PRÓLOGO
pov's jung suhwa
No es que haya sido el tipo de novia controladora o insegura. Durante casi toda mi relación con él, me esforcé por parecer una mujer firme, equilibrada, alguien que no necesitaba atención constante. Fingí serenidad cuando quería gritar, sonreí cuando lo veía alejarse, y callé cada vez que algo dentro de mí se quebraba un poco más. Nunca lo hostigué, nunca fui esa clase de sombra que lo persigue a todas partes, quise hacerlo feliz. Y, sin embargo, cuando lo pienso ahora, me pregunto si valió la pena tanto intento, tanto silencio. La respuesta llega amarga e inmediata: ni un maldito segundo.
Me enamoré de Jeon Jungkook cuando tenía quince años, en aquel primer día en la escuela secundaria.
Hasta entonces había estudiado en un colegio solo de mujeres, el cambio a un entorno mixto me resultó, al principio, un castigo. Los chicos eran una multitud bulliciosa y vulgar, llenos de risas sin sentido y miradas perversas hacia mi cuerpo. Todos se parecían, eran ruidosos, olorosos, molestos... hasta que lo vi a él.
Jungkook no destacaba por ser el más fuerte o el más alto, destacaba por au porte silencioso.
Recuerdo aquel día con nitidez, estaba en el escenario del auditorio, bajo la luz tenue del mediodía, mientras el resto se agitaba como un enjambre. Él, en cambio, permanecía allí, con el uniforme impecablemente planchado, el cabello oscuro peinado hacia atrás, y una expresión serena que era del todo distante. No sonreía, y tampoco necesitaba hacerlo. Bastaba su presencia para que el ruido a su alrededor pareciera diluirse. Supe, sin entender por qué, que había algo diferente en ese muchacho.
Quizá fue ese contraste que lo diferenciaba del resto lo que me hizo mirarlo una y otra vez. Y así comenzó todo, un sentimiento tan discreto como un suspiro, que con los años terminó devorándome entera.
Quedé asombrada la primera vez que lo escuché hablar. Su voz serena, segura consigo mismo, cada palabra suya parecía cuidadosamente elegida, y aun así, natural...
— ¿Quién es él? —le susurré a la chica a mi costado, incapaz de apartar la vista del escenario.
Ella me miró con los ojos tan brillantes como los míos y respondió en un suspiro:
— Jeon Jungkook. Es el presidente del comité estudiantil. ¿No es hermoso?
Sí, lo era. Pero no solo por su rostro. Había algo en su presencia, en la calma que lo envolvía incluso entre el bullicio, que lo volvía hipnótico. Su mandíbula definida, sus ojos almendrados, los pequeños lunares que solo podían distinguirse de cerca... y sus manos, elegantes, firmes al sostener el micrófono. Sus labios se movían precisos al saber exactamente que decir.
Todo de Jungkook se fue adentrando sin permiso en los rincones más profundos de mi mente. Era un año mayor que yo, pertenecía a otro mundo, uno del que solo podía observar los bordes. No teníamos absolutamente nada en común, ningún motivo para cruzarnos... pero cuando algo se me instala en la cabeza, resulta imposible arrancarlo.
Durante los días siguientes, inventé mil excusas para pasar por el corredor donde quedaba su salón. Fingía buscar un aula, entregar documentos, cualquier pretexto bastaba. Solo quería verlo, aunque fuera unos segundos.
A veces lo encontraba conversando con sus amigos, otras caminando solo, con las manos en los bolsillos y esa expresión tranquila que me resultaba insoportablemente atractiva. Y aunque jamás cruzamos palabra, su presencia comenzó a convertirse en una especie de hábito... uno del que no supe —ni quise— deshacerme.
Honestamente, creo que llegué a verme como una acosadora. Pero no era la única. Al menos una decena de chicas hacía exactamente lo mismo. Deambulaban por su corredor fingiendo casualidad, se exponían al sonreír de sobremanera. Todas compartíamos una meta: conseguir que Jeon Jungkook nos mirara al menos una vez.
Aquel día decidí que sería el mío. Me preparé con esmero en la mañana, alisé mi cabello hasta que cayó sobre mis hombros como una cortina oscura, maquillé mi rostro con los productos que compré a escondidas de mamá, y me rocié su perfume más caro, me hacía sentir más adulta.
Creía que el destino, al menos por una tarde, podría estar de mi lado.
Y, en cierto modo, lo estuvo. Tropecé deliberadamente en medio del pasillo —con una torpeza que ensayé mentalmente más de una vez— y dejé que los libros se esparcieran por el suelo como hojas al viento.
— ¡Oops! —exclamé, fingiendo sorpresa mientras me agachaba—. Qué torpe soy... —murmuré, dejando caer un mechón de cabello tras la oreja, intentando parecer casual.
El muchacho frente a mí —sí, él— se inclinó para ayudarme. Sus manos recogieron mis libros en calma, y cuando alzó la vista me sonrió, juro que por un instante el pasillo entero se desvaneció.
— Está bien, no es nada —dijo con una voz serena que me hizo olvidar cómo respirar. Luego me observó por un segundo más largo de lo debido—. Oh, eres de primer año, ¿no?
— S-Sí —logré responder, con el corazón golpeando tan fuerte que temí que pudiera oírlo—. Mi nombre es Jang Suhwa, y tú eres...
— Jeon Jungkook —contestó, como si no hiciera falta decir más.
Y así, damas y caballeros, es como se da una buena primera impresión. Al menos, eso creí entonces.
Podría decirse que aquel fue un momento decisivo en mi vida, aunque en ese entonces no lo supiera. Desde aquel día en el pasillo, Jungkook y yo no volvimos a separarnos. Nos volvíamos inseparables, como si el destino retorcido nos hubiera entrelazado de forma irreversible. Durante dos años fuimos todo el uno para el otro. O, al menos, eso me gustaba creer.
Hasta que llegó el final dos años después.
Jungkook había ingresado a la universidad. Era el alumno ejemplar que todos admiraban, el hijo modelo de una familia adinerada. Tenía inteligencia, belleza, recursos... pero no bastaba. Para él, nunca bastaba.
Jungkook siempre fue de esa clase de hombres que parecen destinados a devorarlo todo, jodidamente insaciable, ambicioso, perfeccionista hasta la médula. A su lado, todo debía ser exacto e inmaculado. Con el tiempo lo entendí: su control no era cariño, era necesidad. Y yo, joven y estúpidamente enamorada, me dejé moldear por sus manos como si no existiera fuera de su mirada.
Él elegía cómo debía vestirme, cómo debía hablar, con quién podía o no pasar el tiempo. Yo lo permitía, no era por miedo, más bien fue por esa absurda ilusión de que amar era cederlo todo. Poco a poco, mi mundo comenzó a girar únicamente en torno a él. Jungkook no solo era mi amor; se volvió mi oxígeno, mi condena
Por eso, cuando esa tarde en mi propia casa decidió marcharse, mi corazón no solo se rompió, se desmoronó todo lo que era. Recuerdo el sonido de su voz y la forma en que mis manos temblaron intentando retener algo que ya no existía. En medio del silencio que dejó al cerrar la puerta, comprendí lo que había sido realmente.
Una sombra a la que él había dado forma, y que ahora se disolvía sin su luz.
— ¿Qué... qué dices? —jadeé, sintiendo cómo mis manos temblaban sin control.
Era una tarde de sábado cualquiera. El tipo de día en que el mundo parecía detenerse entre los pliegues de las sábanas. Jungkook y yo estábamos acostados en mi recámara, envueltos en el calor del otro, mirando una película cualquiera sin prestarle demasiada atención. Su respiración tranquila se mezclaba con la mía, y todo en ese momento olía a comodidad.
Cuando lo escuché decirlo, creí que había oído mal.
Él se incorporó lentamente, apartando la manta. La luz que se filtraba por la ventana cayó sobre su rostro, revelando una expresión fría sin una pizca de duda.
— Dije que me iré.
Me quedé en silencio unos segundos, pues mi mente necesitaba tiempo para descifrar esas palabras.
— Debes estar bromeando... —alcancé a decir, con una sonrisa torpe que no me creí ni yo misma.
Él no respondió. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse con movimientos tranquilos que me resultaron crueles. El sonido del cierre de su pantalón me resultó insoportable, un ruido seco que parecía sellar la despedida.
— Jungkook... —murmuré, sintiendo el miedo apretar mi pecho—. Dime que estás bromeando.
— No lo estoy —su tono fue plano, sin rastro de emoción—. Me aceptaron la beca en Stanford. Me iré. Mis padres ya organizaron el viaje.
Me quedé sentada, abrazando las sábanas que en ese momento eran un escudo.
— Pero... ya comenzaste la universidad aquí.
Él se encogió de hombros, sin mirarme.
— Perderé un año, pero Stanford lo vale.
Y en ese instante, lo supe.
Supe que su ambición siempre había estado primero.
Que lo nuestro, por más real que pareciera, era solo una pausa en su camino hacia algo más grande.
Lo seguí con la mirada mientras guardaba sus apuntes en la mochila. Quise decirle que lo amaba, que podía esperar, que cualquier distancia era soportable si él lo intentaba también. Pero no dije nada porque, en el fondo, ya lo conocía demasiado. Y cuando Jeon Jungkook tomaba una decisión, el resto del mundo simplemente tenía que aprender a vivir con ella.
— ¡¿Entonces qué?! —grité, mi voz rota por la desesperación—. ¿Te irás así de pronto? ¿Y se supone que debamos tener una relación a distancia? ¿Cómo mierda funciona eso?
— No... no creo que funcione —dijo él calmado mientras nos quedábamos frente a frente. Sentí mis labios secos, incapaces de formar palabras coherentes.
— Jungkook... —susurré, estaba prácticamente rogando ahora de pie, temblando al ver todo mi mundo desmoronarse.
— Mira, Suhwa... —tomó mi hombro con firmeza, y en ese instante una ola de impotencia me atravesó—. Creo que estos años han sido divertidos. Pero hay que admitirlo... no iba a ser para siempre.
Cuando la primera lágrima rodó por mi mejilla, su expresión cambió, y la burla se asomó en su mirada.
— Oh... ¿de verdad creías que nos íbamos a casar y todo eso? —dijo, como si mis ilusiones fueran un chiste.
No supe qué responder.
Desde la primera vez que lo vi, había sentido que era el hombre perfecto para mí. Me imaginé a su lado para siempre; mi esposo, el padre de mis hijos, yo caminando hacia él en un vestido blanco, su mano apretando la mía con la promesa de un amor eterno. Sin embargo, todo eso... todo era solo un delirio de una niña que no entendía cómo funcionaba el mundo real.
Solloce. Mi corazón dolía con cada respiración.
Él suspiró, acomodándose el cabello hacia atrás con una indiferencia que me destrozaba aún más.
— Suhwa... no llores —dijo suavemente, como si intentara consolar a una desconocida—. Aún eres joven, vas a encontrar a alguien más.
Y mientras sus palabras caían sobre mí, sentí que algo dentro de mí se quebraba para siempre. No era solo el fin de nosotros... era el fin de mi propia ilusión de felicidad.
— ¡No quiero a alguien más! —grité con la voz rota, temblando de rabia y dolor—. ¡Te quiero a ti, Jungkook! ¿Se supone que todo este tiempo he sido solo una distracción para ti? ¡Me dijiste que era el amor de tu vida!
Él me miró impasible, actuaba tan distante que terminaba por robarme el oxígeno.
— Creo que lo eres —dijo con voz plana—. Pero eso no significa que debamos estar juntos. Mi futuro está en América... y el tuyo, aquí, en Corea. En una universidad media, si tienes suerte con tus calificaciones.
Sentí un nudo en el estómago y lo empujé, abrumada por la desesperación.
— ¡Sigues tratándome como si fuera menos que tú!
Su expresión se endureció, y su voz se volvió un filo.
— Porque lo eres —sentenció—. Mírame, he sido el mejor alumno desde que tengo memoria. Mis padres son neurocirujanos... y los tuyos solo son dueños de una tienda de pollo frito. ¿Por qué crees que nunca te llevé a mi casa?
Esas palabras me desgarraron. Se sintieron como bofetadas.
— ¡Vete de aquí! ¡Idiota! ¡Te odio! —le grité, empujándolo hacia la puerta de mi cuarto con las lágrimas ardiendo en mis mejillas—. ¡Eres una basura, Jeon Jungkook!
Él se acomodó la mochila al hombro sin perder la compostura, como si mis insultos fueran solo ruido de fondo. Y justo antes de cruzar el umbral, se giró levemente, con una sonrisa torcida.
— Y aun así... seguiré siendo el mejor hombre con el que hayas follado, cariño.
Me guiñó un ojo.
Esa última gota de arrogancia me hizo tambalear. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies mientras la puerta se cerraba, y su perfume quedaba prendido en el aire de mi cuarto para siempre.








