Vampiros Modernos (Sangre y Sexo)

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Summary

Nada muere realmente. Ni los cuerpos, ni los deseos, ni las sombras que los habitan. Solo cambian de forma. Durante siglos, los vampiros han sido narrados como leyendas: depredadores elegantes, condenados a la eternidad, ajenos al amor humano. Pero esta historia no trata de ellos. Trata de lo que ocurre cuando la oscuridad aprende a amar su reflejo. Michel no es un monstruo, pero tampoco un hombre. Fanny no es una víctima, sino el espejo donde convergen la tentación, la fe y la renuncia. Entre ellos no hay redención, solo una búsqueda: trascender la carne sin dejarla atrás. Este no es un cuento de terror ni una fantasía erótica. Es la anatomía de una posesión: cuerpo, alma y destino. Una historia donde el bien y el mal son solo excusas para entender lo que somos cuando dejamos de fingir humanidad. Nada muere realmente. Ni los cuerpos, ni los deseos, ni las sombras que los habitan. Solo cambian de forma. Durante siglos, los vampiros han sido narrados como leyendas: depredadores elegantes, condenados a la eternidad, ajenos al amor humano. Pero esta historia no trata de ellos. Trata de lo que ocurre cuando la oscuridad aprende a amar su reflejo. Michel no es un monstruo, pero tampoco un hombre. Fanny no es una víctima, sino el espejo donde convergen la tentación, la fe y la renuncia. Entre ellos no hay redención, solo una búsqueda: trascender la carne sin dejarla a

Status
Complete
Chapters
36
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capitulo 1 - Entre la inocencia y el deseo

Stepfanny era una chica latina de 20 años, de piel morena, mirada profunda y un cuerpo que, sin ser exuberante, tenía la armonía suficiente para atraer miradas. Los hombres solían detenerse en ella con un deseo apenas disimulado, pero nunca lograban acercarse demasiado

Desde muy pequeña había aprendido a vivir en soledad. La muerte de sus padres la obligó a crecer en casa de familiares poco afectuosos, personas que le daban techo y alimento, pero sin calor ni compañía real. A menudo se sentía como una sombra invisible en aquel hogar.

Hubo noches en que la soledad se le hizo insoportable. Recuerda estar sentada en el rincón de un cuarto oscuro, abrazando una muñeca vieja, mientras escuchaba risas apagadas que venían del comedor, donde sus primos jugaban y ella no era invitada.

Imaginaba entonces que alguien vendría a rescatarla: un caballero de ojos ardientes, un héroe extraño que no temía a la oscuridad. En otras ocasiones, cuando los ruidos de la calle irrumpían en la madrugada —perros aullando, vidrios rompiéndose, gritos lejanos—, su mente infantil transformaba todo en fantasías: veía vampiros merodeando bajo la luz de la luna, criaturas que, en vez de asustarla, despertaban una fascinación que no podía explicar.

Fue en esas noches cuando su imaginación se volvió su refugio más poderoso. Allí, en medio del abandono, nació su capacidad de resistir y también ese apetito secreto por lo prohibido, por lo misterioso, por lo que vivía al margen de la luz del día.

Esa falta de cariño la volvió retraída y desconfiada. Mientras otros niños reían y jugaban en la calle, ella pasaba las tardes imaginando mundos alternos donde era fuerte, deseada y libre. Aquellas fantasías forjaron su carácter: independiente, tenaz y con una sorprendente capacidad para resistir la indiferencia. Desde los quince años tuvo clara una meta: marcharse de esa casa y valerse por sí misma.

Apenas alcanzó la edad necesaria, buscó trabajos ocasionales: repartir volantes, cuidar niños, limpiar oficinas. Todo con un único propósito: ahorrar para independizarse. Finalmente consiguió empleo estable en la biblioteca pública de la ciudad, un lugar que parecía hecho para ella. Allí encontró un refugio perfecto: rodeada de libros, perdida entre pasillos silenciosos y alimentando su voracidad lectora. Con el tiempo, reunió el dinero suficiente para alquilar un pequeño cuarto. No era lujoso, pero para ella significaba libertad.

A los veinte años, Stepfanny ya vivía sola. Poseía lo mínimo indispensable, pero también lo más valioso: paz y autonomía. Dividía su tiempo entre el trabajo en la biblioteca y sus estudios universitarios, a los que había ingresado gracias a una beca.

Su carrera, medicina forense, no era precisamente la elección común de una joven, pero desde niña la muerte le causaba más fascinación que miedo. Para ella, los cuerpos sin vida no representaban terror, sino enigmas por resolver.

La rutina universitaria la ubicó pronto entre los mejores alumnos. Su disciplina y dedicación llamaban la atención de todos, incluidos sus profesores. Entre ellos destacaba uno: Andréi, un hombre de unos treinta años, atractivo y enigmático, que parecía tener un interés especial en ella. Siempre dispuesto a resolver sus dudas, explicaba con una claridad casi hipnótica.

Cuando hablaba del corazón, lo hacía con un respeto solemne, como si entendiera mejor que nadie su fragilidad y lo mucho que podía decidir entre la vida y la muerte. Había en su mirada una seriedad intensa, la de alguien que había visto demasiado, pero que prefería guardar silencio.

Entre sus compañeras corrían rumores: algunas aseguraban que escondía una vida secreta; otras decían que no tenía pareja y especulaban sobre su orientación sexual. Nadie sabía con certeza nada de su pasado.

Lo único seguro era que venía de Europa del Este y que había llegado a la universidad recientemente. Stepfanny, en cambio, no prestaba atención a esos chismes: lo importante para ella era estudiar y mantenerse al margen.

Lo cierto era que no tenía amigos cercanos en la facultad. Había rechazado tantas invitaciones a salir que ya nadie insistía. Su mundo estaba hecho de libros y de fantasías privadas. En sus horas libres en la biblioteca leía sin descanso: manuales de anatomía, novelas de misterio, eróticas y, por supuesto, historias de vampiros.

El sexo, aunque nunca lo había experimentado en carne propia, ocupaba un lugar constante en su imaginación.

Su educación sentimental se había forjado a través de escenas literarias intensas, desbordadas de pasión, que la hacían soñar con el día en que viviría algo similar.

En las noches solitarias, bajo las sábanas, dejaba que esas fantasías la consumieran hasta quedarse exhausta. Era su secreto más íntimo, lo que mantenía viva una chispa de emoción en su existencia rutinaria.

La ciudad caribeña donde vivía estaba llena de contrastes: calles ardientes bajo el sol, música nocturna, bares repletos… pero también crímenes frecuentes. En medio de esa efervescencia, Stepfanny avanzaba en su segundo año de universidad.

Una de las asignaturas más intensas eran las prácticas en la morgue. Para muchos de sus compañeros, entrar allí era perturbador; para ella, un privilegio.

Observar cadáveres la llenaba de un morbo extraño: intentaba descifrar la historia detrás de cada cuerpo, las últimas horas de cada vida truncada.

Andrei era el profesor a cargo de esa asignatura y se mostraba especialmente cercano a ella en ese ambiente.

Corregía sus observaciones, alentaba su curiosidad. Stepfanny lo admiraba, aunque sentía también que había algo oculto en su forma de mirarla.

Una tarde, la rutina se quebró con la llegada de un cuerpo distinto. Tenía heridas poco comunes: la garganta desgarrada y la piel con un tono blanquecino antinatural.

Andréi lo observó con atención y, aunque intentó mantener la calma, Stepfanny percibió un destello de inquietud en su mirada. De inmediato dio por terminada la clase, dejando que el forense trabajara en privado. Pero ella había alcanzado a ver lo suficiente, y aquella visión se le quedó grabada en la mente.

El resto de la jornada transcurrió con una tensión extraña. Stepfanny fingía tomar apuntes, pero su mente volvía una y otra vez a ese cuerpo. Recordaba la herida, el color de la piel casi blanquecina, el gesto de Andréi al interrumpir la práctica. Apenas podía concentrarse en nada más. El murmullo de sus compañeros y el ruido de los pasillos se le hacían lejanos, como si todo se hubiera cubierto de un velo.

Cuando por fin se atrevió a acercarse a Andréi, lo hizo con el corazón acelerado. Con voz firme, le pidió que la dejara observar el cuerpo. Él se negó con un gesto severo, aunque en el fondo parecía igual de interesado en revisarlo.

Tras insistir varias veces, accedió con la condición de que lo harían a solas, en otro momento. Esa promesa, lejos de tranquilizarla, encendió aún más su ansiedad.

Pronto comenzaron a circular rumores en la ciudad: un animal salvaje estaba atacando personas y ya había cobrado su primera víctima. La población se llenó de miedo.

Stepfanny, en cambio, sintió un cosquilleo en el pecho. Lo que había visto no se parecía a un ataque animal común. Recordaba escenas de novelas donde los vampiros dejaban marcas similares. Intentó convencerse de que exageraba, de que era producto de su imaginación, pero la semilla ya estaba sembrada.

Buscó a Andréi sin éxito. Pensó en ir sola a la morgue, aunque sabía que no podría entrar sin autorización. Esa noche, en su cuarto, trató de calmarse. Se conectó a internet y comenzó a leer relatos de ataques misteriosos en distintas partes del mundo, sobre todo en Europa del Este.

En las noticias hablaban de lobos y perros, pero las descripciones eran inquietantemente parecidas a lo que ella había presenciado.

La madrugada se le fue entre lecturas y sobresaltos. Apenas durmió unos minutos, y en esos sueños se vio transformada: no como víctima, sino como parte de una nueva raza que gobernaba en las sombras.

Despertó sudando, con el corazón acelerado. Y, sin embargo, ya no sentía miedo: lo que la invadía ahora era un deseo extraño, una atracción peligrosa hacia lo desconocido. Se duchó apresuradamente, intentando calmarse, pero ni el agua fría borró las imágenes.

Quería llegar cuanto antes a la universidad. Tenía preguntas que solo Andréi podría responder… y un oscuro presentimiento de que su vida estaba a punto de cambiar.