Prólogo
Su delgado cuello entre mis manos, ese grito ahogado mientras luchaba por respirar, la suavidad de la piel blanca entre sus piernas, su hermoso cabello largo… Todo en ella me excitaba: sus ojos inocentes empañados por las lágrimas que me observaban con terror, la forma en que se aferraba a la vida e incluso la presión de su cuerpo mientras yo permanecía en su interior. Sentía la yema de sus dedos, tersas y desesperadas, intentando apartar mis manos de su garganta, y el leve y errático subir y bajar de su pecho.
Ella me volvía loco. Solo quería terminar dentro de su cuerpo antes de que su pulso se detuviera y su piel se enfriara. Sin embargo, nada se comparaba a la dulzura de su sangre bajando por mi garganta, ni a la sensación de mis colmillos hundiéndose en su carne.
Ese deleite se vio interrumpido por un golpe en la puerta.
—¿Señor Vladimir? —se oyó una voz temblorosa desde el otro lado.
—¿Cuántas veces les he dicho que no me interrumpan mientras me alimento? —Su tono, cargado de furia, hizo vibrar las paredes del viejo castillo.
—Muchas, señor… pero los hemos encontrado.
Vladimir no necesitó preguntar a quiénes se refería. Una sonrisa se asomó por la comisura de sus labios, dejando escapar un delgado hilo de sangre.
—¿Qué esperan para traérmelos?
Ante sus palabras, la persona se marchó a toda prisa, dejando atrás solo el eco de sus pasos. El hombre, entonces, regresó a lo suyo.