaciones reales.
O eso creyó... hasta que se sentó.
O trató de sentarse.
Su cuerpo... no se sentía igual. Sus piernas eran más cortas. Sus brazos, delgados. Su voz...
—...¿Qué demonios?
Corrió al espejo.
Silencio.
Luego, un suspiro largo. Lento. Profundamente indignado.
En el reflejo: Cale Henituse. Edad aparente: diez años.
—Ese maldito viejo sabía que me rejuvenecería —murmuró, mirando al zorro peluche en sus manos—. Por eso me lo dio sin decir nada.
Levantó al zorro a la altura de los ojos.
—¿Sabías esto? —le preguntó con tono neutro, como si el zorro pudiera confesar bajo presión.
Luego suspiró y lo guardó bajo su brazo.
—No me molesta. Pero me indigna.
Justo entonces, tocaron la puerta.
—Joven maestro, ¿quiere que preparemos té? —preguntó una voz amable.
—Con dos cucharadas de miel, como siempre —respondió Cale, con su voz infantil pero actitud de veterano.
—En seguida, señor.
Y se alejó.
Cale se dejó caer de nuevo sobre las almohadas.
Ni guerras. Ni enemigos.
Pero era un niño. Otra vez.
Y conociendo su suerte... alguien iba a necesitar ser salvado antes del desayuno.