Capítulo 1
Lo que no se olvida
El aire olía a madera vieja, café recién molido... y algo más. Algo sin nombre, pero que dolía como un recuerdo encerrado demasiado tiempo.
Aria entró al salón de exposiciones con paso firme, aunque su corazón golpeaba como si volviera a tener quince años. Su vestido de lino color hueso flotaba a su alrededor con la misma libertad con la que había vivido los últimos veinte años. No llevaba maquillaje. Solo el tiempo en la piel, y los ojos de quien ha amado, perdido y sobrevivido.
Los murmullos en la galería eran suaves. La luz cálida, indirecta. El tipo de lugar donde uno no entra buscando arte, sino algo de sí mismo.
Y ahí estaba él.
Beom Tae‑ju.De espaldas.Inconfundible.
El cabello, ya mezclado con grises, estaba cuidadosamente peinado hacia atrás. El corte recto de su chaqueta gris oscuro no disimulaba el leve encorvamiento de los hombros. Se notaba en su postura que no era un hombre joven. Pero tampoco era un hombre vencido.
Miraba un retrato en blanco y negro con los brazos cruzados detrás de la espalda. Inmóvil. Como si el mundo se hubiera detenido con él.
Aria lo supo antes de que se girara. Porque uno no olvida a quien amó de verdad. Aunque hayan pasado años. Aunque la historia nunca se escribiera.
—No pensé que te interesara el arte —dijo ella, su voz rompiendo la distancia entre ellos como una piedra lanzada suavemente al agua.
Tae‑ju se volvió con lentitud. Tardó un segundo más de lo necesario en reconocerla.
Pero cuando lo hizo...Su expresión se desarmó.No fue sorpresa. Fue algo más íntimo. Más lento. Más devastador.
—Aria...
Su voz no había cambiado. Era la misma que la había hecho temblar una tarde de primavera, en un rincón olvidado del jardín de su madre, cuando aún eran demasiado jóvenes para saber lo que dolía el silencio.
Ella sonrió, apenas. Una mueca leve, cargada de ironía y ternura.
—Hola, Tae‑ju.
Él dio un paso hacia ella, pero se detuvo a medio camino. No sabía si abrazarla o pedir perdón. O ambas cosas. No sabía si tenía derecho a hacerlo.
—Pensé que estabas en Europa —dijo al fin, su voz buscando equilibrio.
—Estaba. Me cansé de correr.
—¿De qué?
—De todo. —Aria bajó la vista un segundo, como si pisara recuerdos—. De mí. De lo que no pasó.
Tae‑ju no dijo nada. Porque él también había corrido. Solo que hacia el otro lado.
—Viniste sola —dijo, casi en un susurro.
—Como siempre.
Hubo un instante largo, tibio, incómodo solo en apariencia. Como si el tiempo se plegara sobre sí mismo para que ambos se miraran sin edad. Como si el mundo entero se hubiera agachado para escuchar.
—Y tú... ¿sigues con ella?
Él negó con la cabeza lentamente.
—No. Hace años que no.
—¿La segunda tampoco?
—La segunda menos aún.
—Entonces... ¿estás solo?
Tae‑ju sostuvo su mirada.—No lo estoy desde que entraste por esa puerta.
Aria parpadeó, sorprendida. No por las palabras, sino porque él las dijera. Siempre había sido prudente. Siempre había preferido callar lo que sentía. Incluso cuando eso significó perderla.
—Siempre fuiste mejor con las palabras cuando ya era tarde —murmuró ella, apenas audible.
—Y tú, mejor con las ausencias.
Ella bajó la mirada. No para evitarlo, sino para contener las emociones. Recordó los veranos, los caminos de tierra, las cartas nunca enviadas. Y también los silencios. Sobre todo, los silencios.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —preguntó él con una voz que intentaba sonar casual... pero que temblaba ligeramente.
Aria lo observó. Y en su rostro vio al hombre que pudo haber sido suyo. El que no tuvo el valor. El que tuvo que seguir otro camino. El que ahora, por alguna razón, volvía a aparecer.
—No lo sé —dijo—. Quizás hasta que deje de doler. O hasta que ya no importe.
Tae‑ju sonrió con tristeza.
—Yo nunca me fui, ¿sabes?
—Lo sé. Por eso no regresé.
Ambos callaron. Un silencio largo. Cómodo. Doloroso.
Y en medio de todo, como una grieta que se abre sin romper, ella dijo:
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que nunca te tuve. Pero nunca me sentí tan tuya como entonces.
Él no respondió. Solo la miró como si verla doliera... pero también sanara.
Y entonces, con una voz grave y baja, dijo lo único que aún podía decir:
—Si alguna vez quieres quedarte... esta vez no me voy a ir primero.