Única parte
Seo Changbin jamás imaginó que aceptar la invitación a esa fiesta cambiaría su vida para siempre. Salió de su departamento aquella noche con una sonrisa cansada, creyendo que solo sería un rato con sus amigos, unas copas, risas y música. Pero ahora estaba allí, en un lugar que jamás pensó pisar: el sótano húmedo de una casa que no reconocía, con las manos amarradas a un tubo de hierro oxidado.
Su respiración era entrecortada, el sudor frío le corría por la frente y un temblor incontrolable lo recorría. Cada vez que intentaba moverse, las sogas se clavaban más en su piel, dejando marcas rojas que con el tiempo se volvían moradas.
"¿Cómo carajos terminé aquí?", pensaba, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que iba a desgarrarle el pecho.
El silencio del sótano era sofocante, interrumpido apenas por el goteo constante de una tubería y el eco de su propia respiración agitada. Había gritado tanto en las primeras horas que su garganta estaba desgarrada, seca y ardiente. Ningún vecino, ningún transeúnte, nadie lo había escuchado. Sus esfuerzos habían sido inútiles.
Changbin cerró los ojos con fuerza, deseando despertar de esa pesadilla.
Entonces, escuchó pasos.
El crujido de la madera sobre su cabeza lo hizo estremecer. Una llave giró en la cerradura y la puerta metálica del sótano se abrió lentamente, dejando entrar un haz de luz que apenas iluminó la figura que descendía las escaleras.
Changbin levantó la mirada, y su corazón se detuvo por un instante.
Era Han Jisung.
El chico que recordaba de la secundaria, aquel menor de rostro inocente y sonrisa tímida. Un chico al que siempre había visto como un estudiante callado, invisible para la mayoría... ¿Cómo podía ser él?
-Changbinnie... -la voz de Jisung sonó suave, casi tierna, como si lo estuviera despertando en una mañana cualquiera-. ¿Cómo amaneciste?
Changbin lo miró incrédulo, con los ojos abiertos de par en par. Su miedo se transformó en rabia de golpe.
-¡Eres un bastardo! -escupió, con la voz ronca pero cargada de odio-. ¡Eres un maldito loco!
Jisung parpadeó, sorprendido al inicio, pero luego sonrió. Una sonrisa que contrastaba con el brillo perturbador de sus ojos.
-¿En serio soy eso, hyung? -preguntó con una dulzura tan fingida que lo hacía ver aún más siniestro.
Changbin tensó la mandíbula. No quería mostrarse débil, aunque por dentro se estaba desmoronando.
-Sí -gruñó-. ¡Suéltame ahora mismo! ¡No diré nada! Fingiré que solo fue una tontería tuya, ¿okey? Solo... suéltame.
Jisung inclinó la cabeza, como un niño confundido, y luego negó suavemente.
-Pero yo no quiero soltarte, hyung... -susurró-. Tú eres mío.
El estómago de Changbin se revolvió.
-¡Estás enfermo! -escupió, desesperado-. ¡Yo no soy tuyo ni de nadie, estás loco!
Jisung se rió bajito, un sonido que se clavó en la piel de Changbin como agujas.
-Ya me lo habías dicho... así que, sí, estoy loco.
Sin darle más explicaciones, Jisung se dio media vuelta y salió del sótano, cerrando la puerta con llave.
Changbin quedó jadeando, con los ojos empañados de lágrimas que se negó a soltar. Intentó pensar que todo era una broma, una pesadilla que pronto terminaría. Pero cuando volvió a escuchar los pasos de Jisung horas después, trayendo una bandeja de comida, supo que aquello era real.
El menor bajó con una sonrisa radiante, como si nada extraño ocurriera.
-Seguro tienes hambre, changbinnie. Te traje tu comida favorita -dijo emocionado, como un niño que ofrece un regalo.
Changbin apretó los dientes. Su corazón latía a mil por hora. El olor de la comida, que en otras circunstancias le habría abierto el apetito, ahora le revolvía el estómago.
-Yo te ayudaré a comer -añadió Jisung, acercándose demasiado.
El mayor cerró los labios con fuerza. Quería escupirle en la cara, pero el miedo lo paralizaba. Sabía que Jisung podía ser capaz de cualquier cosa. Con una paciencia escalofriante, el menor le acercó un trozo de comida a los labios. Changbin tragó saliva y, contra todo instinto, aceptó. No porque quisiera, sino porque necesitaba conservar fuerzas.
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Los días se convirtieron en semanas. Cada intento de escapar terminaba con Jisung castigándolo. Golpes, moretones, palabras dulces mezcladas con amenazas. Changbin perdió la noción del tiempo, calculando los días solo por las tres comidas que recibía.
Un día, después de lo que calculaba era un mes, despertó y se dio cuenta de que ya no estaba amarrado. Al principio creyó que era una trampa. Pero Jisung simplemente lo dejaba moverse dentro del sótano: ir al baño improvisado, asearse un poco. Eso no significaba libertad. La puerta seguía cerrada.
El dolor se había vuelto parte de su rutina. El cuerpo de Changbin estaba cansado, marcado, y el corazón... destrozado.
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Una tarde, escuchó la puerta abrirse de nuevo. Jisung bajó, como siempre, pero esta vez con un brillo extraño en los ojos.
-Hyung... ¿estás bien? -preguntó con voz suave.
Changbin lo ignoró. Estaba harto de jugar a esa farsa.
El gesto amable en el rostro de Jisung se desfiguró en segundos. Lo agarró con fuerza del mentón, obligándolo a mirarlo.
-¿Estás sordo o qué? -gruñó-. ¡Te estoy hablando y tienes que responderme!
La cachetada llegó sin aviso, un golpe seco que le ardió en la mejilla. Changbin apretó los labios, luchando contra las lágrimas.
-Estoy bien -murmuró al fin, apenas audible.
Y como si esas dos palabras fueran música, Jisung sonrió como un niño satisfecho.
-Eso es bueno, hyung.
Changbin lo odiaba. Odiaba su sonrisa, odiaba su voz, odiaba el modo en que lo trataba como un juguete roto que aún debía responder a sus caprichos.
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El quiebre llegó una noche.
Jisung bajó al sótano más callado de lo normal. Se acercó despacio, se acuclilló frente a Changbin y lo sostuvo por el mentón una vez más.
-Hyung... -susurró, con la voz temblorosa pero cargada de deseo-. Quiero besarte.
Antes de que Changbin pudiera reaccionar, los labios del menor chocaron con los suyos. El mayor se quedó en shock, y cuando por fin reaccionó, lo empujó con todas sus fuerzas.
-¡¿Qué mierda haces?! -gritó.
Pero Jisung solo rió, esa risa que ya era demasiado familiar.
-Eres mío... -murmuró, empujándolo contra el suelo.
Changbin intentó resistirse, pataleó, forcejeó, pero Jisung era más fuerte de lo que aparentaba. Lo inmovilizó fácilmente, arrancándole la camiseta de un tirón. Con la tela rota improvisó ataduras, amarrando las muñecas de Changbin por encima de su cabeza.
-¡No, Jisung! ¡Detente! -la voz de Changbin era un alarido desesperado.
Pero el menor estaba cegado por su obsesión. Besó su cuello, su pecho, recorrió cada parte de su cuerpo con manos temblorosas pero decididas. Changbin lloraba, suplicaba, rogaba por clemencia.
Jisung no escuchó. Bajó el cierre de su pantalón, apenas lo suficiente.
El dolor llegó como un cuchillo. Una embestida seca, brutal, sin preparación. Changbin gritó, un sonido desgarrador que retumbó en las paredes del sótano.
-¡Aghhh! ¡Por favor, basta, Jisung! ¡Me duele!
El menor jadeaba sobre él, hundiéndose una y otra vez sin detenerse.
-Te sientes tan bien, hyung... -susurró entre jadeos-. Tan apretado... tan mío.
Changbin lloraba sin control, su cuerpo convulsionaba de dolor y miedo.
-¡Por favor! ¡Te lo ruego, detente! -gritaba entre sollozos.
Pero sus súplicas caían en oídos sordos.
El sonido de la piel chocando contra piel llenó el sótano, mezclado con los gemidos de placer de Jisung y los gritos de agonía de Changbin. La diferencia entre ambos era abismal: para uno, un paraíso; para el otro, un infierno.
El clímax llegó con un gruñido de Jisung y un sollozo de Changbin. Cuando todo terminó, el menor se apartó lentamente, liberando las muñecas de su hyung. Changbin quedó tirado en el suelo, con lágrimas empapándole el rostro, el cuerpo temblando y un rastro de sangre en el piso frío.
Jisung lo miró en silencio unos segundos, con una mezcla de satisfacción y culpa en su rostro. Luego salió del sótano, dejándolo solo con el dolor y la dignidad hecha pedazos.
Changbin apenas logró ponerse los pantalones y se acurrucó de costado, abrazándose a sí mismo. El ardor en su cuerpo era insoportable, pero lo que más dolía era el vacío en su pecho.
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Arriba, Jisung golpeaba su propia cabeza con fuerza.
"Idiota... idiota...", se repetía una y otra vez. Se había prometido que nunca lo lastimaría, pero lo había hecho.
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El frío del sótano parecía más pesado después de lo que había ocurrido. Changbin apenas dormía; cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos del dolor lo despertaban entre jadeos y lágrimas. Su cuerpo seguía ardiendo, no solo por las heridas físicas, sino por la humillación. Sentía que su alma había sido desgarrada.
Jisung no bajó durante un día entero. Changbin creyó que quizás lo había abandonado allí para morir, y en su mente esa idea no sonaba tan terrible. Pero la puerta se abrió al día siguiente.
El menor descendió las escaleras con pasos lentos, cargando una caja blanca. Sus ojos estaban rojos, hinchados, como si hubiera llorado. Se arrodilló frente a él sin atreverse a sostenerle la mirada.
-Hyung... -murmuró con la voz quebrada-. Lo siento...
Changbin lo observó con un odio helado. No respondió.
-Yo no quería... -continuó Jisung, tambaleando en sus palabras-. Solo... me dejé llevar. Pero yo te amo, hyung. No entiendes cuánto te amo...
El mayor apretó los puños. Quería gritarle que el amor no se demostraba con cadenas, golpes y violaciones. Quería escupirle en la cara. Pero su garganta solo dejó escapar un susurro:
-Eres un monstruo.
El rostro de Jisung se desmoronó.
-Tal vez lo soy... -dijo, con lágrimas rodándole por las mejillas-. Pero soy un monstruo que te ama, y por eso voy a cuidarte. Aunque me odies... aunque me llames loco... no te dejaré.
De la caja sacó vendas, gasas, desinfectante. Con una delicadeza casi enfermiza, empezó a limpiar las heridas de Changbin. Cada vez que el mayor temblaba bajo su contacto, Jisung murmuraba "perdón" en voz baja, una y otra vez, como un mantra.
Changbin cerró los ojos. Estaba demasiado cansado para resistirse.
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Los días siguientes, Jisung cambió. No hubo más golpes, no hubo castigos. En lugar de eso, bajaba con ropa limpia, platos preparados con cuidado, incluso flores. Transformó poco a poco el sótano: puso una cama sencilla, una mesa, una lámpara de luz cálida. Las paredes grises empezaron a cubrirse con dibujos y notas que él mismo hacía.
-Quiero que estés cómodo, hyung -decía, con una sonrisa nerviosa-. Aunque todavía no puedo dejarte salir...
Changbin lo miraba en silencio, desconfiado. Parte de él pensaba que era otra manipulación, otro truco antes de volver a hacerle daño. Pero otra parte... una parte cansada y vulnerable... encontraba algo de consuelo en esos gestos.
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Una noche, Jisung bajó con un ramo de rosas blancas.
-Son para ti, hyung -dijo tímidamente, como un adolescente declarando su amor por primera vez.
Changbin no extendió la mano, pero Jisung las dejó en la mesa. Luego se sentó en el suelo, frente a él, y suspiró.
-¿Sabes por qué te traje flores? -preguntó.
El mayor no respondió.
-Porque quiero que sepas que no eres mi prisionero... eres mi todo.
Aquella frase hizo que a Changbin le recorriera un escalofrío.
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Pasaron semanas. El odio de Changbin seguía allí, pero algo extraño empezó a brotar en medio de su agotamiento. Había momentos en que Jisung lo hacía reír con algún comentario torpe. Había instantes en que el menor lo miraba con tanto fervor que parecía imposible no sentirse querido.
Era confuso. Era enfermizo. Pero el aislamiento, el tiempo, la soledad... empezaron a erosionar las defensas de Changbin.
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Una noche, después de cenar, Jisung se sentó en la cama, muy cerca de él.
-Hyung... -dijo, con voz baja-. ¿Todavía me odias?
Changbin tragó saliva. Su corazón palpitaba con fuerza.
-Sí.
Jisung sonrió triste.
-No me importa... seguiré aquí hasta que un día ya no lo hagas.
Se inclinó, despacio, dándole a Changbin la oportunidad de apartarlo. El mayor no se movió. Estaba cansado, demasiado cansado. Y los labios de Jisung tocaron los suyos con una suavidad desconcertante, tan diferente de aquella primera vez.
El beso se prolongó unos segundos. Cuando se apartaron, Changbin tenía el rostro caliente y los ojos confusos.
-Jisung... -murmuró con un hilo de voz-. No...
Pero el menor ya lo estaba rodeando con sus brazos, acariciándole el cabello.
-Shhh... está bien, hyung. No te haré daño esta vez. Quiero amarte bien...
Lo empujó suavemente contra el colchón, sin usar la fuerza brutal de antes. Sus manos recorrieron su pecho con lentitud, como si intentara memorizar cada curva, cada cicatriz. Changbin temblaba, luchando entre el miedo y la extraña calidez que le provocaban esas caricias.
-Te necesito... -susurró Jisung, con lágrimas en los ojos-. Solo una vez más... pero quiero hacerlo bien.
Sus labios descendieron por el cuello de Changbin, por su torso. El mayor cerró los ojos, confundido. Cuando las manos de Jisung bajaron a su cintura y lo desvistieron con calma, un jadeo escapó de su garganta.
-No... -susurró débilmente-. No deberíamos...
-Sí deberíamos... -respondió Jisung, con voz rota-. Porque te amo.
El menor lo preparó esta vez, con paciencia torpe, usando sus dedos y palabras suaves. Cada gemido de incomodidad era acompañado de un "perdón" o un "ya casi, hyung". Changbin lloraba, pero no solo de dolor: era una mezcla extraña de vergüenza, miedo y un placer que odiaba sentir.
Cuando Jisung finalmente lo penetró, lo hizo despacio, con un gemido ahogado en su hombro.
-Eres mío, hyung... -susurró, besándole la mejilla húmeda por las lágrimas-. Solo mío.
El vaivén fue lento, casi tierno. Changbin no podía entender qué sentía. Su cuerpo respondía con estremecimientos involuntarios, pero su mente gritaba que aquello estaba mal.
-Dime que me amas... -rogó Jisung, moviéndose con suavidad-. Aunque sea una mentira...
Changbin lo miró con los ojos empañados. Su voz salió quebrada:
-...te odio.
Jisung sonrió con tristeza y lo besó otra vez.
-Está bien... algún día cambiarás de opinión.
El clímax llegó con un gemido compartido, uno de placer para Jisung y de confusión para Changbin. El menor lo abrazó fuerte después, sin soltarlo, como si temiera que se desvaneciera.
Changbin quedó exhausto, con lágrimas cayendo en silencio. Lo odiaba. Lo odiaba... ¿verdad?
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El tiempo siguió corriendo. Jisung arregló más el sótano, llevó una televisión pequeña, libros, incluso ropa nueva. Cada día se esforzaba en demostrar que "cuidaba" de Changbin, que podía ser un buen amante.
El mayor, atrapado en ese ciclo, comenzó a hablarle más, a responderle. A veces reía con sus ocurrencias. A veces lo dejaba abrazarlo después de hacer el amor.
Y poco a poco, sin darse cuenta, empezó a depender de él.
Jisung lo había logrado.
El odio seguía allí, enterrado en alguna parte, pero el miedo, la soledad y el tiempo lo habían moldeado en algo nuevo: una falsa ilusión de cariño, una confusión peligrosa que lo hacía pensar que quizás, solo quizás, estaba enamorado de su captor.
El síndrome de Estocolmo había echado raíces. Jisung lo había logrado.
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Años después, nadie supo nunca del secuestro de Seo Changbin. Nadie reportó su desaparición.
No tenía padres ni familia. Sus amigos, después de aquel día, recibieron un mensaje desde su teléfono diciendo que se había ido a Estados Unidos a estudiar. Lo creyeron.
Mientras tanto, Changbin creía ciegamente que estaba enamorado de Jisung.
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FIN








