Episodio 1
Suljaa’, llanura de flores
Holiwis kiwis
Mi nombre es Luci.
Bonito nombre, ¿verdad? A mí me gusta. Es corto, suena bien y sirve para todo: para presentarte, para firmar cuadernos y para cuando tu mami lo grita desde la cocina.
Vivo en un pueblo llamado Suljaa’, al norte del estado de Guerrero, colindando con Oaxaca… creo. Bueno, mi pueblo está un poco escondido, así que no me pidan exactitud geográfica.
¿Sabían que Suljaa’ significa “llanura de flores”?
Eso dicen los abuelos.
Nuestros ancestros le pusieron así porque aquí siempre florece algo. No importa el mes, no importa el clima. Cada temporada trae flores distintas, como si la tierra llevara un calendario propio.
En enero, florecitas pequeñas junto al río.
En marzo, colores que cubren los cerros.
En junio, con las lluvias, el verde se vuelve tan intenso que duele mirarlo mucho tiempo.
Y aun en los meses secos… algo brota. Siempre.
No es casualidad.
Por eso Suljaa’.
Porque este lugar no deja de vivir.
Hoy es la penúltima semana de secundaria antes de pasar a segundo.
Ascenderé finalmente, yeii
Sean testigos de mi ascenso a lo—
—¡LUCÍ!
¡Ya levántate!
Me despierto de golpe.
—¡Ya voy, mamá!
Bueno, como les decía…
Mi pueblo es un lugar bello y tranquilo. He vivido aquí desde que nací y—
Primero el desayuno.
El café ya está listo. Huele fuerte, calientito, como solo huele el café temprano en el pueblo. Me sirvo un pan, todavía medio dormida, mientras escucho lo de siempre: gallos, pasos afuera, una radio vieja con música bajita.
Me pongo el uniforme: falda azul, blusa blanca, suéter porque en la mañana hace fresco. Me amarro el cabello rápido, mal como siempre, y salgo.
Caminar por Suljaa’ es algo que no pienso mucho.
Las casas están cerca, la gente saluda aunque no te conozca bien, y el aire… el aire se siente distinto. Limpio. Como si lo pudieras guardar para después.
El aire aquí recuerda.
—¡Luci! —me llaman.
Son mis amigas. Caminamos juntas, hablando de cualquier cosa: tareas, chismes, quién reprobó, quién copió, quién dice que ya no va a estudiar.
Yo hablo mucho.
A veces me interrumpo sola.
A veces la historia parece contarse desde otro lugar.
Llegamos a la secundaria.
—Luci —dice la maestra—, ¿lista para tu exposición?
…
—¿Exposición?
Silencio.
—La de hoy —añade—. La que tú y tu equipo presentan.
Risas. Varias. Demasiadas.
Ella lo olvidó.
Sonrío nerviosa.
—Claro, maestra —miento.
Prometo exponer mañana, cruzo los dedos, sonrío más fuerte. Sobrevivo.
La clase sigue.
Y entonces lo veo.
Está sentado junto a la ventana, hasta la esquina del salón. Mirando hacia afuera, como si lo que importa estuviera lejos de aquí.
Uri.
Lo conozco desde que íbamos en jardín de niños.
No es cierto.
Siempre ha sido callado. Las únicas veces que lo he oído hablar han sido por casualidad.
Ella escuchaba detrás de las puertas.
El timbre suena. El día avanza. Los días pasan.
Casi sin darme cuenta, estamos ahí.
Graduación.
Todos gritan, aplauden, se abrazan.
—¡Felicidades a los graduados!
Sonrío, mirando alrededor.
El siguiente año voy a llevarme mejor con todos. Voy a tratar de no olvidar tareas.
Tal vez llegar más temprano.
Tal vez hablar un poco más con algunos.
No sé.
Olvidar menos exposiciones.
Los gritos siguen.
Fotos, abrazos, risas que se mezclan con el calor de la tarde.
Me ajusto el suéter y busco a mis amigas entre la gente.
El siguiente año...
Por ahora solo quiero ir a casa, tomar agua fría y no volver a usar este uniforme en un buen rato.
Suljaa’ sigue igual.
El mismo cielo, el mismo viento, las mismas flores.
Y yo…
yo sigo siendo yo.