Capítulo 1
NACI EN UN ERROR?
Desperté sin sobresaltos, pero con una extraña sensación en el pecho. Como si algo estuviera fuera de lugar... como si me hubiera perdido un capítulo entero de mi propia vida.
El techo era de madera. Las paredes también. Olía a polvo, madera vieja y un poco a pino.
Me senté. Mis manos eran más grandes de lo que recordaba. Mi cuerpo... distinto.Me levanté y caminé hasta un espejo colgado de forma torpe en una pared.
Y ahí estaba.
Un chico. Trece años, tal vez. Ojos verdes. Pelo castaño oscuro algo revuelto.Cara común. Voz neutral. Pero por dentro, yo sabía:
No era un chico. No siempre lo fui.
En mi mundo anterior —el mundo real— yo era una chica. Una persona distinta, con una vida normal, un entorno conocido, y sobre todo... lejos de esto.
Pero ahora estaba en Gravity Falls.
Y eso lo cambiaba todo.
Lo más confuso fue que, a pesar de saber que reencarné, tenía ciertos recuerdos que no me pertenecían. O... ¿sí?
Sabía cuál era la ruta más rápida al mercado.Sabía que la señora O’Donnell regañaba a los niños por pisar sus flores, pero que al mismo tiempo guardaba dulces en su bolso.Sabía los horarios del camión de leche. Incluso el nombre del perro que siempre dormía bajo el banco del parque: Klaus.
Era como si esta vida me hubiera adoptado completamente.
Y lo más perturbador...Todos me conocían.
—¡Elian! ¿Ya pasaste por tus bollos? —gritó el panadero cuando crucé la esquina.
—¿Vienes a ayudarme con el cartel del festival? —me preguntó Tambry, sin mirarme desde su celular.
—¡Niño Elian, pasa por miel! ¡Las abejas de hoy están tranquilas! —gritó un anciano apicultor que no recordaba haber visto en mi vida.
Todo el pueblo me trataba como si siempre hubiese estado allí.No como un nuevo vecino. Ni como alguien que llegó hace poco.Sino como un chico de aquí. Uno de ellos.
Era parte del telón de fondo de Gravity Falls.
Y por dentro, eso me helaba un poco.
Supuestamente, trabajaba en laCabaña del Misteriodesde hacía meses. Todos lo sabían. Incluso yo tenía un pequeño uniforme: una gorra con una interrogación mal bordada y una camiseta con olor a resina.
Stan me hacía barrer la entrada y atender el mostrador de souvenirs.Decía que no molestaba tanto como los demás niños.
—Tienes cara de niño bueno. Los turistas se sienten seguros contigo cerca —gruñó un día mientras contaba billetes—. Y además, no robas. Eso ya te hace mejor que Soos.
Soos, en cambio, era amable desde el primer segundo. Siempre me saludaba con un apretón de hombro o un “¿qué rollo, bro?”
—Me alegra que estés aquí, compa. Tú haces que el lugar se sienta menos... embrujado —me dijo mientras arreglaba un cable pelado que hacía chispear la máquina de chicles.
A veces almorzábamos juntos en el porche trasero. Nachos fríos y gaseosa tibia.Y él hablaba de portales, monstruos invisibles y Stan teniendo un sótano secreto lleno de caracoles gigantes.
No le creía. Pero me divertía escucharlo.
Wendyllegaba tarde y se iba temprano. Se recostaba en el mostrador y lanzaba papelitos al ventilador de techo mientras murmuraba cosas como:
—¿Por qué vine hoy? Este lugar huele a taxidermia y fracaso.
Pero no se iba. A veces me preguntaba por cosas tontas: si me gustaban los helados, si tenía hermanos, si creía que los gnomos eran reales.
Nunca le dije toda la verdad.
Un día me dijo:
—No hablas mucho, pero eso está bien. A veces el silencio es más cómodo que las palabras.
Y volvió a tirar un papel al ventilador, que no cayó.
Un jueves cualquiera, el excéntricoMcGucketapareció en la entrada con una caja llena de aparatos que parecían licuadoras mal ensambladas.
Me miró como si me conociera de otra vida.
—¡Tú! Niño de sonrisa tranquila. ¡Tú puedes detener la frecuencia invisible de los grillos interestelares!
—¿Eh?
Me lanzó un gorro con hélice oxidada y se fue sin más.
No supe si reírme o preocuparme.
La rutina de pegar volantes no era nueva para mí, según los recuerdos que no pedí. Stan me mandaba a colocar propaganda por todo el pueblo.
Fue en esa rutina donde me topé conPacífica Northwest.
Caminaba con su grupo habitual, toda elegancia artificial y aire de superioridad.
—¿Tú trabajas en la Cabaña del Misterio? —preguntó con una ceja alzada.
Asentí.
—Ugh... pensaba que todos allí olían a moho y fracaso. Pero tú... no hueles mal.
No supe qué responder. Solo la miré.
—No me malinterpretes. No me agradas ni nada. Solo... hablas normal.
Y se fue.Pero antes de dar la vuelta a la esquina, la vi mirar por encima del hombro.
Solo un segundo.
Era casi como un patrón.
Todos parecían sentirse bien estando cerca de mí.Como si mi sola presencia les quitara peso de los hombros.
No me consideraba especial. Ni atractivo. Ni interesante.No estaba haciendo nada.
Pero igual me trataban con afecto.Con una suavidad que no parecía encajar con lo que realmente era:una intrusa disfrazada de niño dulce.
Y aunque no entendía el motivo...tampoco lo podía evitar.
Esa tarde, barría la entrada mientras el sol filtraba sus últimos rayos entre los árboles.
Entonces vi cómo una camioneta azul se detenía al final del camino.
Bajaron dos figuras:Un chico con gorra azul y expresión tensa.Y una chica con suéter rosa y ojos curiosos.
Dipper y Mabel Pines.
No necesitaba confirmarlo.Sabía quiénes eran.
Y ellos... también me miraron como si me conocieran.
Mabel me saludó con la mano.
—¡Hola, Elian! ¿Sigues trabajando aquí? ¡Genial! ¡Vamos a ser amigos!
Y sin esperar respuesta, me abrazó como si lo hubiera hecho cientos de veces.
Dipper solo frunció el ceño, curioso.No molesto. No desconfiado. Solo... pensativo.
La historia comenzaba.Pero esta vez, yo ya estaba dentro de ella.
Y lo que venía... era más grande de lo que imaginaba.
Pero por que acabo aqui? no entendia, solo siente que esta esperando algo....
la verdad no quiero publicarlo pero no lo quiero tener aqui en mis borradores, se me fue la inspiracion de esta historia y me quede en blanco y solo le hice dos capitulos.
![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)







